dijous, 20 de setembre de 2018

Amadeo de Saboya y la dama de las patillas





Vicente Palmaroli y González

Amadeo I de Saboya
(1872)

Óleo sobre lienzo.  235 x 149 cm
Museo del Prado. Madrid.



Amadeo I de Saboya (1845-1890), fue rey de España durante poco más de dos años. La revolución de 1868 -conocida como "La Gloriosa"o "la septembrina"- había destronado a la dinastía de los Borbones en un intento de acabar con la corrupción, y la reina Isabel II se había exiliado en Francia. El Parlamento se reunió para elegir un nuevo rey, y la mayoría de los votos fueron para Amadeo, duque de Aosta, hijo de Víctor Manuel II rey de Piemonte-Cerdeña y de Mª Adelaida de Habsburgo-Lorena, biznieta del rey hispánico Carlos III. 


Antoni Gisbert: Amadeo I frente al féretro del general Prim. 

El principal defensor de la causa de Amadeo I fue el general Joan Prim. Pero Prim fue asesinado poco antes de la llegada del nuevo soberano, que se encontró así bastante desasistido a su llegada a Madrid. El nuevo soberano daba muestras de gran corrección, conocía a fondo las leyes y la Constitución y mostraba un talante liberal y casi "republicano", en un intento de modernizar el país. Pero encontró una notable oposición. Los rancios aristócratas isabelinos lo veían demasiado cercano al pueblo; los carlistas, demasiado liberal y además tenían preparado a su propio monarca; los republicanos veían en él la continuación de la odiada monarquía; La Iglesia no olvidaba que su padre Victor Manuel II había dejado en precario al papa y que el rey apoyaba las desamortizaciones; el pueblo lo veía como intruso y extranjero que ni siquiera había aprendido a hablar castellano y jocosamente lo llamaban "Macarroni I"

La nobleza marcaba continuamente distancias con el nuevo rey, como la llamada "Rebelión de las mantillas", en las que todas las damas de la corte acudieron ostentando su casticismo luciendo mantillas españolas y símbolos borbónicos, como silencioso rechazo a los Saboya y tácita adhesión a la reinstauración de la monarquía de Alfonso XII. 

El monarca era un joven muy apuesto y educado, lo que también le valió otro apodo, "El rey caballero". Había dejado temporalmente en Italia a su esposa, Maria Victoria del Pozzo (reponiéndose del reciente parto) y a sus dos hijos. Amadeo era muy mujeriego y por las noches salía por las calles de Madrid en busca de escarceos amorosos. Una de las aventuras más sonadas fue la que mantuvo con Adela, la hija del escritor Mariano José de Larra, Fígaro. Adela era la niña que cuando tenía seis años de edad había encontrado el cadáver de su padre tras su suicidio.


Retrato anónimo de Amadeo de Saboya (circa 1871) .
Museo del Prado. Madrid. 

Adela de Larra y Wetoret (1833 - ?) era diez años mayor que el rey, y estaba casada con Diego García Nogueres, formando parte de la alta burguesía madrileña. Su hermana Baldomera de Larra era la mujer del médico personal del rey, Carlos Montemar, lo que facilitó que Adela y Amadeo se conocieran. Ella era una mujer con una agitada vida social, y un
 gran atractivo personal, con fama de haber roto ya muchos corazones. Tenía una notable vellosidad facial, probablemente un cierto grado de hirsutismo, por lo que muchos se referían a ella como "la Dama de las Patillas". No hemos hallado retratos fidedignos de Adela, pero su vellosidad facial está bien documentada en los comentarios de la época.     

Benito Pérez Galdós nos ha dejado una descripción de Adela de Larra en los Episodios Nacionales (“Amadeo I”) :


“Era la tal de mediana talla, bien formada y no mal constituida de carnes y anchuras … el rostro, tan agraciado como hermoso: tez morena, ojos expresivos, grande la boca, tan abundante el pelo, que no se contenía dentro de sus límites naturales, extendiéndose por delante de la oreja , como un rudimento suave de varoniles patillas”
El Conde de Romanones da por cierta la aventura del que él calificó como "el Rey efímero" con la “dama de las patillas” a la que describe como 
Mujer grácil, por cuyas venas corría la sangre de un escritor genial, maestro del periodismo, reunía a su seductora belleza el atractivo de un espíritu cultivado de un vivo ingenio”. 
Adela vivía en un hotelito del paseo de la Castellana adonde acudía el rey todas las noches, acompañado de su fiel Locatelli. 

