viernes, 27 de mayo de 2016

La piel torturada (V): Sillón de interrogatorio.








Sillón de interrogatorio

Instrumento de tortura. Hierro y madera. 

Museo de los Instrumentos de Tortura. Toledo. 



La visión de este sillón de interrogatorio habla por sí sola. Se trata de un sillón de madera, dotado de aguzadas púas en asiento respaldo, reposabrazos e incluso en los laterales. El reo era sentado en este sillón, que también estaba dotado de sistemas para apretar más los brazos y muslos, con el fin de herir y desgarrar todavía más su piel. Previsiblemente los golpes y puñetazos que recibía durante el interrogatorio también servían para acrecentar más su dolor. Uno más de los suplicios que solía usar la Inquisición (1234). 

Hábito de condenado por el Santo Oficio.
Museo de los Instrumentos de Tortura. Toledo. 
En estas circunstancias, es fácil presumir que el desdichado acababa confesando y declarando todo cuanto a sus torturadores se les antojara, cosa que por cierto, tampoco debía ser garantía de mejor trato. Aunque se reconocieran los errores heréticos, muchas veces eran acusados de relapsos (reincidentes en la herejía). En el caso de los judíos conversos al cristianismo (generalmente por la fuerza), se les acusaba de judaizantes (practicar la religión de Moisés en secreto). Así que, a conveniencia del inquisidor, se aplicaba la sentencia que convenía. Incluso en caso de fuga, el condenado era ejecutado en efigie (se quemaba públicamente un monigote que lo representaba: en estos casos se conseguía por lo menos ejemplarizar al público) 

A los que la Inquisición, también llamada Santo Oficio, condenaba, se les vestía con el hábito que los caracterizaba como culpables: un capirote en la cabeza y un tosco escapulario o dalmática cuadrada (el sambenito) . Los sambenitos variaban según el delito y la sentencia. Los condenados a muerte, que se conocían como relajados (ya que se entregaban al brazo secular, porque los eclesiásticos del tribunal de la Inquisición condenaban pero no ejecutaban las penas de muerte) llevaban un sambenito negro con llamas y a veces demonios, dragones o serpientes, signos del Infierno, además de un capirote o coroza roja. También podían ir precedidos por un estandarte donde se expresaban los cargos de los que se le acusaba. 



Grabados de los Caprichos de Francisco de Goya con herejes condenados por la Inquisición. 
El de la izquierda lleva el sambenito con la cruz de San Andrés. 
En el de la derecha el capirote o coroza en llamas significa que 
la condenada está siendo llevada al patíbulo. 


Los reconciliados con la Iglesia Católica eran herejes que habían abjurado de sus errores llevaban un sambenito amarillo con dos cruces en aspa de San Andrés. También podían llevar llamas orientadas hacia abajo, lo que simbolizaba que se habían librado de la hoguera. Los sentenciados a recibir latigazos, como los impostores o los bígamos, llevaban atada una soga al cuello con nudos, que indicaban los centenares de latigazos que debían recibir.  Por cierto, que este hábito ha quedado en el imaginario colectivo, y cuando a alguno se le quiere culpar de algo se dice que "le han puesto el sambenito". 


Tintero que perteneció al canónigo Pedro Sánchez de Luna,
con el escudo de la Inquisición en el centro.
Museo Sefardí. Sinagoga de Sta. María del Tránsito. Toledo
La Inquisición española estuvo bajo el control directo de la monarquía y fue un eficaz instrumento de control político e ideológico. A pesar de diversos intentos de suprimirla, no fue totalmente abolida hasta 1834, bajo el reinado de Isabel IILa Junta de Fe de Valencia tuvo el triste honor de condenar a muerte al último hereje ejecutado en España, el maestro de escuela Cayetano Ripoll, que fue ahorcado el 31 de julio de 1826.



Estandarte de un judaizante reconciliado y relajado. Museu d'Història dels jueus. Girona. 





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