dimecres, 28 de març de 2018

Aspectos médicos de la muerte de Cristo (III): La crucifixión







Matthias Grünewald

Crucifixión
(1515)


Óleo sobre tabla  
Retablo de Isenheim. Colmar 



En una entrada anterior hemos analizado, desde el punto de vista exclusivamente médico, las principales torturas a las que fue sometido Jesús de Nazaret (flagelación, corona de espinas) antes de ser crucificado. Consideraremos hoy las relativas a la agonía y muerte de Jesús en la cruz.  


P.P. Rubens: Crucifixión
La crucifixión fue una técnica de pena capital probablemente ideada por los persas. Alejandro Magno la introdujo en Egipto y en Cartago y los romanos la tomaron más tarde de los cartagineses. Así pues, los romanos no fueron los inventores de este cruel instrumento de muerte, aunque lo perfeccionaron mucho para conseguir que causara una muerte lenta con intensos dolores. Consiguieron así un castigo ejemplar, con el añadido de su espectacularidad. Un castigo que estaba reservado a esclavos fugitivos, rebeldes, insurrectos, revolucionarios, y a los más abyectos criminales. Una muerte que se consideraba vil y humillante y que no podía aplicarse en ningún caso a los ciudadanos romanos, excepto en el caso de los soldados desertores. Por eso, cuando condenaron a muerte a San Pablo, hizo valer su condición de ciudadano romano: en vez de crucificarlo, lo decapitaron con una espada. 

En las crucifixiones primitivas de los persas, los reos eran simplemente atados a un árbol o a un poste, evitando que los pies de las víctimas tocaran el suelo.  No fue hasta más tarde cuando aparecieron las cruces propiamente dichas, con un poste vertical (stipes) y un travesaño horizontal (patibulum). Se podían distinguir algunas variantes, como la crux commissa (en forma de tau) o la crux decussata (en forma de aspa). La forma y la tipología de la cruz variaba según las regiones y las épocas. La cruz de Jesús, al menos según la iconografía más usual, sería probablemente la llamada crux capitata (cruz latina), a pesar que los hallazgos arqueológicos indican que la cruz más usada por los romanos en aquel tiempo en la región de Palestina era la cruz baja en forma de Tau. 


El Greco. Jesús con la cruz a cuestas.
    Metropolitan Museum of Art. Nueva York    
Disponemos de vestigios arqueológicos sobre la crucifixión en Palestina, que nos ayudan mucho a comprender los detalles de este suplicio. En 1968, durante las excavaciones realizadas en Jerusalén en Giv’at ha-Mitvar (a dos kilómetros de la Puerta de Damasco), se hallaron los restos de 35 personas del siglo I d.C., y entre los cadáveres había el de un hombre que había muerto crucificado. Su estudio aportó grandes conocimientos y abundantes detalles sobre la técnica de la crucifixión. 

En general, los condenados eran obligados a cargar con su cruz hasta el lugar de la ejecución, fuera del recinto amurallado de la ciudad.  En el caso de Jesús, el Gólgota estaba a unos 600-700 m de la muralla de Jerusalén. Si la cruz era muy pesada (más de 130 Kg), les hacían llevar sólo el patibulum o travesaño horizontal, que solía pesar entre 30 y 50 Kg. En estos casos, les ataban los brazos al madero. 


Tintoretto. Crucifixión. Obsérvese que el cuadro representa el
 momento de colocar el titulus sobre la cruz. 
Era habitual crucificar al mismo tiempo a varios condenados a muerte. A Jesús, como es bien conocido, le crucificaron con dos ladrones, llamados Dimas y Gestas. El cortejo estaba acompañado de una escolta de un numeroso grupo de soldados, encabezados por un centurión. 

Uno de los soldados llevaba un cartel (titulus) en el que se especificaba el crimen por el que se le había condenado a muerte. El titulus era clavado en la cruz tras la crucifixión. En el caso de Jesús, el titulus decía "Jesús Nazareno, Rey de los Judíos". Estaba redactado en tres lenguas: hebreo, latín y griego, lo que es un testimonio del poliglotismo del Imperio Romano. El hebreo era la lengua propia de la población autóctona de Palestina y el latín la lengua oficial de Roma, aunque a decir verdad, nunca se habló mucho latín en la parte oriental del Imperio, donde se usaba mucho más el griego. 

  Martín Bernat. La Crucifixión. Museo del Prado.
En el lugar del suplicio, se administraba a los condenados una mezcla de vino con mirra, que al parecer tendría una cierta acción analgésica y sedante. El sabor amargo de la mirra hizo que se conociera esta  mezcla como hiel, tal como aparece en algunos pasajes evangélicos, que comentan que Jesús rechazó la bebida después de probarla. Más tarde, ya cercana su agonía, Jesús, que probablemente tenía síntomas de deshidratación, sintió una sed intensa y le administraron una mezcla de vinagre y vino mirrado (hiel) en una esponja puesta en el extremo de una caña.  

P.P. Rubens: Elevación de la cruz. 

Tras la administración del brebaje, los reos fueron despojados de sus vestiduras. En el caso de Jesús, que había sido flagelado, probablemente le provocaron un nuevo sangrado de las heridas, al arrancar las costras que habían quesado adheridas al tejido. Luego lo tendieron de espaldas sobre la cruz, con los brazos extendidos sobre el travesero. Los brazos se fijaban a la cruz atándolos con cuerdas o clavándolos. Al parecer, los romanos solían preferir clavarlos, y éste fue el método que eligieron en el caso de Jesús. Los hallazgos arqueológicos de cuerpos crucificados nos permiten deducir que los clavos de hierro solían ser de 15-18 cm de largo, con una cabeza cuadrada de un centímetro de lado aproximadamente. 