El idilio terminó bruscamente cuando, durante las vacaciones veraniegas en la corte en Santander, Amadeo sedujo a la rubia esposa del corresponsal del diario The Times. Cuando los rumores del flirt con "la dama inglesa" llegaron a Madrid, Adela, despechada, se puso en contacto con un redactor del periódico El Imparcial, dispuesta a hacerle llegar las 13 cartas de amor que le había enviado el rey, que eran bastante subidas de tono. Uno de los amigos más íntimos del rey, Díaz Moreu, fue encargado de evitar el chantaje, recuperando las cartas a cambio de una elevada cantidad de dinero. Desde ese momento, Adela se dedicó a acosar al rey, a quien perseguía por todo Madrid, hasta que Amadeo, harto de encontrarse a su ex-amante en toda clase de saraos y actos oficiales, intentó desterrarla  “cuanto más lejos, mejor”. Pero la gran reputación del padre de ella, Mariano José de Larra, hizo que no fuera conveniente tomar esta medida, aunque sí logró que la dama moderara su actitud. 

Anverso y reverso de la moneda de un duro de plata (5 ptas)
con la efigie de D. Amadeo (1871)
La aristocracia madrileña, que ya no aceptaba bien a Amadeo I, se distanció más todavía del monarca como consecuencia del romance con Adela. Falto de apoyos, la situación del rey era cada vez más insostenible. El soberano repetía continuamente: 
- Siamo in una gabbia di pazzi (Estamos en una jaula de locos) 
- Ah! Per Bacco! Non capisco niente (Ah! Por Baco! No entiendo nada) 
- Questo paese é ingovernabile! (Este pueblo es ingobernable!)

Poco antes de su abdicación, Amadeo sostuvo una tensa reunión con el presidente Ruiz Zorrilla y el ministro de Gracia y Justicia, Cristino Martos. A la reunión asistía también la reina para solventar los problemas de comprensión de su esposo, que no hablaba castellano. Los políticos querían forzar la renuncia de Amadeo y le exigieron que aceptara las normas del Congreso de apoyo a la democracia, cosa que el rey ya había hecho anteriormente de forma clara y repetida. Ante un planteamiento tan vil, la reina saltó y exclamó, enfadada, dirigiéndose a Ruiz Zorrilla: 
- No se confunda Vd. Esto que hay aquí no es democracia; esto es chusma. 
Dicen que el presidente del Gobierno, que había jurado defender la monarquía amadeísta y dar por ella la vida, dio un puñetazo en la mesa y gritó un "¡Viva la República!", que anticipaba la inmediata abdicación. 

El 11 de febrero de 1873, Amadeo I abdicaba. Más tarde salió del país en ferrocarril. Cuentan que al llegar a la frontera francesa, el ya abdicado rey mandó parar el tren. Parsimoniosamente, descendió al andén de la estación, se quitó los zapatos y los sacudió con energía, al tiempo que exclamaba: 
- De España, ¡ni el polvo! 

Bibliografía


Manuel Martínez Bargueño. Las 19 cajas de Larra. Blog Madrid 
http://manuelblasdos.blogspot.com/2010/10/las-19-cajas-de-larra.html

Manuel Martínez Bargueño. Amadeo I el rey efímero. Primera parte.

http://manuelblascinco.blogspot.com/2013/06/amadeo-i-el-rey-efimero-primera-parte.html

Manuel Martínez Bargueño. Amadeo I el rey efímero. Segunda parte.

http://manuelblascinco.blogspot.com/2013/06/amadeo-i-el-rey-efimero-segunda-parte.html

Alicia Mira Abad. Biografía de Amadeo I de Saboya (1871-1873) 

http://www.cervantesvirtual.com/portales/reyes_y_reinas_espana_contemporanea/amadeo_i_biografia/

Anabel Herrera. Los escándalos de Amadeo con una bella joven en cada puerto. Muy Historia https://www.muyhistoria.es/contemporanea/articulo/los-escandalos-de-amadeo-con-una-bella-joven-en-cada-puerto-espanol-411448983495


Benito Pérez Galdós. Episodios Nacionales “Amadeo I”, Alianza Editorial.

