jueves, 23 de febrero de 2017

Lavanderas





Henri Frère

Lavandera
(1942)
 Plintografía 
Colección particular  



Henri Frère (1908-1986) fue un artista de Catalunya Nord, gran amigo y admirador del escultor Aristide Maillol. Además de cultivar la pintura y la escultura realizó diversos grabados en ladrillos, a los que él daba el nombre de plintografías. 

Una de estas plintografías es la que comentamos hoy, que muestra una lavandera realizando su colada en la ribera de un río. Hasta casi mediados del s. XX estas mujeres lavaban así la ropa. También existían en muchos pueblos lavaderos comunales o privados donde se podía también lavar a mano. 

Lavadero público de Biniaraix (Mallorca)

Existe la leyenda de que yendo Ernest Bazin hacia el Hospital de Saint Louis de París, se encontraba con estas mujeres lavando en el canal del Sena. Tal vez hubiera alguna muchacha especialmente bella, que en el ajetreo de su faena, dejaba las piernas al aire. Lo cierto es que dicen que Bazin se fijaba en ellas y así se dio cuenta del que se conocería más tarde como eritema indurado de Bazin, una paniculitis de las piernas relacionada con la tuberculosis, tan frecuente en aquel tiempo... La veracidad de esta anécdota no está contrastada, pero si más no, es una forma de recordar la descripción del cuadro por el insigne dermatólogo. 


Ernest Herbert. Jeune lavandière songeuse. Musée d'Orsay. Paris. 

Lavar la ropa era un trabajo duro. Suponía desafiar el frío, el viento y mantener las manos sumergidas largo rato en el agua helada. La piel está recubierta de una capa grasa, que la conserva y protege. Este manto ácido, que fue descrito en 1928 por el dermatólogo Marchionini, puede ser destruído por la acción continuada del jabón, de inmersiones repetidas en agua o por los elementos metereológicos (frío, viento).


Antiguo lavadero público. Llampaies (Empordà, Catalunya)

La consecuencia es que la piel aparece enrojecida, seca y cuarteada. Su aspecto recuerda al de algunos eccemas, aunque en este caso no hay una sensibilización a una sustancia concreta, sino una reacción ortoérgica, de uso, debida a la falta de protección cutánea. 

Esta alteración se denominó en aquel tiempo dermatitis del lavado o de las amas de casa. Hoy lo seguimos viendo en otras profesiones que desarrollan su trabajo en contacto repetido con el agua, como enfermeras, pinches, camareros, cocineros... o en cualquier otra circunstancia que requiera el contacto frecuente con agua y detergentes o en los casos en los que el secado de las manos no es todo lo cuidadoso que sería recomendable.  

miércoles, 22 de febrero de 2017

Santa Isabel de Hungría curando a los tiñosos





Bartolomé Esteban Murillo

Santa Isabel de Hungría 
curando a los tiñosos (detalle) 
(1672) 

Óleo sobre lienzo 325 × 245 cm 

Iglesia de San Jorge del 
Hospital de la Hermandad de la Caridad. Sevilla.





Bartolomé Esteban Murillo (1617 - 1682) fue uno de los más destacados pintores de la escuela sevillana. Formado en el naturalismo, entró plenamente en el barroco, anticipando en muchos casos el rococó. En plena Contrarreforma, realizó básicamente obras de carácter religioso, especialmente vírgenes y santos, para órdenes religiosas e iglesias como la que hoy comentamos, aunque también realizó pintura de género.

La visión completa del cuadro. 
La obra fue encargada a Murillo por Miguel de Mañara, gran impulsor del Hospital de la Caridad de Sevilla para decorar la iglesia de San Jorge de Sevilla. El óleo debía formar parte de un programa iconográfico relacionado con las obras de misericordia y el ejercicio de la caridad. 

Murillo realizó seis pinturas alegóricas de las obras de misericordia. Mañara también encargó a Murillo la realización de dos obras donde se recogieran dos ejercicios caritativos que debían cumplir los miembros de la Hermandad de la Santa Caridad, con sede en esta iglesia. Una de ellas es asistir a los enfermos durante su curación y darles de comer como se recoge perfectamente en esta obra que contemplamos protagonizada por santa Isabel de Hungría. 

