dilluns, 23 d’octubre de 2017

Guardar el pelo (V) Guardapelos funerarios






Broche guardapelo escocés 
(s. XIX) 

Medallón central con bucles de cabello 
y fotografía en el reverso. 
National Museum of Scotland. Edimburgo. 



Debido al alto índice de mortalidad infantil, los guardapelos en los que se conservaba un mechón del niño difunto como recuerdo, alcanzaron un alto nivel de popularidad en el s. XIX.  El guardapelo se llevaba sobre el cuerpo, como una autentica joya: su contenido tenía un intenso poder emocional. Su alta capacidad rememorativa hizo de estos, junto a las prendas personales, en un tiempo en el que el acceso a las imágenes  era muy limitado, un medio perfecto para evocar  al ausente. La Reina Isabel II de España lucía en su antebrazo derecho un formidable brazalete que utilizaba a modo de guardapelo, con los cabellos de su padre, su madre, hermana, y acaso el de alguno de sus numerosos amantes. 

Guardapelo con cabellos de Napoleón Bonaparte
Los cabellos de Napoleón también fueron conservados. En el testamento del militar corso se dejó detalladamente escrito el destino de parte de sus cabellos, lo que evidencia cierta cultura del obsequio capilar en su época. Testó a su madre, a cada uno de sus hermanos y hermanas, sobrinos y sobrinas, a su mujer la Emperatriz María Luisa  y por fin, a su hijo, varios mechones de su cabello. El testamento sugiere, y así lo especifica, que los mechones fueran utilizados para elaborar sendas pulseras. Algunos años antes Napoleón había obsequiado a su primera mujer, Josefina, con un guardapelos de oro en cuyo interior había hecho grabar esto: el destino. El cinismo culminaba así  un relación tormentosa con aquella mujer incapaz de darle un hijo al Emperador, pero que fue muy generosa en sus infidelidades. Napoleón mantuvo con esta, su primera mujer, una relación tan apasionada y biológica que le llegó a escribir esto: “Ya voy. No te laves”. Por lo visto al emperador le gustaba Josefina con toda su esencia. 


Colgante con cabellos de
George Washington
También hemos de recordar que en los Estados Unidos se conserva en el Museo Nacional de Historia Americana un marco con los mechones de cabello de varias presidentes de esta nación, entre los que figuran los de  George Washington. A pesar de la imagen que poseemos de este hombre nunca usó peluca, limitándose a empolvarse con talco el pelo de color rojizo que poseía.





Una especie de fetichismo privó a Ludwig van Beethoven de parte de su cabellera, pocas horas después de su muerte. Sus cabellos constituyeron preciadas reliquias que llegaron a obtener una elevada cotización y se transmitieron como un valioso trofeo de generación en generación. Al parecer algunos de estos mechones sirvieron un siglo más tarde para pagar la fuga de judíos de la Alemania nazi. Y hoy, tal y como acaece con las reliquias de la Vera Cruz (la cruz en la que fue clavado Cristo), los cabellos de Beethoven  están repartidos por la mitad del planeta, lo que hace pensar en cierta fraudulencia en cuanto a su procedencia. 

Andy Warhol. Che Guevara. 
Al Che Guevara, una vez muerto,  le robó un mechón de pelo un ex agente de la CIA, el cubano Gustavo Villoldo, se lo cortó para a continuación guardárselo en el bolsillo. Ciento veinte mil dólares pagó un norteamericano por el mechón de pelo y otros objetos pertenecientes a este revolucionario, cuya memoria, ha sido capaz de cruzar ya un siglo. No ha sido este el único cabello de personaje famoso que se ha subastado. podemos citar los ejemplos de Abraham Lincoln, el almirante Nelson, el banquero John Dillinger, los generales Grant y Lee, Edgar Allan Poe, Marilyn Monroe, Elvis Presley..

Pelo de Che Guevara
La Reina Victoria de Inglaterra, sumida en una profunda tristeza por la pérdida de su marido, el Príncipe Alberto,  y a quién los años de matrimonio le habían unido más a éste en lugar de separarla, quiso conservar de él un testimonio táctil de sus sentimientos e hizo conservar primorosamente los cabellos de su difunto esposo dentro de un guardapelos. Su larga vida la obligó a sufrir con el correr de los años otro desgarramiento afectivo, el de su amante, John Brown, hasta el punto de que pidió a sus más íntimos colaboradores que la enterraran con parte de sus cabellos. Deseo que probablemente no se llegó a cumplir, ya que la familia real nunca aceptó la relación última de la soberana. 

Colgante con pelo de un ser querido.
Un ejemplo de guardapelo funerario.
Victoria and Albert Museum. Londres
En el periodo victoriano, conocido por su puritanismo, fueron muy habituales estas prácticas de "culto a los cabellos".  La disposición pesimista de los románticos, con la que cronológicamente coincidió, y su visión respecto a la fragilidad de la vida, ayudaron a fomentar la veneración por el ausente. Cierta fe en un tipo de existencia fugaz después de la muerte, situado en una especie de limbo afectivo y espacial que impedía a los difuntos separarse totalmente del mundo terrenal que habían abandonado, determinaron un culto íntimo  hacia los restos más personales de los que ya no estaban, lo que se ha dado en llamar la anatomía de la melancolía. Durante todo el siglo XIX floreció  una industria  artesanal, la joyería del luto,  la cual manufacturó esmeradísimos camafeos, colgantes, pendientes, broches, anillos, medallones y guardapelos, con el propósito de conservar aquellas pilosidades. Incluso se llegaron a confeccionar sandalias con cabellos humanos para recordar a un ser querido ausente. 

Estos procesos artesanales pasaban generalmente por la cocción de los cabellos para darles más cuerpo. Benito Pérez Galdós llamaba a los artesanos del cabello «capilífices», como puede verse en su novela «La de bringas» donde reseña la particular población que habitaba en las últimas plantas del Palacio Real de Madrid durante el siglo XIX. Capilífice era Don Francisco de Bringas que se dedicaba a facturar relicarios elaborados con cabello humano, y en los que sólo empleaba material de la familia: el cabello castaño de una jovencita de quince años muerta, el rubio de su hermano también fallecido a la edad de tres años, otro tono de rubio de otro de los hermanos - afortunadamente con vida - todos ellos conservados en una cajita metálica por la madre de los niños. El pelo negro de otra de las hermanas, allí presente y que se ofrece alegremente a ese proyecto familiar en memoria de los seres perdidos, y por fin, el cabello blanco de la madre. Con todo ello, paciencia, tenacillas, goma laca y un cristal se dispuso Don Francisco a elaborar ese homenaje plástico a los que se fueron.

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