viernes, 18 de enero de 2019

El blog cumple cuatro años






El blog "Un dermatólogo en el museo" cumple cuatro años

¡Cuatro años ya! ¡Cómo pasa el tiempo! Han pasado cuatro años desde que empecé a escribir el blog, sin un horizonte concreto de tiempo. Quería comentar algunas piezas de  museo, bajo una perspectiva no solamente histórica o artística sino dando mi visión de médico dermatólogo. Un intento de hacer confluir mis dos licenciaturas, la de Medicina y la de Humanidades, convencido de que es necesario establecer nexos de unión entre dos campos clásicamente divididos en "Ciencias" y "Letras". El conocimiento humano y se comprende mejor si lo interrelacionamos, si lo integramos. 

Al principio creí que el blog no iba a durar mucho. Por falta de material, o de ideas, o incluso de cansancio personal. El ritmo de publicación que le imprimí desde el principio era muy alto, casi un post diario (6 entradas por semana los tres primeros años, que se han reducido luego a los 5 posts semanales que aparecen ahora). Pero descubrí que los temas se multiplicaban y que iban apareciendo nuevas posibilidades. Los lectores habituales del blog también me van proporcionando nuevas propuestas, preguntas, fotografías, comentarios, tanto personalmente como a través de todas las redes sociales (Twitter, Facebook, Whatsapp, Google plus...). Así se han publicado ya en el blog 1.160 artículos. Casi nada. 

También el blog va teniendo repercusión externa. Han aparecido referencias en artículos periodísticos (La Prensa, de Buenos Aires; El Universal de México; El País, de Madrid...); reportajes de radio (Radio Uruguay, de Montevideo y varias emisoras españolas) y televisión (TVE, BTV, televisión rusa); y ha sido recomendado en diversas conferencias públicas (Colegio de Médicos de Barcelona, Academia de Ciencias Médicas de Catalunya y Baleares, Academia Española de Dermatología y Venereología...)  

Gracias a todos. Por vuestra participación, por vuestros amables comentarios, por vuestras propuestas de nuevos temas y también por contribuir a corregir algún error. Y sobre todo por leer el blog, que ya está a punto de alcanzar las 800.000 lecturas. 

A todos vosotros, colaboradores, lectores y amigos, mi agradecimiento más sincero. ¡Seguimos!



jueves, 17 de enero de 2019

La aportación catalana a la penicilina






Dr. Pere González Juan

Fotografía en B&N
En el libro de Jordi Almirall y Xavier Granero: 
"L'aportació de Catalunya a la història de la penicil·lina. 75 anys de l'obtenció de una penicil·lina catalana". Barcelona, 2018. 



Hace un par de meses tuvo lugar en el Colegio de Médicos de Barcelona la presentación del libro "La aportació de Catalunya a la història de la penicil·lina. 75 anys de la obtenció d'una penicil·lina catalana". Sus autores, los Dres Jordi Almirall y Xavier Granero, acompañaron la presentación con una documentada conferencia. 


Presentación del libro en el Colegio de Médicos de Barcelona. Noviembre de 2018. 

Suele aceptarse que el descubrimiento de la penicilina tuvo lugar el 28 de septiembre de 1928, día en el que Alexander Fleming observó una cosa extraña en sus cultivos. Esto fue el inicio de una serie de investigaciones que dieron como fruto uno de los descubrimientos médicos más importantes del s. XX y tal vez de toda la Historia médica: la penicilina, un antibiótico que salvó la vida a millones de personas. Como hemos comentado en otras entradas de este blog, Fleming puso la primera piedra, pero sin el trabajo posterior de diversos investigadores no se habría podido producir penicilina en cantidad suficiente para poder socorrer a los pacientes de todo el mundo que la necesitaban. 

La penicilina no se comenzó a producir masivamente hasta la década de los 40, gracias al método descrito por los investigadores Ernst Boris Chain y Howard Walter Florey, por lo que -junto con Fleming- obtuvieron el Premio Nobel de Medicina en 1945. 