El cuadro representa a Santa Isabel de Hungría ayudada por tres damas elegantemente vestidas, mientras lava la cabeza de un niño afectado por tiña (tinea capitis o más probablemente tiña favosa) una infección del cuero cabelludo causada por hongos dermatofitos y que era muy común en aquel tiempo. El tiñoso inclina su cabeza sobre una jofaina y la santa vierte agua sobre su cabeza en una escena que además de las implicaciones terapéuticas presenta un fuerte simbolismo sobre el papel purificador del agua. Las ricas vestiduras de Isabel y sus damas contrastan vivamente con los harapos y la precaria vestidura de los enfermos atendidos. 


A la derecha del cuadro, otro pillete se rasca el cuero cabelludo y el pecho. El cuero cabelludo también presenta lesiones compatibles clínicamente con una tiña. Sin embargo esta micosis no suele causar mucho prurito, por lo que el rascado incontinente del muchacho hace sospechar que además, presenta otra enfermedad, probablemente piojos o sarna. No es infrecuente observar casos en los que coexisten ambas afecciones, ya que suelen contraerse en lugares de higiene precaria. El propio Murillo ha dejado algunas obras alusivas a piojos o a pulgas


   Vidriera representando a Santa Isabel socorriendo a los necesitados   
En primer plano, sentados en el suelo pueden verse dos menesterosos más, también enfermos, aunque en su caso no parecen tiñosos. Uno de ellos se levanta un vendaje dejando al descubierto una úlcera en la pierna. También lleva la cabeza vendada posiblemente por alguna lesión cutánea o alguna herida traumática. La vieja de la derecha mira a la santa con actitud expectante mientras sujeta un bastón, lo que hace pensar que adolece de alguna enfermedad que afecta a las piernas o a la correcta deambulación. 

La escena se desarrolla sobre el fondo de una arquitectura monumental y está bañada por una luz de tonos dorados que crea una sensación atmosférica que contribuye a difuminar los contornos, pero permite ver todos los detalles de los personajes, las calidades de las telas o los reflejos en la palangana de metal. Al fondo, bajo un espectacular pórtico, puede contemplarse una segunda escena en la que también se representa a la Santa, pero esta vez en el acto de dar de comer a los pobres, segunda parte del ejercicio caritativo entre los hermanos de la Caridad, de los que Murillo era miembro desde 1665.

Santa Isabel de Hungría (1207-1231) era una princesa de sangre real, hija del rey Andrés II de Hungría y Gertrudis de Merania. Isabel creció en la corte húngara en un ambiente de gran religiosidad. Su madre era hermana de la religiosa Sta. Eduvigis de Silesia. Tras el asesinato de su madre, en 1215 su padre contrajo segundas nupcias y nació una hermanastra, Violante, que años después se casaría con Jaime I de Aragón. 


Santa Isabel de Hungría lavando a un enfermo en el hospital. 
Escena del retablo del altar mayor en la catedral de Santa Elizabeth. 
Košice (Eslovaquia). s. XV. 
En 1221 Isabel, con solamente 14 años se casó con el landgrave Luis IV de Turingia-Hesse, y al parecer fue muy feliz en esta etapa de su vida, en la que también eran conocidas sus continuas obras de caridad, repartiendo sus bienes entre los pobres. 

Pero poco le duró la felicidad. A la temprana edad de 20 años enviudó y dedicó su vida a la religión y a socorrer a los enfermos y necesitados. Ordenó la construcción de un hospital en la ciudad de Marburgo, con 28 camas, en el que ella misma atendía a los enfermos y leprosos que allí se acogían. Más adelante ingresó en la orden terciaria franciscana. 

Santa Isabel vendando la cabeza a un niño. Venanci Vallmitjana Barbany (1862)
Mármol 128 x 62  Museo del Prado. Madrid. 

