domingo, 29 de mayo de 2016

La piel torturada (y VI): Máscaras infamantes





Máscara infamante

Instrumento de tortura. Hierro. 

Museo de los Instrumentos de Tortura. Toledo. 



En anteriores entradas hemos comentado algunos métodos de castigo que usaba la Inquisición y que tenían el común denominador de causar dolor bien por uso de instrumentos punzantes (1, 234) como el uso de fuego y cauterios (5). Según el tipo de "delito" del torturado (hereje, judío, blasfemo, adúltero...) se escogía uno u otro sistema. 

Hay que decir que los juicios se realizaban sin apenas pruebas y solía bastar la simple delación de alguien para la detención del acusado. 

Pero entre los variados delitos que castigaba la Inquisición encontramos uno, que llama poderosamente nuestra atención. Era simplemente el de las mujeres que hablaban en la iglesia (!!).

En una sociedad dominada por los hombres cualquier desavenencia femenina contra el poder masculino era considerada una ofensa contra el poder civil o eclesiástico.  La mejor manera de evitarlo era imponer un silencio total, bajo la máxima "Mulier taceat in ecclesia" (que la mujer calle en la iglesia). Una norma que evidencia el absoluto sometimiento de las mujeres en aquella represiva sociedad. 

Máscara infamante. Museo de los Instrumentos de Tortura. Toledo. 
En los casos en los que se transgredía esta norma las mujeres eran castigadas con la imposición de una máscara infamante de hierro, que representaba un perfil de burro, de cerdo  u otro animal, con una finalidad sarcástica y mordaz.  En algunos casos estas máscaras infamantes también podían ser impuestas a los blasfemos o perjuros. La connotación ofensiva que tenían las orejas de burro o de cerdo eran parte de la tortura psicológica ocasionada por estas máscaras. Las mujeres así castigadas eran obligadas a desfilar por las calles para su vergüenza y escarnio, y a permanecer en la picota en donde eran objeto de burlas y chanzas.

Evidentemente las máscaras estaban bien cerradas en la parte de la boca, como se puede suponer al ser un castigo por una falta oral. El roce continuo del metal (de bordes cortantes) sobre la piel producía erosiones y heridas dolorosas, añadiendo el dolor físico a la tortura psicológica. 

Pero eso no era todo. Muchas de las máscaras estaban dotadas de piezas bucales con pinchos que atravesaban la lengua para clavarse en el paladar, obligando a mantener la boca cerrada sin poder abrir la mandíbula. Muchas condenadas morían por inanición al no poder abrir la boca ni para alimentarse. A esto hay que añadir que también algunas de ellas morían o quedaban muy maltrechas por los golpes recibidos que se dirigían especialmente a senos y pubis si se trataba de mujeres. 

* * *

Con esta entrada terminamos la serie dedicada a los suplicios de la Inquisición en los que se causaba principalmente daños en la piel y mucosas. Un escalofriante y horrible recuerdo histórico. Deseo de todo corazón que la práctica de la tortura - que no fue únicamente usada por la Inquisición y que lamentablemente continúa vigente en la actualidad - se erradique totalmente de nuestro mundo. Cuando así sea, estaremos en condiciones de construir, sin duda, un mundo mejor, más fraternal y libre. 

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