Forma de clavar las manos en la cruz (según Edwards y cols, JAMA, 1986)

Hay que destacar que -contrariamente a lo que suele verse en la mayor parte de la iconografía artística- los clavos taladraban las muñecas, no la palma de la mano. En caso de clavarse en la palma, la mano se rasgaría por el peso del cuerpo, al no haber ninguna estructura ósea capaz de aguantarlo. Los clavos tenían que atravesar el espacio entre los huesos del carpo y el radio y previsiblemente dañaban el tendón principal (flexor reticulatum) y el nervio sensorial mediano. Otra posibilidad era el atravesar el espacio de Destot entre los huesos del carpo, por encima del semilunar. Esta localización es muy cercana al nervio ulnar. Aparte del intenso dolor que esto provocaba, se producía una parálisis parcial de la mano, contracciones por falta de flujo sanguíneo (contracturas isquémicas) y un dolor atroz. 


Forma de clavar los pies en la cruz (según Edwards y cols, JAMA, 1986)


Tras la fijación de las manos, los soldados izaban la cruz sobre el poste longitudinal (stipes). En esta operación, realizada entre varios hombres, a veces se ayudaban con cuerdas o horcas. Cuando la cruz ya estaba en posición vertical, se procedía a la fijación de los pies. En este caso los clavos podían atravesar entre los metatarsianos (probablemente en el espacio entre el 2º y 3º metatarsiano) ya que a diferencia de las manos, el tarso quedaba por encima y no había peligro de desgarro. La transfixión de los pies dañaba previsiblemente el nervio peroneo y los nervios mediales y laterales de las plantas.


Mengs: Cristo en la cruz
En algunas cruces había un pequeño soporte (suppedaneum) para apoyar los pies y en donde donde podían clavarse, aunque esto parece ser un añadido de época más reciente que en el tiempo en el que murió Jesús. Otras veces, un pequeño relieve a la altura de las nalgas (sediculum) permitía al reo recostarse y hallar un punto de apoyo. Cuando no se disponía de este elemento se procedía a clavar los pies directamente sobre el stipes. A continuación se clavaba el titulus en un lugar visible de la propia cruz. 

Era costumbre que la soldadesca se repartiera las ropas del reo, que clasificaban en lotes. El reparto solía ser mediante algún juego de azar, como los dados, lo que también sucedió en el caso de Jesús, como documenta el evangelio. 

        Una de las versiones de la crucifixión de Dalí     
Podemos resumir los principales efectos de la  crucifixión en tres líneas principales: 

1) Intenso dolor, causado por las lesiones de los nervios de la zona, como ya hemos descrito (nervio sensorial mediano, peroneo...).

2) Hemorragia a causa de la transfixión de manos y pies, a causa de la perforación de los vasos de la zona. De todos modos, la pérdida de sangre en la crucifixión era menor que la hemorragia masiva causada por la flagelación previa. Las pérdidas sanguíneas producidas en ambos procesos producían un shock hipovolémico, con posibles desmayos por hipotensión ortostática. 

3) Transtornos respiratoriosLa respiración era muy dificultosa debido a la forzada posición. El peso del cuerpo sobrecargaba los brazos y hombros, bloqueando los músculos intercostales en la posición de inspiración. La respiración era pues diafragmática y muy superficial. La insuficiente ventilación pronto conducía a un aumento de la presión de dióxido de carbono (hipercapnia), que producía calambres musculares y tetania. Durante la inspiración, el reo estaba obligado a extender los codos y abducir los hombros, con lo que los músculos respiratorios de la inhalación se estiraban pasivamente y el tórax se expandía. Pero el aire no salía espontáneamente de los pulmones como sucede normalmente, sino que tenía forzarse la espiración para evitar la hipoventilación, transformándose en un proceso activo. La única manera de conseguirlo es intentando una postura erguida, extendiendo las piernas, con lo que aumentaba mucho el dolor de las extremidades inferiores y la hemorragia de esta zona. 


La respiración durante la crucifixión (según Edwards y cols, JAMA, 1986)

Aparte de estos principales transtornos, hay que mencionar la progresiva acidosis como consecuencia de la falta de oxígeno y aumento de dióxido de carbono en la sangre, que se disuelve en forma de ácido carbónico, y que se incrementa por el fallo renal (como consecuencia de los múltiples traumatismos sufridos). El pulso se vuelve irregular y arrítmico. También es destacable la acumulación de líquido en pleura y pericardio (pleuritis y pericarditisque pueden producir la muerte por fallo cardíaco. 

La crucifixión era pues un método de gran crueldad: Para evitar la asfixia, el condenado debía intentar movimientos que facilitaran la espiración, pero estos mismos movimientos aumentaban el dolor, la hemorragia y los calambres de las extremidades.  







Crucifixión del Maestro de la Leyenda de Santa Catalina (Museo del Prado)





Crucifixión digital según Grünewald 




Bibliografía

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Edwards WD, Gabel WJ, Hosmer FE. On the Physical Death of Jesus Christ JAMA 1986; 255:1455-1463 
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Haas N: Anthropological observations on the skeletal remains from Giv’at ha-Mivtar. Israel Explor J 1970;20:38-59. 

Hengel M: Crucifixion in the Ancient World and the Folly of the Message of the Cross, Bowden J (trans). Philadelphia, Fortress Press, 1977, pp 22-45, 86-90.

Stroud W: Treatise on the Physical Cause of the Death of Christ and Its Relation to the Principles and Practice of Christianity, ed 2. London, Hamilton & Adams, 1871, pp 28-156, 489-494. 

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