Agradezco a Manuel Martínez Bargueño la correspondencia que ha mantenido amablemente conmigo sobre este tema.

Reinado de Amadeo de Saboya:







dimecres, 19 de setembre de 2018

La pálida piel de los muertos






Mariano Fortuny

La señorita Del Castillo 
en su lecho de muerte
(1871)


Óleo sobre lienzo 50 x 70,5 cm
Museu Nacional d'Art de Catalunya. 
Barcelona



Mariano Fortuny Marsal (1838-1874) fue uno de los pintores españoles más importantes del s. XIX. de hecho se le considera el pintor más destacado entre Goya y Picasso. 

Nació en Reus y comenzó su formación en esta ciudad con el pintor Domènec Soberano. También trabajó con el orfebre miniaturista Antoni Bassa,  aprendiendo la minuciosidad y el gusto por el detalle que más tarde se vio reflejada en su pintura. Su formación continuó en Barcelona, recibió la influencia del purismo nazareno (Milà i Fontanals, Lorenzale, Rigalt) y más tarde en Roma donde conoció al pintor  Attilio Simonetti, con quien le uniría una gran amistad. 

En 1860 estalló la guerra de Marruecos y Fortuny se alistó en el regimiento del general Joan Prim, que también era originario de Reus. La estancia en Marruecos y la luz norteafricana marcaron considerablemente la pintura de Fortuny que plasmó escenas y personajes rifeños encuadrándose decididamente en la corriente orientalista. 

De regreso a Barcelona, tuvo una gran relación con Federico de Madrazo, con cuya hija Cecilia contraería matrimonio (1867).  Fue el momento del éxito de su pintura que fue muy apreciada por la minuciosidad y precisión de su trazo, el uso metódico del color y el estudio exhaustivo de la luz.  

Interesado en las escenas andalusíes y de tauromaquia, se trasladó con su familia a Granada (1870-1872). El primer año lo pasó en la pensión de los Siete Suelos, situada en las murallas de la Alhambra. Aunque más tarde alquiló una casa en el Realejo Bajo donde pudo instalarse con mayor comodidad, siguió manteniendo relación con los dueños de la fonda. En 1871 murió prematuramente la hija del fondista, la señorita del Castillo, y el pintor, que acudió a su sepelio, le dedicó uno de sus lienzos. 

Fortuny presenta a la fallecida en diagonal, dentro de un blanco ataúd. Una potente luz ilumina la figura, mientras que el resto del espacio queda en la penumbra. El almohadón en el que reposa la cabeza queda también en penumbra toma ndo coloraciones malvas, al estilo de lo que hacían los impresionistas. El pintor combina el delicado dibujo con una pincelada fluida que no atiende a detalles, más interesado en captar el momento que en el preciosismo. 

La piel de la difunta presenta una coloración blanco-amarillenta, que refleja muy bien el tono característico de la piel cadavérica (livor mortis). Tras la muerte, se interrumpe la circulación sanguínea y los tejidos quedan exangües. La piel, privada del aporte de sangre muestra una coloración parecida a la cera, al tiempo que los tejidos, privados de su fuente de energía se contraen y se muestran rígidos, afilando los contornos corporales. En ocasiones, la sangre retenida en las partes distales puede conferir un cierto aspecto violáceo, que puede ser más evidente en las zonas subungueales

En definitiva, en este cuadro de Fortuny encontramos muy bien reflejado el lívido color de la piel después de la muerte. 


Fortuny:



dimarts, 18 de setembre de 2018

Lavarse (y secarse) las manos en el hospital

Resultat d'imatges de calvi di bergolo semmelweiss museum





Gregorio Calvi di Bergolo

Semmelweiss enseña a los médicos a lavarse las manos antes de intervenir quirúrgicamente
(1953)

Panel pintado al Óleo. 112 x 203 cm
International Museum of Surgical Science. Chicago



En Chicago tiene su sede el International Museum of Surgical Science, en donde se pueden admirar 12 paneles pintados al óleo por el artista italiano Gregorio Calvi di Bergolo. Los paneles ilustran algunos hitos de la Historia de la Cirugía, como es el caso de éste, en el que aparece Ignaz Semmelweiss enseñando a los médicos de que deben lavarse las manos antes de una intervención quirúrgica. Algo que hoy en día puede parecer obvio, pero que no lo era tanto en aquel tiempo. 


