viernes, 4 de octubre de 2019

Tomás Carrera, un precursor de la Dermatología: (II) El Tratado. Los flemones.






Tomàs Carrera Amanrich, med.

Affectus cutanei
 (1748)

Manuscrito firmado 
Colección del Dr. Jacques Chevalier
(reproducido en su libro de 2003)





Clásicamente se considera que la Dermatología científica propiamente dicha surge en los años de paso del s. XVIII al  XIX, cuando, de forma separada e independiente Joseph Jakob Plenck en Viena, Robert Willan en Londres y Jean-Louis Alibert en París proponen una clasificación de las enfermedades de la piel. Efectivamente, una de las características del método científico es la clasificación, la sistematización, y hasta que ésta no se produce no puede hablarse de ciencia plena. La clasificación se hizo en algunos casos inspirándose en la tarea previa de los botánicos como Linneo o Buffon, que ya habían empezado a ordenar las plantas. 

Pero con anterioridad a estas clasificaciones “more botanico” durante el s. XVIII aparecen algunos libros dedicados a la patología cutánea. En estas publicaciones ni se hace ni se intenta una real clasificación. Las enfermedades se comentan en capítulos separados, sin un eje vertebrador concreto. Es por eso que estas aportaciones se consideran proto-dermatológicas ya que no intentan una real sistematización. De toda manera aportan descripciones clínicas y consejos terapéuticos que pueden ser de interés, y que nos dan mucha información sobre la patología y los conocimientos médicos de la época. Este es el caso de la obra de Carrera. 


El título del libro es Tractatus duo patologici, nempé de morbis puerorum et de morbis cutaneis: es decir, enfermedades infantiles y de la piel. Se trata de una obra casi desconocida por los dermatólogos y que ha sido ignorada hasta la fecha. Y en cambio es uno de los primeros libros de enfermedades cutáneas, publicado en Amsterdam el 1760 en la imprenta Fratrum de Tournes. Bajo el título figura la frase Auctore medico Monspesilensi in Praxi Felicissimo, dejando claro que es obra de un médico de Montpellier. 

A causa de esta firma un tanto críptica, algunos autores han cuestionado la autoría de Carrera. Pero el Dr. Jean Chevalier de Lyon posee un manuscrito en el que figura claramente la firma de Carrera Amanrich med. delante y detrás de la obra, con la fecha de 1748, lo que aumentaría la antigüedad del tratado y lo haría remontar a 12 anys antes (véase la imagen con la que iniciamos hoy esta entrada). El manuscrito de Chevalier se corresponde exactamente con la impresión de 1760, demostrando que el libro es obra de Tomàs Carrera, ya que firma con los apellidos paterno y materno siguiendo la costumbre catalana. 

El libro comienza distinguiendo las enfermedades exclusivas de la piel y las que afectan al mismo tiempo a la piel y a los órganos internos. El autor indica que se limitará a comentar las que son más frecuentes o más graves.


Fachada de la Universidad de Montpellier, anexa a la catedral de la ciudad

Dedica un extenso capítulo primero al flemón, intentando explicar su fisiopatología.

- Dentro de los flemones, el autor considera diversos procesos: Uno de ellos es el forúnculo, del que dice que conviene favorecer la supuración y ayudar al drenaje, bien con cirugía o aplicando diversas fórmulas. Algunos componentes son curiosos: babosas, higos secos o pez de barco. Hoy sabemos que en la composición de la baba de caracoles y babosas hay alantoína y ácido glicólico, que pueden disolver parcialmente la capa córnea. Esta propiedad hace que se use actualmente en la composición de algunos cosméticos. Los alquitranes de los barcos han sido usados también como reductores hasta hace algunas décadas. El libro recomienda prudencia al aplicar estas substancias, ya que pueden causar irritaciones.

- Otra patología englobada en los flemones o inflamaciones es el panadizo. Alerta de las complicaciones, que podíen ser graves en aquel tiempo. Si no cede con tratamientos tópicos hace falta recurrir a la cirugía para drenar el pus, aplicando después cataplasmas de opio para calmar el dolor. 

- Siempre dentro del apartado de los flemones, considera el carbunco, que debía ser frecuente en la época. Naturalmente todavía no conoce el agente causal, pero destaca el papel que tienen los animales muertos por carbunco en su transmisión, y propone la cauterización de la lesión con hierro candente.

-  Del absceso dice que puede fistulizar. Recomienda explorar las fístulas con una sonda, para ver su recorrido, y seccionar las partes corrompidas (necróticas), seguido de aplicación de piedra cáustica o infernal (el nombre con el que se conocía entonces al nitrato de plata). Si con eso no era suficiente, hay que recurrir al cauterio y administrar narcóticos para mitigar el dolor.


Para acabar el capítulo, dedica un par de artículos finales a las complicaciones más temidas: la gangrena y el esfacelo. Del esfacelo da también el nombre griego, necrosis, mucho más cercano a la nomenclatura actual.


Cauterios del s. XVIII. Museu Pere Virgili. Vilallonga del Camp. 

El segundo capítulo, trata de la erisipela. Describe el eritema intenso, el dolor y la fiebre, destacando la tendencia a invadir zonas vecinas, sin supurar nunca. Advierte de su gravedad, y de que puede llegar a producir la muerte.


Las quemaduras se clasifican, como actualmente, en tres grados. Propone el uso de emolientes como aceite de oliva y aceite de almendras dulces.

En otra entrada seguiremos comentando otros aspectos de este tratado. 





jueves, 3 de octubre de 2019

Tomás Carrera, un precursor de la Dermatología: (I) Biografía






Tomàs Carrera

Tractatus de Morbis cutaneis 
 (1760)

Página inicial del libro 
Imprenta Fratrum de Tournes 
Colección particular 




Esta es la historia de un libro olvidado, que frecuentemente no aparece en las Historias de la Dermatología. Es uno de los primeros libros que se imprimieron sobre enfermedades cutáneas, en 1760. Fue motivo de mi discurso de ingreso en la Reial Acadèmia de Medicina de Catalunya (1 de octubre de 2019).

Comentaré hoy algunos aspectos biográficos de su autor, Tomàs Carrera. Nació el 11 de febrero de 1714 en Perpinyà. Habían transcurrido ya algunas décadas desde la Guerra dels Segadors y del Tratado de los Pirineos (1659) por el que el condado del Rosselló y parte del de la Cerdanya habían pasado a formar parte de corona francesa. La frontera de facto modificó la que había estado vigente desde el año 1258. Felipe IV, con un desprecio absoluto a las instituciones del país, negoció este tratado sin tan siquiera consultar a las Cortes Catalanas, ni lo comunicó oficialmente hasta las Cortes de 1702. 


F. Blanch: Tratado de los Pirineos 1659. Luis XIV y Felipe IV en la isla de los Faisanes.
Velázquez intervino en la preparación de este cuadro. 



Así pues Carrera era un catalán del norte y administrativamente, francés. Por eso figura siempre con su nnombre transcrito a la francesa como Thomas Carrère. Era habitual. En 1700, Luis XIV había prohibido el uso del catalán en los territorios anexionados a la corona francesa. Los apellidos también se transcribieron en esa lengua. Solamente hay que recordar como ejemplo, que el pintor perpiñanés Jacint Rigau cuando se instaló en París tomó el nombre de Hyacinthe Rigaud y así pasó a la Historia del Arte. Pero si me lo permitís yo voy a continuar refiriéndome al autor del libro con su nombre original, Tomàs Carrera i Amanrich.

Los padres de Tomàs eran Josep Carrera (1680-1735) profesor de Medicina en la Universidad de Perpinyà y Victòria Amanrich, hija del también profesor de Medicina de esta universidad rosellonesa Cyr Amanrich. Era pues una familia con una gran tradición médica. Dos de los hermanos de Tomàs y su propio hijo también fueron médicos. 

François Boissier de Sauvages con la toga de
doctor de la Universidad de Montpellier. 
Antes de decidirse por la Medicina, Tomàs estudió teología, y llegó a tomar las órdenes menores. En 1733, a los 19 años de edad, se matriculó en la Facultad de Medicina de Montpellier. Creemos que en Montpellier, Carrera recibió influencias de médicos interesados en la botánica, por una parte, y en las enfermedades de la piel por otra. No podemos dejar de recordar a François Boissier de Sauvages de la Croix, y a Jean Astruc, estudioso de la sífilis y autor también de un libro sobre úlceras y tumores, publicado por aquellas mismos años. Un discípulo de Astruc sería precisamente Anne-Charles Lorry que escribiría más tarde un tratado de enfermedades cutáneas en 1777.

