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jueves, 14 de mayo de 2020

Historia de los respiradores artificiales


Pulmón de acero - Wikipedia, la enciclopedia libre






Pulmón de acero Emerson



Usado por Barton Hebert afecto de 
poliomielitis desde finales de los 
años 50 hasta su muerte en 2003


Centers of Disease Control 

and Prevention Museum (1) 




En plena pandemia de COVID19 uno de los aparatos médicos que ha cobrado un gran protagonismo son los respiradores, ya que una de las complicaciones más temidas en esta enfermedad es la afectación de los pulmones que puede producir una notable disnea que puede incluso conducir a la muerte. Respirar es desde luego una necesidad vital, ya que sin esta función no es posible la vida. 

Recordemos brevemente como es la función respiratoria. Cada vez que inspiramos, el aire llega hasta los alveolos pulmonares, donde los capilares sanguíneos toman el oxígeno, indispensable para nuestras células. Al mismo tiempo, la sangre deja ir el CO2 que las células eliminan como un producto de rechazo y que los pulmones expulsan con la espiración. Un intercambio que se efectúa unas 500 millones de veces de promedio durante nuestra vida. 

Los pulmones están siempre colgados de una pared que los sostiene tanto durante la inspiración como durante la espiración. Con su peso, cada pulmón tira hacia dentro de la caja torácica. En reposo, la presión interna de los pulmones es igual a la del ambiente exterior. Para conseguir que el aire fluya hacia el interior de los pulmones y así poder respirar, basta con que se forme una depresión y aprovechar así la característica de los gases (el aire es una mezcla de gases) a ir desde una zona de alta presión a otra de presión menor. 

La depresión necesaria se forma por acción de los músculos intercostales, que hacen expander la caja torácica y del diafragma, una estructura similasr a una cúpula que se encuentra inmediatamente por debajo de los pulmones. Se contrae hacia abajo, tirando de los pulmones al mismo tiempo que la caja torácica tira también de ellos hacia el exterior. Con este movimiento combinado los tejidos pulmonares se dilatan y se expanden los pulmones. Como que hay una relación inversa entre volumen y presión  (si aumenta el volumen disminuye la presión), la presión interior de los pulmones disminuye al expandirse éstos y favorece la entrada del aire del exterior, ya que ahí la presión es más alta. 




Es fascinante contemplar un mecanismo tan sofisticado y complejo, que además se realiza sin el mínimo esfuerzo cognsciente por nuestra parte. Como tantos procesos fisiológicos de nuestro cuerpo nos cuesta mucho más comprenderlo que hacerlo. 

Tal vez por esta complejidad la Historia de la Medicina necesitó mucho tiempo para llegar a construir una máquina para ayudarnos a respirar, cuando algo no funciona bien, como es el caso de la acción de un agente infeccioso como el coronavirus SARS-CoV2. Actualmente muchos enfermos de COVID19 necesitan respiradores artificiales para sobrevivir, esperando que su organismo consiga desembarazarse del virus y que mejoren sus neumonías.

Aunque hay algunos antecedentes que hacen remontar los primeros intentos de ventilación asistida al médico Andrea Vesalio (1543), el primer aparato se atribuye a la empresa alemana Dräger, que diseñó el Pulmotor, un respirador mecánico a presión positiva dotado de un cilindro de oxígeno o aire comprimido que permitía su funcionamiento. El paciente recibía el gas mediante una mascarilla naso-bucal. Este aparato fue usado como dispositivo de reanimación para bomberos y policías, pero no fue incorporado a los hospitales.

Hacia 1928 se inventó una máquina a la que se le denominó  Iron Lung (pulmón de acero), una forma de ventilación no invasiva con presión negativa que tuvo un gran uso durante la epidemia de la poliomielitis. 

En 1949, John Emerson desarrolló un respirador mecánico ideado para la anestesia con la colaboración del departamento de anestesia de la Universidad de Harvard. Los ventiladores mecánicos se comenzaron a utilizar cada vez más para la anestesia y los cuidados intensivos durante la década de 1950. La necesidad de tratar a los pacientes con polio y el uso cada vez mayor de de los respiradores durante la anestesia, fue un bbuen motivo para potenciar el desarrollo de los respiradores médicos. Las drogas anestésicas permiten una gran mejoría las condiciones de intervenciones quirúrgicas, pero también paralizan los músculos respiratorios impidiendo la respiración, por lo que era necesaria la ventilación forzada o artificial.

Respirador mecánico de Eat-Radcliffe
Pero los anestésicos más comunes entonces eran el éter y el ciclopropano, sustancias muy inflamables, por lo que los motores eléctricos necesarios para la activación de los fuelles de ventilación planteaban un problema en los quirófanos de la época.  

En 1952, Roger Manley, del Westminster Hospital de Londres, ideó un ventilador que funcionaba totalmente por medio de gas comprimido, y se convirtió en el modelo más popular en Europa durante cuatro décadas, hasta la introducción de modelos electrónicos. La máquina no necesitaba energía eléctrica, y no tenía ningún riesgo de explosión. 

El prototipo original Mark I, fue perfeccionado por la empresa Blease, que creó el Manley Mark II, y fabricó miles de estas unidades. Su funcionamiento es sencillo: el flujo de gas de entrada se utiliza para levantar una unidad de fuelle, que vuelve a su posición inicial por la gravedad, forzando la entrada de los gases en los pulmones del paciente. La presión de la inflación se regula desplazando el peso móvil en la parte superior del fuelle. El volumen de gas introducido puede ajustarse mediante un control deslizante, que limita el recorrido del fuelle. La presión residual al finalizar la espiración también se podía regular por un cursor, visible en la parte inferior derecha del panel frontal. Era un aparato bastante resistente y su disponibilidad sirvió para posibilitar la introducción de técnicas de ventilación con presión positiva, que fue la tendencia principal en la práctica anestésica europea.

A partir de 1971 se introdujeron modelos cada vez más perfeccionados, con sistemas de retroalimentación, ventilación y microprocesadores. También se introdujeron respiradores para niños a partir de 1975. 

lunes, 16 de mayo de 2016

La triste herencia de la enfermedad






 Joaquín Sorolla

Triste herencia
(1899)

Óleo sobre lienzo. 212 x 288 cm.


Colección Bancaja




Joaquín Sorolla Bastida (1863-1923) pintó en su primera etapa una serie de obras de temática social: “Aún dicen que el pescado es caro”, “Cosiendo las velas”, “La vuelta de la pesca” y “Triste herencia”. En este último cuadro, se representa a un grupo de niños del asilo de San Juan de Dios bañándose en la playa del Cabañal en Valencia. El fraile encargado de la custodia está ayudando a un niño que camina con muletas y cuyas extremidades inferiores están sumamente delgadas, lo que recuerda una sintomatología similar a una poliomielitis. No es el único niño que vemos con muletas. Podemos observar otros dos: uno en primer término y otro al fondo bañándose en el mar.

El mismo Sorolla comentó las circunstancias que rodearon a esta estampa real que él presenció y que le hizo concebir este cuadro: 


"Estaba ocupado una mañana en hacer un boceto de pescadores valencianos, cuando distinguí a lo lejos, cerca del mar, a un grupo de niños desnudos, y a corta distancia de ellos, la figura de un sacerdote solitario. Eran los Niños del Hospital de San Juan de Dios, resaca de la sociedad, ciegos, locos, enclenques o leprosos.. Inútil decir que la presencia de aquellos desgraciados me produjo una penosa impresión. No perdí el momento y  obtuve del director del Hospital la necesaria autorización para trabajar sobre el terreno y copiar aquel cuadro al natural"

Esbozo de "Triste herencia" en una carta de Sorolla a su amigo Pedro Gil
Pese al inicial entusiasmo, Sorolla tuvo muchas dificultades para acabar el cuadro, de grandes dimensiones. En algunas cartas a su amigo Pedro Gil incluía algunos bocetos. Al final pudo terminarlo, alentado por sus amigos Roberto Castrovido, Rodrigo Soriano y Blasco Ibáñez quienes le convencieron para que no abandonara el proyecto. Además éste último le sugirió que cambiara el título inicial de "Los hijos del placer" por "Triste herencia" 


El título hacía una clara referencia a las teorías degeneracionistas que estaban muy de moda a finales del siglo XIX. Según estas teorías, la vida disipada y promiscua de los padres comportaba frecuentemente contraer "enfermedades vergonzosas" degeneraban en graves problemas para los hijos. La sífilis congénita (que era llamada por aquel entonces sífilis hereditaria) y que era tan frecuente, tenía mucho que ver en este tipo de creencias (y de ahí el primitivo nombre de "Los hijos del placer"). También se incriminaban otras enfermedades como el alcoholismo o la tuberculosis. Sorolla unió estas cuestiones en boga a la caridad tradicional, practicada por los Hermanos de San Juan de Dios, en una pintura que, de forma magistral, lo transmite todo a través de valores puramente plásticos. 

La orden de San Juan de Dios atendía especialmente a enfermos cutáneos y a enfermedades venéreas. En Madrid regentaban por ejemplo el Hospital de San Juan de Diosdonde se formó el núcleo de la Dermatología  en la ciudad, de la mano de figuras como la de José Eugenio de Olavide (1836-1906) y Juan de Azúa (1858-1922). 



Primer esbozo para "Triste herencia", 1899 (30 x 40 cm)
Sin embargo, al examinar esta obra no encontramos mucha justificación al título, ya que no encontramos reflejados casos evidentes de sífilis congénita, sino otras patologías diferentes, especialmente poliomielitis que poco tienen que ver con la transmisión de la enfermedadad de padres a hijos. En todo caso el baño tiene lugar en una playa discreta, poblada en origen de cañaverales y apartado de las miradas de otros bañistas y curiosos. Sorolla intenta transmitir la marginación y el dramatismo de este baño pintando un mar más sombrío, más oscuro, con reflejos negros en sus olas. La obra está carente de la luz intensa que más tarde inundará sus escenas radiantes de algarabía y alegría de vivir de niños bañándose en la playa. 

El cuadro causó sensación de crítica y público en la Exposición Universal de Paris de 1900, siendo galardonado con un Grand Prix. Algunos grandes pintores alabaron este lienzo: Besnard afirmó estar delante de una gran obra y Monet definió a Sorolla como el gran mago de la luz. Al año siguiente fue premiado con la Medalla de Honor en la Exposición Nacional de Bellas Artes de Madrid (1901).