Ignaz Philip Semmelweiss 

Ignaz Philip Semmelweiss (1818-1865) era un médico húngaro que fue nombrado cirujano obstétrico del Hospital de Viena en 1846. Su misión era la de dirigir dos clínicas dedicadas a partos en la capital austríaca. En una de ella las parturientas eran atendidas por comadronas, mientras que la otra estaba en manos de médicos. Las cifras de mortalidad eran muy diferentes en ambos Servicios: los partos que eran atendidos por médicos tenían una tasa de mortalidad por fiebre puerperal mucho más alta (30%) que los que eran atendidos por las comadronas (2%). Además las mujeres que no acudían a parir al hospital raramente presentaban esta complicación. 

Intrigado por estas diferencias, Semmelweiss observó todas las circunstancias que se daban en los dos casos. Se dio cuenta así que en la clínica que era atendida por médicos había una sala de disección para la enseñanza de la anatomía colindante a la sala de partos y que los médicos y estudiantes de medicina frecuentemente pasaban de una estancia a la otra sin ni siquiera lavarse las manos. Así llevaban en sus manos los gérmenes de los cadáveres transmitiendo la infección a las parteras (todavía no se usaban guantes de látex estériles). En cambio, las comadronas, que no asistían a las clases de anatomía no contaminaban. El sagaz médico húngaro introdujo un protocolo por el que todos los médicos debían lavarse a fondo las manos y sumergirlas luego en una solución antiséptica (cloruro de cal). En poco tiempo la tasa de fiebre puerperal se redujo considerablemente (del 30% a  0'23%), contrastando con la alta mortalidad de otra clínica de la ciudad, dirigida por el Dr. Klein, donde la fiebre puerperal afectaba a más de un tercio de las parteras, por lo que era conocida como "la clínica de la muerte". 

Una maniobra tan sencilla como lavarse las manos a fondo había dado un gran resultado, iniciándose así el camino de la higiene y la antisepsia hospitalaria. Pero los orgullosos médicos vieneses consideraron que la imposición de lavarse las manos como un insulto, como una afrenta. Los grandes profesores de la ciudad, en vez de recomendar su método, se dedicaron a ridiculizarlo y a burlarse de él. En una época en la que todavía no se conocía la existencia de bacterias, la práctica de desinfectarse las manos les parecía superflua, innecesaria y perfectamente prescindible. Al "médico de las manos limpias" como ya se le llamaba burlonamente se le hizo el vacío, se le destituyó de los cargos y finalmente se le internó en un manicomio. Por ironías del destino, Semmelweiss murió años más tarde por el mal que él había intentado evitar: una herida quirúrgica se le infectó y originó una septicemia, que acabó con su vida. 

Pero las ideas de Semmelweiss fueron reivindicadas más tarde y se generalizaron tras el descubrimiento de las bacterias. Hoy en día, en todos los hospitales hay un cuidadoso protocolo de lavado de manos para evitar en lo posible esparcir gérmenes que pueden causar las temidas infecciones hospitalarias. Incluso en los lavabos. Se usan jabones antisépticos, se procura usar toallas desechables o secadores de manos, para evitar contactos que puedan volver a contaminar las manos. Pero a veces, todo este esfuerzo puede arrojar resultados inesperados. Ya vimos como no todos los antisépticos usados en los hospitales ofrecen suficiente protección. 

Este ha sido también el caso de los secadores de manos de aire pulsado -los más modernos- que se habían introducido recientemente en los lavabos de muchos hospitales. En estos aparatos se introducen las manos y una corriente de aire elimina la humedad tras el lavado. 


El sistema de secado mediante introducción de manos es
mucho más contaminante de lo que en principio se creía. 