Murió muy joven, cuando solamente contaba con 24 años de edad, convirtiéndose en un símbolo de la caridad cristiana. En el año 1235 fue canonizada por el papa Gregorio IX, y su culto se extendió muy rápidamente por diversos países de Europa.


Existen numerosos cuadros que tratan sobre el tema de Santa Isabel atendiendo a enfermos. La obra de Murillo tiene la particularidad de que los pacientes son niños afectados por tiña del cuero cabelludo, enfermedad contagiosa - muy frecuente en la época en se realizó el lienzo - que provocaba zonas de calvicie (alopecia),  e infecciones secundarias al rascado. El proceso estaba favorecida por las malas condiciones de vida, hacinamiento y deficiencias higiénicas. 



Santa Isabel de Hungría curando a los tiñosos:



martes, 21 de febrero de 2017

Daniel Turner, el cirujano que escribió el primer texto de Dermatología





Daniel Turner 

Treatise of Diseases 
incident to the skin
(1714) 

Frontispicio del libro con un retrato del autor 
Universidad de Yale



  Daniel Turner (1667-1741) fue uno de los primeros tratadistas que dedicaron un libro a las enfermedades de la piel. Era natural de Londres, e inició su carrera como cirujano barbero. En aquel tiempo, los cirujanos no eran médicos, y su formación intelectual era mucho menor, considerándose de rango inferior y destinados a pequeños trabajos manuales. Fue por este motivo que Turner, posteriormente, decidió ascender en la escala social, licenciándose en Medicina, al parecer de forma algo irregular.

     Tal vez fuera por esta deficiente formación intelectual que Turner no estuviera versado en lengua latina, el idioma universalmente reconocido como vehículo de información científica en aquel tiempo. Lo cierto es que su obra, De morbis cutaneis. A treatise of diseases incident to the skin, se publicó en 1714 en inglés, contrariamente a los usos de la época. Es por eso que a Turner se le considera, en cierto modo, el precursor de la dermatología británica.

     El libro de Turner alcanzó gran predicamento entre sus coetáneos, difundiéndose ampliamente tanto en Europa como en las colonias norteamericanas. Sus 5 ediciones inglesas, y su traducción al francés (1743) y al alemán (1766) dan fe de ello. Además Turner escribió un tratado sobre lúes, titulado  Syphilis, a practical dissertation on the venereal diseases en 1717 y otro sobre cirugía, Art of surgery, en el que hay una buena parte dedicada a enfermedades dermatológicas, y que en aquel tiempo eran englobadas en buena parte en la Cirugía. Nadie como Turner, que fue cirujano durante un buen período de su vida, para exponer estos temas, cosa que realiza con un lenguaje fácil, llano y ameno, salpicado de experiencias personales.


Otro de los libros de Turner: The Art of Surgery (1741)

   La clasificación de las dermatosis en la obra de Turner sigue estrictamente la división galénica clásica: enfermedades generalizadas de la piel, que considera originadas por causas internas humorales, y enfermedades localizadas en algún punto del tegumento.

     La obra de Turner es eminentemente práctica y vinculada a su experiencia personal, como corresponde a un antiguo cirujano barbero. A diferencia de otros autores que solamente citan obras de clásicos como Galeno o Hipócrates, Turner expone con sencillez lo que ha visto con sus propios ojos. Lejos del ampuloso y pedantesco estilo académico, su exposición es coloquial y clara. Cabe destacar que incorpora por primera vez una pequeña introducción sobre histología de la piel basada en las observaciones microscópicas de William Cowper (1766-1709). A pesar de ser rudimentaria y plagada de inexactitudes, hay que destacar que es la primera vez que una descripción así se usó en la introducción de un texto dermatológico.

    En cuanto a los tratamientos propuestos, se basan siempre en la práctica de sangrías y de purgas, insistiendo constantemente en que "hay que preparar al organismo" antes de realizar el tratamiento tópico, ya que de lo contrario se incurría en peligro de muerte. Otra constante terapéutica era la administración de mercurio, tópico o sistémico, hasta conseguir la hipersialia típica de la intoxicación mercurial.


Bibliografía

Sierra X. Historia de la Dermatología. Barcelona, Mra 1994

lunes, 20 de febrero de 2017

Parto, nacimiento y muerte en la Antigua Roma








Fragmento de monumento
 funerario

Relieve en mármol. Ostia Antica.



Mónica Miró fue mi profesora de latín y cultura romana durante mis estudios de licenciatura en Humanidades, una profesora que recuerdo con admiración y afecto: sabe contagiar su entusiasmo y pasión por el mundo clásico a sus alumnos. Nos une además una buena amistad y me consta que sigue este blog con interés. Hace algún tiempo publicó el libro "Perennia" en el que tradujo una colección de epitafios poéticos funerarios latinos, inscripciones grabadas en soporte duro, de un gran lirismo, que a menudo constituyen un testimonio directo de la vida cotidiana en el mundo romano. Los epígrafes explican en algunos casos las circunstancias en que se produjo el fallecimiento del ser querido protagonista del poema inciso en la lápida. Un grupo muy abundante, entre estos textos fúnebres, refiere muertes de mujeres durante la gestación, el parto o el puerperio. Es el caso de la inscripción de Veturia Grata: 

Vel nunc morando resta, qui perges iter,Etiam dolentis casus aduersos lege,Trebius Basileus coniunx quae scripsi dolens,Vt scire possis infra scripta pectoris.Rerum bonarum fuit haec ornata suis,Innocua, simplex, quae numquam errabit dolum,Annos quae uixit XXI et mensibus VIIGenuitque ex me tres natos quod reliquit parbulos,Repleta quartum utero mense octauo obit.Attonitus capita nunc uersorum inspice,Titulum merentis oro perlegas libens:Agnosces nomen coniugis gratae meae.

“Ahora espera un momento, detente, tú que haces camino, y lee la suerte adversa de quien se aflige, para que puedas conocer las palabras que aquí abajo están escritas con el corazón, las que yo, su esposo, Trebio Basileo, afligido escribí. Ella, para los suyos, fue un dechado de bondades. Irreprochable, sencilla, jamás se propuso engañar. Vivió veintiún años y siete meses, y engendró de mí tres hijos, que ha dejado pequeños; murió con el cuarto en el vientre, en su octavo mes de embarazo. Mira ahora atentamente el inicio de los versos. Te pido que, de buen grado, leas hasta el final el epitafio de quien se lo merece: conocerás el nombre de mi grata esposa.”

(Perennia. Poesía epigráfica latina. Edición bilingüe latín-español. Barcelona: Godall Edicions, 2016,  pág. 32-33)


Marfil procedente de Pompeya. Museo Archeologico Nazionale. Nápoles


La profesora Miró, ante la excelente acogida de que ha sido objeto su último libro, mantiene en Facebook una página en la que no sólo recoge noticias relacionadas con los epígrafes publicados en Perennia sino que da a conocer otros epitafios poéticos distintos pero complementarios de los que publicó en esta obra.

[https://www.facebook.com/Perenniapoesiallatina]

Es el caso del texto que transmite una bella y triste historia, sucedida en Salona, Dalmacia (la actual ciudad croata de Solin).

Ella se llamaba Cándida, y se puso de parto. Era un parto difícil: tras cuatro días de dolores le llegó el final. La muerte los arrebató, a ella y al hijo que llevaba en su vientre. Su compañero de vida y de esclavitud le dedicó esta inscripción:
Qu(a)e est cruciata ut pariret diebus IIII et non peperit et est ita uita functa. Iustus conser(uus) p(osuit).
(Tumba de aquella) que se atormentó durante cuatro días para parir, y no parió, y así terminó su vida. Justo, compañero de esclavitud, le dedicó (esta inscripción).

