jueves, 29 de marzo de 2018

Aspectos médicos de la muerte de Cristo (y IV): muerte y descendimiento







Rogier van der Weyden

Descendimiento de la Cruz
(1499-1500)


Óleo sobre tabla  220 x 262 cm
Museo del Prado. Madrid 



Como ya hemos visto el tormento de los condenados a ser crucificados era terrible. En el caso de Jesús fue la culminación de una serie de sufrimientos, incluyendo la hematidrosis, la flagelación y la corona de espinas. Nos referiremos hoy a la muerte propiamente dicha. 

Las causas de la muerte en la cruz eran multifactoriales, aunque los principales mecanismos eran el shock hipovolémico, la asfixia y tal vez el fallo cardíaco agudo con la posibilidad que sobreviniese un "cor pulmonale". Otros fenómenos que podían producirse eran la deshidratación, las arritmias por estrés y el fallo congestivo cardíaco por derrame pericárdico y pleural.  

El tiempo que tardaba un condenado en morir en la cruz era muy variable, y oscilaba entre 3 o 4 horas o 3-4 días. La mayor o menor duración estaba en relación a si se había practicado previamente la flagelación, que como hemos visto producía una considerable pérdida de sangre, lo que aceleraba el shock hipovolémico. 


Fra Angelico: Longinos atraviesa el costado de Cristo
con la lanza. Museo de San Marco. Florencia
Los soldados no se retiraban del lugar de la crucifixión hasta que se producía la evidencia de la muerte del reo. A veces, para acelerar la muerte, procedían a romper las piernas del crucificado por debajo de la rodilla (práctica conocida como crurifragium skelokopia), acelerando el fatal desenlace al evitar que el reo pudiese erguirse sobre sus pies, lo que como ya vimos al hablar de la crucifixión, le era imprescindible para poder respirar. Este método fue el utilizado para acelerar la muerte de los dos ladrones que fueron crucificados junto a Jesús.

Otras veces se atravesaba el corazón con una lanza. En el caso de Jesús el relato evangélico precisa que no le quebraron las piernas, porque ya estaba muerto y no hacía falta acelerar el desenlace. Sin embargo, para asegurarse, le atravesaron el costado con una lanza. El evangelio de San Juan no aclara si la lanza le hirió en el lado izquierdo o en el derecho, aunque previsiblemente fue en el izquierdo, en un intento de perforar el corazón. Lo que sí comenta el evangelista es que de la herida del costado manó sangre y agua. El "agua" puede identificarse fácilmente con el líquido seroso acumulado por una pleuritis o de la pericarditis que la crucifixión solía producir. 
Rosso Fiorentino: Descendimiento de la cruz.
Pinacoteca Comunale Volterra

Aunque muchas veces los cadáveres de los ajusticiados solían dejarse en la cruz a merced de los insectos y aves carroñeras, a veces se autorizaba a los familiares y allegados del ajusticiado a descolgar su cadáver para enterrarlo. En el caso de Jesús, la proximidad de la festividad de la Pascua aconsejaba que así se hiciese. Por eso, se solicitó el sepulcro de José de Arimatea para depositar el cuerpo
(Mateo 27, 57-60; Marcos 15, 43-46; Lucas 23, 50-55; y Juan 19: 38-42). Un discípulo de Jesús, Nicodemo, colaboró aportando 100 libras de mirra y áloe (unos 30 Kg) para embalsamarlo según la costumbre judía. 

La representación del Descendimiento de la Cruz es un icono clásico en las obras de arte alusivas a la Pasión y Muerte de Jesús. Pero tal vez es en el retablo de Rogier van der Weyden donde alcanza el grado más sublime.


Composición del Descendimiento de Rogier van der Weyden 


Los personajes del Descendimiento de Rogier van der Weyden
El retablo fue pintado para la capilla que el gremio de ballesteros tenía en Lovaina (Ntra. Sra. Extramuros)  en 1499 o 1500, y tras varias vicisitudes, forma hoy parte de la colección del Museo del Prado de Madrid. 

