martes, 16 de julio de 2019

Carlos II. (IV): Síndrome de Klinefelter, un estado intersexual.






Claudio Coello

Retrato de Carlos II 
 (1680-1683)

Óleo sobre lienzo.  84,5 x 63,5 cm
Museu Nacional d'Art de Catalunya. Barcelona. 




Muchos autores creen que Carlos II estaba afecto de un estado intersexual conocido como síndrome de Klinefelter. Las dudas sobre su sexo desde el momento de su nacimiento hacen pensar que el monarca presentaba un estado intersexual. 

El síndrome de Klinefelter, que fue descrito en 1942, es la anomalía de los cromosomas sexuales más frecuente. La mayoría de los afectos de este problema suelen acudir al médico en la adolescencia por presentar ginecomastia, testículos pequeños y atróficos y pene de pequeño tamaño, pero otros consultan directamente por esterilidad. 

Los individuos con este síndrome suelen ser de estatura alta (a expensas del segmento corporal inferior); el vello axilar y facial escaso y presentan una leve discapacidad mental con dificultad de adaptación social. 

El cariotipo más frecuente es 47-XXY (es decir, con un cromosoma X supernumerario), aunque puede haber mosaicismos como el 46-XY/47-XXY que presentan un fenotipo mucho más leve. 

Retrato de Carlos II con armadura
Hay una hipofunción testicular, con azoospermia (falta de formación de espermatozoides e incluso estrechamiento y fibrosis de los túbulos seminíferos), pero cuando existen líneas celulares 46-XY puede haber una cierta espermatogénesis, e incluso se ha descrito algún embarazo. En el caso de Carlos II existía una cierta líbido, así como una moderada erección de sus pequeños genitales, pero faltaba la secreción espermática, aunque no la prostática que la precede. Los médicos de la época no distinguían entre las dos secreciones y por eso hablaban de “eyaculación precocísima”. 

Intentando dilucidar si se producía o no la eyaculación real el Embajador francés, intentó investigar si el rey realmente eyaculaba y, a través de la lavandería de Palacio, se hizo con unos calzoncillos del rey para que fueran examinados por dos médicos de su confianza. Uno de los facultativos, tras el examen sentenció que Carlos era estéril, pero el otro sostuvo la opinión contraria.  Hacía poco que Antonie van Leeuwenhoeck, había observado y comunicado a la Royal Society de Londres la existencia de los espermatozoides con un microscopio de su invención (1677).

A diferencia de Carlos, los individuos con síndrome de Klinefelter son de tipo eunucoide, altos y con extremidades largas. También presentan ginecomastia, aunque no tenemos la evidencia que fuera el caso del rey (aunque podría ser que esto se hubiera ocultado cuidadosamente). Sin embargo, los defensores de esta hipótesis alegan que Carlos II podría haber presentado  una variante de este mosaicismo con fórmula 46XY/47XXY. En estos casos la talla puede ser normal y sin ginecomastia pero en cambio, hay azoospermia, retraso mental, y a veces lesiones cardiacas y tiroiditis autoinmune. Aunque "el rey hechizado" presentaba una serie de rasgos fenotípicos y alteraciones que exceden a esta enfermedad.


Bibliografía


Calvo Poyato J. Carlos II El Hechizado. Barcelona: Planeta, 1996.

Cruz-Coke R.  (Rev Méd Chile 2008; 136: 950-950)

Gargantilla P. Enfermedades de los Reyes de España, Los Austrias: de la locura de Juana a la impotencia de Carlos II el HechizadoMadrid: La Esfera de los Libros; 2005.

Klinefelter HF, Reifenstein EC, Albright F. Syndrome characterized by gynecomastia, aspermatogenesis without A-leydigism and increased excretion of follicle-stimulating hormone. J Clin Endocrinol. 1942; 2: 615-627.

García-Escudero López A, Arruza Echevarría A, Padilla Nieva J, Puig Giró R. Carlos II: del hechizo a su patología génito-urinaria. Arco esp urol2009 abril; 62 (3): 179-85.

Martín JP, Bell J. A pedigree of mental defect showing sex linkage. J Neurol Psychiatry. 1943; 6: 154-157.  



lunes, 15 de julio de 2019

Carlos II. (III): La bárbara consanguinidad







Luca Giordano

Retrato de Carlos II 
 (1693)

Óleo sobre lienzo.  66 x 56 cm
Museo del Prado, Madrid 




En anteriores entradas hemos comentado la enfermiza infancia del rey Carlos II  y sus dificultades para tener descendencia en sus matrimonios. 

Numerosos autores han tratado de desentrañar la compleja patología de base que afectó al monarca Carlos II, proponiendo diversos diagnósticos. 

Pero previamente hay que considerar una importante circunstancia que está en la base de todas las hipótesis: la obsesiva endogamia familiar, lo que Marañón calificaba como la bárbara consanguinidad. 


Consanguinidad

La familia de los Habsburgo, más conocida como Casa de Austria llevó a un grado superlativo la costumbre monárquica de casarse con parientes con finalidad política. La traducción de unos versos latinos del s. XVI lo explicitaba claramente:


«Hagan otros la guerra;
 tú, feliz Austria, cásate; 
porque los reinos que Marte da a los otros, 
a ti te los concede Venus»

Claudio Coello: Carlos II


En aplicación de este propósito, los reyes hispánicos de la casa de Austria practicaban una pertinaz endogamia: Felipe II se había casado con una prima carnal;  Felipe III con otra prima y Felipe IV con su sobrina carnal. 

El que había de ser heredero de la corona de Felipe IV, Baltasar Carlos, estaba prometido en matrimonio con su prima Mariana de Austria, pero el príncipe falleció inesperadamente de viruela. Su padre, Felipe IV, que era viudo, se vio obligado a casarse con la prometida, que era su sobrina.  

Una ojeada al árbol genealógico familiar permite ver los continuos enlaces cruzados una y otra vez.  


Árbol genealógico de Carlos II. Obsérvense los continuos enlaces
entre familiares cercanos.


Carlos II de España (1661-1700) fue descendiente de tres generaciones de abuelos y abuelas con siete matrimonios consanguíneos virtualmente incestuosos, con coeficientes de endogamia de F = 1/8 y F = 1/16, es decir con 12,5% y 6,25% de genes idénticos por descendencia. Los coeficientes normales individuales son del orden de F = 1/64 a 1/128, alrededor de 1% de riesgo de homocigosis (Ricardo Cruz-Coke). 


            Juan Carreño de Miranda: Retrato del rey Carlos II        


Los investigadores de la Fundación Pública Gallega de Medicina GenómicaGonzalo ÁlvarezFrancisco Ceballos y Celsa Quinteiro, han calculado el coeficiente de endogamia (valor matemático que indica la probabilidad de que dos genes sean idénticos por descendencia). 

Gonzalo Álvarez afirma: 
"El rey -Carlos II- tenía un coeficiente del 25%, que equivale al que tendría un individuo fruto de un incesto entre hermanos o entre padres e hijos". Ese 25% significa que una cuarta parte de su genoma era homocigoto; es decir, que las secuencias en un cromosoma (el heredado del padre) y el otro (por vía materna) eran idénticos". 
El coeficiente de endogamia (inbreeding) F es la probabilidad de que dos genes, que cada individuo tiene en un locus cromosómico, sean idénticos para la descendencia. 

Algunas de las posibles enfermedades hipotéticamente sufridas por Carlos II estarían causadas por los genes heredados. Para confirmarlo sin duda está la expresión fenotípica, recogida en la multitud de retratos que le hicieron a los Habsburgo, a pesar de que la censura hizo suavizar su aspecto en muchos casos. Si observamos los retratos pintados por: Juan Carreño de Miranda (1614-1685), Claudio Coello (1644-1693) y Luca Giordano (1634-1705), podemos observar: Macrocefalia (cabeza muy grande); caput quadratum (cabeza con ángulos frontales y occipitales marcados que le dan una forma cuadrada), frente olímpica, ojos caídos y sin vida, prominente nariz, prognatismo (mandíbula prominente) y megabelfo (labio prominente y colgante). Tanto el prognatismo como el megabelfo era, bastante habitual en la casa de Habsburgo, pero más marcada si cabe, en su caso) .


Bibliografía

Calvo Poyato J. Carlos II El Hechizado. Barcelona: Planeta, 1996.

Cruz-Coke R.  (Rev Méd Chile 2008; 136: 950-950)

Gargantilla P. Enfermedades de los Reyes de España, Los Austrias: de la locura de Juana a la impotencia de Carlos II el HechizadoMadrid: La Esfera de los Libros; 2005.

Klinefelter HF, Reifenstein EC, Albright F. Syndrome characterized by gynecomastia, aspermatogenesis without A-leydigism and increased excretion of follicle-stimulating hormone. J Clin Endocrinol. 1942; 2: 615-627.

García-Escudero López A, Arruza Echevarría A, Padilla Nieva J, Puig Giró R. Carlos II: del hechizo a su patología génito-urinaria. Arco esp urol2009 abril; 62 (3): 179-85.

Martín JP, Bell J. A pedigree of mental defect showing sex linkage. J Neurol Psychiatry. 1943; 6: 154-157.  

viernes, 12 de julio de 2019

Carlos II. (II): El rey hechizado.


   



Luca Giordano

Retrato de Carlos II 
 (1693)

Óleo sobre lienzo.  66 x 56 cm
Museo del Prado, Madrid 




En una entrada anterior hemos comentado la grave patología que aquejó a Carlos II durante su infancia,  las dudas que planteaba dudas su ambigüedad sexual y su considerable retraso psicomotor. Unas enfermedades físicas y mentales que hicieron concluir que el rey estaba hechizado, según la mentalidad de la época. 

Cuando Carlos llegó a la mayoría de edad (que se estableció en los 14 años) se comenzó a pensar en su matrimonio. Al principio se pensó en una princesa austríaca (lo que hubiera aumentado todavía más la ya altísima consanguinidad), según consejo de la reina madre, pero al perder Mariana el poder político, se acabó eligiendo a una sobrina de Luis XIV, María Luisa de Orleáns (sobrina segunda de Carlos II). 

La novia acogió la noticia con gran desazón, ya que el embajador francés, marqués de Villars escribía a su corte: “El Rey Católico es feo para causar espanto y de mal semblante”. En 1679,  contando 18 años el rey, se celebró la boda.



María Luisa de Orléans, primera esposa de Carlos II

La reina María Luisa de Orleans no consiguió quedarse embarazada, lo que hizo que no fuera querida por el pueblo. Circulaba el bulo de que la Marquesa de Soisson, célebre envenenadora de la corte de Luis XIV, le había privado con sus hechizos de la facultad de engendrar. La reina madre mandó llamar a un astrólogo de Bohemia, que indicó que la causa de la esterilidad de la pareja radicaba en que Carlos no se había despedido de su padre en el lecho de la muerte, por lo que el rey se dirigió al monasterio de El Escorial, mandó sacar la momia de Felipe IV y durante un tiempo estuvo contemplándola, aunque naturalmente no tuvo ningún efecto. 

En cierta ocasión la reina confesó a una dama de compañía, que el rey presentaba eyaculación precoz y que no podía consumar el matrimonio. Además la reina declaraba que el pobre eyaculado del rey no llegaba a introducirse en su vagina, lo que hace pensar en la posibilidad de un hipospadias (alteración anatómica de la uretra que en vez de llegar al extremo del pene, desemboca en el tronco o en la raíz del mismo). El asunto llegó a oídos del embajador francés, que sobornó a una sirvienta para que le proporcionara unos calzoncillos del rey y la ropa de cama de la reina, ya que por aquel entonces ya se conocía la existencia de los espermatozoides. 

Se acudió a todo tipo de remedios y fórmulas para lograr el deseado embarazo, lo que ocasionó a la reina no pocos problemas intestinales, que durante los últimos años vivió angustiada pensando que la querían envenenar. Murió en 1689 de una apendicitis con peritonitis, que fue tratada aplicando sobre el vientre “rebanadas de molletes empapadas en vino de Lucena”. 


Mariana de Neoburgo, segunda esposa de Carlos II

A los 10 días del fallecimiento de la reina María Luisa, el Consejo de Estado propuso un nuevo matrimonio al rey. La elegida fue en esta ocasión Mariana de Neoburgo, de familia muy prolífica, ya que sus padres, los Electores de Sajonia, habían tenido 23 hijos. Pero estos antecedentes no fueron suficientes. Tampoco así los monarcas tuvieron descendencia. 

Comenzó a circular el rumor en la corte que el rey había sido víctima de un hechizo por parte de los enemigos del reino. El bulo, que intentaba exculpar al monarca, dio pronto lugar al epíteto con el que ha pasado a la historia: "El hechizado".  Tanto era así que su confesor, el padre Froilán Díaz, solicitó permiso al Inquisidor General para iniciar un proceso de desencantamiento. En Asturias había un convento en el que había habido varios casos de monjas posesas y su capellán Fray Antonio Alvarez Argüelles tenía experiencia en exorcismos. Se le hizo venir y delante del Santísimo Sacramento preguntó al diablo si el rey estaba hechizado, y según aseguró el clérigo, la respuesta fue afirmativa. Satanás añadió:  
“que el hechizo se lo habían dado el 3 de abril de 1675 en una taza de chocolate en la que habían disuelto sesos de un ajusticiado para quitarle el gobierno, entrañas para quitarle la salud y riñones para corromperle el semen e impedir la generación y que la causante fue la reina viuda doña Mariana para seguir gobernando”. 
El exorcista propuso como remedio que su majestad tomase 
“un cuartillo de aceite en ayunas con la bendición de exorcismos”. 
En otras entradas seguiremos comentando los avatares patológicos de este desdichado rey. 


Bibliografía

Calvo Poyato J. Carlos II El Hechizado. Barcelona: Planeta, 1996.

Gargantilla P. Enfermedades de los Reyes de España, Los Austrias: de la locura de Juana a la impotencia de Carlos II el HechizadoMadrid: La Esfera de los Libros; 2005.

García-Escudero López A, Arruza Echevarría A, Padilla Nieva J, Puig Giró R. Carlos II: del hechizo a su patología génito-urinaria. Arco esp urol2009 abril; 62 (3): 179-85.

jueves, 11 de julio de 2019

Carlos II (I): una infancia enfermiza







Juan Carreño de Miranda

Retrato de Carlos III 
 (1675)

Óleo sobre lienzo. 201 x 141 cm
Museo del Prado, Madrid 




Carlos II (1661-1700) era hijo de Felipe IV (1605-1665) y Mariana de Austria (1634-1696), y fue el último monarca de la dinastía hispánica de los Habsburgo. Al morir sin hijos, dio lugar a la guerra de Sucesión y tras esta, al reinado de Felipe V, que instauró la dinastía borbónica.

Carlos II nació el 6 de noviembre de 1661, cinco días después de la muerte de su hermano Felipe Próspero, siendo inmensa la alegría en la corte. La Gaceta de Madrid daba la noticia así: 
 “...un robusto varón, hermosísimo de facciones, cabeza proporcionada, pelo negro y algo abultado de carnes”.
Pero la identidad sexual del recién nacido no quedaba tan clara, y suscitaba algunas dudas. En una carta al embajador de Viena, Pötting, se comentaba: 
Dicen claramente, entre otras cosas, que no creen tenga España un príncipe, porque no es varón sino hembra”.
Y tampoco era tan sano, a juzgar por un informe enviado a Luis XIV, rey de Francia: 
“El príncipe parece extremadamente débil, tiene en las dos mejillas una erupción de carácter herpético, la cabeza está cubierta de costras, se le ha formado debajo del oido derecho una especie de canal o desagüe que supura. De esto último nos hemos enterado por otros conductos, ya que un gorrito hábilmente puesto, impide ver esa zona”.
Un retrato idealizado de Carlos II
Efectivamente, la infancia del príncipe Carlos no se caracterizó por la buena salud.  Con un año de edad, tenía erupciones cutáneas, supuración bajo el oído derecho, diarreas de repetición, y las fontanelas abiertas, que no se cerraron hasta los 3 años, edad en la que todavía no era capaz de mantenerse en pie. Hasta los 6 años no pudo andar e incluso hasta los 9 años lo hacía con bastante dificultad. Su alimentación era exclusivamente de teta hasta casi los 4 años. Fue amamantado por 14 nodrizas, que se iban relevando a causa de los mordiscos que recibían en los pezones. Como que Carlos subió al trono en 1665, siendo todavía un niño de 3 años, resultaba indecoroso que siguiera mamando y eso hizo conveniente suspender la lactancia. 


Carlos tuvo una infancia muy enfermiza. Padeció infecciones bronquiales, dentales, sarampión y varicela a los 6 años, rubéola a los 10, viruela a los 11. Presentaba el prognatismo familiar de los Austria en un alto grado, lo que le hacía masticar mal, lo que unido a su glotonería le producía frecuentes diarreas. Tenía una gran adicción al chocolate. 

Además padecía de epilepsia, con frecuentes crisis y desmayos. Los desmayos se hicieron cada vez más largos y frecuentes. Alrededor de los treinta y siete años, sus desmayos llegaron a ser tan largos que duraban a veces más de dos horas y se acompañaban de unas sacudidas bruscas de los brazos y de las piernas, y de unos movimientos de los ojos y de la boca hacia un mismo lado.

En 1669, uno de los frecuentes accesos febriles que presentaba se acompañó de hematuria, la cual se repitió en varias ocasiones. Como se le quería proteger de contagios y además preservar su poco agraciada imagen de la visión de sus súbditos no salía casi nunca al exterior, por lo que tenía la piel muy pálida y desarrolló un raquitismo por carencia de exposición solar, en tal grado que apenas se tenía en pie. 

Por otra parte, tampoco destacó por sus dotes intelectuales, sino todo lo contrario, pues hasta los 9 años hablaba con dificultad y no sabía leer ni escribir. Tampoco llegó a aprender ningún idioma fuera del castellano (Normalmente los reyes dominaban latín, francés, italiano y catalán). 


Sebastian Barnuevo: Retrato ecuestre de Carlos II.
Un retrato idealizado, propagandístico,
ya que el rey no sabía montar a caballo.  


Sin embargo, todas esas debilidades del rey eran cuidadosamente ocultadas. Los reyes, en aquel momento, solo solían salir del Palacio para asistir a misa, presidir alguna ejecución de la Inquisición y algún otro acto oficial. Los traslados a estos actos se realizaban en coches cerrados y fuertemente escoltados, por lo que estaban lejos de la vista directa de sus súbditos. La imagen del rey se conocía solamente por los retratos oficiales, y los pintores de la corte intentaban suavizar la imagen patológica y poco agraciada del soberano. Muchos retratos se idealizaban, por conveniencia política, presentando una visión lejana de la realidad. Si bien Carlos nunca supo montar a caballo, se tomaba como modelo a uno de sus pajes para pintar un retrato ecuestre y se le ponía la cara del monarca. Si su aspecto era manifiestamente el de un débil tarado, canijo y enclenque, se le rodeaba de leones y águilas, o de retratos de sus gloriosos antepasados. Si tenía un prognatismo exagerado y la nariz afilada, se le colocaba un sombrero encima de la larga cabellera, se le redondeaba la nariz y se le pintaba una barba.  



Juan Carreño de Miranda: Carlos II (1685)
Kunsthistorische Museum, Viena. 

Sin embargo, disponemos de descripciones más ajustadas a la realidad, como la que hizo el nuncio papal cuando Carlos tenía veinte años: 
"El rey es más bien bajo que alto, no mal formado, feo de rostro; tiene el cuello largo, la cara larga y como encorvada hacia arriba; el labio inferior típico de los Austria; ojos no muy grandes, de color azul turquesa y cutis fino y delicado. El cabello es rubio y largo, y lo lleva peinado para atrás, de modo que las orejas quedan al descubierto. No puede enderezar su cuerpo sino cuando camina, a menos de arrimarse a una pared, una mesa u otra cosa. Su cuerpo es tan débil como su mente. De vez en cuando da señales de inteligencia, de memoria y de cierta vivacidad, pero no ahora; por lo común tiene un aspecto lento e indiferente, torpe e indolente, pareciendo estupefacto. Se puede hacer con él lo que se desee, pues carece de voluntad propia."

Comenzó a circular el rumor en la corte que el rey había sido víctima de un hechizo por parte de los enemigos del reino. Decían que le habían administrado un bebedizo disimulado en una taza de chocolate. El bulo, que intentaba exculpar al monarca, dio pronto lugar al epíteto con el que ha pasado a la historia: "El hechizado".  

miércoles, 10 de julio de 2019

Un lentigo maligno en la oreja?






Rogier van der Weyden

Busto de San José
(1435-1437)

 Óleo y temple sobre tabla    
Fundación Gulbenkian. Lisboa. 



Ya hemos comentado en otras entradas del blog la maestría y el acendrado naturalismo del pintor flamenco Rogier van Der Weyden (1399-1464). Su pintura es tan cercana a la realidad que nos traslada hasta los detalles más mínimos, haciéndonos partícipes del dramatismo de sus escenas. No es de extrañar pues que hallemos en ellas reflejados síntomas y signos que nos permiten entrever algunas enfermedades

Este es el caso de esta tabla que representa un busto de San José. El rostro está sumamente detallado, y las arrugas de la piel y su barba canosa y rala nos dejan entrever que se trata de un personaje de edad avanzada. 

En la parte superior el pabellón auricular izquierdo, justo debajo del hélix auricular,  destaca una mancha pigmentada, oscura, de límites no muy bien definidos. Su coloración no es uniforme y se pueden apreciar tonalidades que van del marrón al negro, de forma irregular. Aunque es difícil precisar su diagnóstico, a mí me recuerda un lentigo maligno, una lesión precursora del melanoma, y que se ve en zonas descubiertas en personas de cierta edad. 


Detalle de la oreja y de la lesión pigmentada, en la parte superior. 


El lentigo maligno es una lesión precancerosa que evoluciona en algunos años a un melanoma.  Actualmente se tiende a considerar como un melanoma in situ, lo que justifica que muchos autores prefieran denominarlo lentigo maligno melanoma (LMM). Esta denominación se ha impuesto a antiguas denominaciones históricas como la de melanosis de Dubreuilh, muy usada a mediados del s. XX.
Estas lesiones representan aproximadamente el 10% de todos los melanomas y hasta un 75% de los melanomas in situ. Se diferencian del melanoma superficial clásico por sus características histológicas, historia natural, evolución y genética
El lentigo maligno melanoma aparece en áreas expuestas (especialmente en la cara, aunque también puede verse en el dorso de las manos) de las personas mayores que han estado constantemente expuestas al sol por motivos profesionales (agricultura, pesca). Sin embargo, cada vez se observan mas LMM en pacientes jóvenes, a causa de la práctica de deportes al aire libre (mar, montaña). Los estudios epidemiológicos y moleculares parecen estar de acuerdo en diferenciar entre dos vías de carcinogénesis para el melanoma: 
  • Adultos jóvenes, con muchos naevi y que han tenido una exposición intensa pero intermitente a la luz solar; 
  • Personas mayores que han estado expuestas crónicamente al sol. 
Los análisis moleculares parecen corroborar esta dualidad, al resaltar las mutaciones del gen BRAF con más frecuencia en los melanomas del primer grupo que en el segundo.
La lesión suele comenzar por una mácula pigmentada con borde y pigmentación irregulares, que asienta preferentemente en la cara, el cuero cabelludo o la parte posterior de las manos de sujetos mayores de 60 años. A simple vista, a menudo no es fácil diferenciarlo de un lentigo solar simple, de una queratosis actínica pigmentada o de una queratosis seborreica plana. El tamaño de estos melanomas es a menudo mucho más grande que el de otros subtipos histológicos de melanoma, alcanzando frecuentemente de 10 a 15 cm de diámetro. Sus límites son muy difíciles de definir, ya que la proliferación lentiginosa periférica puede ser muy discreta, o incluso totalmente no pigmentada, y por lo tanto invisible.
Actualmente, la sospecha clínica de LMM debe ser corroborada por dermatoscopia, microscopía confocal in vivo e histopatología. Si se confirma el diagnóstico se deberá proceder a la extirpación quirúrgica, aunque a veces puede ser difícil debido al gran tamaño de las lesiones, especialmente cuando se encuentran en la cara. Además, es difícil predecir macroscópicamente los límites del tumor. La microscopía confocal y la histopatología son de gran ayuda en estos casos.  

martes, 9 de julio de 2019

Miguel Ángel: La artrosis de un escultor






Jacopino del Conte 

Retrato de Michelangelo Buonarruoti

(1535) 


Óleo sobre tabla. 69,4 × 53 cm
Museo-Casa Buonarruoti. Florencia. 





Miguel Ángel Buonarroti (1475-1564), fue uno de los mayores exponentes del arte renacentista y autor de obras inolvidables como la Piedad del Vaticano, el Moisés o las pinturas de la capilla Sixtina. 

Escultor antes que pintor, Miguel Ángel sufrió una artrosis degenerativa en las manos, acelerada por el trabajo físico que supone esculpir continuamente la piedra, y que le causó dolores importantes. Hacia 1552 llegó a causarle graves problemas y a dificultar algunas actividades como esculpir o escribir con normalidad. 

Un grupo de reumatólogos e historiadores del arte se reunieron hace algunos años (2015) para estudiar las cartas y los escasos retratos que nos han llegado del artista. Las conclusiones de este estudio se publicaron en el número de enero del Journal of the Royal Society of Medicine (febrero 2016). 


Manos comparadas de los diferentes retratos de Miguel Ángel
(Tomado de Lazzeri y cols. 2016
A través de esta investigación documental llegaron a la conclusión que el artista padecía una artrosis a nivel de la articulación trapecio / metacarpiano, así como a nivel de la articulación metacarpo / falange, la articulación interfalángica del pulgar, la articulación metacarpo / falange y la articulación proximal interfalángica de los niveles del dedo índice desencadenada por el constante desgaste articular y óseo provocado por años de martillear y cincelar el mármol. 

Los primeros síntomas aparecen cuando el artista tenía 60 años, en 1535 (fecha del primer retrato) y que a los 77 años, en 1552, llegaron a ser bastante incapacitantes. En una carta a su sobrino declara: "... escribir me causa una gran incomodidad" (1552). En la base del primer dedo de la mano se puede observar un abultamiento, bastante característico de rizartrosis. 


La Piedad Rondanini, escultura en la que trabajaba
Miguel Ángel poco antes de morir.
A pesar de esta artrosis que cada vez limitaba más sus movimientos, el escultor se mantuvo activo y como pudo siguió trabajando hasta los 89 años. Los reumatólogos participantes en el estudio destacan el hecho de que probablemente, haber  mantenido una actividad regular le permitió conservar la funcionalidad de sus manos el mayor tiempo posible: Miguel Ángel padeció artrosis durante al menos 29 años, pero aún así pudo acabar diversas obras, entre ellas el fresco de la conversión de San Pablo, o la supervisión de las obras de la basílica de San Pedro en Roma. Poco antes de morir estaba trabajando en la Piedad Rondanini. Podemos decir pues que si bien su artrosis se precipitó por su trabajo de escultor, fue precisamente continuar esculpiendo lo que le posibilitó que sus movimientos no fueran totalmente menoscabados. 

Hasta ahora se creía que Miguel Ángel había padecido gota, ya que él mismo lo comentaba en una de sus cartas a su sobrino, Lionardo di Buonarroto Simoni, afirmando que la "artritis del tofo" le producía un "dolor cruel" en un pie. Aunque hay que decir que bajo el nombre de "gota" se agrupaban en aquel tiempo diversas enfermedades articulares, que actualmente diferenciamos. 


En el presunto retrato de Miguel Ángel de "La escuela de Atenas" de Rafael.
Las piernas hinchadas podrían revelar un edema por una nefropatía. 



Miguel Ángel también sufrió litiasis renal. En algunas de sus cartas describe los síntomas de la nefrolitiasis, con expulsión repetida de cálculos y una obstrucción aguda dramática. La sintomatología mejoró cuando el artista tomó diariamente agua mineral de Viterbo, por consejo del anatomista Matteo Realdo Colombo.  En el fresco de Rafael La Escuela de Atenas, en el Vaticano, Miguel Ángel sirvió de modelo para el personaje de Heráclito. Aparece con las rodillas y piernas hinchadas, lo que podría reflejar su problema renal.  


Pompeo di Giulio Caccini:
Retrato de Michelangelo Buonarroti (c. 1595)

Óleo sobre madera. Museo Casa Buonarroti, Florencia,
Como en otros muchos artistas de la época también se sospecha que Miguel Ángel pudo sufrir saturnismo (intoxicación crónica por plomo). El plomo provendría por una parte de los colores y solventes tóxicos usados en su pintura y que a veces goteaban en su cara. Pero hay que tener en cuenta que otra fuente de plomo era el vino, que solía almacenarse en contenedores de este metal. Miguel Ángel pasaba días enteros trabajando, en los que solamente tomaba pan y vino.  









Bibliografía

Espinel, CH. La gota de Miguel Ángel en un fresco de Rafael . 
Lancet 1999 ; 354: 2149 - 2151 . 

Hilloowala, R. Miguel Ángel: la anatomía y su implicación en su arte . 
Vesalio 2009 ; 15: 19 - 25 . 

Lazzeri D, Castello MF, Matucci-Cerinic M, Lippi D, Weisz GM. Artrosis en manos de Michelangelo Buonarroti. 
Rev Roy Soc Med 109; 180-183, 2016

Montes-Santiago J. El genio envenenado por el plomo: el saturnismo en artistas famosos a lo largo de cinco siglos .Prog Brain Res 2013 ; 203: 223 - 240 .

Ramsden EH. Las letras de Miguel Ángel. Vol. 2. Stanford, CA: Stanford University Press, 1963, pp. 153-211