jueves, 10 de enero de 2019

Isabel I Tudor (y IV): un maquillaje peligroso







Quentyn Metsys el Joven 

Retrato de Isabel I
(1583)

Óleo sobre tabla
Pinacoteca Nazionale. Siena. 



En entradas anteriores me he referido a los aspectos políticos y a la vida erótico-sentimental de la reina Isabel I Tudor. Me referiré hoy a un aspecto de gran interés como son los hábitos cosméticos de la soberana. 

Se me puede decir que las costumbres cosméticas de la reina virgen no tienen un gran interés. O no más que el de otros personajes de la aristocracia de su tiempo. Pero el caso de Isabel merece un comentario detallado. 


Isabel llevaba siempre puesto este anillo,
que contenía un retrato oculto
de su madre, Ana Bolena
Ya hemos visto que Isabel era una reina muy presumida. Llevaba una gran profusión de joyas, engarzadas en el pelo sobre el vestido, y sobre todo un sinfín de anillos que le gustaban mucho. Tenía especial afecto por el anillo de la coronación, en el que estaba oculto un retrato de su madre, Ana Bolena, y que nunca se quitó durante 44 años. Dicen que tuvieron que serrarlo porque hacía tantos años que lo llevaba que le era imposible sacarlo. Los vestidos de la reina eran espectaculares, aparatosos y suntuosos hasta límites difíciles de explicar.  


En concordancia, Isabel cuidaba también mucho su aspecto personal. Como era moda en las damas de su época, se rasuraba la línea frontal de implantación del pelo, mostrando así una frente despejada y ancha rasgo que era considerado de gran belleza. Algunos autores con cierta impericia confunden esta moda con una alopecia de la línea frontal, pero no hay que cometer este error. El rasurado frontal era un hábito frecuente entre la aristocracia. También se procedía a la depilación total de cejas. 



 Nicolas Hilliard: El llamado "retrato del pelícano".
Se refiere a que como los pelícanos, que alimentan a sus crías con su sangre
Isabel criaba con su propia sangre a la Iglesia de Inglaterra


El aspecto más importante era el maquillaje. Los maquillajes eran en la época de bastante precio, tanto o más suntuario que las joyas, y maquillarse era un indudable signo de distinción. Isabel no aparecía nunca en público sin maquillar. Pelirroja como su padre, Isabel tenía la piel blanca, con un fototipo muy bajo. Pero ella quería acentuar más todavía este aspecto. La piel blanca en una dama era muy bien valorada en la época, y sinónimo de belleza. Además la blancura inmaculada de su piel le daba un aire teatral, casi sobrenatural, y también tenía un gran simbolismo: el blanco es sinónimo de virginidad y por lo tanto la reina virgen tenía que ser de una blancura superlativa. 

El maquillaje que se aplicaba la reina era conocido como cerusa de Venecia o albayalde (de la voz árabe al-bayád: la  blancura). Estaba compuesto básicamente por carbonato de plomo tratado con vinagre, al que se añadía clara de huevo para permitir que se adhiriera bien a la piel. En ocasiones, también llevaba trazas de arsénico. Los alquimistas consideraban que el plomo estaba bajo la protección de Saturno (de ahí que todavía hoy a la intoxicación por plomo la conozcamos como "saturnismo") y esto justifica que este maquillaje también se llamara "espíritu de Saturno" o "polvos de Saturno". 




Los maquillajes a base de plomo no eran nuevos. El albayalde ya había sido usado por las mujeres romanas. En el s. XVI vuelve a introducirse en cosmética, siendo muy popular hasta el s. XIX. Una práctica bastante temeraria, ya que el producto tiene una elevada toxicidad. 

Isabel usaba el albayalde con gran prodigalidad. Su cara estaba llena de hoyos cicatriciales, recuerdo de una viruela de la que, si bien había podido sobrevivir, le había dejado huellas indelebles en su piel, un gran número de cicatrices profundas. La reina se aplicaba el maquillaje en capa gruesa, en toda la cara, en la frente depilada, en el cuello, en el escote... La gruesa capa de cerusa no solamente ocultaba las indiscretas cicatrices varioliformes, sino que era también útil para esconder las incipientes arrugas. La reina se ponía la el maquillaje con prodigalidad, sin desprender siquiera la capa anterior, y al final su cara era una máscara de albayalde, inexpresiva, hierática, pero eso sí, de un blanco radiante, casi de porcelana y por supuesto, sin rastro de cicatrices ni de arrugas. 

Además de la cerusa veneciana, Isabel usaba también una sombra de ojos de kohol. El kohol (ya usado en tiempos del Antiguo Egipto) es un polvo de galena triturada (y por lo tanto con más sales de plomo). Para dar color a los labios o a las mejillas usaba carmín, que se obtenía de cera de abejas y de jugos de algunos vegetales, como amapolas, por ejemplo. Una novedad del momento que también usaba Isabel era el carmín elaborado con los élitros de las cochinillas de los cactus, procedente de las Indias, y que tenía un alto precio. Era mucho más intenso y brillante que los de origen vegetal. También era muy caro y aparecer maquillada de este modo era tan suntuoso como llevar joyas: una clara declaración de status social. A veces Isabel también se aplicaba estos toques rojizos en la nariz. 


Retrato de Isabel I pintado después de 1620.
Es un retrato alegórico en el que aparece con semblante preocupado. 

La alegoría del sueño està a su  derecha y la de la muerte a su  izquierda.
Dos putti sostienen la corona sobre su cabeza.  




























Porque una de las obsesiones de Isabel era luchar contra el paso del tiempo. Mantenerse eternamente joven. Una obsesión que comparten muchas mujeres de nuestro tiempo, ignorando que el tiempo no se detiene jamás. 

El uso y abuso de maquillajes de plomo terminó por mostrar los signos de su toxicidad: despigmentaciones irregulares de la piel, caída de cabellos, alteraciones dentales... Signos incipientes de un saturnismo larvado. 

A Isabel se le alteraban los dientes. Los tenía ennegrecidos. El plomo se acumulaba en sus encías formando el ribete grisáceo conocido como ribete de Burton, signo claro de saturnismo. Pero no solo eso. La soberana era muy golosa y consumía grandes cantidades de azúcar, lo que contribuía a las abundantes caries dentales que padecía. Tuvieron que extraerle varias piezas, aunque nunca accedió a que le arrancaran los incisivos. Cuando sonreía mostraba unos dientes medio consumidos, negruzcos. Para disimular dispuso que todas las damas de la corte se pintaran los dientes de color negro. Así ya no era la única con la boca deteriorada. 

No sabemos a ciencia cierta cual fue la causa de la muerte de Isabel I. Pero la aplicación continuada de sales de plomo en amplias zonas de la piel hace sospechar que pudo tratarse de una intoxicación. La intoxicación crónica por plomo se conoce como saturnismo. Produce anemia y disminución del nivel de consciencia, alteraciones mentales, palidez grisácea de la piel y malestar general. En las encías aparece una línea grisácea que se conoce como ribete de Burton y que se produce al reaccionar el plomo eliminado por la saliva con restos de alimentos.  

Isabel dispuso que no se la embalsamara tras su muerte, contrariamente a la costumbre, que obligaba a tratar así los cuerpos de los monarcas. Tal vez no quería que durante el proceso se examinara su cuerpo y pudieran hallar en su cuerpo alguna cuestión que pusiera en entredicho su legendaria virginidad. O tal vez no quería que nadie la viera sin su eterno maquillaje blanco.



Cortejo fúnebre de Isabel I de Inglaterra


Isabel I de Inglaterra:

I. La reina virgen 

II. Las razones de la virginidad

III. Virgen, pero con amantes

IV. Un maquillaje peligroso 




No hay comentarios: