jueves, 10 de diciembre de 2015

Un ermitaño velludo






 Mattia Pretti

San Pablo ermitaño
(s. XVII)

Óleo sobre lienzo 
Museu Nacional d'Art de Catalunya (MNAC) 
Barcelona 



En varias ocasiones nos hemos referido al simbolismo del pelo. Un lenguaje oculto, subliminal, pero ciertamente presente en muchas obras de arte y que transmite su mensaje al espectador. Cumple así el objetivo más importante de una obra de arte: transmitir una ideología, una manera de pensar, para modelar el subconsciente de las gentes a favor del poder político o religioso. 

La representación del vello corporal contribuye a hacer llegar este tipo de mensajes. En general se trata de un tema tabú, que en general se silencia en la mayoría de los casos. La gran mayoría de los torsos desnudos no presentan rastro de vello, aún en los estilos más realistas. 

La causa es precisamente, la connotación negativa que se asocia al vello. En los casos en los que se representa un personaje velludo suele ser alguien reprobable o marginado. Velludos aparecen los demonios, los faunos, los centauros, los hombres salvajes. Velludos también pueden ser los malhechores, los mendigos, los enemigos. Velludos también los malvados, los torturadores. Y muy especialmente los forasteros, extranjeros y las otras razas. La representación de vello sobre sus cuerpos nos alerta - plásticamente - sobre su posible peligrosidad y es un innegable elemento para reforzar prejuicios y xenofobias. 

Tal vez la única excepción a esta norma general sea la de los santos penitentes. A veces se trata de pecadoras arrepentidas, como Sta. María Magdalena o Sta. María Egipcíaca. Puede en estos casos pensarse en que también su vellosidad también pudiera basarse en posibles  casos de hirsutismo incluso precipitados por la anorexia y el ayuno. Otras veces se trata de varones, como S. Juan Bautista, S. Onofre o S. Pablo ermitaño. 


Detalle del tórax, donde puede observarse abundante vello canoso.








En estos casos, el simbolismo del vello corporal no es otro que remarcar que los ermitaños vivían alejados del mundo en cuevas o cabañas donde llevaban una vida semisalvaje. Las meditaciones les alejaban de la contemplación de su cuerpo y su aspecto era voluntariamente desaliñado, más cercano a veces al aspecto animal que al humano. Y en este contexto, el pelo del cuerpo contribuye a remarcar esta idea. 

Este es el caso de la pintura que hoy aportamos. San Pablo ermitaño, que aparece semidesnudo, solamente cubierto por una austera esterilla de palma trenzada. Su aspecto es el de un anciano, insistiendo en la idea de que pasó muchos años en su retiro en el desierto. Su longevidad viene reforzada por una alopecia androgenética y una luenga barba blanca. La piel senil, muestra los efectos de repetidas exposiciones al sol del desierto. Las uñas, largas y descuidadas, casi recuerdan garras. Y naturalmente, presenta vello cubriéndole el pecho. Un vello largo y cano, testimonio de su renuncia al mundo. 





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