Carrera defendió su tesis doctoral en la Facultad de Medicina de Perpinyà en 1737. Poco después obtuvo una plaza de profesor de esta Universidad, de la que llegó a ser Rector en 1752, realizando diversas reformas dirigidas a revitalizar una Facultad que mostraba una clara decadencia.

En 1753 fue nombrado médico del hospital militar de Perpinyà. Una de sus actuaciones como médico militar fue la inspección del hospital militar de Cotlliure, de donde se habían recibido diversas denuncies por abusos. También atendió a los soldados repatriados que volvían de Menorca. En 1763, tuvo que gestionar la situación creada por una epidemia de fiebres que llenó el hospital de Perpinyà con más de mil enfermos, produciendo numerosos contagios entre el personal sanitario.

Sala de Actos de la Universidad de Montpellier por donde     
pasaron muchas glorias de la Historia de la Medicina

















En 1757 Carrera ingresó como miembro en la Societé Royale des Sciences de Montpellier. En 1759 fue nombrado va ser nomenat delegado real en el Consejo Soberano del Rossellón y dos años más tarde decano a perpetuidad de la Facultad de Medicina de Perpinyà y Protomédico de la provincia del Rosellón.

En lo que se refiere a su vida privada, Tomàs Carrera contrajo matrimonio con Joana Ruffat. Tuvieron un hijo, Josep Bartomeu Francesc, nacido en 1740, también médico famoso y profesor de la Facultad de Medicina de Perpinyà y que murió en Barcelona el 20 de diciembre de 1802.

Tomàs Carrera murió en Perpinyà el 26 de junio de 1764.


Carrera escribió diversas obras sobre botánica médica, un tema que interesaba bastante en aquel tiempo. Mantuvo una controversia llena de conocimientos eruditos con el médico y botánico Pere Barrera. También hay que mencionar algunos de sus trabajos sobre tisis, algunos casos clínicos, litiasis renal y hematoscopia. Dedicó varios escritos la hidroterapia y al estudio de las aguas minerales del Rossellón.

Pero su gran obra es el libro de enfermedades de la piel, del que trataremos en otra entrada del blog. 





miércoles, 2 de octubre de 2019

Ingreso en la Reial Acadèmia de Medicina de Catalunya







Xavier Sierra Valentí

Ingreso en la Reial Acadèmia 

de Medicina de Catalunya 


Barcelona, 1 de octubre 2019



El 5 de febrero de 2019 los Muy Ilustres Doctores Académicos me hicieron el honor de elegirme como Académico de la Reial Acadèmia de Medicina de Catalunya. Como es preceptivo el día 1 de octubre  tuvo lugar la ceremonia solemne de recepción en tan venerable institución, en el impresionante marco del teatro anatómico

Me acompañaron en esta ocasión un gran número de amigas y amigos de muy diversa procedencia: un buen número de dermatólogos, médicos de otras especialidades, antiguos profesores y familiares de otros, representantes del Colegio de Médicos, de la Academia de Ciencias Médicas de Catalunya y Baleares, viejos compañeros de Humanidades de la UOC, personas vinculadas a la literatura o a las artes, e incluso un profesor y un antiguo compañero de Bachillerato, el Dr. Fargas, de Reus. Y por supuesto mis familiares directos. Algunas personas se habían desplazado desde poblaciones bastante distantes. 



Compartía conmigo el honor de entrar en la institución el Dr. Jaume Casas, presidente de la Reial Acadèmia de Farmàcia de Catalunya, que me precedió en los habituales parlamentos. 

A mí me presentó el Muy Ilustre Dr. Josep M. Mascaró, quien me dedicó un elogioso discurso de recepción, resumiendo lo que ha sido hasta hoy mi vida profesional, mis principales libros y publicaciones, y mis principales intereses de investigación. 



          


Fue luego el turno de mi discurso de ingreso, en el que traté de un libro de enfermedades cutáneas: el libro del catalán Tomás Carrera (1760), a quien dedicaré próximamente algunas entradas del blog.  

Hoy me limitaré a dar cuenta aquí de los agradecimientos . En primer lugar evoqué a quien fue mi maestro el Prof. Josep Cabré. A su lado me especialicé en Dermatología, y redacté mi tesis doctoral. Cabré además de maestro fue mi amigo. Era pues de justicia reconocer públicamente lo mucho que tengo que agradecerle. La presencia entre los asistentes de su esposa y de su hija hicieron todavía más emotivo este momento. 