En este año, Europa estaba inmersa en plena II Guerra Mundial. Las heridas de guerra se infectaban invariablemente y constituían un serio problema. Los médicos habían oído hablar de una droga mágica, la penicilina que resolvía estos problemas. Todos intentaban conseguir algunas unidades del antibiótico. En 1941, un equipo de investigadores ingleses de Oxford, había conseguido algunas unidades. La publicación de su trabajo tuvo una gran repercusión internacional, Sin embargo, la fabricación en gran escala no era un tema fácil. Pero en Barcelona, un grupo de investigadores consiguió fabricarla con éxito, en 1943.  Eran Pere González Juan, Jaume Sunyé Pi, Josep Vila Money y Antoni Pouplana. 


El equipo que consiguió la penicilina en Barcelona.: Los doctores González, Duran i Reynals, Surinyach, Pouplana y Vidal.  


El Estado español vivía bajo condiciones de postguerra, agravadas por la II Guerra Mundial y el bloqueo internacional. Eran años de penuria económica y de gran deterioro de las condiciones de vida de la población. En los años 40, 3.000 personas todavía vivían en cuevas, 50.000 en barracas (antes de producirse la inmigración masiva del sur) y solo el 35% de los habitantes tenían agua corriente en casa. En este contexto, la desnutrición y las enfermedades inherentes a ella plantearon serios problemas. Hubo un rebrote muy importante de tuberculosis y de enfermedades parasitarias. El hambre era atroz y los casos de latirismo por el consumo de almortas eran cada vez más frecuentes.

Los médicos catalanes tuvieron conocimiento de la existencia de penicilina por la prensa y evidentemente estaban muy interesados en poder disponer de ella para tratar a sus pacientes. Sin embargo, dada la situación creada por la II Guerra Mundial, toda información sobre este antibiótico se convirtió en un secreto militar. 

El 11 de marzo de 1944, llegaron algunas unidades de penicilina al Estado Español. Una docena de ampollas inyectables fueron enviadas, desde Brasil, con objeto de curar a la niña Amparo Peinado, afectada de septicemia y prácticamente desahuciada por los médicos que la atendían; fue un envío complicado, y un coste muy elevado (15.000 ptas) que costeó el gobierno de Brasil. La penicilina se encontraba con dificultad, de forma muy escasa y a un altísimo precio. Además llegó de forma clandestina, al mercado negro, como tantos productos en la época del estraperlo. Uno de los primeros enfermos que curaron con la penicilina fue curiosamente uno de los grandes médicos españoles: el Prof. Carlos Jiménez Díaz, que enfermo de neumonía, había empeorado tras la administración de sulfamidas. Algunos de sus alumnos consiguieron entonces de contrabando 2 gramos de penicilina en el conocido bar Chicote de Madrid y las trasladaron a Santander, donde se encontraba el citado profesor, consiguiendo curarle con el nuevo medicamento.

Algo más de un año antes, en el Laboratorio Experimental de Terapéutica Inmunógena (LETI) el equipo del Dr. Pere González Juan había obtenido una cepa de Penicillum notatum, el hongo productor de penicilina. La cultivaron cuidadosamente, y la purificaron, concentraron y desecaron hasta convertirla en un polvo de color amarillento, que era lo que suministraban a los pacientes. Todo este proceso se realizó en 2-3 meses y sirvió además para confirmar que la penicilina, además de bacteriostática era también bactericida, propiedad desconocida hasta aquel momento. Publicaron sus resultados en la revista médica  Medicina Clínica Nº6, pag 473-482 de 1944.

La noticia de que se había obtenido la penicilina en Barcelona mereció un amplio reportaje. La Vanguardia,12 de marzo de 1944. 

La noticia de que aquel laboratorio de Barcelona disponía de penicilina corrió como la pólvora. Las colas para obtenerla llegaban a la calle. Como que la producción era escasísima y el antibiótico se eliminaba por la orina, los pacientes se comprometían a volver al día siguiente para donar su orina y facilitar la nueva obtención de penicilina. Entre los que iban y los que volvían, el movimiento alrededor del laboratorio era continuo. 