El centro del retablo lo ocupa la figura de Cristo, que todavía lleva en la cabeza la corona de espinas, y que muestra un cuerpo grácil, bello pero no atlético. La barba, rala, parece crecida solamente en los días de su detención. Los ojos aparecen en blanco, levemente abiertos. De la herida del costado mana sangre, a medio coagular y agua (Juan, 19, 34). El perizoma o paño de pureza transluce la sangre que fluye por debajo y que sin embargo no llega a mancharlo. 

Tres hombres están bajando el cadáver. El más viejo es Nicodemo, una alta jerarquía judía y fariseo(Juan, 3, 1-21; 7, 50). El más joven, que parece un criado, sostiene dos clavos muy largos y manchados de sangre que acaba de quitar de las manos de Cristo. La figura con vestidos dorados es José de Arimatea, el hombre rico que consiguió que le entregasen el cuerpo de Cristo y lo enterró en un sepulcro nuevo que reservaba para sí (Mateo, 27, 57-60). Llama la atención su fisonomía, muy parecida a la del Retrato de un hombre robusto. El gesto trasluce la pena profunda por la muerte de Jesús, las venas frontales marcadas revelan la tensión emotiva y el gran realismo de sus lágrimas constituyen una de las referencias obligadas en la pintura flamenca. 

El hombre vestido de verde y con barba que está detrás de José de Arimatea se interpreta como otro criado, que sostiene un tarro, probablemente el que contenía el perfume de nardo, auténtico y costoso con que la Magdalena ungió los pies de Jesús (Juan, 12, 3). A ella la vemos en el extremo derecho, entrecruzando las manos. 

A la izquierda, la Virgen se ha desvanecido y se ha caído al suelo. Su postura, en S itálica es totalmente paralela al del cuerpo muerto de Cristo, en un claro simbolismo. Su cara ha perdido el color y tiene los ojos en blanco, entrecerrados. La sujeta san Juan Evangelista, ayudado por una mujer vestida de verde que es probablemente María Salomé, hermanastra de la Virgen y madre de Juan. Y la mujer que está situada detrás del santo puede ser María Cleofás, la otra hermanastra de la Virgen.

He pasado muchas horas contemplando el Descendimiento de van der Weyden, sin duda una de mis obras preferidas en mis numerosas visitas al Museo del Prado. La composición y sobre todo, el gran realismo de las caras de los personajes hace de esta obra un referente inolvidable. 


Hans Holbein el Joven: Jesús muerto en su sepulcro



El descendimiento de Rogier van der Weyden 







miércoles, 28 de marzo de 2018

Aspectos médicos de la muerte de Cristo (III): La crucifixión







Matthias Grünewald

Crucifixión
(1515)


Óleo sobre tabla  
Retablo de Isenheim. Colmar 



En una entrada anterior hemos analizado, desde el punto de vista exclusivamente médico, las principales torturas a las que fue sometido Jesús de Nazaret (flagelación, corona de espinas) antes de ser crucificado. Consideraremos hoy las relativas a la agonía y muerte de Jesús en la cruz.  


P.P. Rubens: Crucifixión
La crucifixión fue una técnica de pena capital probablemente ideada por los persas. Alejandro Magno la introdujo en Egipto y en Cartago y los romanos la tomaron más tarde de los cartagineses. Así pues, los romanos no fueron los inventores de este cruel instrumento de muerte, aunque lo perfeccionaron mucho para conseguir que causara una muerte lenta con intensos dolores. Consiguieron así un castigo ejemplar, con el añadido de su espectacularidad. Un castigo que estaba reservado a esclavos fugitivos, rebeldes, insurrectos, revolucionarios, y a los más abyectos criminales. Una muerte que se consideraba vil y humillante y que no podía aplicarse en ningún caso a los ciudadanos romanos, excepto en el caso de los soldados desertores. Por eso, cuando condenaron a muerte a San Pablo, hizo valer su condición de ciudadano romano: en vez de crucificarlo, lo decapitaron con una espada. 