Pero también tuve que agradecer la función de otros maestros que me guiaron por el camino del conocimiento: En primer lugar a mi padre, que me inculcó desde muy niño el interés por la Historia, el Arte y la Cultura. Pero también por los principales maestros de mi bachillerato, Antoni Parera y Ramón Oteo; de mis mentores en la Universidad Autónoma de los que destacaban Amadeo Foz i Josep Laporte; y en la carrera de Humanidades en la UOC, como Josep Cervelló y Joan Campàs. No fueron estos mis únicos maestros pero sí los más destacados y representativos. 

No faltaron tampoco reconocimientos mucho más personales, especialmente los que dediqué a mi esposa la dermatóloga Mercedes Cerdeira, auténtica compañera de profesión y de vida, que me animó en todo momento, el papel imprescindible de la comprensión de mis hijos y la alegría y solaz que me proporciona el cariño de mi nieta.  

No era ésta la primera vez que yo hablaba en la Reial Acadèmia. La primera vez fue en 1975, recién licenciado, ya que formaba parte del equipo del Prof. Josep Cabré que era Académico. Ahora, como si se cerrara un círculo, vuelvo de la mano de su gran amigo, el Prof. J.M. Mascaró. Cabré y Mascaró no solamente fueron grandes amigos. También compartieron uno de los máximos honores a los que puede aspirar un dermatólogo: miembros del Comité Internacional de Dermatología. Ahora me compete a mí no defraudar la confianza que ambos me han demostrado, y reiterar mi compromiso de fidelidad en el servicio a la ciencia, a la historia y al país. 


Fachada de la Reial Acadèmia de Medicina de Catalunya
Anfiteatro anatómico 

martes, 1 de octubre de 2019

Tenía cáncer de mama la Fornarina?






Raffaele Sanzio

Retrato de una joven 
("La Fornarina") 


Óleo sobre tabla, 85 x 60 cm. 
Galería Nacional de Arte Antiguo. Roma. 




El cuadro representa a una mujer sentada, con el torso desnudo, que inicia el gesto de intentar cubrirse púdicamente el pecho con un velo trasparente que se enrolla en uno de los brazos. En el brazo izquierdo se aprecia el nombre del pintor, Rafael, dando a entender que les unía una relación sentimental. La mujer mira de forma algo ladeada hacia su izquierda con mirada  profunda, con un ademán de cierta ironía. La parte inferior del cuerpo queda tapada por una especie de amplia falda de colores rojizos y aspecto aterciopelado. 

Venus púdica. Museo de Trípoli (Libia)
La posición de las manos es similar
al retrato de La Fornarina de Rafael

La mano izquierda descansa sobre la zona púbica, lo que unido al intento de cubrir el pecho nos recuerda la posición de las Venus púdicas de las estatuas clásicas. Los bellos tonos rosáceos de las carnaciones contrastan con los verdes y azules del fondo, lo que acentúa la sensualidad del conjunto. Los diversos estudios radiográficos que se han realizado de esta obra (1978, 1983 y 2000) revelaron que en el fondo se veía originariamente un paisaje con un río, en cuyo centro –por encima de la cabeza de la modelo– se encuentra un árbol, presumiblemente un mirto, muy similar al del Retrato de Ginebra de Benci de Leonardo da Vinci, que generalmente se asocia a las tradicionales representaciones pictóricas de Venus.

La modelo que inspiró la obra fue la joven romana Margherita Luti (c. 1493-1522), hija del panadero Francesco Luti de Siena. La profesión del padre (fornaio, en italiano) justifica el apodo con el que se conocía a la muchacha: Fornarina. 


Detalle del brazo de la Fornarina, con la inscripción
en la que aparece el nombre de RAPHAEL VRBINAS

Margherita posó repetidamente como modelo para Rafael Sanzio, especialmente entre los años 1510 y 1517. De hecho se supone que era también su amante, como sugiere el nombre del pintor sobre el brazo izquierdo de la muchacha, en donde un brazalete muestra la inscripción RAPHAEL VRBINAS. En cambio, otros consideran que la Fornarina era una prostituta. Si bien mantuvo una relación sentimental con Rafael no se trataba en todo caso de un adulterio de mujer casada. 