El 116 de octubre de 1945 la Dirección General de Sanidad aprobó la penicilina del LETI. Para poder fabricarla industrialmente, LETI se asoció con la Unión Química Farmacéutica (UQUIFA), que les proporcionó naves industriales en el barrio de Horta y un considerable impulso económico. A partir del 4 de mayo de 1946 se comenzó a vender penicilina catalana con el nombre de Penicilina L.U (LETI UQUIFA). 

Sin embargo, dos años más tarde, las autoridades franquistas declararon el producto como "de interés nacional", habida cuenta de la demanda de millones de dosis de penicilina. Esto se tradujo en el fomento de una producción española controlada por dos empresas, coincidiendo con una inversión financiera por parte de los EEUU. Se crearon así la Compañía Española de Penicilina y Antibióticos (CEPA) participada por el Banco Urquijo y el Consorcio Químico Español que fabricaba en Aranjuez y Antibióticos SA, un consorcio empresarial que se estableció en León y que estaba formado por varios laboratorios: LETI-UQUIFA, IBYS, Zeltia, Abellí y el Instituto Llorente. El suministro de penicilina, en 1950, era suficiente y llegaba a todas las farmacias, aunque la producción del antibiótico ya había escapado de las manos del equipo de Pere González y ya no se realizaba en Catalunya.  Sin embargo, a ellos les corresponde el honor de haber sido los pioneros de la penicilina en los difíciles años 40, y gracias a su labor se pudieron salvar muchas vidas. 

Publicidad farmacéutica de la penicilina de los Laboratorios LETI-UQUIFA


Bibliografia

Almirall J, Granero X. L'aportació de Catalunya a la història de la penicil·lina. 75 anys de l'obtenció d'una penicil·lina catalana” Barcelona, 2018


Conferència del Dr. X Granero al CoMB:






miércoles, 16 de enero de 2019

Automomificación






Momia de monje budista
(s. XIX)

Restos humanos momificados
Yamagata (Japón)




En las montañas de Dewa Sanzan, en la prefectura japonesa de Yamagata, son un centro de peregrinación budista desde hace siglos. Hay una gran cantidad de santuarios, y se realizan importantes peregrinaciones anuales. 

En algunos de estos templos se exponen, en un lugar preferente, las momias de unos monjes, vestidas con sus túnicas y sujetando los rosarios de oración con sus resecas manos. Pese al clima húmedo de Japón, las momias están muy bien conservadas. 

A diferencia de otras momias, las de los monjes de Yamagata conservan en su lugar todas las vísceras. No se ha extraído ningún órgano, ya que el proceso de momificación tuvo lugar antes de la muerte. Es decir, por sorprendente que parezca, los monjes se automomificaron en vida. 



Este extraño proceso es una especie de ritual de suicidio llamado sokushinbutsu (que literalmente significa “conseguir ser un Buda en vida”). Los monjes de Yamagata pertenecían a la escuela shingon y practicaban un ascetismo extremo. Creían que su muerte era un acto de redención y que su sufrimiento les permitiría alcanzar el Tushita, una Tierra Pura, un lugar donde mediante la meditación llegarían a la iluminación, es decir se transformarían en Budas vivientes y podrían velar así por los seres humanos. Para alcanzar este alto grado de perfección y de renuncia era necesario que los cuerpos de los monjes no desaparecieran. Por esta razón debían ser preservados por medio de la momificación.
Una vez decidido el objetivo, con plena consciencia, el monje se abstenía de comer cereales durante mil días, y se alimentaba exclusivamente de semillas y frutos secos. Durante este tiempo ayudaba a la comunidad realizando las tareas más duras de la comunidad y el resto del tiempo se dedicaba a la meditación.  

  
Estatua de Buda conteniendo una momia del monje budista chino Zhang Qisan en su interior, visible mediante tomografía computerizada. 

