sábado, 14 de enero de 2017

Apendicectomía en Ginebra





Christian Schad

Apendicectomía en Ginebra 
(La operación)
(1929)


Óleo sobre lienzo
Galeria Saatchi. Londres.  




Christian Schad (1894-1982) fue un pintor alemán encuadrado en las corrientes del dadaísmo y de la Nueva Objetividad. 

Tras estudiar en Munich, para evitar participar en la I Guerra Mundial se refugió en Suiza, donde participó en el movimiento dadaísta. En 1920 realizó una estancia en Italia (Roma y Nápoles), donde se relacionó con el escritor dadaísta Walter Serner. En 1925 emigró a Viena, donde su pintura está ya marcada por la influencia de la Nueva objetividad. A finales de los años 20 regresó a Berlín, donde se estableció. Seguramente debió horrorizarse con el nazismo, aunque sus pinturas no sufrieron tanto la censura de "arte degenerado" como las de otros pintores de la Nueva Objetividad como Max Beckman, Otto Dix, o George Grosz. 

En 1929 pintó el cuadro titulado "Apendicectomía en Ginebra", realizado con trazos precisos, detallados y claros, a partir de una experiencia personal. La escena representa una visión cercana de una camilla de quirófano, desde un plano más elevado. En cierto modo, el escorzo recuerda un poco al del "Cristo muerto" de Mantegna o a "La lección de anatomia del Dr. Deijman" de Rembrandt. 

El paciente, anestesiado, con los ojos entreabiertos, está supervisado por una atenta enfermera, la única que viste de azul, lo que da un contrapunto a un cuadro presidido sobre todo por el aséptico color blanco, y que nos obliga a mirar la cara del enfermo, enmarcada por el uniforme azul de la enfermera y por las cabezas de los dos cirujanos principales a ambos lados: un conjunto de caras sobre las que bascula toda la composición de la obra. El hombre sufriente, en el centro; los cirujanos representando a la ciencia, a los lados; la enfermera simbolizando el cuidado solícito del enfermo, en la parte superior. 






Los dos cirujanos captan la atención del espectador. El de la izquierda es un hombre de edad media, como se deduce de algunas arrugas y patas de gallo incipientes. También tiene un pequeño nevus intradérmico en su mejilla derecha. Manipula hábilmente el instrumental que le suministra, con solicitud profesional la enfermera de su derecha. Este es precisamente uno de los puntos de interés del cuadro. Schad pinta con precisión el instrumental quirúrgico usado en la época: separadores, erinas, pinzas, Kocher, Moskito, portaagujas, tijeras. Una completa panoplia de instrumental es sostenido por las manos de los miembros del equipo médico o se sitúa en las proximidades del campo operatorio. También destacan algunas torundas de gasa ensangrentadas. 

Todos los miembros del equipo usan guantes quirúrgicos (a excepción de la enfermera que supervisa el estado del enfermo, a su cabecera) que ya eran normativos desde principios del s. XX, tras ser introducidos en la práctica quirúrgica por Halsted. En cambio, no se usan mascarillas protectoras. Las enfermeras llevan cofias, pero el personal masculino (ni el paciente) no se cubren el cabello con gorros. Los gorros quirúrgicos se introdujeron después de la II Guerra Mundial. Para operar ya se usaban batas (en el s. XIX podemos ver que las operaciones se realizaban con ropa de calle) pero eran siempre blancas. El color en las batas de quirófano se introdujo a mediados del s. XX  y se eligió el color verde (contrapuesto al rojo) para hacer menos espectaculares y alarmantes las manchas de sangre. Más recientemente se introdujo el color azul y otras tonalidades. 

La operación es una intervención de cirugía abdominal,  una apendicectomía. El cirujano de la izquierda tira de una estructura alargada, probablemente el apéndice mientras que toma lo que parece ser un terminal de electrocoagulación, al extremo de un cable negro.  La enfermera de su derecha ya le ofrece el portaagujas para realizar la posterior sutura. 

El cirujano de la derecha, más joven, observa con atención. Probablemente es un ayudante o tal vez, un médico en formación. Está enguantado y tira de los hilos de sutura con los que se intenta realizar una ligadura que asegure la hemostasia antes de proceder a la sección. Sigue con atención las diestras maniobras del cirujano más experto, sin duda su jefe.

Otros dos personajes ocupan la parte más baja del cuadro. Una enfermera joven, en el ángulo inferior derecho sigue con interés las maniobras. Su  atención se dirige al cirujano más activo, pero sobre todo a la enfermera de más edad, la que administra el instrumental. Probablemente también está aprendiendo de la enfermera instrumentista. 

El último personaje se sitúa en el centro de la parte inferior del cuadro. Es un varón, que muestra solamente la parte posterior de su cabeza, en la que aparece una incipiente alopecia del vértex. Por la postura, es deducible que también sigue atentamente la intervención, pero no podemos tener más información sobre él. Ningún atributo permite identificarlo: no sabemos si es un cirujano, anestesista, o un enfermero o camillero. Simplemente es un personaje anónimo que presencia la escena vuelto de espaldas.

Sin embargo, a mi modo de ver, este último personaje - que puede pasar casi inadvertido - es de suma importancia. Schad lo coloca ahí por dos razones: la primera es la de cerrar el círculo que configura todo el equipo médico, demostrando así una colaboración de equipo y una concentración en el trabajo operatorio. El apéndice del paciente se sitúa en el centro del cuadro y está rodeado por un doble círculo: el de instrumentos y el del equipo quirúrgico. 

La segunda razón es que Schad encarna en este personaje anónimo y sin cara al espectador. El personaje se sitúa en el mismo lugar que quien está mirando el cuadro. Tanto los que estamos fuera del cuadro como el personaje anónimo que está en su parte inferior miramos la escena, casi con la misma perspectiva. El pintor obliga así al espectador a "entrar" en el quirófano para presenciar la operación y lo convierte en un testigo presencial activo del acto quirúrgico. 


  1. Tal vez por esta premeditada composición este cuadro implica tanto al observador. Si lo miramos atentamente, podemos decir que "estábamos allí" como si el operado fuera un amigo o familiar. Y hasta cuando dejamos de mirar el cuadro no podemos evitar una cierta sombra de preocupación por saber como habrá ido el postoperatorio.
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