Un estudio reciente del cuadro con rayos X ha puesto de manifiesto que en el dedo medio de la mano izquierda de la joven había un anillo, probablemente una alianza matrimonial, que fue enmascarada posteriormente pintando sobre el mismo. Podría ser un arreglo posterior a la muerte de Rafael, (que murió el mismo día que cumplía 37 años) para salvaguardar el buen nombre del artista, ocultando una probable relación adúltera. Se desconoce por completo la autoría de estos arreglos póstumos del cuadro de Rafael. 


El pecho izquierdo presenta unos contrastes de colores con pinceladas más grandes y visibles que en el derecho. Algunos historiadores del arte, como Carlos Hugo Espinel, del Departamento de Medicina de la Universidad de Georgetown (EE.UU), la mano derecha señala un cáncer de mama avanzado. Basan su hipótesis  en que hay un engrosamiento (pliegue o bulto)  en el seno izquierdo, justo por encima del índice de la modelo. También puede intuirse una cierta retracción con piel algo más pálida y decoloración de la piel y una ligera prominencia en la axila. Además el brazo aparece ligeramente más hinchado, como se ve en los casos de linfedema que suelen acompañar a ciertos cánceres de mama.  

Sin embargo, otros autores plantean más dudas, como en un artículo de The Lancet, planteando el diagnóstico diferencial con un quiste. El Dr. Juan José Grau, del Hospital Clínic de Barcelona, que ha realizado diversos trabajos sobre cáncer de mama en obras de arte, tampoco cree que La Fornarina presentara esta enfermedad, atribuyendo el bulto de la axila a la posición de los brazos.

En todo caso, Rafael hizo de esta pintura una de sus mejores obras, un retrato de gran belleza y magnífica factura pero que no corresponde ni con el modelo renacentista ni con la estética de finales de la Edad Media. Una obra maestra, no desprovista de un cierto aire enigmático y en la que encontramos diversas referencias simbólicas. Como la perla que pende de su turbante, probable alusión al nombre de la joven  («Margarita»: del griego Μαργαρίτης; que significa literalmente, «perla»).


Bibliografia

Baum M. La Fornarina: breast cancer or not? The Lancet 361: 1129, 2003

Grau JJ, Prats M, Díaz-Padrón M. Cáncer de mama en los cuadros de Rubens y Rembrandt. Med. Clínica 116: 380, 2001


Tostado FJ. La Medicina en el Arte: Pintura – La Fornarina. Historia, Medicina y otras artes... (Blog) 
https://franciscojaviertostado.com/2015/06/05/la-medicina-en-el-arte-pintura-la-fornarina/
CORRESPONDENCE| VOLUME 361, ISSUE 936


lunes, 30 de septiembre de 2019

El virus que se escapó de un laboratorio








Janet Parker 


Fotografía en B&N
Archivo de prensa 



La viruela ha sido una de las enfermedades más devastadoras que ha sufrido la humanidad. Incluso en tiempos recientes, la viruela fue la causa de la muerte de 500 personas en el s. XX. Mucho mas que los 320 millones de muertos por las guerras, la pandemia de gripe española de 1918 o la epidemia de sida de las dos últimas décadas del siglo. 

Caso histórico de viruela
Sin embargo gracias a la vacuna, la viruela es la única enfermedad que se ha podido erradicar por acción médica hasta el día de hoy. El último contagio "natural" de la viruela tuvo lugar el 26 de octubre de 1977, se divulgó el último caso de viruela (del tipo Variola minor) contraída de manera natural, en la localidad de Merca (Somalia) por un hombre de 23 años llamado Ali Maow Maalin. Desde entonces no se habían producido más casos. 

Se acordó entonces que el virus de la viruela sería preservado con la finalidades de investigación y para poder elaborar una eventual vacuna en caso de que se revelaran focos infecciosos inesperados. Se conservó en cuatro laboratorios: París, Londres, Atlanta (USA) y Koltsovo (Rusia). 

Pero hubo un desgraciado incidente poco después. Un caso accidental de viruela acabó con la vida de Janet Parker, una fotógrafa inglesa que fue así la última víctima real de la enfermedad.  