Terminada esta fase (a los 1000 días de su inicio), pasaba a una segunda etapa, de una duración similar a la anterior, en la que ingería tan sólo semillas. El sufrimiento de este radical ayuno era un requisito básico para alcanzar la iluminación, a la vez que contribuía a iniciar el proceso de momificación ya que se eliminaba toda la grasa y el agua del cuerpo. Esta deshidratación y deslipidación era necesaria para evitar la proliferación de bacterias e insectos tras la muerte. En esta fase tomaban un té preparado con la corteza de un árbol, el urushi. Esta infusión contiene un agente químico muy tóxico, que permanece en el cuerpo incluso tras la muerte. Tenía una acción emética, provocando vómitos recurrentes, que también contribuían a acentuar el proceso de deshidratación.

En una tercera fase, el monje se introducía en una estrecha caja de madera construida al efecto. Allí, permanecía sentado en la posición del loto, e iniciaba su meditación final. La caja se cerraba y se enterraba superficialmente, dejando un pequeño orificio por el que se introducía una caña de bambú para que pudiese respirar. El monje llevaba consigo algunas raíces para continuar alimentándose. También llevaba una pequeña campana, que tocaba una vez al día para indicar a la comunidad que seguía con vida. Cuando la campana dejaba de sonar, los otros monjes comprendían que el asceta había muerto: retiraban la caña y sellaban la caja. Pasados mil días, la caja se abría y se comprobaba si el monje había alcanzado el sokushinbutsu. Si era así, y lo hallaban momificado, situaban el cuerpo en un lugar visible en el templo y recibía culto como como un buda viviente. Si por el contrario, no lo había conseguido y se apreciaba descomposición de los restos, se procedía a enterrar al monje con todos los honores.

No está claro cuando comenzó a practicarse el sokushinbutsu en Japón, pero se cree que esta técnica data del s. XI, aunque al parecer no tuvo éxito. Desde entonces muchos monjes han intentado alcanzar el sokushinbutsu, pero muy pocos lo han logrado. 

Mutsuhito, el emperador Meiji (1852-1912)
prohibió las prácticas de automomificación en 1877. 
Curiosamente, los que han tenido más éxito han sido los monjes de Yamagata, que es donde se han localizado más momias (aproximadamente una veintena). De hecho, el último monje que practicó con éxito el sokushinbutsu fue Tetsuryukay en 1877. En este año, el emperador Meiji prohibió la práctica de la automomificación en todo el país, pero Tetsuryukay, que había estado preparándose para ello durante años, decidió seguir adelante con el proceso a pesar de la prohibición. En 1878 se selló su tumba. Pasado el tiempo preceptivo, sus seguidores abrieron la tumba en secreto y comprobaron con júbilo que su maestro había alcanzado el sokushinbutsu. Pero como se había contravenido la orden imperial, intentaron eludir el castigo cambiando la fecha de la muerte de Tetsuryukay a 1862 en los documentos oficiales. Así, la momia del monje pudo ser expuesta sin problemas en el templo de Nangakuji, donde el último sokushinbutsu de Japón aún puede verse en la actualidad.

Otro caso de automomificación es el del monje budista Zhang Qisan, que vivió en el s. XI, y era venerado en Yangchun y en Dong Pu, poblaciones situadas en la provincia china de Fujian. Sus fieles seguidores desconocían el paradero de sus restos. Y es que su momia permaneció oculta durante un milenio en el interior de una escultura de Buda sedente, que pertenece en la actualidad el coleccionista holandés Oscar van Overeem. En 2013, al practicar una tomografía computerizada se descubrió que contenía el cuerpo del monje. Aunque sus devotos intentaron que les fuera devuelta la estatua, los tribunales de Amsterdam fallaron finalmente desestimando su petición, ya que como grupo, no consideran que tengan personalidad jurídica suficiente (2014).