Según un reciente estudio realizado por la Universidad de Leeds y publicado en Journal of Hospital Infection,  estos secadores (los más modernos) proyectan 27 veces más bacterias en el entorno que las toallitas desechables y 4,5 veces más que con el secador de manos eléctrico clásico. El estudio se llevó a cabo en hospitales de Inglaterra, Francia e Italia, recogiendo muestras bacterianas del suelo y del aire alrededor de los aludidos secadores de manos. El resultado obtenido sugiere que los modernos secadores en los que se introducen las manos deberían ser retirados de los centros sanitarios, ya que contribuyen poderosamente a diseminar bacterias a su alrededor. Recordemos que el 7% de los pacientes ingresados en hospitales se contagian de una infección nosocomial (contraída en el mismo hospital) lo cual constituye un grave problema sanitario.  No siempre lo más moderno es lo mejor. 

  


dilluns, 17 de setembre de 2018

Ivanov: Cabezas de esclavos




Alexander Andreyevich Ivanov 
(Александр Андреевич Иванов)

Cabezas de esclavos

Óleo sobre papel de tela  51.5 x 70.5 cm

Museo Estatal Ruso. San Petersburgo.




Alexander Andreyevich Ivanov (1806-1858) fue un pintor ruso adscrito a la corriente del neoclasicismo. Formado inicialmente en la Academia Imperial de las Artes, donde recibió las enseñanzas de su padre Andrei A. Ivanov y de Karl Briullov, la mayor parte de su vida transcurrió en Roma, donde trabó amistad con Nikolai Gógol. En Roma estuvo muy influído por la corriente artística del nazarenismo, que propugnaba volver al arte religioso medieval buscando la pureza de los primitivos italianos y alemanes. 


Alexander Andreyevich Ivanov (1806-1858)


La obra de Ivánov no fue muy apreciada por sus contemporáneos. Le llamaban "el maestro de una sola obra", ya que tardó 20 años en realizar su enorme pintura "La aparición de Cristo al pueblo" de 40 m2 (de 1837 a 1857). El pintor se mostró defraudado por la fría acogida de la crítica. 

Fueron las generaciones posteriores que supieron poner en valor la pintura y sus esbozos y dibujos preparatorios. Uno de los estudios preliminares de esta obra es “cabezas de esclavos” que comentamos hoy aquí. 


"La aparición de Cristo al pueblo" de Ivanov (Galería Estatal Tretiakov, Moscú)




Uno de los dibujos previos es el que comentamos hoy aquí. Representa dos cabezas de esclavos. En la frente del personaje de la izquierda puede verse claramente una lesión de bordes anfractuosos, sobreelevados y centro ulcerado, que corresponde clínicamente con un carcinoma basocelular.


El carcinoma basocelular es la forma de cáncer cutáneo más frecuente. Se ve en personas que han estado expuestas repetidamente al sol, en especial en zonas descubiertas como la cara, cuero cabelludo, cuello o dorso de las manos. 

Suele comenzar como una pequeña herida, con bordes algo sobreelevados, en los que suelen verse algunos nodulillos que parecen perlas. De curso muy indolente, la lesión puede ir creciendo progresivamente. No se propaga a distancia (metástasis) y no suele producir dolor. 

Si no se trata adecuadamente, en algunos casos,  el carcinoma basocelular puede crecer de forma mucho más rápida. Puede ulcerarse y dar lugar a lesiones de gran tamaño, muy destructivas. Estas formas son conocidas clásicamente como "ulcus rodens", la úlcera que corroe, ya que destruyen todos los tejidos que encuentran en las inmediaciones, incluyendo el hueso subyacente. Recuerdo haber visto en mi época de dermatólogo primerizo una de estas lesiones que había hecho desaparecer una zona amplia del hueso parietal dejando la meninge al descubierto. Una terrorífica imagen difícil de olvidar.  

El tratamiento de este tumor debe ser quirúrgico, extirpando la totalidad de la lesión y asegurándose que no quede ningún resto. 

La pintura de Ivanov refleja perfectamente la clínica de este tumor, con sus bordes anfractuosos cortados a pico. Una lesión que suele darse en personas de piel blanca expuestas repetidamente al sol, como debía ser el caso de estos esclavos.

diumenge, 16 de setembre de 2018

Hulusi Behçet


  





Moneda conmemorativa
Anverso: Dr. Hulusi Behçet
Reverso: Valor (1.000.000 liras), rodeado de una corona de laurel y espigas y
sobremontado con el escudo de Turquía
(1996)

Moneda de 1.000.000 de liras turcas
Plata 31,47 g 38,61 mm
Ceca estatal de Turquía 



Hulusi Behchet (1889-1948) fue un eminente dermatólogo turco. En 1937 describió una enfermedad de los vasos de la piel que desde entonces se conoce como enfermedad de Behçet.  

