sábado, 28 de febrero de 2015

La rosácea de Rembrandt



Rembrandt. Autorretrato (1659)



 Rembrandt H. van Rijn 
  
Autorretrato con birrete 
y cuello vuelto
(1659)

Óleo sobre tela 
National Gallery of Art, Washington.



En el curso de su vida, Rembrandt van Rijn (Leiden, 1606 - Amsterdam,1669pintó múltiples autorretratos. En ellos podemos observar el paso del tiempo, las transformaciones propias de la edad, y algunos cambios en su piel que se fueron acusando más en los últimos años.

En el autorretrato de 1659, podemos ver la imagen de un hombre abatido. Hacía poco que había perdido a su querida mujer Saskia, y la tristeza se había apoderado de él. Además su situación económica no era muy buena, sus cuadros ya no interesaban a casi nadie y vivía pobremente en una chabola de Amsterdam. 


Si miramos detenidamente el cuadro, podemos observar además de su actitud depresiva, una piel deteriorada y envejecida, fláccida y arrugada. El deterioro es más evidente en las zonas subpalpebrales, que se muestran caídas, con pérdida de la elasticidad y franca dermatocalasia. Un envejecimiento prematuro, si tenemos en cuenta de que Rembrandt contaba entonces 53 años, mientras que por su aspecto parece tener 20 o 30 años más. Puede que las vicisitudes de la vida hubieran hecho mella en su rostro, o que se hicieran sentir los posibles efectos del alcohol y el tabaco (en Amsterdam la costumbre de fumar estaba bastante generalizada en aquel tiempo).


Rembrandt. Autorretrato con caballete (1660)
Óleo sobre tela 111 x 90

Museo del Louvre, París.
La cara aparece enrojecida, con imprecisos relieves, que dan la sensación de ciertos puntos inflamatorios, de pápulas eritematosas. Además la nariz aparece engrosada, algo inflamada y con la superficie rugosa, en lo que puede ser un rinofima incipiente, patología asociada frecuentemente con la rosácea.




Rembrandt. Autorretrato como San Pablo (1661) 
Óleo sobre tela 91 x 77 cm
Rijksmuseum, Amsterdam 
Rembrandt. Autorretrato como San Pablo (1661) (detalle)





Rembrandt. Autorretrato con dos círculos (1661) 
Óleo sobre tela. 114 x 94 cm
Kenwood House. New York. 

Rembrandt. Autorretrato (1668) (detalle)
Óleo sobre tela, 82.5 x 65 cm
Wallraf-Richartz-Museum (Colonia)



Estas impresiones diagnósticas se hacen todavía más evidentes al observar algunos autorretratos realizados en los años posteriores. En la piel de la cara se siguen apreciando manchas rojizas en la nariz, mejillas y mentón, confirmando la impresión diagnóstica de rosácea, y de un rinofima que lentamente fue evolucionando hasta el fin de su vida. 


Rembrandt. Autorretrato a los 63 años (1669)
National Gallery, Londres. 


En la frente de Rembrandt aparece asimismo una temporal prominente, que para algunos podría ser indicativo de arteritis de la temporal, si bien esta apreciación es menos clara y debe realizarse con mucha más prudencia.







viernes, 27 de febrero de 2015

El prurito intenso, antesala del infierno






 Rogier van der Weyden 

Políptico del Juicio Final  
(1444-1450)

Óleo sobre tabla 215 x 560 cm
Hôtel-Dieu de Beaune


Rogier van der Weyden (Tournai, 1400 - Bruselas, 1464está considerado como una figura muy representativa de los artistas llamados  primitivos flamencos. En su obra destacan los temas religiosos, tratados con mucho realismo y detalle. Durante su vida realizó varios trípticos y polípticos desplegables como el que aportamos aquí. 


Dieric. Juicio Final (detalle del Infierno) 
Uno de los temas comunes en la época eran las escenas del infierno, generalmente vinculadas al Juicio Final. Obras similares a las de Memling o las de Dieric. Más adelante El Bosco daría a este tema una versión personalísima onírica y muy original.
   
Anteriormente el Juicio Final y las torturas infernales habían sido temas frecuentes por lo menos desde el s. XII. Podemos citar por ejemplo el Pórtico de la Gloria de Santiago de Compostela, o los frescos de la Catedral de Albi o los del Cementerio de Pisa, entre los que nos parecen más emblemáticos. 