Bibliografía


Sokushinbutsu, el proceso de auto momificación de los antiguos monjes budistas. 

https://www.elpensante.com/sokushinbutsu-el-proceso-de-auto-momificacion-de-los-antiguos-monjes-budistas/


El proceso de auto momificación de los antiguos monjes japoneses. 
https://www.burbuja.info/inmobiliaria/guarderia/375656-proceso-de-auto-momificacion-de-antiguos-monjes-japoneses.html

Los monjes que se automomificaron en vida. 
National Geographic (enero 2019)
https://www.nationalgeographic.com.es/historia/grandes-reportajes/monjes-que-se-automomificaron-vida_13641 

Una estatua de un Buda encierra la momia de un monje. 
National Geographic (febrero 2015)
https://www.nationalgeographic.com.es/historia/actualidad/una-estatua-de-buda-encierra-la-momia-de-un-monje_9017



Sokushinbutsu: automomificación budista 
(AVISO: algunas imágenes pueden herir la sensibilidad 
del espectador. No es apto para todos los públicos) 


martes, 15 de enero de 2019

El furúnculo, taimado ladronzuelo






L. A. Hilden

Aritmética. Lámina 7: 
La regla de tres
(s. XIX)


Grabado coloreado

Old Police Cells Museum. Brighton.



En la Inglaterra victoriana, menudeaban los rateros y carteristas. Baste con leer las novelas de Charles Dickens (1812-1870) que dio buen testimonio de ello. Especialmente en Oliver Twist, la triste historia de un muchacho huérfano que tiene que sobrevivir en la calle y, tras pasar por una escuela de ladronzuelos logra convertirse en un virtuoso del oficio. Los grabados satíricos de la época, como el que encabeza este artículo, también hacen frecuentes alusiones a un "trabajo" que debía ser bastante común en las viejas calles de la ciudad del Támesis. Es cierto que ladrones y carteristas los ha habido siempre (y en nuestra época no faltan, a fe!) pero el imaginario romántico los une especialmente a este Londres decimonónico, de los barrios bajos y de la rancia burguesía clasista y conservadora, de la niebla espesa y del Imperio, el Londres en fin aterrorizado por los sórdidos crímenes de Jack the Ripper. 


Los caballeros a menudo guardaban sus pañuelos
en un bolsillo en las colas de sus abrigos,
lo que preservaba la línea del cuerpo del
abrigo pero hacía al pañuelo vulnerable.
Los pañuelos, de seda natural tenían una
fácil reventa en tiendas de segunda mano
(grabado de Alken). 
He comenzado el comentario de hoy por la evocación de carteristas y descuideros. Seguiré ahora por un camino probablemente inesperado. Os hablaré de los furúnculos. 

La palabra que designa esta enfermedad infecciosa de la piel es furúnculo o forúnculos. Las dos grafías son aceptadas en castellano, aunque yo me decidiré aquí por furúnculo, en memoria de D. Jaume Peyrí Rocamora (1877-1950), primer catedrático de Dermatología de Barcelona, que siempre defendió esta ortografía por encontrarla más respetuosa con su etimología latina. 

Un furúnculo es la infección -por cocos piógenos como estreptococos o estafilococos- de un folículo piloso. El infundíbulo folicular se llena de pus abundante, que puede producir dolor por la compresión de los tejidos de la zona, que aparecen muy inflamados. En el centro se forma el "clavo" del forúnculo, de color negruzco, que no es más que los restos de folículo necrosados. 


    Harold Copping: Mr. Bumble y Oliver Twist.  
A veces pueden infectarse varios folículos. Se observa entonces una gran masa inflamada y purulenta con varias bocas (los diversos ostium foliculares). Bajo la epidermis todos estos abscesos comunican entre sí, de tal manera que si se presiona en un punto concreto mana pus por los diversos cráteres.  A esta forma se llama en las lenguas latinas ántrax, una palabra derivada del griego ἄνθραξ, que significa carbón incandescente. 

Se da la circunstancia que en inglés anthrax se refiere a otra enfermedad, el carbunco, causado por la bacteria Bacillus anthracis, un microorganismo cuyas esporas se han usado en la guerra bacteriológica, para inhabilitar al enemigo. Muchos periodistas desconocen este "falso amigo" y dicen ántrax para referirse al carbunco, lo cual ocasiona no pocas confusiones. O sea que el ántrax en castellano es carbuncle en inglés; y anthrax en inglés es carbunco en español. Vaya lío, ¿verdad?. Más o menos como conducir por la izquierda o hacerlo por la derecha. 