En la antigua Roma las comadronas (obstetrices; el término comadrona procede de cum matrona, es decir, quien está con la mujer de la casa) ayudaban en los partos. No era habitual que a los alumbramientos asistieran los médicos, que sólo lo hacían en los casos en los que la vida de la madre o la del niño corría peligro y únicamente si las parteras los requerían. En Roma, también existían ginecólogas (feminae medicae) pero éstas solamente se dedicaban a la medicina de enfermedades propias de las mujeres, y no solían ejercer como obstetras.

Terracota con escena de parto encontrada en una tumba de Isola Sacra (Ostia). 

El primer tratado de ginecología lo escribió Sorano de Éfeso, un médico del siglo II dC que ejerció en Alejandría y Roma. Eran cuatro tomos escritos en griego y titulados Libro de las enfermedades de las mujeresGynaikeia. Fue traducido al latín en el siglo VI dC por Muscio. En la tercera parte de su libro, Sorano habla del parto y da indicaciones de cómo atender a la madre y al recién nacido durante el mismo.

Parturienta en la silla de partos. Obsérvese la 
escotadura semilunar del asiento 
para permitir el paso del neonato.
Por los comentarios de este tratado sabemos que el principal instrumento de las comadronas era la silla de parir, dotada de respaldo, brazos y un asiento con un entrante en forma de media luna. para permitir el paso del niño por el orificio. Entre el asiento y el suelo había tableros a los dos lados, pero no por delante ni por detrás, para permitir las maniobras de la comadrona. La parturienta realizaba la dilatación en la cama y se sentaba en la silla que había traído la comadrona al comienzo de la fase de "expulsión". Si la familia no disponía de recursos, a veces la silla se sustituía por una persona fuerte que sentaba a la partera en su regazo, de modo que el niño salía por entre las piernas de ambos. La comadrona era asistida habitualmente en su labor por tres personas, dos a los lados y una por detrás de la silla.

Las cesáreas solamente se realizaban cuando la madre ya había muerto. Era una operación de alto riesgo y la embarazada corría peligro de muerte si se realizaba en vida, por el riesgo de hemorragia masiva y de infecciones graves. Una conocida leyenda relaciona el nombre de cesárea con el del general Julio César, que habría nacido de esta manera. Sin embargo, sabemos que su madre Aurelia vivió muchos años después de que él naciera, por lo que es muy improbable que Julio César viniera al mundo gracias a una cesárea. Según comentaba Plinio el Viejo, el cognomen Caesar  derivaría de un antepasado suyo que, él sí,  habría nacido de este modo. La Lex Caesarea disponía que una mujer que muriese durante el embarazo tardío debía ser sometida a esta intervención con la finalidad de salvar la vida del nasciturus. En realidad, la primera cesárea de cuya supervivencia materna tenemos plena constancia tuvo lugar en Alemania en el año 1500.

En cuanto a la tasa de mortalidad infantil neonatal (
número de nacidos muertos y muertes en los primeros 7 días de vida del recién nacido por cada 1.000 nacidos vivos en un año determinado), estudios realizados por Tim G. Parkin la han cifrado alrededor de un 300/1000, una cifra extraordinariamente alta si se compara con las tasas de mortalidad actuales: en nuestro país se sitúa actualmente en 3'2/1000, una tasa casi 100 veces inferior a la calculada para la antigua Roma).

Laura Montanini, autora que también ha estudiado la mortalidad infantil en el mundo romano, da tasas parecidas, añadiendo, además, que entre el 30-40% de los niños moría durante el primer año de vida, y que, en la época imperial, un tercio de la población infantil lo hacía antes de cumplir diez años.



Reconstrucción ideal de la Columna Lactaria, que
estaba situada en el Forum Holitorium (mercado de la hierba), 
donde más tarde se erigiría el Teatro de Marcelo. 
En la cámara de la base de la columna solían establecerse
las nodrizas y también era un lugar 
donde se dejaban 
niños expósitos que podían así ser adoptados.
Explicarían esta elevadísima mortalidad infantil, por una parte, factores como la desnutrición, la precaria higiene en la que tenían lugar la mayoría de partos y la virulencia de las enfermedades infecciosas que diezmaban a la población romana, y especialmente a los niños. Pero, por otra parte, debe tenerse en cuenta también el elevado número de infanticidios así como la frecuencia en que se producían abandonos de niños, muchos de los cuales quedaban expósitos al pie de la columna Lactaria, delante del templo de la Pietas, en Roma.

