dimarts, 20 de febrer de 2018

La enfermería del refugio antiaéreo






Eduard Fiol Marquès

Paisaje campestre
(mayo de 1937)

Óleo sobre lienzo 
Colección particular Dr. Xavier Sierra. Terrassa




En una terrible noche de mayo de 1937, las bombas de la aviación franquista caían sin cesar sobre la ciudad de Girona. La población civil, amedrentada y temerosa se agolpaba en los largos pasillos de un refugio antiaéreo. Poco antes del bombardeo, los aviones habían sido avistado y el lúgubre ulular de las sirenas había avisado a los gerundenses del inminente peligro y de la conveniencia de buscar protección en un refugio subterráneo, donde podían guarecerse de las bombas y de la destrucción. Ya en el refugio todos intentaban evadirse y no pensar. Cuando, ya acabada la lluvia de bombas, pudieran nuevamente salir a la superficie podían encontrarse su casa o su negocio reducido a escombros. O todavía peor: toparse con algún familiar o amigo muerto. 


Un detalle del cuadro de Eduard Fiol.
Al pie, en el ángulo derecho, junto a la firma, una lacónica
inscripción: V-37. Mayo de 1937. Un mes trágico
para la ciudad de Girona, que sufrió bombardeos diarios
de la aviación fascista de Mussolini, aliada de Franco.
 
En un rincón del refugio, apenas alumbrado por la precaria luz de las lámparas, un joven taciturno pintaba febrilmente. Era Eduard Fiol, conocido artista local y Delegado de Arte de la Generalitat de Catalunya en Girona. Fiol había tenido la responsabilidad de salvar los bienes patrimoniales de importancia, enfrentándose a veces a los piquetes de la FAI que en su furia anticlerical querían quemar todo lo que fuera de iglesia. Fiol salvó así piezas como el libro miniado Martirilogi d'Usuard, del s. XV (hoy en el Museu d'Art de Girona) o el Cristo yacente de Jean de Tournai de la iglesia de San Félix, tal vez uno de las más impresionantes esculturas fúnebres medievales de Catalunya. Pero ahora, en la penumbra del refugio, con el estruendo de las bombas que hacían temblar la tierra, Fiol pintaba, pintaba nerviosamente, y se concentraba en elegir los escasos colores de que disponía para no pensar.  

El cuadro, intrascendente, representa una escena campestre imaginaria. Tal vez refleja el anhelo de libertad, de paz, de aire puro que Eduard Fiol debía sentir en aquel momento. Algo muy diferente a la realidad que le rodeaba. El cuadro fue pintado en aquella noche de terror, en plena zozobra del bombardeo. En un rincón, junto a la firma, la fecha lo testimonia: V-37: mayo de 1937. Un mes en el que los bombardeos aéreos en Girona se repitieron casi todos los días.  

Eduard Fiol era mi tío abuelo. Tras la guerra tuvo que partir al exilio, y tras haber permanecido varios años en el campo de concentración de Gurs, llevó una vida azarosa hasta que murió en Biarritz sin haber podido regresar a su país. Yo conservo este cuadrito en mi pinacoteca, con orgullo. No es una gran obra de arte, es verdad. Pero lleva en ella todo el terror y la opresión de un bombardeo. Siempre que lo miro, lo recuerdo. 

Hace pocos días tuve oportunidad de realizar una visita cultural por el barrio de Gràcia, en Barcelona,  organizada por Cultrutas, una empresa que se dedica a divulgar algunos aspectos históricos y artísticos de la ciudad, gracias a un regalo que me había hecho un familiar querido. Las rutas son una manera de dar a conocer mejor un entorno muchas veces tan cercano como desconocido, y una experiencia que recomiendo a los lectores de este blog, si viven o visitan Barcelona. 

La ruta estaba guiada por Laura Beaumont, que de forma amena, vivida y muy documentada nos reveló muchos aspectos de la antigua vila de Gràcia. Laura es historiadora, pero sabe contagiar además el amor por su barrio, donde ella vive y por la indudable personalidad de Gràcia, que ha sabido conservar su pasado con gran personalidad y apego a sus tradiciones. 

No voy a comentar aquí todos las anécdotas y peculiaridades que nos fue relatando Laura por el interesante paseo y que merecerían sin duda que les dedicara un considerable espacio. Me centraré solamente en uno de ellos, por ser un tema de especial interés para un médico. 

Escalera de acceso al refugio de la Pl. Revolució, en una foto de la época

Se trata de uno de los refugios usados por los vecinos de Gràcia durante los bombardeos que sufrió la ciudad durante la guerra civil de 1936-1939. Concretamente el refugio situado en la plaça de la Revolució de 1868.

Cuadro eléctrico del refugio de la Pl. Revolució.
En la pared, anotadas con lápiz, todavía pueden
verse las potencias de cada una de las clavijas
Durante la Guerra Civil, Barcelona fue bombardeada repetidamente por la aviación franquista y por sus aliados, los fascistas italianos de Mussolini. La frecuencia de los bombardeos era casi diaria. Los aviones solían salir de Mallorca, territorio ocupado por los golpistas de Franco, bombardeaban Barcelona (generalmente objetivos civiles) y después muchas veces la ciudad de Girona, y regresaban a sus bases. En ocasiones, estos raids eran más intensos y podían durar días enteros. La Guerra Civil española fue la primera contienda en la que se bombardeó de forma sistemática a la población civil. El símbolo por antonomasia fue el bombardeo de Guernica, inmortalizado en el gran gran cuadro-cartel que Picasso pintó para el pabellón español de la Exposición Universal de París. Desde entonces, lamentablemente ha imperado este modelo de guerra, en la que masacrar a la población civil se convirtió en un elemento habitual en todas las guerras hasta el presente. 

En Gràcia, pueblo con gran tradición de cooperativas y agrupaciones de todo tipo, el pueblo decidió construir un gran número de refugios antiaéreos. Con gran celeridad, se excavaron galerías subterráneas donde la población podía esperar que terminara el bombardeo con seguridad. 


Recibo de pago del refugio de la plaça Revolució (1938)
En él figura el nombre y dirección del  abonado y la puerta por la que tiene que acceder (así se evitaban aglomeraciones). También está previsto apuntar los asientos que le correspondían, que en este caso se han dejado en blanco. 


Los refugios eran costeados por la gente que habitaba en las calles cercanas, mediante unas cuotas o contribuciones. Se conservan algunos de estos recibos que dan testimonio de ello, como el que encabeza estas líneas. Los afiliados a tal o cual refugio y sus familiares tenían el derecho de protegerse allí durante los bombardeos. Incluso tenían sus asientos asignados. Naturalmente, si alguien era sorprendido por los ataques aéreos y no era del barrio o no estaba afiliado a tal o cual refugio, también podía entrar. Para estos casos también había un espacio y se reservaban un determinado número de asientos. Pero se les solicitaba una colaboración, pagar una especie de entrada para sufragar el mantenimiento del refugio.

Las tres líneas eléctricas que abastecían al refugio
para su iluminación interior, con los restos de
una de las lámparas. La luz era de vital importancia para
mantener el orden y aminorar el terror
La estructura de los refugios era simple: una serie de galerías subterráneas excavadas en el subsuelo, a una profundidad suficiente para estar a salvo del impacto de las bombas y su onda expansiva. A un lado de los largos corredores, un banco adosado a la pared, marcado con números o nombres para reservar la plaza a los contribuyentes que habían posibilitado su construcción. La tierra extraída era frecuentemente almacenada junto a la entrada, como una protección suplementaria. 

Todos los refugios disponían de conductos que garantizaban su aireación y letrinas, ya que muchas veces los refugiados tenían que pasar allí largas horas o incluso días. Por eso conservar el orden y la calma era fundamental. La iluminación era muy importante para que no cundiera el pánico y poder organizar mínimamente al gran número de personas allí concentradas. También era básico mantener la calma y evitar situaciones conflictivas. Por eso, en el interior del refugio estaba estrictamente prohibido hablar de religión o de política. 

El espacio subterráneo de la mayoría de refugios fue aprovechado tras la guerra para otros usos. Fue el caso del refugio de la plaça de la Revolució, hoy convertido en párking de coches. Del refugio original, en el 4º piso de profundidad del párking, solamente quedan las salas dedicadas a la enfermería, que pudimos visitar con nuestra guía Laura. En la enfermería se podían realizar las primeras curas a los heridos, cosa que debía ser frecuente, ya que muchos debían llegar al refugio en pleno bombardeo y probablemente afectados por la caída de cascotes o por los efectos de la onda expansiva. 

Una vista de lo que queda de la alacena para
almacenar medicamentos vendas y material de cura.
Enfermería del refugio de la Pl. Revolució. Gràcia. 
La enfermería del refugio de la plaça Revolució consta de dos salas. En una de ellas una alacena para guardar medicamentos, vendas y otros materiales para realizar las curas. En la dependencia contigua, había espacio suficiente para una camilla o similar y un depósito de agua para realizar la adecuada limpieza de las heridas. 

En Barcelona hay muchos refugios de guerra museizados y más completos, como por ejemplo el de la plaça del Diamant, también en Gràcia. En otras ocasiones he visitado otros refugios, como uno bastante grande en Reus, ciudad en la que también se construyeron un gran número de estas construcciones. Pero como médico, la visita a la enfermería del de la plaça de la Revolució me impresionó especialmente, al imaginarme las escenas de curas que allí debieron tener lugar. Gracias, Laura, por descubrirme este emotivo lugar.

Pablo Picasso. Guernica (1937). Tal vez la pintura más emblemática
sobre los bombardeos aéreos a la población civil. 


Bibliografia

Nadal i Farreras J, Domènech i Casadevall G. Patrimoni i Guerra. Girona 1936-1940. Col. Història de Girona, 2015. 

Cultrutas http://www.cultruta.com/?lang=es


Publica un comentari a l'entrada