lunes, 8 de agosto de 2016

Carbunco (IV): Bacilos bélicos








Salvador Dalí

 El rostro de la guerra
(1940)

Óleo sobre lienzo.  64 x 79 cm.
Museo Boymans-Van Beuningen. 
Rotterdam (Holanda) 

  


En este escalofriante cuadro de Salvador Dalí - realizado a caballo entre la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial - se escenifica el horror que conllevan todas la guerras, en las que la destrucción del género humano parece ser el único fin. En un paisaje vacío, solitario, árido y desolado se muestra una cabeza decapitada en cuyo rostro se dibuja una expresión de angustia, dolor y llanto. En sus órbitas y en su boca, otras muchas cabezas multiplican la visión de horror en un círculo vicioso hasta el infinito, en una cadena sin fin. En las guerras se olvida la ética y los asesinatos en masa sustituyen a cualquier argumento. En esta situación irracional cualquier arma es válida, y todo justifica el objetivo final de matar, aniquilar, aplastar al enemigo con la mayor eficacia posible. 

En la Primera Guerra Mundial se usaron masivamente las armas químicas como el cloro o los gases asfixiantes y vesicantes como la Yperita. Tras el conflicto, la Convención de Ginebra de 1925 decidió prohibir terminantemente que se usaran armas químicas como arma bélica en el futuro. 


William Ramsden Brealey: Máscara de gas (1939) 
Óleo sobre lienzo 61 x 51 cm. 

Pero esto no impidió que las grandes potencias las siguieran fabricando y almacenando y que iniciaran el desarrollo de las armas biológicas. De hecho, la guerra bacteriológica tenía ya ciertos precedentes históricos: desde tiempos antiguos se catapultaban cadáveres de apestados al interior de las ciudades sitiadas, o se introducían ratas infectadas en el interior del recinto de los burgos asediados.

Desde 1929, la Unión Soviética comenzó a investigar el uso potencial de bacterias militarizables: el agente de la peste, el del cólera, el de la fiebre tifoidea y el bacilo del carbunco


Durante la ocupación de Manchuria por los japoneses (1931-1945), el teniente general Shirô Ishii, doctor en microbiología, vio la oportunidad de crear un grupo de investigación de armas biológicas en esa zona. Aunque obtuvo el permiso de Tokio en 1932 para desarrollar allí sus investigaciones con el nombre en clave “Unidad 731”, parece que - al menos explícitamente - no lo tuvo para realizar experimentos con humanos. 


El teniente general Shirô Ishii, que realizó sádicos
experimentos en la siniestra Unidad 731, entre los que se
contaba el uso de aerosoles con esporas de Bacillus anthracis 
A Shirô Ishii se le atribuyen experimentos especialmente sádicos, que muchas veces incluían la vivisección de los prisioneros . Uno de los experimentos que llevó a cabo la Unidad 731 fue la exposición a aerosoles con esporas de Bacillus anthracis (posteriormente, aerosoles similares fueron usados en la ofensiva militar a pueblos chinos, causando la muerte de 10.000 personas). Además de la experimentación con carbunco, también se realizaron pruebas con agentes del muermo y de la peste sobre activistas antijaponeses, delincuentes comunes e incluso civiles inocentes detenidos en las redadas policiales. El número de víctimas es incalculable ya que no se hacían registros ni  se escribían registros (o bien desaparecieron). Japón reconoció después de la guerra que murieron alrededor de 3.000 personas sólo en la base de Ping Fan. En dicha localidad los efectos perduraron tras la guerra, no sólo en el inconsciente colectivo, sino también a través de epidemias de peste (1946, 1947 - 30.000 muertos - y 1948), que se sospecha que fueron secuelas de lo que allí sucedió. 

En 1939 tuvo lugar el “Incidente Nomonhan”, en el que Japón llevó a cabo un acto de sabotaje contra la Unión Soviética, infectando con bacterias tifoideas sus reservas de agua en la frontera con Mongolia. Este se considera el primer ataque de guerra biológica a otro estado.  Poco después, en 1940 introdujeron pulgas portadoras del agente causal de la peste (Yersinia pestis) mezcladas con arroz y trigo y diseminándolas así por el territorio chino. 

También los norteamericanos y los británicos desarrollaron antes de la Segunda Guerra Mundial bombas con el bacilo del carbunco. Pero el programa « N » no llegó a usarse. Tal vez el miedo a un efecto rebote o quizás porque Alemania no disponía (según ellos creían) de armas operativas de este tipo. Hacia el final del conflicto, los nazis comenzaron a desarrollar armas con carbunco, pero ya no tuvieron tiempo de terminar su fabricación. 

En 1942, los británicos experimentaron el uso de bombas que difundían esporas de carbunco. Las hicieron explotar experimentalmente en Gruinard Island, una isla desierta del noroeste de Escocia. El resultado fue una gran mortandad en la población de corderos en pocos días. Gruinard Island quedó contaminada durante casi 40 años y en 1980 se realizó una gran operación de descontaminación, que permitió que seis meses más tarde, la isla fuera considerada teóricamente viable, aunque hay serias dudas al respecto. 


Marina Abramovic. Balkan Baroque. Performance. Gran Premio de la Bienal de Venecia 1997.
Una cruda reflexión sobre las guerras.

En 1949, el bacteriólogo Theodor Rosebury estableció los criterios de elección del agente infeccioso ideal para la guerra biológica: 
  1. Débil umbral infeccioso 
  2. Virulencia intensa (desde la incapacitación a la mortalidad)
  3. Incubación corta 
  4. Poder patógeno que se mantenga estable durante el proceso de fabricación, almacenamiento y transporte
  5. Contagiosidad débil
  6. Resistencia a los antibióticos habituales
  7. Ausencia de inmunidad en la población (enemiga) 
  8. Vacuna o suero inexistente o poco eficaz
  9. Ausencia de protección existente eficaz 
  10. Aptitud para poder ser usado en aerosol
  11. Bajo coste de producción 
Este último punto (la de poder ser fabricado de forma económica) es el que da una clara ventaja a la producción de las armas biológicas frente a las armas químicas y nucleares, mucho más costosas. Las esporas de Bacillus anthracis cumplen la totalidad de estos criterios y es así un modelo de arma bacteriológica "perfecta". 

En 1950 en Fort Detrick (Maryland), una de las principales bases militares de los Estados Unidos, en donde se desarrolla el programa de investigación biológica, la experimentación en monos demostró la patogenicidad del carbunco. Sin embargo, el gobierno americano acabó desestimando estos programas y (según la versión oficial) Nixon mandó destruir en 1969 el almacén de bombas de carbunco norteamericanas.  

En 1972, tuvo lugar otra convención sobre armas biológicas y toxinas, a la que se adhirieron 130 países. Pero muchos de ellos continuaron sus investigaciones sobre guerra biológica a pesar de haber firmado (como por ejemplo China, Corea del Norte, India, Irán, Libia o Siria). Otros estados no firmaron la convención y naturalmente, también siguieron con su programa de desarrollo de armas biológicas (Egipto, Israel, Taiwan).

En 1979, en Rusia, se declaró una epidemia de carbunco en Sverdlovsk, en los Urales. Se tomó como excusa para continuar las investigaciones sobre el bacilo. La versión oficial de las autoridades rusas fue que el brote estuvo producido por una ingestión de carne contaminada, pero en la proximidad de la zona afectada se había establecido un laboratorio de investigación microbiológica. La autopsia de los primeros casos mostraba un cuadro muy claro de hemorragia meníngea y de mediastinitis hemorrágica que evidenciaba que el carbunco se había adquirido por inhalación e infestación pulmonar y no por la ingesta. Las autoridades soviéticas confiscaron una gran parte de las pruebas y no fue hasta 1992 (cuando la ciudad retomó nuevamente su nombre histórico de  Ekateriburg) que se reconoció que los muertos se debieron a la experimentación militar.


En Irak, a finales de los años 70, fueron seleccionados muchos agentes infecciosos para ser desarrollados como armas biológicas  (hongos, virus, bacterias, toxinas...). Entre ellas destacaban los gérmenes Bacillus anthracis y Clostridium perfringens (agente de la gangrena gaseosea). Las cepas de carbunco provenían de los Estados Unidos, de Francia y de cepas endémicas autóctonas de Irak. Entre 1985 y 1991, los laboratorios iraquíes habían producido cantidades respetables de bacilos, de toxina botulínica y de una toxina micótica procedente de Aspergillus sp. Este arsenal bélico bacteriológico finalmente no fue utilizado en la Guerra del Golfo. 


Bibliografía


Cuerda E, López Muñoz F (eds) Cuando la medicina no cura. Delta. Madrid, 2016

Sierra X. Ética y experimentación médica en humanos. Actas Dermosif 2011 doi:10.1016/j.ad.2011.03.016  pdf 


Hansen W, Freney J, Maladie d’hier Arme biologique d’aujourd’hui : La maladie du charbon, Ed. Privat

Berche P, L’histoire secrète des guerres biologiques, Robert Laffont

Hugh-Jones ME, Hatch Rosemberg B, Jacobsen S: The 2001 attack anthrax: Key observations. 
https://www.washingtonpost.com/r/2010-2019/WashingtonPost/2011/10/21/Editorial-Opinion/Graphics/2157-2526-S3-001.pdf

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Scarlato E, Zanardi J. Guerra química y bacteriológica: el lado oscuro de la tecnología
http://www.fmv-uba.org.ar/comunidad/toxicologia/Publicaciones/Guerra%20qu%C3%ADmica1.htm
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