En las crucifixiones primitivas de los persas, los reos eran simplemente atados a un árbol o a un poste, evitando que los pies de las víctimas tocaran el suelo.  No fue hasta más tarde cuando aparecieron las cruces propiamente dichas, con un poste vertical (stipes) y un travesaño horizontal (patibulum). Se podían distinguir algunas variantes, como la crux commissa (en forma de tau) o la crux decussata (en forma de aspa). La forma y la tipología de la cruz variaba según las regiones y las épocas. La cruz de Jesús, al menos según la iconografía más usual, sería probablemente la llamada crux capitata (cruz latina), a pesar que los hallazgos arqueológicos indican que la cruz más usada por los romanos en aquel tiempo en la región de Palestina era la cruz baja en forma de Tau. 


El Greco. Jesús con la cruz a cuestas.
    Metropolitan Museum of Art. Nueva York    
Disponemos de vestigios arqueológicos sobre la crucifixión en Palestina, que nos ayudan mucho a comprender los detalles de este suplicio. En 1968, durante las excavaciones realizadas en Jerusalén en Giv’at ha-Mitvar (a dos kilómetros de la Puerta de Damasco), se hallaron los restos de 35 personas del siglo I d.C., y entre los cadáveres había el de un hombre que había muerto crucificado. Su estudio aportó grandes conocimientos y abundantes detalles sobre la técnica de la crucifixión. 

En general, los condenados eran obligados a cargar con su cruz hasta el lugar de la ejecución, fuera del recinto amurallado de la ciudad.  En el caso de Jesús, el Gólgota estaba a unos 600-700 m de la muralla de Jerusalén. Si la cruz era muy pesada (más de 130 Kg), les hacían llevar sólo el patibulum o travesaño horizontal, que solía pesar entre 30 y 50 Kg. En estos casos, les ataban los brazos al madero. 


Tintoretto. Crucifixión. Obsérvese que el cuadro representa el
 momento de colocar el titulus sobre la cruz. 
Era habitual crucificar al mismo tiempo a varios condenados a muerte. A Jesús, como es bien conocido, le crucificaron con dos ladrones, llamados Dimas y Gestas. El cortejo estaba acompañado de una escolta de un numeroso grupo de soldados, encabezados por un centurión. 

Uno de los soldados llevaba un cartel (titulus) en el que se especificaba el crimen por el que se le había condenado a muerte. El titulus era clavado en la cruz tras la crucifixión. En el caso de Jesús, el titulus decía "Jesús Nazareno, Rey de los Judíos". Estaba redactado en tres lenguas: hebreo, latín y griego, lo que es un testimonio del poliglotismo del Imperio Romano. El hebreo era la lengua propia de la población autóctona de Palestina y el latín la lengua oficial de Roma, aunque a decir verdad, nunca se habló mucho latín en la parte oriental del Imperio, donde se usaba mucho más el griego. 

  Martín Bernat. La Crucifixión. Museo del Prado.
En el lugar del suplicio, se administraba a los condenados una mezcla de vino con mirra, que al parecer tendría una cierta acción analgésica y sedante. El sabor amargo de la mirra hizo que se conociera esta  mezcla como hiel, tal como aparece en algunos pasajes evangélicos, que comentan que Jesús rechazó la bebida después de probarla. Más tarde, ya cercana su agonía, Jesús, que probablemente tenía síntomas de deshidratación, sintió una sed intensa y le administraron una mezcla de vinagre y vino mirrado (hiel) en una esponja puesta en el extremo de una caña.  

P.P. Rubens: Elevación de la cruz. 

Tras la administración del brebaje, los reos fueron despojados de sus vestiduras. En el caso de Jesús, que había sido flagelado, probablemente le provocaron un nuevo sangrado de las heridas, al arrancar las costras que habían quesado adheridas al tejido. Luego lo tendieron de espaldas sobre la cruz, con los brazos extendidos sobre el travesero. Los brazos se fijaban a la cruz atándolos con cuerdas o clavándolos. Al parecer, los romanos solían preferir clavarlos, y éste fue el método que eligieron en el caso de Jesús. Los hallazgos arqueológicos de cuerpos crucificados nos permiten deducir que los clavos de hierro solían ser de 15-18 cm de largo, con una cabeza cuadrada de un centímetro de lado aproximadamente. 



Forma de clavar las manos en la cruz (según Edwards y cols, JAMA, 1986)

Hay que destacar que -contrariamente a lo que suele verse en la mayor parte de la iconografía artística- los clavos taladraban las muñecas, no la palma de la mano. En caso de clavarse en la palma, la mano se rasgaría por el peso del cuerpo, al no haber ninguna estructura ósea capaz de aguantarlo. Los clavos tenían que atravesar el espacio entre los huesos del carpo y el radio y previsiblemente dañaban el tendón principal (flexor reticulatum) y el nervio sensorial mediano. Otra posibilidad era el atravesar el espacio de Destot entre los huesos del carpo, por encima del semilunar. Esta localización es muy cercana al nervio ulnar. Aparte del intenso dolor que esto provocaba, se producía una parálisis parcial de la mano, contracciones por falta de flujo sanguíneo (contracturas isquémicas) y un dolor atroz. 


Forma de clavar los pies en la cruz (según Edwards y cols, JAMA, 1986)


Tras la fijación de las manos, los soldados izaban la cruz sobre el poste longitudinal (stipes). En esta operación, realizada entre varios hombres, a veces se ayudaban con cuerdas o horcas. Cuando la cruz ya estaba en posición vertical, se procedía a la fijación de los pies. En este caso los clavos podían atravesar entre los metatarsianos (probablemente en el espacio entre el 2º y 3º metatarsiano) ya que a diferencia de las manos, el tarso quedaba por encima y no había peligro de desgarro. La transfixión de los pies dañaba previsiblemente el nervio peroneo y los nervios mediales y laterales de las plantas.


Mengs: Cristo en la cruz
En algunas cruces había un pequeño soporte (suppedaneum) para apoyar los pies y en donde donde podían clavarse, aunque esto parece ser un añadido de época más reciente que en el tiempo en el que murió Jesús. Otras veces, un pequeño relieve a la altura de las nalgas (sediculum) permitía al reo recostarse y hallar un punto de apoyo. Cuando no se disponía de este elemento se procedía a clavar los pies directamente sobre el stipes. A continuación se clavaba el titulus en un lugar visible de la propia cruz. 

Era costumbre que la soldadesca se repartiera las ropas del reo, que clasificaban en lotes. El reparto solía ser mediante algún juego de azar, como los dados, lo que también sucedió en el caso de Jesús, como documenta el evangelio. 

        Una de las versiones de la crucifixión de Dalí     
Podemos resumir los principales efectos de la  crucifixión en tres líneas principales: 

1) Intenso dolor, causado por las lesiones de los nervios de la zona, como ya hemos descrito (nervio sensorial mediano, peroneo...).

2) Hemorragia a causa de la transfixión de manos y pies, a causa de la perforación de los vasos de la zona. De todos modos, la pérdida de sangre en la crucifixión era menor que la hemorragia masiva causada por la flagelación previa. Las pérdidas sanguíneas producidas en ambos procesos producían un shock hipovolémico, con posibles desmayos por hipotensión ortostática. 

3) Transtornos respiratoriosLa respiración era muy dificultosa debido a la forzada posición. El peso del cuerpo sobrecargaba los brazos y hombros, bloqueando los músculos intercostales en la posición de inspiración. La respiración era pues diafragmática y muy superficial. La insuficiente ventilación pronto conducía a un aumento de la presión de dióxido de carbono (hipercapnia), que producía calambres musculares y tetania. Durante la inspiración, el reo estaba obligado a extender los codos y abducir los hombros, con lo que los músculos respiratorios de la inhalación se estiraban pasivamente y el tórax se expandía. Pero el aire no salía espontáneamente de los pulmones como sucede normalmente, sino que tenía forzarse la espiración para evitar la hipoventilación, transformándose en un proceso activo. La única manera de conseguirlo es intentando una postura erguida, extendiendo las piernas, con lo que aumentaba mucho el dolor de las extremidades inferiores y la hemorragia de esta zona. 


