martes, 29 de diciembre de 2015

Escribir sobre piel







Martirologio de Usuardo
(1450)

Libro de pergamino miniado 
Museu d'Art. Girona. 





Antes de iniciar esta entrada, quisiera decir dos palabras sobre el Martirilogi d'Usuard, un libro miniado del s. XV que se conserva en el Museu d'Art de Girona. Este códice de pergamino miniado se salvó de los turbulentos sucesos de la Guerra de 1936, en la que muchos tesoros de la Iglesia fueron destruídos por las fuerzas revolucionarias, gracias a la intervención de mi tío abuelo, Eduard Fiol Marquès, a la sazón Comissari d'Art de la Generalitat de Catalunya. Gracias a él este precioso documento (y otros muchos) se salvaron de una segura destrucción. Desde aquí mi homenaje a su figura y mi sincero agradecimiento a su casi olvidada actuación que permitió salvar piezas claves de nuestro patrimonio cultural

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Me encuentro todavía con algunas amistades que me comentan que no se acostumbran a leer libros electrónicos. Les parece más romántico leer libros en papel y me argumentan que disfrutan con el aroma del papel impreso, con su tacto, con el murmullo del paso de las hojas. A pesar de que les hago notar que estos pequeños placeres, aunque comprensibles, no tienen mucho que ver con la lectura, y que se trata solamente de circunstancias que asocian con ella por su propia experiencia de lectores en soporte vegetal, me cuesta convencerlos. Insisten en que leer de verdad es leer en libros códice, encuadernados con tapas y destinados, a la larga, a acumular polvo en el rincón de una estantería olvidada. Y es que - en general - observo que los detractores de los libros electrónicos son precisamente las personas que leen de forma más ocasional, menos frecuente. 


Personalmente, debo confesar que he tenido una larga relación en el curso de mi vida con los libros de papel. Desde la infancia he pasado largas horas en venerables bibliotecas, soy un buen cliente de librerías, he adquirido numerosos ejemplares que se acumulan por las estanterías de mi casa y de mi despacho profesional e incluso he contribuído a engrosar el volumen de la edición en papel publicando varios libros en solitario y un buen puñado de capítulos sueltos en obras de diversos autores. Además, he recorrido rastros, mercadillos y librerías de lance buscando libros antiguos de diversa índole. Mi relación con los libros impresos ha sido - y es - innegable y duradera. 


Sin embargo, y sin necesidad de renegar de lo anterior, me he convertido desde hace unos años en un firme defensor de los libros electrónicos. En realidad, se trata en muchas ocasiones de los mismos libros, con idéntico contenido, en los que únicamente varía el soporte. Hace poco, releí algunos capítulos del Candide de Voltaire, en formato electrónico. Sus palabras son idénticas al del viejo ejemplar en papel que yace en uno de los estantes de mi librería.


Libro de los Muertos, escrito en jeroglífico hierático sobre papiro.

















Y es que el soporte en el que se han escrito los libros ha variado a lo largo del tiempo. Porque libro era el Libro de los Muertos egipcio, que se escribía (o esculpía) en las paredes de las tumbas para acompañar al difunto a la otra vida. En este caso el soporte era un soporte mural, que decía lo mismo que los ejemplares en rollos de papiro que se podían adquirir también para asegurarse una transición al Más Allá. Libros eran también, ¡como no!, las tablillas de arcilla sumerias, escritas con carácteres cuneiformes y que se ordenaban en enormes bibliotecas. Libros fueron también, durante siglos, los primorosos códices en pergamino, manuscritos e iluminados en los scriptoria monásticos medievales. Y solamente desde finales del s. XV, con el advenimiento de la imprenta de Gutemberg se imprimieron libros en papel, contribuyendo - eso sí - a una mayor difusión al posibilitar la edición de numerosos ejemplares a un precio módico. Ahora, en los años iniciales de nuestro siglo, ha aparecido un nuevo soporte, el libro electrónico, que en mi opinión, acabará sustituyendo al libro impreso. 


Tablilla cuneiforme mesopotámica

Sea como fuere, me voy a referir hoy a los libros escritos sobre piel animal, o sea, a los libros de pergamino, que durante siglos salvaguardaron la cultura occidental. El pergamino era la piel de las reses (generalmente de animales muy jóvenes e incluso en los casos del pergamino más fino, de mejor calidad, de fetos no nacidos). La piel de estos animales se sometía a un proceso de eliminación de la hipodermis y de la epidermis, dejando solamente la dermis, es decir un soporte de fibras colágenas que eran convenientemente estiradas, recortadas y alisadas. Con esto se elaboraban rollos o filacterias y también códices encuadernados, similares en formato a los libros impresos actuales, si bien de mucho mayor tamaño. 