Durante la I Guerra Mundial fue destinado al hospital de Edime como dermatólogo y venereólogo. Tras la contienda amplió estudios en Budapest y Berlín. Tras su regreso a Turquía ocupó el cargo de médico jefe en el Hospital de Enfermedades Venéreas de Hasköy (1923) en el Cuerno de Oro, y más tarde en el Hospital Guraba. También realizó labor docente en la universidad.  


Dr. Hulusi Behçet
Behçet mantuvo siempre la relación profesional con los círculos médicos alemanes y formó parte del consejo de redacción de las revistas médicas "Dermatologische Wochenschrift" y "Medizinische Wochenschrift", aparte de otras revistas de su país. Publicó diversos trabajos sobre sífilis, micosis y leishmaniasis.  


En cuanto a la enfermedad de Behçet, realizó sus primeras observaciones en 1924. El primer paciente presentaba unos brotes repetidos de ulceraciones en la conjuntiva, desde hacía 40 años. Había consultado a dermatólogos de Estambul y Viena, donde lo habían diagnosticado de sífilis o tuberculosis. También lo habían visitado deversos oftalmólogos, que le habían diagnosticado iritis y le habían sometido a iridectomías. Como consecuencia de ello, el paciente había perdido por completo su visión. Behçet, intrigado por este caso, continuó haciendo un seguimiento del paciente durante muchos años. 

En 1930, una mujer que sufría de irritación en el ojo y con lesiones en la boca y zona genital fue remitida a la clínica de Behçet, que intentó demostrar el agente causal de la sífilis o el de la tuberculosis por biopsia y otras técnicas de laboratorio, sin resultado. 

En 1936 un paciente masculino de una clínica dental con heridas orales, signos acneiformes en la espalda, úlcera escrotal, irritación ocular, fiebre nocturna y dolor abdominal fue enviado a su clínica. Behçet pensó que los síntomas recurrentes podrían deberse a un virus

Sello de correos turco (1980) con la imagen
del Dr. Hulusi Behçet 
Pero Behçet, al reflexionar sobre los síntomas de estos tres pacientes a los que había seguido durante años, llegó a la conclusión de que se trataba de una nueva enfermedad. Además, como me recuerda mi amigo el dermatólogo Juan J. Vilata, de Valencia, en 1931 un médico griego, el oftalmólogo Benediktos Adamantiades (1875-1962) de Prousa  (actualmente Bursa, Turquía) había presentado un caso similar a la Sociedad Médica de Atenas: "una joven paciente que presentaba aftas bucales, úlceras genitales e iritis recurrente". 

Behçet publicó sus observaciones en Archives of Dermatology and Venereal Disease (1936) y en Dermatologische Wochenschrift (1937 ). Aquel mismo año las presentó en la reunión de la Societé de Dermatologie de Paris. Pronto oftalmólogos de Hungría, Bélgica e Italia publicaron casos similares, lo que equivalía a aceptar la nueva "enfermedad de Behçet", pero los dermatólogos seguían negando que se tratara de una enfermedad nueva, insistiendo en que podían ser síntomas de enfermedades ya conocidas. 


El Dr. Hulusi Behçet con sus colaboradores (1948)

Mientras se debatía sobre el tema, no dejaban de llegar nuevos casos: Bélgica, Austria, EEUU, Japón, Dinamarca, Israel, Suiza... La evidencia de que se había descrito una nueva enfermedad era ya imparable. En 1947, en el Congreso Médico Internacional de Ginebra el Prof. Mischner, de Zurich propuso designarla con el nombre de "Morbus Behçet" o "enfermedad de Adamantiades-Behçet" (la mención al médico griego fue probablemente motivada por la conocida rivalidad greco-turca). Hoy la enfermedad se conoce universalmente como "Enfermedad de Behçet" en la literatura médica. Behçet publicó 126 artículos nacionales e internacionales entre 1921 y 1940. 53 de ellos aparecieron en prestigiosas revistas científicas europeas. 