El interés por el tema de la muerte y de las torturas infernales en el más allá cobró un nuevo impulso a partir de la gran mortandad ocasionada por la epidemia de Peste Negra a mediados del s. XIV, que modificó totalmente la vida, la ideología y por tanto, también el arte. 


En general, la concepción medieval del Infierno deriva del planteamiento que Dante Alighieri hace en su obra La Divina Commedia. Los réprobos se clasifican en círculos según los diversos pecados, y también son condenados a padecer variadas torturas.



Canto XXIX. El prurito, suplicio de los falsificadores de moneda,
 que se rascan continuamente


Uno de los tormentos citados en la Commedia es el de los falsificadores de moneda, sometidos al terrible castigo de un eterno prurito. Todos sabemos lo que mortifica un prurito intenso, que nos impele al rascado sin podernos controlar. En el Canto XXIX se nos describe esta situación vívidamente:
                            
"...come ciascun menava spesso il morso  
de l’unghie sopra sé per la gran rabbia  
del pizzicor, che non ha più soccorso; 
e sì traevan giù l’unghie la scabbia,  
come coltel di scardova le scaglie  
o d’altro pesce che più larghe l’abbia.                        
«O tu che con le dita ti dismaglie»,  
cominciò ’l duca mio a l’un di loro,  
«e che fai d’esse talvolta tanaglie,                                
dinne s’alcun Latino è tra costoro  
che son quinc’entro, se l’unghia ti basti  
etternalmente a cotesto lavoro".      


"como asidua cada uno pasaba la mordida 
de las uñas sobre sí por la gran furia 
del escozor, que no tiene otro socorro;  
y así arrasaban las uñas la sarna,
como cuchillo del escaro las escamas 
o de otro pez que más grandes las tenga.  
¡Oh tú que con los dedos te descamas, 
comenzó el Conductor mío a uno de ellos, 
y que quizá los hagas tenazas,  
dime si algún Latino hay entre estos 
que aquí están, si las uñas te bastan 
eternamente para esta tarea!" 
(Trad. castellana J.E. Sanguinetti) 

Y es que realmente el prurito crónico pertinaz es tan molesto e insoportable que bien puede considerarse la antesala del Infierno. 


Gustave Doré. Ilustración para la Divina Commedia (Inferno, Canto XXIX)
"Giacevano l'uno sull'altro, sul ventre e sulle spalle,
e alcuni avanzavano carponi in quel triste luogo" 

                         

jueves, 26 de febrero de 2015

Los huacos, retratos de los indígenas mochicas



Cerámica mochica (huaco) representando 
posiblemente una leishmaniosis americana



Huaco-retrato

Urna funeraria mochica

 (Valle del Moche. Perú, 200-700 d.C.

Cerámica 
Museo de América, Madrid


Esta es una pieza muy emotiva para mí. En mis años de juventud me formé como dermatólogo residente en el Hospital Clínico de Madrid. Ya entonces sentía - además de mi interés por las enfermedades cutáneas - una clara inclinación por la Historia. Frecuentaba el Departamento de Historia de la Medicina de la Facultad, así como el domicilio de ese gran maestro de la historiografía médica que fue  D. Pedro Laín Entralgo, que me abrió amablemente las puertas de su casa y de su biblioteca en algunas ocasiones. 

En aquel tiempo yo aprovechaba para tomar algunas notas y apuntes que años más tarde cuajaron en algunos artículos y en mi libro Historia de la Dermatología. Con ese fin también frecuentaba el Museo de América, muy cercano a mi hospital. En su biblioteca encontré muchos datos sobre las culturas precolombinas. Mantuve diversas conversaciones con el conservador del museo, que me permitió el acceso a los almacenes, donde había multitud de piezas por clasificar y restaurar. Allí encontré, dispersos, los fragmentos de esta cerámica que comento hoy. Llamé la atención del conservador ya que me parecía obvio que los trozos procedían de un recipiente que representaba una patología dermatológica, y le insistí en que merecería la pena emprender su restauración. El conservador me escuchó con atención y decidió reconstruír la pieza, confirmándose mi teoría. Desde entonces, esta cerámica mochica ocupa un lugar destacado en las vitrinas del museo. Cada vez que vuelvo a visitarlo, me asalta la emoción, recordando esta historia, y la que fue mi humilde aportación al rescate de este testimonio de la patología de los mochicas. 