Janet Parker, el día de su boda

La Sra. Parker era una ex fotógrafa de la policía. En la actualidad estaba trabajando en el departamento de anatomía de la facultad de Medicina de la Universidad de Birmingham. Hacía diapositivas clínicas, pero ocasionalmente también fotografiaba algunos animales de laboratorio, entre los que había algunos primates. 

En el laboratorio de la la Facultad de Birmingham había muestras de virus de la viruela. Estaba dirigido por el Dr. Henry Bedson, Jefe del Departamento de Microbiología Médica. El laboratorio estaba dividido en una pequeña sala de investigación de viruela y otra sala de viruela animal más grande. La OMS había sugerido a Bedson que destruyera las cepas, pero él seguía experimentando con ellas. El día 25 de julio de 1978 se había manipulado una cepa de virus de viruela llamada Abid en este laboratorio.


University of Birmingham Medical School. (Imagen: Mirrorpix)

Plano del laboratorio de virología que dirigía el Prof. Henry Bedman, en Birmingham.
Abajo, a los lados, se ven los respiraderos (en negro).
Uno de ellos estaba contiguo a la pequeña sala experimental.



Aquel día la Sra. Parker estuvo realizando llamadas telefónicas en una habitación que estaba directamente encima del laboratorio de viruela, a la que iba con frecuencia para ordenar material fotográfico y en donde pasaba una gran parte del día. Las habitaciones estaban conectadas por conductos de aire. 

Algunos días más tarde (11 de agosto), Janet comenzó a sentirse mal. Los médicos que la vieron (que nunca habían visto un caso de viruela) diagnosticaron primero gripe y luego, al ver unas lesiones vesiculosas que le aparecían en la piel, varicela. Sin embargo, su madre Hilda Witcomb, discrepaba del diagnóstico, ya que Janet ya había pasado la varicela en su infancia. Además, las vesículas que ella presentaba  ahora eran mucho más grandes.  


Lesiones de viruela en las piernas

El 24 de agosto ingresó en el hospital con el diagnóstico de viruela. 

Pero el período de incubación de la viruela es entre 7 y 17 días. Los virus, fuera de un organismo vivo, solo sobreviven algunas horas. Janet había tardado algunos días más de los aceptados como período de incubación, lo que iría en contra de que los virus pudiesen haber llegado hasta ella por los conductos de aire el 25 de julio. 


La forma de ladrillo característica de
los poxvirus, como el virus de la viruela.
Sin embargo, una investigación de Birmingham Mail demostró que el virus también fue manipulada en otra fecha. En el informe que se hizo del caso (informe Shooter) hay una nota de que el virus de la cepa Abid, junto con otra cepa de viruela potencialmente mortal, llamada Jumma, fueron manipuladas el viernes 28 de julio.  Este día se recolectaron los cultivos de tejidos que habían sido infectados con Abid y Jumma tres días antes, el martes 25 de julio. Si la Sra. Parker contrajo la enfermedad en esta fecha, el viernes 28 en lugar del martes 25, significaba que para cuando comenzó a sentirse enferma y mostrar los primeros síntomas, el viernes 11 de agosto, habían pasado 15 días, lo que la sitúa dentro de los límites de incubación.  

Pero, ¿por qué se contagió de viruela el viernes 28 de julio, un día en el que no tenía ninguna razón para ir a algún lugar cerca del laboratorio altamente restringido, que no era parte de su departamento?

La respuesta puede estar en que este día muchos miembros del personal se separaron para sus vacaciones de verano. La Sra. Parker podía haber tenido asuntos que tratar con algunos investigadores. Según algunos rumores, la Sra. Parker suministraba equipos de filmación y cámaras fotográficas a bajo precio a algunos amigos y colegas, utilizando sus contactos comerciales para obtener los materiales a precio de profesional. ¡Nada mejor que entregar estos equipos antes de las vacaciones!

Sin embargo, nadie ha testificado de forma concluyente en este sentido, por lo que el misterio del contagio de Birmingham quedará envuelto en dudas y especulaciones. 

Janet pasó sus últimos días en un hospital de aislamiento de viruela en Catherine-de-Barnes, cerca de Solihull. Tenía el tipo de variola maior (el más mortal). Estaba muy débil y casi no podía tenerse en pie. Al poco tiempo se quedó prácticamente ciega de ambos ojos por las pústulas y entró en fallo renal. Murió el 11 de septiembre. 

Unidad de aislamiento en el hospital Catherine de Barnes (Solihull),
rodeado por una alambrada


La cuarentena se estableció con celeridad, desde el primer momento. A las pocas horas de que Janet fuera ingresada, sus padres, el conductor de la ambulancia que la llevó y otras 260 personas fueron aisladas. El 26 de agosto, los funcionarios de salud, vestidos como si estuvieran listos para explorar otro planeta, fumigaron la casa y el automóvil de Janet's en Burford Park Road. El 28 de agosto, se anunció que 500 personas habían sido puestas en cuarentena y se les ordenó estar confinados en sus domicilios durante dos semanas 

Su padre, Frederick, de 71 años, murió en el mismo hospital donde estaba Janet algunos días antes que ella (5 de septiembre de 1978). Se le había puesto en cuarentena y él había declarado sentirse mal. Su muerte se atribuyó a "un infarto por el estrés que le provocaba el caso" mientras se encontraba aislado. Nunca se realizó la autopsia por miedo al contagio. Janet ya se encontraba en fase terminal. 
La muerte por viruela de Janet Parker
tuvo una gran repercusión mediática


Su madre, Hilda, se había contagiado de viruela, al contactar con Janet. Pero en este caso, la infección se detectó temprano y pudo sobrevivir. Eso sí, al estar en cuarentena no pudo asistir ni al entierro de su marido, Fred, ni al de su hija, algunos días más tarde. 

De hecho, se adoptaron medidas estrictas de control de enfermedades para el funeral. El coche fúnebre fue fuertemente escoltado por vehículos policiales, en previsión que pudiera ocurrir un accidente de circulación durante el traslado.  El cuerpo tuvo que ser incinerado porque había una posibilidad de que el virus hubiera prosperado en el suelo si la Sra. Parker hubiera sido enterrada. Todos los demás funerales fueron cancelados ese día y el Crematorio Robin Hood se sometió a una intensa limpieza. Por su parte el pabellós de aislamiento en donde se había recluido a los que estaban en cuarentena permaneció cerrado 5 años.


El Prof. Henry Bedson, director del laboratorio
de viruela de Birmingham, que  se suicidó
el 6 de septiembre de 1978
El Prof. Bedson había estado examinando con el Dr. Geddes las muestras tomadas de Janet Parker. Cuando vio las formaciones en forma de ladrillo características del virus de la viruela guardó silencio, pero quedó profundamente abatido. Estaba claro que el virus había salido de su laboratorio.   

Al día siguiente de la muerte del padre de Janet, el 6 de septiembre, el Dr. Bedson se suicidó, cortándose el cuello con un cuchillo. Encontraron el cadáver en la caseta del jardín de su casa. Junto a él una nota que no dejaba lugar a dudas: 
"Siento que he perdido la confianza de mis amigos tanto en mí como en mi trabajo" 

Se procedió a vacunar a millares de ciudadanos. Afortunadamente, el brote de viruela de Birmingham pudo contenerse a tiempo. No hubo más casos, y no ha habido ninguno desde entonces.

En 1979 se declaró Birmingham libre de viruela y la Universidad de Birmingham (y Henry Bedson, que ya estaba muerto) fueron absueltos  en juicio de responsabilidad por falta de pruebas concluyentes.   


La prensa se planteó muchas preguntas,
que quedaron sin respuesta
Pero un año más tarde, en 1980,  el documentado informe Shooter estableció que la cepa que había afectado a Janet se había fugado del laboratorio del Dr. Bedson. Pero todavía no se ha dilucidado bien cómo pudo haberse escapado. 

Las hipótesis que parecen más probables son: 

  • por los conductos de aire 
  • por contacto personal  
  • por contacto con algún equipo contaminado. 

Acta oficial de la OMS de erradicación mundial de la viruela  (Ginebra, diciembre de 1979)


    La erradicación de la viruela supuso un gran éxito médico con gran eco en la prensa


    En 1980, dos años después de la muerte de Janet Parker, la viruela fue declarada completamente erradicada por la OMS, gracias a las vacunas. Posteriormente se eliminaron las muestras de viruela de Birmingham y las del Instituto Pasteur en París. Actualmente solamente se conservan muestras de virus de viruela en un laboratorio del CDC de Atlanta (EEUU) y en el laboratorio Vector de Koltsovo (Rusia). Muchas voces abogan también actualmente por la eliminación de estos dos reservorios, que pueden constituir un potencial peligro.