Tanto el infanticidio como el abandono no estaban mal vistos y eran bastante generalizados en algunas situaciones: niños que presentaban discapacidad física, hijos ilegítimos, niños nacidos en el seno de familias muy numerosas e incapaces de mantener a más miembros, aquellos cuyos padres, al no tener medios para criarlos, decidían abandonarlos, o niñas que no eran bien acogidas (al parecer el infanticidio y el abandono era más frecuente en niñas). Estas prácticas eran también una forma de controlar el aumento de la población infantil evitando los riesgos que conllevaban otras prácticas, como por ejemplo el aborto.

Una prueba de que eran usos habituales es que, por lo menos en una ocasión, de ser cierto el testimonio que ofrece el historiador Dionisio de Halicarnaso, se promulgó una ley para contribuir al crecimiento demográfico de Roma. Se trata de la llamada Ley de Rómulo:
En primer término estableció la obligación de que sus habitantes criaran a todo vástago varón y a las hijas primogénitas; que no mataran a ningún niño menor de tres años, a no ser que fuera lisiado o monstruoso desde su nacimiento. Sin embargo, no impidió que sus padres los expusieran tras mostrarlos antes a cinco hombres, sus vecinos más cercanos, si también ellos estaban de acuerdo. Contra quienes incumplieran la ley fijó entre otras penas la confiscación de la mitad de sus bienes.
(Dionisio de Halicarnaso, Historia antigua de Roma. 2.15.1-2)

   

Agradecimiento:

A la Prof. Mònica Miró por la revisión
 y corrección de esta entrada






Bibliografía 



Miró Vinaixa. M. Perennia. Poesía epigráfica latina. Edición bilingüe (Selección, introducción y traducción de Mònica Miró Vinaixa). Barcelona: Godall edicions, 2016 [Colección «Alcaduz», número 2]. ISBN: 978-84-945094-2-1

domingo, 19 de febrero de 2017

Una hora con Venus y el resto de la vida con Mercurio






John Sintelaer 

The Martyrdom of Mercury
(1709) 

Frontispicio del libro.
G. Harris. Londres




Esta es la página inicial de un tratado sobre tratamiento de la sífilis con mercurio y ya su mismo título alerta de que no es un tratamiento agradable para el paciente. Durante mucho tiempo (desde el s. XVI a finales del s. XIX), los tratamientos con compuestos de mercurio fueron usados para la cura de la sífilis. Junto con los diaforéticos, la zarzaparrilla y el palo de guayacán eran la única solución terapéutica para este tipo de enfermos.


Los tratamientos con mercurio eran largos y dolorosos, con multitud de efectos secundarios. Por eso se acuñó el refrán de "Una hora con Venus y el resto de la vida con Mercurio", haciendo alusión a la brevedad del acto erótico (muchas veces a través de la prostitución) en comparación a la larga duración de las terapias mercuriales para tratar la lúes que de él se derivaba. El mercurio se administraba de muchas maneras. 


    Frasco de tabletas de calomelanos    
La vía oral fue una de las más utilizadas. Se usaban varios compuestos. Uno de los más reputados era el cloruro de mercurio, conocido en aquel tiempo como calomelanos. Esta denominación parece provenir del griego καλος (bello) y μέλας, -ανος, (negro). El nombre, algo sorprendente para un compuesto de color blanco, probablemente se deba a la reacción de dismutación con el amoníaco, en la que se forma una coloración negra (a causa de un polímero nitrogenado de mercurio (II) y mercurio elemental. El nombre de calomelanos fue introducido por Theodore Turquet, un doctor en Medicina de Montpellier. 


Otras formas de administración oral eran "las píldoras azules del Dr. Ricord" que alcanzaron gran difusión: protocloruro de mercurio, obtenido por vaporización y el precipitado blanco o protocloruro de mercurio, preparado por precipitación.

El tratamiento oral era muy tóxico y causaba muchos efectos secundarios. Las intermitencias del tratamiento estaban subordinadas a los fenómenos tóxicos derivados de alteraciones renales y hepáticas. Se observaban toxidermias mercuriales, sialorrea (exceso de saliva), estomatitis, pérdida de piezas dentarias, alteraciones del riñón, del hígado, del sistema nervioso, de los órganos de los sentidos; anemias y fiebres mercuriales; trastornos de la nutrición y caquexia mercurial. La duración del tratamiento en general era de 6 años, aunque en muchos casos se extendía más tiempo si persistían las lesiones visibles en la piel. 

La vía rectal suplía en cierta medida las deficiencias de tolerancia gastrointestinal. Se utilizaban supositorios de aceite gris que contenían de 2 a 4 gramos de mercurio.



Jeringas para la inyección intrauretral de mercurio

Otra vía de administración era la parenteral: inyecciones mercuriales solubles e insolubles. Se realizaban por vía intramuscular profunda, hipodérmica o subcutánea que resultaban muy dolorosas. Las inyecciones endovenosas tenían indicaciones especiales, para obtener efectos rápidos y seguros. Se utilizaban generalmente las inyecciones intramusculares de biioduro de mercurio. Las inyecciones mercuriales insolubles se realizaban en aceite o parafina. Se dejaron de indicar cuando se confirmó su efecto acumulativo peligroso. Además inducían granulomas por cuerpo extraño. También se realizaban inyecciones intrauretrales de compuestos mercuriales, aunque eran más usadas mientras persistía el chancro primario o para los casos de gonorrea. 


Alegoría de la sífilis: Bajo el gentil aspecto de una hermosa dama que
corresponde al amor de un joven, se esconde la muerte causada por la sífilis. 
Arriba, en una nube transportada por los ángeles, acude el dios Mercurio 
para intentar atajar la enfermedad (ilustración de
un libro del s. XIX alertando del peligro del "mal venéreo") 


Otra forma de administración muy habitual era la tópica. Las pomadas (como el llamado "ungüento gris", ideado por Metchnikoff y Émile Roux) se frotaban directamente sobre las lesiones de sífilis secundaria. 



Las pomadas mercuriales fueron usadas hasta los primeros años del s. XX
(Colección Dr. Jordi Peyrí)
Las fricciones mercuriales bien practicadas constituían un método de tratamiento mucho mejor tolerado que la administración oral. Una práctica muy habitual era recetar un ciclo de 30 a 40 fricciones. 

Finalmente, también se practicaban fumigaciones con vapores mercuriales en las que los gases eran absorbidos por el pulmón. 



Un cartel del s. XX que todavía emplea el famoso refrán
Los tratamientos con mercuriales producían una intoxicación crónica de los pacientes sometidos a esta terapéutica. Uno de los síntomas más comunes eran la hipersialia o ptialismo (aumento de la salivación), dato tan constante que incluso a veces era tomado erróneamente como señal de que la medicación estaba consiguiendo su efecto curativo. 


Debido a que el mercurio bloquea la vía de degradación de las catecolaminas (puede inactivar la S-adenosil-metionina, que es necesaria para el catabolismo de las catecolaminas), se produce un exceso de adrenalina que provoca sudoración profusa, taquicardia (latido cardíaco persistentemente más rápido de lo normal), aumento de la salivación e hipertensión (presión arterial alta). La piel aparece pálida tomando un color rosado claro especialmente en mejillas, manos y pies. También puede observarse una cierta inflamacion y descamación cutánea. , inflamada.  La neuropatía periférica (que se presentaba como parestesia o picazón, ardor o dolor) era muy característica. 
Los síntomas de intoxicación mercurial eran tan frecuentes en los pacientes luéticos que a veces se tomaban como síntomas de la propia enfermedad, aumentando la confusión en la descripción clínica de la sífilis.