Huaco representando un sacerdote ciego, con
la cara decorada. Museo Huacos del Moche. Trujillo. 
Cerámica mochica representando un hombre ciego (s. IV) 
22.9 x 21.9 cm. 


La cultura mochica es una cultura arqueológica del antiguo Perú que se desarrolló entre el 200 y el 700 dC. en el valle del río Moche (Provincia de Trujillo, La Libertad)  y que se extendió hacia la costa norte peruana. Practicaban una religión teocrática y militarista. 


Cerámica mochica de tema erótico


Los mochicas desarrollaron grandes obras de ingeniería, como una completa red de canales de riego, para desarrollar la agricultura. También eran expertos pescadores y ceramistas, dejándonos en esta técnica  notables muestras de representaciones humanas y animales. Muchas veces se representan escenas eróticas o personajes afectados por alguna patología. Sus obras son escultóricas, muy realistas y pictográficas. Frecuentemente tienen una finalidad documental, retratando con gran fidelidad al representado, con todo detalle, que incluye, claro está las enfermedades cutáneas que tuviesen. Son los llamados huaco retratos, probablemente usados como urnas cinerarias. 

En el huaco retrato que nos ocupa, se ve una importante malformación del labio superior, que afecta también a la nariz. Podría corresponder a una destrucción de tejido por leishmaniasis cutáneo-mucosa americana, afección relativamente frecuente en el Valle del Moche, y de la que se han encontrado pruebas paleopatológicas. Otros lo han interpretado como labio leporino, malformación que también ha sido objeto de representaciones en algunos huacos, aunque nosotros no participamos de esta opinión. 


La leishmaniasis cutáneo-mucosa americana era endémica en esta zona, especialmente antes de la llegada de los españoles. Rudolf Virchow, el gran patólogo, que se interesó también por la paleopatología, estudió en 1895 cerámicas mochicas hallando representaciones de leishmaniasis, entre otras patologías como lepra, ceguera, parálisis facial, verruga peruana etc. 

miércoles, 25 de febrero de 2015

Las ruedas de Santa Catalina


Santa Catalina. Caravaggio.





 Caravaggio
 (Milán 1571 - Porto Ercole, 1610) 

Santa Catalina de Alejandría 
(1597)

Óleo sobre tela 173 x 133 cm 
Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid


En este cuadro de Caravaggio (uno de los cinco que se conservan en España véase aquí) se representa a Santa Catalina de Alejandría, que ocupa casi todo el lienzo. Se muestran también los instrumentos de su martirio, especialmente la rueda, aunque la santa presenta una expresión serena y tranquila, con una ingenuidad algo rural en la mirada, que cautiva irremisiblemente al espectador. Esta pintura fue el precedente inmediato de las grandes obras que Caravaggio realizó para las iglesias romanas. 

Santa Catalina de Alejandría fue una mártir cristiana del s. IV, que fue muy venerada en la Edad Media. Suele representarse con la palma del martirio y la rueda con la que la martirizaron, que es su símbolo identificativo.  Según la hagiografía, Catalina era la hija de una familia noble de Alejandría, en Egipto. Era una devota cristiana, y una noche se le apareció Jesús, al que juró dedicarle su vida, convirtiéndose en su prometida. Esta idea del matrimonio místico era muy frecuente en el Mediterráneo Oriental y penetró con fuerza en el cristianismo. 

Poco después, el emperador Majencio (306-312) visitó Alejandría y presidió una fiesta en la que el pueblo debía realizar sacrificios a los dioses. Entre ellos también estaba el emperador. Los romanos eran muy tolerantes en cuestiones religiosas, pero el culto imperial era obligado, ya que suponía la aceptación del Estado Romano. No hacerlo suponía una clara insumisión. Catalina renunció a adorar al emperador y a los otros dioses del Estado, y en vez de eso hizo la señal de la cruz y retó a Majencio a un debate filosófico sobre el verdadero Dios. Catalina, de gran inteligencia y buena formación filosófica, argumentó tan bien en el debate que convenció a buena parte de sus oponentes. 