Efigie de Sofía (la Sabiduría) en la Biblioteca de Celso. Pérgamo
Antes de usar el pergamino se escribía sobre papiro, un soporte vegetal elaborado con una planta que crecía en los cursos fluviales (Cyperus papyrus). Se usaba para escribir desde 2600 a.C. Para la confección de las hojas sobre las que se iba a escribir, el tallo de la planta se cortaba en láminas finas y muy largas, que se disponían entrecruzadas unas con otras y posteriormente prensadas, amartilladas y pulidas. Se obtenía así una faja de 30-40 cm de altura por 6-15 m de largo, en donde se escribía y dibujaba. Luego era enrollado para su conservación en tubos. El resultado era un material fino y útil para este fin, aunque bastante frágil. 


Ilustraciones miniadas del
Martirologio d'Usuard.
Museu d'Art de Girona


Tras la muerte de Alejandro Magno (324 a.C.) fundador de la gran Biblioteca de Alejandría en Egipto, la ciudad de Pérgamo, en Misia (hoy Turquía) alcanzó una gran prosperidad y empuje cultural bajo el reinado de Eumenes II.  En Pérgamo se desarrollaron multitud de conocimientos como la astronomía, la construcción naval, la literatura, las matemáticas y la filosofía. La Biblioteca de Celso, en Pérgamo pronto rivalizó con la de Alejandría. Ambas ciudades afirmaban poseer la mejor biblioteca del mundo y producían una gran cantidad de libros. 


El papiro se producía casi en exclusiva en Alejandría, en Egipto, ya que el Nilo lo suministraba en abundancia. Según una leyenda, Alejandría dejó de suministrar papiro a Eumenes de Pérgamo, produciendo una gran carestía de este material. Para suplir esta falta de material, en Pérgamo comenzaron a usar pieles animales para transcribir textos (oveja, cabra y el más fino de todos, el de ternera recien nacida, la vitela). Pronto se dieron cuenta de que el nuevo soporte era más cómodo, tanto para escribir como para leer y que se conservaba mucho mejor que el papiro, de origen vegetal, mucho más frágil y quebradizo. El nuevo material no tardó en imponerse y Pérgamo se convirtió en una gran productora de estas pieles, que por su procedencia se comenzaron a denominar pergaminos





Biblioteca de Celso. Pérgamo. 


De todos modos, aunque esta leyenda sea parcialmente cierta, la posibilidad de escribir sobre pieles ya se conocía, incluso en Egipto. Recientemente se ha encontrado un pergamino escrito de hace 4000 años en el Museo Egipcio del Cairo. 

Aunque al principio, el pergamino también se conservaba enrrollado, pronto se comenzó a coser en hojas, dando origen al códice encuadernado, que finalmente derivaría en el libro, alrededor del año 84 d.C. La difusión de las Biblias cristianas a partir del s. IV popularizará definitivamente este tipo de formato. 



Las bulas papales se siguieron escribiendo en pergamino
mucho tiempo después de que el pergamino fuese
usado masivamente. Bula del papa Formoso (s. IX)
Museu de la Catedral de Girona.
Ilustración del Beatus de la Catedral de Girona, un códice
escrito sobre pergamino en el s. X.
Museu de la Catedral de Girona.






El uso del pergamino se extenderá en Occidente a partir del s. IV. Las órdenes monásticas, especialmente la orden benedictina dispondrán de scriptoria destinados a copiar y a ilustrar libros, difundiéndolos y creando bibliotecas monásticas de todo tipo de saberes. Hacia el siglo XIII los libros salen de los monasterios. Primero se realizan primorosas obras muy ilustradas para los grandes señores y posteriormente pasaron a escuelas y universidades. Sin embargo, a pesar del auge del pergamino, el uso del papiro no desaparecerá totalmente. Algunos documentos importantes, como las bulas papales seguirán usando este soporte vegetal hasta bien entrado el s. XI. 

El descubrimiento de la imprenta de Gutemberg a finales del s. XV y el uso del papel (que ya había sido descubierto en China el el s. II d.C. y que se había introducido en Occidente a principios del s. XV, supuso el declive del hábito de escribir sobre piel animal. 


Breve Historia del Libro: 







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