La respiración durante la crucifixión (según Edwards y cols, JAMA, 1986)

Aparte de estos principales transtornos, hay que mencionar la progresiva acidosis como consecuencia de la falta de oxígeno y aumento de dióxido de carbono en la sangre, que se disuelve en forma de ácido carbónico, y que se incrementa por el fallo renal (como consecuencia de los múltiples traumatismos sufridos). El pulso se vuelve irregular y arrítmico. También es destacable la acumulación de líquido en pleura y pericardio (pleuritis y pericarditisque pueden producir la muerte por fallo cardíaco. 

La crucifixión era pues un método de gran crueldad: Para evitar la asfixia, el condenado debía intentar movimientos que facilitaran la espiración, pero estos mismos movimientos aumentaban el dolor, la hemorragia y los calambres de las extremidades.  







Crucifixión del Maestro de la Leyenda de Santa Catalina (Museo del Prado)





Crucifixión digital según Grünewald 




Bibliografía

Bucklin R: The legal and medical aspects of the trial and death of Christ. Sci Law 1970; 10:14-26


DePasquale NP, Burch GE: Death by crucifixion. Am Heart J 1963;66:434-435.

Edwards WD, Gabel WJ, Hosmer FE. On the Physical Death of Jesus Christ JAMA 1986; 255:1455-1463 
http://www.godandscience.org/apologetics/deathjesus.pdf

Haas N: Anthropological observations on the skeletal remains from Giv’at ha-Mivtar. Israel Explor J 1970;20:38-59. 

Hengel M: Crucifixion in the Ancient World and the Folly of the Message of the Cross, Bowden J (trans). Philadelphia, Fortress Press, 1977, pp 22-45, 86-90.

Stroud W: Treatise on the Physical Cause of the Death of Christ and Its Relation to the Principles and Practice of Christianity, ed 2. London, Hamilton & Adams, 1871, pp 28-156, 489-494. 

Tenney SM: On death by crucifixion. Am Heart J 1964;68:286-287. 

martes, 27 de marzo de 2018

Aspectos médicos de la muerte de Cristo (II): La corona de espinas







Anton van Dyck

La coronación de espinas
(1620)


Óleo sobre lienzo  223 × 196 cm
Museo del Prado. Madrid




En entradas anteriores iniciamos algunas apreciaciones médicas sobre las torturas sufridas por Cristo antes de su muerte en la cruz (sudar sangre, flagelación...) Hoy comentaremos lo que llegaría a ser uno de los principales atributos de su Pasión y Muerte: la corona de espinas. 


Lucas Cranach el Viejo: Cristo coronado de espinas    
Un estudio publicado en abril de 1991 en el Journal of the Royal College of Physicians of London, destaca que después de la flagelación, Jesús de Nazaret fue llevado al Pretorio y entregado como «juguete a las tropas», una costumbre que solía permitirse una vez al año. 

Jesús era visto con desprecio y mofa por las fuerzas de ocupación romanas, que lo veían como un líder provinciano que intentaba llamar a la rebelión a los judíos proclamándose rey, enfrentándose al poder del César Tiberio y capitaneando la independencia de Palestina. Jesús, recién flagelado y medio desmayado por la importante pérdida de sangre fue llevado a una estancia apartada y dejado en manos de la soldadesca. 


      Aelbrecht Bouts: Ecce Homo. Óleo sobre tabla 
Como suele suceder en estos casos, poco se sabe a ciencia cierta de lo que pasó entre aquellas paredes. Según el relato evangélico, los soldados, entre insultos e injurias, quisieron burlarse de él como presunto culpable de rebelión y sedición, al proclamarse "rey de los judíos". Intentaron un escarnio, disfrazándole como un rey de pacotilla. Para remedar la púrpura imperial, le pusieron una capa de soldado sobre sus hombros aún ensangrentados y le colocaron una caña en la mano, a modo de cetro. Faltaba ponerle una corona para completar su burla. No tenían ningún laurel a mano y decidieron una burda imitación con una mata de espinas. Así lo coronaron, en medio de carcajadas, llamándole "Rey de los Judíos". Un rey imaginario, de un reino inexistente y anexionado por la fuerza al Imperio Romano. 


Marteen van Heemskerck: Cristo siendo coronado con espinas (1555)


El espino que usaron los soldados fue probablemente el que se conoce como "corona de espinas de Cristo" (Euphorbia milii), una planta oriunda de Madagascar pero que ya estaba naturalizada en Palestina en aquel tiempo. Las ramas de este pequeño arbusto son flexibles y están cubiertas con espinas muy largasLos soldados lo trenzaron someramente en forma de corona, y se lo incrustaron en el cuero cabelludo. Las agudas espinas ocasionaron otra vez un sangrado abundante (hay que recordar que el cuero cabelludo es una de las áreas más vascularizadas del cuerpo). 

La corona, probablemente no tenía la forma clásica de aro que estamos acostumbrados a ver representada. Tenía más bien una forma de gorro o casquete. Un fresco existente en las catacumbas de Pretexto, de mediados del siglo II, representa la corona en esta forma. 


Van Baburen: Coronación de espinas

Después de las burlas, golpes e insultos, los soldados lo llevaron al Pretorio, ante el gobernador Poncio Pilatos, que al verlo así quiso mostrarlo a la multitud congregada en la calle. Fue entonces cuando pronunció aquella famosa frase: Ecce Homo (= Aquí tenéis al Hombre). Ni viéndolo en tan lamentable estado se conmovió la multitud, que siguió reclamando la pena de muerte. Pilatos, disgustado ante lo que consideraba una condena a muerte sin fundamento jurídico optó por lavarse las manos en público, como símbolo de que no quería hacerse responsable de tal sentencia, ya que no consideraba probadas las acusaciones que se le hacían.  

En general, los condenados a ser crucificados eran obligados a cargar con su propia cruz hasta el lugar de la ejecución, fuera del recinto amurallado de la ciudad.  En el caso de Jerusalén, las ejecuciones tenían lugar en el Gólgota, una colina situada a unos 600-700 m de la muralla de Jerusalén. De hecho, los romanos conocían al lugar como Calvario o monte de las calaveras, un apelativo que deja clara su función de patíbulo. Así fue como Jesús tomó su cruz para encaminarse al lugar donde iba a morir. Pero antes, le arrancaron la capa, que se había ya adherido a los coágulos de sangre y al suero de las heridas. Desprenderle la capa le causó grandes dolores, casi como si lo hubieran flagelado otra vez. Las heridas sangraron copiosamente de nuevo. 


Interior de la Sainte Chapelle, París.

En la iconografía artística, la corona de espinas aparece alguna vez ya durante el s. IX, aunque toma auténtico impulso a partir del s. XIII, momento en el que sustituye a la corona real con la que se representaban los llamados "Cristos en Majestad" románicos. Tal vez en esta popularización de la corona de espinas influyó la adquisición de la supuesta reliquia de la corona de espinas de Cristo por el rey Luis IX de Francia (San Luis). El rey, orgulloso de su compra, mandó construir una iglesia-relicario, la Sainte-Chapelle de París, un precioso ejemplo de arquitectura gótica. Curiosamente, el monarca pagó mucho más dinero por la pretendida reliquia que por el magnífico templo dedicado a albergarla. Algo que choca bastante con la mentalidad del s. XXI. 


La corona de espinas, dentro de su rico relicario, sobrevivió
al incendio de Nôtre-Dame del 15 de abril de 2019



Durante la Revolución Francesa la preciada reliquia pasó a la Bibliothèque Nationale. Tras el concordato de 1801 se dictaminó que la corona de espinas era propiedad de la Iglesia, pasando a ser custodiada en la catedral de Nôtre-Dame, donde tradicionalmente se expone a los fieles durante la Semana Santa. El reciente incendio que destruyó una gran parte de Nôtre-Dame el 15 de abril de 2019 hizo temer por la pérdida de la reliquia, que sin embargo se salvó. 

Sea como fuere, la corona de espinas pasó a ser un icono obligado en las representaciones de Cristo crucificado y a partir de entonces es casi imposible encontrar un crucifijo desprovisto de este atributo. 


Bibliografía 


Bucklin R: The legal and medical aspects of the trial and death of Christ. Sci Law 1970; 10:14-26

Edwards WD, Gabel WJ, Hosmer FE. On the Physical Death of Jesus Christ JAMA 1986; 255:1455-1463 
http://www.godandscience.org/apologetics/deathjesus.pdf


lunes, 26 de marzo de 2018

Aspectos médicos de la muerte de Cristo (I): La flagelación






Gregorio Fernández

Cristo flagelado
(1615)

Talla de madera policromada 168 cm de alto
Iglesia penitencial de la Vera Cruz. Valladolid




El relato del prendimiento, procesamiento y condena a muerte de Jesucristo -conocida habitualmente como Pasión- se basa en el relato que de estos hechos dejaron los evangelios, una narración más dirigida a suscitar la piedad y la reflexión religiosa que a plasmar con rigor unos sucesos. Pero cotejando la información evangélica con otros datos históricos de otros ajusticiamientos coetáneos, podemos entresacar una información médica de los sufrimientos a los que fue sometido Jesús antes de morir. Ante todo hay que insistir en que ésta no es una visión confesional ni religiosa, sino simplemente unos comentarios fisiológicos en los que se examina la figura humana de Jesús. 

El relato de la Pasión comienza poco antes de la detención de Cristo en el huerto de Getsemaní, en el monte de los Olivos. Según el evangelio, Jesús, profundamente angustiado ante lo que se le avecinaba, sufrió un episodio de hematidrosis (sudó sangre) fenómeno excepcional que puede acontecer en casos de angustia extrema, como ya hemos comentado en otra entrada de este blog


Caravaggio: Cristo atado a la columna.
Museo de Nápoles.
 
Tras su prendimiento y su atribulado juicio (en el que se sucedieron los interrogatorios ya que se tuvieron que solucionar adecuadamente los conflictos entre diversas competencias jurídicas), Cristo aparece finalmente ante Poncio Pilato, el prefecto romano que gobernaba la Palestina ocupada. A Jesús se le imputan cargos de sedición y rebelión, basándose en que se proclamaba Rey de los Judíos. Frente a la presión de la turba, Pilato que no ve muy fundamentadas las acusaciones, ordena que sea flagelado. 

No tenemos una opinión unánime de si la práctica de la flagelación era un preámbulo habitual de la crucifixión. La mayoría de los escritores romanos de este tiempo no las asocian, pero algunos estudiosos del tema opinan que consistiría en una práctica previa a la pena capital, para debilitar a los condenados. Aún así otros creen que Pilato originalmente ordenó, como castigo único, que Jesús fuera flagelado. Los preparativos para la flagelación se llevaron a cabo. Al preso se le despojó de sus ropas, y le ataron las manos sobre la cabeza. Es dudoso que los romanos intentaran seguir las leyes judías con respecto a la flagelación. Los judíos tenían una ley antigua que prohibía más de cuarenta azotes. Los fariseos, que siempre fueron estrictos en asuntos de ley, insistieron en que solamente le dieran treinta y nueve. (En caso de perder uno en el conteo, estaban seguros de permanecer dentro de lo legal). 




Gregorio Fernández: Ecce Homo (1612-1615). 
Museo Diocesano y Catedralicio de Valladolid
(Abajo: detalle de la espalda)


El látigo usado en el castigo era llamado "flagrum" o "flagelum" en la mano (de donde deriva el nombre del castigo). Era un látigo corto que consistía en muchas correas pesadas de cuero, con dos bolas pequeñas de plomo, piedras ó huesos, en las puntas de cada una. El látigo pesado se lanzaba con fuerza una y otra vez sobre los hombros, espalda y piernas del condenado. En general la flagelación era practicada por dos soldados (lictors) que descargaban alternativamente sus flagelos sobre la espalda, hombros, nalgas y flancos del preso.

El resultado era que se producían heridas de relativa profundidad en la piel de las zonas golpeadas. En los primeros golpes, las pesadas correas cortaban simplemente la piel. Después, mientras los golpes continuaban, las heridas eran cada vez más profundas, llegando hasta  el tejido subcutáneo, produciendo un flujo de sangre de los vasos capilares y venas de la piel. Al final, la profundidad del traumatismo era mayor y llegaba a provocar una hemorragia de sangre arterial de los vasos de los músculos. 


Fco Salzillo. La flagelación (1777). Talla de madera policromada. Museo Salzillo. Murcia 

La adrenalina es una hormona de la glándula suprarrenal que se libera en gran cantidad en estas situaciones (estrés y dolor). Actúa produciendo por una parte una gran sudoración (hiperhidrosis) y por otra una vasoconstricción de la piel y del tejido celular subcutáneo a costa de aumentar el volumen hemático muscular. Por esta razón, al llegar el flagelo a la zona muscular se produce una gran hemorragia. Las bolas pequeñas de plomo, produjeron primero moratones grandes y profundos que se abrieron con los golpes sucesivos. El flagelo desprendía largas tiras de piel, tejido subcutáneo e incluso tejido muscular con la consiguiente hemorragia, hasta que el área entera fue una masa irreconocible de tejido sangrante y desgarrado, donde podían verse músculos e incluso costillas. Las esculturas de Gregorio Fernández que adjuntamos dan una visión bastante realista de lo que debía ser el aspecto de un cuerpo humano tras la flagelación. 

La gran pérdida de sangre ponía al flagelado al borde del shock hipovolémico. Dependiendo de la mayor o menor hemorragia, la posterior muerte en la cruz sería más o menos rápidaDurante esta tortura, era previsible que los condenados perdieran el conocimiento a causa del dolor y de la pérdida de sangre. La flagelación debía detenerse antes de que el condenado muriera por shock hipovolémico o por punción de un pulmón, lo que produciría el colapso del mismo. Según el relato evangélico, a Jesús, medio desmayado, lo desataron y se desplomó sobre el pavimento de piedra, empapado en su propia sangre. 

Velázquez. Cristo después de la flagelación y el alma cristiana. National Gallery

Suponiendo que Jesús fuera de corpulencia y peso medio (70 kg y 1,75 m de estatura), su volumen de sangre circulante debía de ser aproximadamente 4,5-5,5 litros. Tras la flagelación habría perdido de 10-12 % del total hemático, sin tener en cuenta otras pérdidas menores y a los efectos fisiológicos del estrés y el ayuno y por la falta de sueño. Por lo tanto podríamos considerar que en este momento se encontraría en la clase I del shock hipovolémico.  

En otras entradas nos referiremos a otros sufrimientos padecidos por Jesús de Nazaret, como la corona de espinas o la crucifixión, que culminaron con su muerte

Bibliografía


Bucklin R: The legal and medical aspects of the trial and death of Christ. Sci Law 1970; 10:14-26

Edwards WD, Gabel WJ, Hosmer FE. On the Physical Death of Jesus Christ. JAMA, 1986, 255: 1455-1463 

Hengel M: Crucifixion in the Ancient World and the Folly of the Message of the Cross, Bowden J (trans). Philadelphia, Fortress Press, 1977, pp 22-45, 86-90

Tenney SM: On death by crucifixion. Am Heart J 1964; 68:286-287