dimarts, 22 de maig de 2018

Hallan los huesos de un crucificado






Caravaggio

Crucifixión de San Pedro
(1601) 

Óleo sobre lienzo 230 x 175 cm
Basílica Sta. Maria del Popolo. Roma 




Un equipo de investigadores de las Universidades de Ferrara y Florencia han publicado hace poco (abril 2018) un artículo en la revista Archaeological and Anthropological Sciences , en el que estudian un esqueleto de época romana. Los restos estudiados corresponden a un hombre de unos 30 años que fue exhumado en 2007 en Gavello, una localidad cercana a Rovigo, en el valle del Po, norte de Italia. 


Esqueleto del hombre de Gavello,
en el momento de su exhumación en 2007

El interés de este estudio es que según los autores, el esqueleto muestra lesiones traumáticas en el pie que podrían sugerir que murió crucificado. En efecto, el calcáneo muestra un agujero redondo y regular que atraviesa de parte a parte el hueso, que se asemeja al que podría haber producido un clavo. 

Este sería el segundo caso conocido de esqueletos que muestran señales de la crucifixión. El otro caso es el de los restos hallados en 1968 en una tumba del s. I d.C. en Giv’at ha-Mivtar, al nordeste de Jerusalén. Correspondían a un hombre de unos 20 años llamado Yehohanan ben Hagkol. En el talón conservaba todavía un clavo de hierro de 11,5 cm, lo que demostraba que había sido clavado en una cruz.


Calcáneo derecho del hombre de Gavello,

 mostrando el agujero del clavo. Universidad de Siena.

La crucifixión era una pena capital infamante, que causaba un gran sufrimiento en el reo. En opinión de  Cicerón era el castigo más cruel al que se podía someter a un ser humano. Esta forma de pena de muerte fue muy  habitual en la época romana, entre el s. III a.C. hasta el 337 de nuestra era, año en el que el emperador Constantino I (272-337) prohibió expresamente esta pena, a la que el Derecho Penal romano llamaba el summum supplicium. 

De hecho, la crucifixión era un castigo especialmente cruel, al que nos hemos referido extensamente en otra entrada de este blog. El episodio más conocidos de este tormento es, sin duda, el de la muerte de Jesús de Nazaret, aunque también se conoce la crucifixión de algunos de sus apóstoles como San Pedro o San Andrés. A veces incluso se realizaban crucifixiones en masa, como castigo a rebeliones o amotinamientos. Flavio Josefo, en su Historia de los Judíos comenta que en tiempos de Alejandro Janneo (125-76 a.C.), rey de los judíos y gran sacerdote de Israel, fueron crucificados 800 oponentes políticos. También alcanzó una gran resonancia histórica los 6.000 gladiadores y esclavos que fueron crucificados a lo largo de la vía Appia (de Roma a Capua). Este fue el castigo ejemplar por participar en la sublevación de Espartaco (71 d.C.). Cuentan que cuando Nerón inauguró la Domus Aurea, su nuevo palacio imperial, organizó una gran fiesta en sus jardines, llenos de fuentes y esculturas y en donde los invitados asistieron iluminados por cientos de cristianos crucificados y ardiendo como antorchas humanas.  


Calcáneo atravesado por un clavo de hierro, perteneciente al crucificado 
de Giva'at ha-Mivtar (s. I d.C.) Israel Museum, Jerusalén
Sin embargo, llama la atención que de todas estas ejecuciones en un período tan dilatado de la historia solamente se hayan podido encontrar dos esqueletos con lesiones claras provocadas por la crucifixión. Para explicar esta escasez de restos, se han formulado diversas hipótesis. Las víctimas de la crucifixión eran en general criminales, soldados desertores, esclavos fugitivos o parricidas. Tras su muerte, los crucificados quedaban abandonados en la cruz durante días, a merced de buitres y aves de rapiña, como muestra de vilipendio, cruel advertencia para los futuros quebrantadores de la ley romana. Muy probablemente, tras este período, sus cadáveres -o lo que quedaba de ellos- no eran enterrados, sino que eran precipitados en barrancos o en fosas y expuestos a la depredación de chacales y otras alimañas carroñeras. Este fin infamante del cuerpo de los crucificados formaba parte del despiadado castigo. Recordemos que en el caso de Jesús de Nazaret, se concedió el permiso a su familia y amigos para que su cadáver sea enterrado en la tumba propiedad de José de Arimatea, como caso excepcional.  Pero no debía ser la norma. 

Los clavos usados en las crucifixiones se recuperaban. Se les atribuían virtudes mágicas y probablemente eran usados como amuletos. Y sin la presencia de los clavos es difícil a los especialistas comprobar las señales de la crucifixión. Generalmente las lesiones óseas no son suficientemente claras y además en la mayoría de los casos los clavos no atravesaban el hueso, sino los espacios interóseos. Uno de los pocos casos en los que sí se puede aventurar la hipótesis es precisamente, el del hombre de Gavello, y de ahí su importancia. 



Bibliografía

Arnaud, B. Découverte d’un possible cas de crucifixion
https://www.sciencesetavenir.fr/archeo-paleo/archeologie/decouverte-d-un-possible-cas-de-crucifixion_123919

Gualdi-Russo E, Hohenstein UT, Onisto N, Pilli E, Caramelli D. 
A multidisciplinary study of calcaneal trauma in Roman Italy: a possible case of crucifixion? Archaeol Anthropol Sci (2018). https://doi.org/10.1007/s12520-018-0631-9

Tenney SM (1964) On death by crucifixion. Am Heart J 68:286–287

Zias J, Sekeles E (1985) The crucified man from Giv’at ha-Mitvar: a reappraisal. Israel Explor J 35:22–27
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