viernes, 22 de enero de 2021

Las rodillas de las beatas








Vincent van Gogh

Dos mujeres arrodilladas
 (1883)

Lápiz y tiza de carbón sobre papel 
Museo Kröller-Müller. 
Oterloo (Los Países Bajos). 




En este dibujo de Van Gogh se representa una escena de dos mujeres rezando. La postura preferida para la oración, entre los cristianos es la de rodillas y uniendo las manos, bien recogidas, como se muestra en este dibujo, o bien juntándolas palma contra palma.

La conveniencia de la postura genuflexa, que indica acatamiento ante una jerarquía superior está bien documentada en diversos textos clásicos del cristianismo:
"La rodilla se hace flexible, mediante lo cual se mitiga la ofensa al Señor, se aplaca la ira, se hace surgir la gracia"
(San Ambrosio, Hexaem., VI, IX).
"Por tal postura del cuerpo manifestamos nuestra humildad de corazón"(Alcuino, De Parasceve). 
"La flexión de la rodilla es una expresión de penitencia y dolor por los pecados cometidos" (Mauro Magnencio Rábano llamado Rábano Mauro, De Instit. Cler., II, XLI).
Esta posición se adoptaba hasta mediados del s. XX en ciertas partes de la misa, hasta que el Concilio Vaticano II reformó este ritual. Arrodillarse era frecuente también al rezar el rosario u otras devociones, y muy especialmente ante el Santísimo (sagrario conteniendo hostias consagradas).

También era frecuente arrodillarse con la rodilla derecha al paso de una procesión, por ejemplo. Arrodillarse con la rodilla izquierda se reservaba para el saludo a un prelado o al papa: se flexionaba la rodilla izquierda en señal de sumisión mientras se besaba su anillo pastoral o se recibía una bendición. Así el ritual obligaba a reservar la rodilla derecha para Dios, mientras que la izquierda era para sus representantes. Una actitud de claros resabios medievales. 

Uno de mis recuerdos de infancia es precisamente el del saludo episcopal. Hay que situarse a mediados del s. XX en mi ciudad natal, Girona, una ciudad clerical que a la sazón estaba llena de iglesias y de curas. Era el día de San José, el día de la onomástica del obispo y mi padre, que era asesor financiero del obispado, estaba invitado a una pequeña recepción en el palacio episcopal y decidió llevarme también a mi. Yo estaba impresionado. Girona entonces era una pequeña ciudad de apenas 30.000 habitantes y el  prelado, en pleno nacionalcatolicismo era una gran autoridad, que se exhibía con gran pompa en oficios y procesiones. 

Mi padre, por el camino, me aleccionaba:
- Cuando llegues delante del obispo, te arrodillas con la rodilla izquierda y le besas el anillo. 
No era muy difícil. Las instrucciones eran concretas. El problema es que yo, en aquel momento, no sabía muy bien cual era mi rodilla izquierda. Recuerdo que mientras nos dirigíamos por los tortuosos callejones al palacio del obispo yo algo preocupado me iba dando golpecitos en mi pierna izquierda (es esta, es esta, iba murmurando, bajito, para darme seguridad en tan insólito protocolo). 

El Palacio Episcopal de Girona era entonces como un pequeño  Vaticano, instalado en un edificio medieval (actualmente es la sede del Museu d’Art). El obispo se rodeaba de una pequeña corte de clérigos, canónigos y beneficiados. Aquel obispo era probablemente el último señor feudal de Catalunya.  Ya no recuerdo que rodilla flexioné cuando llegué ante el prelado. Yo estaba un poco azarado. Solo recuerdo que el obispo, canijo y arrugado dijo: Ah! Este es el pequeño, no? y que tras darme una benévola y distraída caricia dispuso que me llevaran a una estancia vecina del majestuoso palacio donde me ofrecieron una coca-cola y unas patatas fritas...

Pero dejemos mis recuerdos de infancia y volvamos a la oración de rodillas. Muchas personas pasaban horas enteras rezando arrodilladas. Especialmente mujeres, a las que se les daba el nombre de beatas. Aunque el nombre de beato/a se refiere en origen a un grado inicial de santidad, también se aplicaba irónicamente a las pías mujeres que pasaban horas en la iglesia, rezando de rodillas, como las que dibujó Van Gogh.

La repetida posición genuflexa, con todo el peso del cuerpo en la articulación de la extremidad inferior puede llegar a producir algunas alteraciones en la rodilla. Es lo que en el lenguaje popular se llaman “rodillas de beata” o simplemente “beatas”. También hay quien las llama rodillas de orador. En los tiempos en que se fregaban los suelos arrodillándose también eran conocidas como, “rodillas de fregona”. 



Una de estas alteraciones es meramente cutánea. Por el roce repetido, la piel se engrosa y se oscurece. Se forma una liquenificación: la piel aparece engrosada, los pliegues cutáneos más profundos, el color de la zona adquiere tintes parduzcos, casi negros.

Pero a veces estar largo tiempo de rodillas produce una afectación más profunda, la bursitis prerrotuliana. Clínicamente consiste en una tumefacción localizada delante de la cara anterior de la rótula. Se produce por microtraumatismos repetidos sobre esa zona, al pasar mucho tiempo arrodillado. 


En la exploración física se observa una tumefacción, que es fluctuante al palparla y que se circunscribe a los límites de la rótula. Esta tumefacción no se modifica con la contracción del cuadriceps, lo que la diferencia del derrame articular y, en ocasiones, se acompaña de signos inflamatorios como eritema, o aumento de temperatura.


Las “beatas” son poco frecuentes actualmente, ya que hay menos gente que pase horas rezando de rodillas, y el piso ya no se friega arrodillándose pero se sigue viendo en determinadas profesiones que requieren trabajar arrodillados: como soldadores, fontaneros, mecánicos... por lo que hay que recordar las beatas, esta alteración de la rodilla, aunque hoy su nombre está ya muy poco justificado. 








lunes, 18 de enero de 2021

El pintor catalán que pintó la peste de Marsella







Miquel Serra i Arbós 

Vue du Cours pendant 
la peste de 1720 

(1721)

Óleo sobre lienzo 316x440. 
Musée des Beaux-Arts. Marsella. 





Miquel Serra i Arbós (1658-1733) es un pintor que ha dejado un par de testimonios gráficos sobre la llamada Gran Peste que asoló Marsella en 1720. Se trata de dos cuadros de grandes dimensiones que pueden verse el el Musée des Beaux-Arts de esta ciudad. 

Aunque las pinturas están firmadas con un nombre afrancesado (Michel Serre) su autor había nacido en Tarragona en 1658, y se llamaba en realidad  Miquel Serra i Arbós.  Huérfano de padre, pasó su infancia refugiado en la cartuja de Scala Dei, en el Priorato. Allí conoció al pintor Joaquín Juncosa, que le animó a ir a Roma, donde se formó trabajando en diversos talleres de pintura entre 1670 y 1675. Tras breves estancias en Nápoles y Génova, se instaló definitivamente en Marsella, una ciudad que en aquel momento estaba en plena expansión portuaria, urbana, militar y religiosa. En Marsella contrajo matrimonio con Flora Regimond y trabajó allí el resto de su vida. 

Adoptando el nombre de Serre, pronto se convirtió en el pintor más famoso de Marsella (1680-1730). En su primera etapa decoró diversos conventos de órdenes religiosas (Martirio de San Pedro de Verona, para la iglesia de los dominicos; o la Magdalena llevada por los ángeles, encargada por los cartujos), y decorados de las óperas representadas en la ciudad, como los de Phaéton de Jean-Baptiste Lully. En 1685 se casó con la marsellesa Flora Régimond, con la que tuvo cinco hijos. 

En los inicios del s. XVIII se produjo la ascensión social de Miquel Serra. En 1704 entró a formar parte de la Académie Royale de Peinture de París. A partir de este momento la aristocracia local le encarga numerosos retratos y se convierte en el pintor de moda.



Michel Serre: Vue de l'Hotel de Ville pendant la peste de 1720. 
Musée des Beaux-Arts. Marsella. 


En 1720 estalla la Gran Peste en la ciudad. La epidemia fue muy virulenta: 40.000 marselleses murieron en dos años a consecuencia de la terrible enfermedad, lo que equivale a la mitad de la población de la ciudad en aquel momento. Un desastre demográfico que marcó profundamente la vida de la ciudad. Durante mucho tiempo, el origen de la epidemia se atribuyó a un barco procedente de Siria, el Grand-Saint-Antoine, aunque un reciente estudio ha descartado totalmente esta hipótesis.  

Serra, impresionado, se dedica a plasmar este momento en dos telas de gran formato: Vue de Cours pendant la peste de 1720 Vue de l’Hôtel de Ville pendant la peste de 1720. En este último cuadro el artista se autorretrató. La pintura de Serra sufre en este momento un violento viraje: pasa de la pintura religiosa y de los retratos de los nobles de antaño a recoger con sus pinceles escenas de desolación y muerte. 

Pero el pintor no se limitó a dejar constancia de los estragos del mal. También tomó una parte activa, ayudando a los enfermos y ayudando a enterrar a las víctimas de la enfermedad. 




Por sus colosales pinturas sobre la peste, y también por su benéfica actitud, la ciudad le rindió homenaje poniendo su nombre a una calle (Rue Michel Serre) y su nombre figura inscrito en la lista de los héroes que intentaron mitigar los efectos de la epidemia en la columna conmemorativa que se erigió en 1820.  

El pasado año, 2020, Marsella se disponía a celebrar el tricentenario de este hecho, que marcó la vida de la ciudad. Pero por una ironía del destino, otra pandemia, la de la COVID-19 impidió la mayoría de los actos programados. Tal vez este hecho puede servirnos de reflexión: las epidemias no constituyen un problema nuevo, sino que acompañan siempre a la Humanidad y nos suelen visitar periódicamente.