La enfermedad de Behçet es un trastorno poco frecuente que causa la inflamación de los vasos sanguíneos de todo el cuerpo. Clínicamente cursa fundamentalmente con  llagas bucales, inflamación de los ojos, erupciones y lesiones en la piel y llagas genitales, en brotes sucesivos. Progresivamente se ha visto que también puede presentar alteraciones vasculares, pulmonares, cardíacas, neurológicas o gastrointestinales, aunque de forma mucho menos frecuente. En la actualidad se considera una enfermedad autoinmune, ya que la principal lesión anatomopatológica es una vasculitis de pequeños vasos. 


Bibliografía

Kaklamanis P. et al. The First Published case of Adamantiades-Behçet disease in the Modern Times - Revisited. Archiwum Historii i Filozofii Medycyny 2012, 75, 84-89. https://depot.ceon.pl/bitstream/handle/123456789/7341/The_First_Published_Case_of_Adamantiades_Beh%C4%99et%E2%80%99s_Disease_in_the_Modern_Times_Revisited.pdf?sequence=1&isAllowed=y

Ustün C. A famous Turkish Dermatologist, Dr. Hulusi Behçet. Eur J. Dermatol. 2002 Sep-Oct;12(5):469-70. 




divendres, 14 de setembre de 2018

Enemigos en la intimidad


Joseph Javier Woodward, American (1833–1884). 'Photomicrograph of a Crab Louse' c. 1864-65



Joseph Javier Woodward 

Photomicrograph 
of a Crab Louse 
(circa 1880)

Fotografía a la albúmina
Nelson- Atkins Museum of Art. Kansas City




Conocidas con el nombre vulgar de ladillas, estos parásitos han pasado a ser sinónimos de algo que se adhiere fuertemente y que no hay manera de desprender. Se trata de los piojos del pubis (Phtirus pubis) que también viven a gusto en el vello inguinal y axilar.    


Partitura de "De profondis morpionibus",
una conocida chanson paillarde francesa
que alude a las ladillas (morpions en francés)
a ritmo de una marcha fúnebre. 
En catalán se les conoce como cabres y en francés morpion. Por cierto que en este idioma han originado una canción tabernaria y escatológica bastante popular (De profondis morpionibus), que fue aludida incluso por Georges Brassens en Le Mécreant ("...tous les de profondis, tous les morpionibus..."). El mecanismo de transmisión habitual de las ladillas, por contacto sexual, facilitaba este tipo de chanzas en burdeles, cabarets y lugares similares.  En inglés se les da el nombre de crab louse, ya que, efectivamente, tienen la forma de un cangrejo, como  una pequeña nécora. 

Estos insectos presentan unas garras a modo de tenazas en sus patas. Con ellas se adhieren al pelo púbico con las tres patas de un solo lado, en una actitud un tanto circense. En esto se diferencian de los piojos de la cabeza que se cogen al pelo con las seis patas. Pero ambos dejan el pelo para succionar la sangre de su huésped mediante sus molestas picaduras.

Como decimos, su habitat por excelencia es el vello púbico y axilar, aunque en ocasiones pueden subir por el vello del tronco y alcanzar la cara. Pueden parasitar las pestañas, pero no las cejas ni el cabello. Los niños están desprovistos de pelo púbico y axilar, pero pueden contraer ladillas en las pestañas, lo que supone un cierto problema terapéutico.  


Ladilla aumentada 70x Fotografía. (circa 1914)
Reeve Photograph Collection. National Museum of Art and Medicine

En la mayoría de los casos el contagio es por contacto sexual directo, aunque debemos decir que no siempre es así. La presencia de un pelo parasitado en la ropa o en efectos personales puede ser suficiente para provocar la infestación de un nuevo individuo. 

La incidencia de ladillas no es tan importante como la que se daba hace décadas. La mejor higiene y la cada vez más frecuente práctica de la depilación púbica han limitado su presencia. Pero tampoco es una enfermedad rara. Se ven casos de vez en cuando, por lo que no se debe bajar la guardia ante estos insectos anopluros que tanta literatura de arrabal han originado.  


De profondis morpionibus:   






Georges Brassens: Le Mécreant: