lunes, 1 de febrero de 2016

Los "pieles rojas", cazadores de cabelleras.






 George Catlin

Nube Blanca, 
jefe de los Iowas 
(1844-1845) 

Óleo sobre lienzo  71 x 58 cm.
National Gallery of Art, Washington.



Todos hemos oído hablar de los tiempos de la Conquista del Lejano Oeste. Relatos de caravanas de cow-boys, de bisontes, de desiertos, de buscadores de oro y de... indios! Hay cientos de novelas y películas sobre estos temas. 

Uno de  los lugares comunes en estos relatos son los pieles rojas o indios, como suele llamarse inadecuadamente a los indígenas norteamericanos. Los poblados de tipis, las danzas alrededor de la hoguera, el tótem de la tribu, el calumet o pipa de la paz, y los terribles ataques de los indios que empuñando su tomahawk arrancaban el cuero cabelludo de sus enemigos para exhibirlo como trofeo. 

Joseph Henry Sharp (18 - 1953): Nube Roja, cacique de los Sioux.
Óleo sobre lienzo 

Los indios practicaban esta costumbre, ciertamente, como podemos ver en algunos museos en donde todavía se conservan las cabelleras y los cueros cabelludos de las víctimas. Pero ¿era ésta una costumbre propia, ancestral, o por el contrario había sido aprendida?

Al parecer la bárbara costumbre de arrancar cabelleras fue decretada por el gobierno de Angel Trías en Chihuahua en 1849. Fue conocida como "ley de cabelleras", "ley quinta" o "contratas de sangre", y en ella se ofrecían 100 pesos por cabellera de indio varón y 50 pesos por cabellera de india mujer. Se pedía solamente el cuero cabelludo por la imposibilidad de transportar un gran número de cadáveres o de cabezas en estado de descomposición, a caballo y atravesando el desierto con altas temperaturas. Posteriormente esta recompensa se elevó a 200 pesos por cabellera de indio, la mitad por la de una mujer y 250 pesos por indio apresado vivo, que generalmente era ahorcado. 


Cabelleras-trofeo. Karl May Museum. Dresde








Estos incentivos ocasionaron una auténtica oleada de asesinatos sin precedentes. Aparecieron auténticos cazadores de cabelleras como el irlandés James "Santiago" Kirker, que exterminó a cientos de apaches y de otras tribus indígenas. Durante el año 1849 el gobierno de Chihuahua pagó una suma total de 17.896 pesos a los cazadores de cabelleras. 

La ley de cabelleras fue sumamente efectiva y logró el genocidio de los apaches de México, que quedaron prácticamente exterminados. Los pocos supervivientes emigraron a los territorios del Norte, a Estados Unidos, comandados por su famoso líder Gerónimo, que lideró la resistencia. En la época de Porfirio Díaz, el gobierno se jactaba de haber aniquilado a los apaches, objetivo que no se había conseguido al otro lado de la frontera, en los Estados Unidos. Gerónimo, tras una resistencia heroica al frente de los apaches fue finalmente apresado y enviado a una reserva con los restos de la nación apache, un auténtico campo de concentración donde terminó sus días. 


Caza de bisontes en las praderas del Sudoeste. 



Muchas tribus de indígenas americanos practicaban también la costumbre de arrancar la cabellera a sus víctimas. No está claro si aprendieron esta costumbre del hombre blanco - los rostros pálidos - o ya era una práctica preexistente. Lo cierto es que testimonios bastante antiguos la costumbre de contar sus víctimas por los cueros cabelludos arrancados de los caídos en el combate.  Francisco de Garay, administrador español de México ya lo comentaba en 1520, y entre los exploradores franceses, Jacques Cartier, el descubridor del Canadá. Diversos testimonios refieren estos tipos de trofeos de guerra entre los Hurones (1623), Iroqueses y Abenakis (1692). El padre Smet, misionero jesuita, lo describe en sus cartas (1854). Para los pieles rojas, arrancar la cabellera a un enemigo era la acción más gloriosa para un guerrero, aunque fuera en detrimento de la importancia estratégica. Según un testimonio inglés del s. XVIII, la llegada de los guerreros con los trofeos era celebrada con cantos y danzas. Después, los cueros cabelludos eran descarnados, secados entorno a una hoguera y pintados. Finalmente, las mujeres los colgaban en lanzas y palos para exhibirlos.

La importancia de los rituales que rodeaban a esta práctica demuestra su valor espiritual. Coger un cuero cabelludo era un medio de apropiarse de la fuerza vital del adversario. Además de su asociación con la noción de la venganza, con la marca del honor y con el símbolo de la victoria, también es un símbolo de vida, tanto entre los pueblos nativos de la Costa Este como entre los habitantes de las Praderas. Entre los Sioux, escalpar es una necesidad ritual en un mundo donde se creía que el espíritu del hombre se encontraba en la cabellera, que en cierta manera contendría la esencia humana.

Los Iroqueses, como las otras tribus, creían que el espíritu, el alma residía en el cuero cabelludo, ya que los cabellos continuaban creciendo después de la muerte. El cuero cabelludo era para los guerreros una manera de apoderarse de las almas de los muertos, de su energía vital. Una manera de reencontrar una parte de sus antepasados, muertos en el combate, a los que el enemigo había arrebatado un día su cuero cabelludo. También era un talismán apotropaico usado en los escudos y para realizar prácticas curativas por parte de los chamanes. 



Grabado representando un apache
arrancando el cuero cabelludo


El papel que representaban estos trofeos se ve en la terminología iroquesa: las palabras sol, guerra y cabellos estaban tan relacionados en el sistema de creencias iroqués que son designados por el mismo vocablo.

Por ello los indígenas no querían vender los cueros cabelludos ganados en la batalla. Un Jefe de la tribu Cherokee rehusó vender a las autoridades de Maryland las cabelleras tomadas por sus guerreros, porque sabía que serían destruidas. En cambio, los escalpelos podían ser dados o cambiados, y era el más grande regalo que un piel roja podía hacer. A pesar de todo, los europeos acabaron pagando por las cabelleras, controlando así las bajas que producían las guerras tribales y desvirtuando las creencias metafísicas sobre la cabellera de los pueblos de las praderas. 

Como anotación al margen hay que decir que la costumbre de contar las víctimas por miembros o partes del cuerpo amputadas se dió también en el Viejo Mundo. Heródoto en 440 aC ya refería la costumbre que tenían los escitas de cortar cabelleras como trofeo de guerra (Historia, IV-64). Más tarde un pueblo germánico, los lombardos "arrancaban la piel del cráneo con su cabellera". En algunos relieves egipcios del Imperio Nuevo aparecen las manos cortadas como trofeos y era una manera de contabilizar las bajas causadas al enemigo. Sin embargo, la duplicidad de manos provocaba algún problema de contabilidad y se procedió entonces a amputar los penes, que de forma inequívoca, solo era uno por enemigo muerto. Esta costumbre está documentada en algunos relieves, como por ejemplo en el templo de Ramsés II en Abu Simbel, donde se ve al faraón triunfante ante un montón de falos amputados, o en el templo de Ramsés III en Medinet Habu . 


Relieve del templo de Medinet Habu:
Egipcio con un falo cortado en la mano, 

que va a depositar en un montón de falos enemigos. 



Pieles rojas, la sabiduría





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