Pinturas murales de Santa Catarina (procedentes de la Seu d'Urgell) 
MNAC, Barcelona


Majencio montó en cólera y ordenó encarcelarla y flagelarla. Más tarde ordenó que la torturaran con una máquina provista de ruedas con afiladas cuchillas, pero al tocar el cuerpo de la santa, las ruedas se rompieron (por eso muchas veces la rueda con la que se representa a la mártir aparece partida). Finalmente, la santa fue decapitada. 


Martirio de Santa Catalina. Lucas Cranach. 


Las lesiones de tinea corporis - infección cutánea por hongos dermatofitos - presentan una forma circular semejante a una rueda. Por ese motivo en la Edad Media eran llamadas "Ruedas de Santa Catalina" y  - por la ley de la semejanza - se imploraba por su curación a la santa. Muchas veces su forma no es totalmente redonda, sino que se rompe, borrándose en algunos puntos y dando lugar a círculos incompletos, lo que aumenta más todavía su parecido con las ruedas rotas del martirio de Catalina de Alejandría. 






martes, 24 de febrero de 2015

La psoriasis de Stalin





Picasso: Retrato de Stalin. 




 Pablo Picasso

Retrato de Stalin 
(1953)

Dibujo a carboncillo 


Pablo Picasso (Málaga, 1891 - Mougins, 1973militó en el partido comunista, aunque nunca fue un comunista muy convencido. Miraba al comunismo con simpatía como antagónica posición frente al franquismo que devastaba España tras la contienda. Louis Aragon y otros amigos, reclutaron a Picasso para el partido para exhibirlo como un caro trofeo (aunque por detrás lo criticaban como un artista burgués, que llevaba vida de millonario y de playboy en la Costa Azul). En la revista "Lettres françaises" dirigida por Aragon, Picasso llega a brindar por el camarada Stalin, con un poema sentimental y un dibujo del artista con la copa en la mano (1949). 

Pocos años después, Aragon le pidió un dibujo de Stalin para la revista. Picasso intentó zafarse diciendo que nunca lo había visto en persona. Ante la insistencia de Aragon, Picasso accedió. La publicación del dibujo, en primera página desencadenó un gran malestar entre los comunistas, que lo consideraron ofensivo. Era el tiempo del culto a la personalidad y la iconografía oficial soviética permitía pocas originalidades e interpretaciones personales. La ortodoxia del partido era partidaria del arte realista y el estilo de Picasso era impresionista y surrealista (sic) como lo definió un comisario político polaco. Picasso con mucha sorna respondió 
"si se quieren meter conmigo por lo menos que elijan bien los términos"

Izaak Brodsky. Retrato realista de Stalin (1949)
Esta era la versión oficial del régimen soviético,
usada para el culto a la personalidad del líder.  

Jóssif Dzhugashvili, más conocido por su sobrenombre de Stalin (Сталин, en ruso quiere decir acero, por la dureza que demostró en la época en la que atracaba bancos para financiar al partido) gobernó de forma totalitaria y personalista el Partido Comunista ruso y la Unión Soviética desde los años 20 hasta su muerte en 1953.  No dudó en realizar purgas y asesinatos para obtener un poder absoluto y tiránico, basado en el terror. 

De niño había sufrido viruela, que le dejó marcas visibles en la cara. También padeció psoriasis, enfermedad que tal vez tenía relación con sus bruscos cambios de carácter. Tenía crisis de prurito intenso y se rascaba repetidamente. 

Por consejo de sus médicos trataba los brotes de psoriasis con lisados, resultantes de la hidrólisis proteolítica de órganos, obtenidos en medio ácido en condiciones de alta presión. Muchos científicos del momento dudaban de la eficacia de este tratamiento. Uno de sus médicos, Dr. Idnaty Kazakow, le preparaba estos lisados. Al principio, Stalin consiguió clarear su piel, pero posteriormente tuvo un importante rebrote con lesiones pigmentarias añadidas (tal vez una liquenificación secundaria). Stalin se irritó tanto por este hecho que acusó a Kazakow de antisoviético y de haber intentado envenenarlo, infringiendo el artículo 58 del código penal, por lo que fue condenado y ejecutado.   

lunes, 23 de febrero de 2015

La melena rapada del último rey merovingio


Evariste Vital-Luminais. El último de los merovingios. 


Évariste Vital-Luminais

(1822-1896)

El último de los merovingios 

Óleo sobre tela 210 x 172 cm
Musée des Beaux-Arts de Carcassonne




Évariste Vital Luminais fue un pintor academicista francés que cultivó la pintura historicista en lo que se ha venido a denominar art pompier. En este cuadro nos relata el fin del último de los reyes merovingios, Childerico III. Una curiosa historia de la fuerza mítica que se ha atribuído al cabello en algunas culturas.

Los reyes francos creían que su poder residía en los cabellos y los dejaban crecer desde la infancia. Los cabellos que nunca se cortaban eran la sede del poder, de la realeza. Los reges criniti (reyes melenudos) eran como nuevos Sansones. El carácter mágico atribuído a los cabellos hacía que no pudiesen reinar si se les cortaban. Cortarse los cabellos equivalía a renunciar a los derechos del trono. Cuando se derrotaba un monarca, se procedía a cortarle los cabellos: en lugar de matarlo se le enclaustraba y se le afeitaba la cabeza. Una vez rapados perdían su potencia y la capacidad para reinar. 

El cronista Gregorio de Tours nos ha dejado el testimonio de cómo se acabó con la dinastía merovingia: rapando a Childerico III y recluyéndolo en un convento, como puede verse en este cuadro. 

Por cierto que aunque en Hispania no se concedía la misma importancia al cabello real que en el Regnum francorum o país de los francos, también se dió un episodio similar. El rey visigodo Wamba (que reinó entre 672-680) fue víctima de una conjura en la que participó el arzobispo metropolitano de Toledo Juliano II: el rey fue engañado y narcotizado y en este estado lo tonsuraron, lo vistieron de monje y le obligaron a renunciar a la corona. Wamba ingresó en el monasterio de San Vicente de Pampliega (Burgos) donde murió el 688. 

Estos episodios históricos nos demuestran el gran simbolismo sacro que tuvo el cabello en aquellos tiempos. 



domingo, 22 de febrero de 2015

La gonorrea de Rossini







 Anónimo

Retrato de Gioachino Rossini
(1820)

Óleo sobre lienzo. 

Museo Internazionale e Biblioteca della Musica Bologna. 



Gioachino Rossini (1792-1868) fue un famoso compositor italiano, conocido especialmente por sus óperas, que son en su mayor parte cómicas.  Junto con Bellini y Donizetti forma el trío del bel canto en la historia de la ópera. 

Rossini padecía una gonorrea crónica, que había contraído alrededor de 1830, al parecer con una prostituta. Un informe médico decía de él que "desde joven ha abusado de Venus". Según contaba su médico personal, como consecuencia de esta enfermedad, Rossini llevó a partir de los 44 años una vida de estricto celibato y redujo mucho el consumo de alcohol. 

A consecuencia de esta afección venérea, Rossini padeció diversas complicaciones, que le causaban un gran dolor y que se refleja en las cartas que escribió entre 1830 y 1840. Las principales de ellas fueron una cistitis gonocócica, muy dolorosa, y una estenosis uretral, para la que realizaba frecuentes cateterismos y lavajes con almendras dulces, malva, flor de azufre y crema de tártaro. También recurría a estancias en balnearios, dietas y "curas magnéticas". 

Finalmente recurrió al Dr. Civiale (1792-1867) un especialista del Hospital Necker de París, que le recomendó dilataciones con beniqués y bujías, que al parecer fueron efectivos para reducir la sintomatología. En el período de convalescencia Rossini escribió una serie de 180 composiciones vocales e instrumentales titulada "Pechés de viellesse" (Pecados de vejez) Algunos tienen títulos tan raros como: Prélude convulsif, Mon prélude hygiénique du matin, Valse torturée.

Rossini estaba tan agradecido al tratamiento con las dilataciones, que cuentan que incluso tenía un beniqué entre los objetos que decoraban su salón y al que se refería con frecuencia como el instrumento al que debía su felicidad. 

Además de la gonorrea, Rossini padeció otras enfermedades: hemorroides, EPOC (era un gran fumador), transtorno bipolar y carcinoma del recto, que finalmente fue la que acabó con su vida. 



Gioachino Rossini: Il Barbero di Siviglia (obertura) :



Gioachino Rossini: La gazza ladra (obertura)