Bueno, volvamos a la etimología de furúnculo. La palabreja deriva del latín. En esta lengua, fur, furis es el ladrón, el que comete un hurto (palabra que deriva de la misma raíz) y así la empleaba Marco Tulio Cicerón y otros insignes oradores romanos. Furunculus es la forma diminutiva, por lo que viene a ser un pillete, un ladronzuelo, algo así como el Oliver Twist de Dickens. No está claro porqué esta palabra se aplica a la infección del folículo, aunque hay quien piensa que los furúnculos tienen un curso engañoso que se manifiesta de golpe (Nolting y Fegeler). Algo así como un ladronzuelo que suavemente, sustrae la cartera de su víctima. Como los furúnculos,  que roban subrepticiamente la tranquilidad de quien los sufre.  


Escena de vendimia. Los agricultores romanos eliminaban los furunculus,
es decir, las yemas estériles que chupaban savia para obtener mejor cosecha.
Mosaico de Cherchell, (Argelia). 

Escena de vendimia. Mosaico de la iglesia de Lot y Procopio, Monte Nebo (Jordania) 


Sin embargo a mí me parece que este vocablo llega a designar la patología folicular por una vía indirecta, a través del lenguaje agrícola. Los campesinos romanos denominaban furunculus a los brotes secundarios, especialmente de la viña (de cultivo tan preciado por los romanos) y de otras plantas. Estas yemas eran designadas furunculus, porque eran inútiles y solo servían para "robar" la savia y el vigor de la planta. Las yemas "ladronas" (que en nuestro lenguaje vulgar a veces llamamos "chupones") aparecían como botones hinchados, de apariencia cónica, similar a una verruga. Por este parecido, el médico romano Aulus Cornelius Celsus tomó el nombre de furunculus para designar al característico abultamiento de un furúnculo cuando aparecía y desde entonces se incorporó a la lengua médica. En De Medicina, libro V, Celso nos dejó esta descripción: 
"Furunculus vero est tuberculum acutum cum inflammatione et dolore, maximeque ubi jam in pus vertitur. Qui ubi adapertus est, et exiit pus, subter apparet pars carnis in pus versa, pars corrupta subalbida, subrubra; quem ventriculum quidam furunculi nominant. In eo nullum periculum est, etiamsi nulla curatio adhibeatur: maturescit enim per se, atque erumpit. Sed dolor efficit, ut potior medicina sit, quae maturius liberet."

"El furúnculo es un pequeño tumor que termina en punta ny va acompañado de inflamación y dolor, sobre todo en el período de supuración. Una vez abierto, y cuando ha salido el pus, se ve que una parte de la carne está purulenta y otra corrompida, de color blancuzco y rojizo, y a esto es a lo que algunos llaman ventrículo del furúnculo. No hay en esta enfermedad ningún peligro, aunque no se la someta a ningún tratamiento, pues madura naturalmente y se abre por sí misma; pero como causa dolor, ello motiva que se pida a la medicina remedio para que madure más pronto." 
(Traducción: Agustín Blázquez)  

Una curiosidad más de la terminología médica. Y es que los nombres de las enfermedades, muchos de ellos usados secularmente, tienen raros e insospechados orígenes. 


Van Gogh: Almendro en flor. St. Rémy, 1890




  

lunes, 14 de enero de 2019

Arqueología y parásitos



Liendrera 
(época romana s. II a.C.) 


Madera de boj

Murabaat (Israel)



En diversos yacimientos arqueológicos se han encontrado indicios de la existencia de parásitos, lo que proporciona una nueva visión sobre las civilizaciones de la Antigüedad. 

Los piojos, por ejemplo, han estado molestando a los humanos durante mucho tiempo. Los seres humanos están parasitados por dos géneros de piojos: uno compartido con chimpancés y el otro compartido con gorilas. Al usar el ADN para determinar cuándo las especies de piojos se separaron y se especializaron. Los científicos están trabajando en esta línea de investigación para reconstruir parte de nuestra historia evolutiva. 

Los investigadores han analizado los piojos de la ropa (Pediculus corporis), para saber cuando se especializaron estas especies de insectos anopluros para vivir en las costuras de la ropa, lo que nos proporciona datos para saber en que momento Homo sapiens comenzó a usar ropa por primera vez para cubrir su desnudez.

Peines recuperados de un fuerte romano.  Fuente de imagen.
      Liendreras encontradas en un fuerte romano
Otra línea de investigación analiza la presencia de piojos de la cabeza. La presencia de liendreras, por ejemplo, da un testimonio indirecto de la existencia de piojos del cuero cabelludo. Las liendreras son peines de finas púas de pequeño tamaño, diseñados para arrastrar las liendres (huevos de los piojos) que se adhieren firmemente al pelo. Se han encontrado liendreras en yacimientos de diversas civilizaciones, testimonios evidentes de que allí había pediculosis (infestación por Pediculus capitis del cabello). Las más antiguas se han encontrado en Egipto y se remontan a 1.500 años a.C. Los hay de marfil y de madera. 

Pero no solo eso. En algunas momias se han podido constatar la presencia de piojos, que han podido estudiarse el microscopio. Es el caso de algunas momias egipcias como por ejemplo en la de la reina Tuya, una reina de la dinastía XIX, esposa del faraón Seti I y madre de Ramsés II (o Ramesses II). En la momia de Tuya (que murió hacia el 1290 a.C.) se pudieron evidenciar algunos ejemplares de Pediculus capitis, lo mismo que en otras momias egipcias, como los encontrados por Ruffer en 1910, y que representan seguramente los piojos más antiguos encontrados en el Antiguo Egipto (3.600 a.C). 



Piojos procedentes de una momia egipcia (Pediculus humanus capitis

También los yacimientos arqueológicos de Israel proporcionan nuevas pruebas. En el yacimiento de Nahal Never los arqueólogos descubrieron restos de piojos de 9.000 años de edad, y en la noble Masada, encontraron ropa y peines infestados de piojos. 

Pero los piojos no son privativos de las civilizaciones del Viejo Mundo. También se han encontrado en yacimientos arqueológicos de Groenlandia y de Sudamérica. La evidencia arqueológica directa más antigua de piojos de la cabeza proviene de un huevo de piojo humano recuperado en Brasil que data de más de 10.000 años.


Presencia de garrapatas en la momia de un joven perro 
(Egipto. Época romana)

También se han encontrado ectoparásitos en momias de animales del Antiguo Egipto. El estudio de la momia egipcia de un cachorro de perro del período romano evidenció la presencia de diversos parásitos. Rhipicephalus sanguineus,
Latreille, 1806 (Acari: Ixodidae), Hippobosca longipennis, Fabricius, 1805 (Diptera: Hippoboscidae) y una larva de mosca sarcosaprófaga productora potencial de miasis (Diptera: Sarcophagaciae y Calliphoridae). Todas estas especies pueden ser vectores potenciales de enfermedades y tal vez estuvieran involucradas en la prematura muerte del perro. 


   Desagüe de las termas romanas de Bath (Inglaterra) 
Pero el estudio paleopatológico de las momias no se limita a los ectoparásitos. Uno de los descubrimientos de parásitos más conocidos encontrados en un cuerpo momificado fueron los adultos de Ancylostoma duodenale encontrados en un estado de preservación tal que incluso se pudieron efectuar cortes histológicos de los gusanos, que se alimentaban a través de la mucosa intestinal de la momia. 

Y como hemos visto en otras entradas del blog, muchos parásitos intestinales también  pueden detectarse a través del estudio de los sedimentos en letrinas, termas y canalizaciones de desagüe. 


Fragmento de tubería de desagüe, de plomo. Termas romanas de Bath (Inglaterra)