martes, 31 de enero de 2017

Caricatura de un rinofima





Louis-Léopold Boilly

Las muecas (Les Grimaces 7)
(1824) 

Litografia 
París. 




Louis- Léopold Boilly (1761-1845) fue un dibujante y pintor francés que cultivó el arte del retrato y las escenas de género, que reflejan detalladamente y con una visión llena de sorna el estilo de vida de las clases medias francesas a finales del s. XVIII y principios del s. XIX. A pesar de ser un artista totalmente autodidacta, en la pintura de Boilly encontramos influencias de diversos pintores barrocos de los Países Bajos, como Gerard ter Bosch, Gabriël Metsu, Willem van Mieris. 

Louis Léopold Boilly: Un palco, un día de espectáculo gratuito. Musée Lambinet. Versalles 



Boilly realizó diversos retratos pictóricos en los que exageraba las facciones de los retratados, que se muestran haciendo muecas, con tics o defectos físicos. El resultado es una caricatura, una expresión exagerada del personaje con la intención de reflejar algunos aspectos de su carácter y suscitar una clara comicidad, que es aprovechada para realizar una cierta crítica.  La observación de los personajes puede servirnos de guía para reflejar su carácter, nivel social o intenciones. También, en ocasiones para darnos cuenta de una patología.

Un caso de rinofima y diversos nevus. 
Tal es el caso de un personaje que aparece en la parte superior de la litografía "Les grimaces 7". Se trata de un personaje puesto de perfil, mirando hacia la derecha del observador. El personaje lleva evertido su labio inferior y las comisuras de los labios se tuercen hacia abajo, en un claro gesto de desagrado o reprobación. El perfil de su nariz está fuertemente engrosado, lo que podemos interpretar claramente como un rinofima. Además presenta diversos nevus intradérmicos en la nariz y a nivel de la zona frontotemporal izquierda. 

Una demostración más de que las alteraciones cutáneas (rinofima, nevus) pueden ser usadas frecuentemente como un motivo de sátira visual y para connotar a una determinada persona. 




lunes, 30 de enero de 2017

¿Tenía Mirabeau el síndrome de Parry Romberg?







Philippe Charlier, Philippe Froesch y Megha Tollefson

Reconstrucción virtual en 3D de la cara de Mirabeau

Reconstruída por Visual Forensic 
a partir de la máscara funeraria del 
Museo Granet. Aix-en-Provence.




Honoré Gabriel Riqueti, conde de Mirabeau (1749-1791) fue un destacado ideólogo de la Revolución Francesa. Genial orador y escritor, su apasionado verbo convencía fácilmente a su auditorio. 

A pesar de su severa educación fue un joven rebelde, de vida desordenada y licenciosa, que lo incapacitó para liderar el ala reformista y liberal de la nobleza. Pasó parte de su vida en prisión y con grandes dificultades económicas. En los Estados Generales de Francia, viéndose rechazado por la nobleza se hizo elegir diputado por el Tercer Estado.  

Su elocuencia y su apasionado verbo, puestos al servicio de una visión moderada de la Revolución pronto congregaron a muchos partidarios. Defendió la monarquía constitucional limitada por una Asamblea legislativa, basándose en los escritos de Montesquieu e inspirándose en el modelo británico. Cuando por fin se instauró este régimen en Francia, Mirabeau hizo el doble juego, manteniéndose como miembro en la Asamblea Nacional (de la que llegó a ser presidente) y actuando en secreto como consejero de Luis XVI (de quien recibió generosas remuneraciones) aunque topó con la animadversión de María Antonieta y el partido reaccionario de la corte. 

Su muerte debilitó las posibilidades de una monarquía constitucional. Poco después, la traición de la familia real al intentar la frustrada huída a Varennes, terminó por imposibilitar esta opción. 

Recientemente un equipo de antropólogos especializados en reconstrucciones faciales virtuales (Charlier de Nanterre y Froesch, de Visual Forensic) con el asesoramiento de Magha Tollefson, del departamento de Dermatología Pediátrica de la Mayo Clinic, ha realizado un estudio a partir de la mascarilla mortuoria de Mirabeau

En la cara de Mirabeau se observan cicatrices en sacabocados, típicas de la viruela, que le afectó a los 3 años de edad. La viruela era una enfermedad muy frecuente y temida en el s. XVIII, y causaba una notable mortalidad. En los afortunados casos en los que se conseguía sobrevivir, las cicatrices residuales eran la norma, y casi todo el mundo presentaba estas marcas. Tanto es así que en ciertos bandos, en los que se buscaba algún delincuente perseguido por la justicia se señalaba, como hecho excepcional, "que no tiene señales de viruela en su cara".

Máscara mortuoria de Mirabeau
Otro rasgo destacado en el examen de la máscara mortuoria del conde de Mirabeau es su marcada asimetría facial, que produce una marcada desviación de la nariz y la boca hacia la derecha y se hace más patente si observamos los surcos nasogenianos. Según los autores del estudio, esto podría equipararse a una hemiatrofia facial o síndrome de Parry-Romberg. Se trata de un poco frecuente transtorno que implica la piel y los tejidos subyacentes afectando típicamente a los dermatomas  de una o más ramas del nervio del 5º par craneal. Se produce atrofia de la piel, del tejido adiposo y muscular y de las estructuras óseas y cartilaginosas. El resultado es el aspecto de una atrofia de la mitad de la cara. 

El examen de la máscara además permite observar una depresión linear en el medio de la frente, lo que puede corresponder a una esclerodermia en "coup de sabre" (llamada así por remedar la herida producida por un golpe dado con un sable). Esto no es nada sorprendente ya que frecuentemente la esclerodermia circunscrita en "coup de sabre" puede asociarse a una hemiatrofia facial.  


A pesar de que se solían disimular los defectos físicos de los
personajes públicos, en este grabado se evidencia la asimetría
facial del conde de Mirabeau, así como un nevus intradérmico
en el surco nasogeniano izquierdo. 
Disponemos de los datos de la autopsia de Mirabeau, que no destacan nada respecto a su cráneo, aunque señalan un infiltrado inflamatorio en su líquido cefalorraquídeo. Su historia clínica incluía enfermedades relativamente frecuentes en su tiempo, como cólicos renales y biliares, ictericia, adenopatías laterocervicales (que fueron intervenidas quirúrgicamente), osteoartritis gotosa y algunos episodios febriles. No hay constancia de ningún traumatismo que justifique la asimetría facial o la depresión frontal. 

El caso de Mirabeau no es único, y se ha podido observar en momias egipcias del período romano. El primer caso que fue descrito y estudiado médicamente fue publicado en 1825 por Charles Henry Parry (1779-1860) en una colección de escritos póstumos de su padre Callier Hillier Parry  (1755-1822). El segundo caso fue publicado por Moriz Heinrich Romberg (1795-1873) y Eduard Heinrich Henoch (1820-1910). El nombre de hemiatrofia facial progresiva fue usado por primera vez en 1871 por el neurólogo alemán Albert Eulenburg (1840-1917)  

domingo, 29 de enero de 2017

La circuncisión en el cristianismo primitivo






Mosaico de Santa Pudenciana
(s. V d.C.)

Mosaico opus tesellatum
Iglesia de Santa Pudenciana. Roma.  




La iglesia de Santa Pudenciana suele pasar desapercibida entre la masa de turistas que visitan Roma. Incluso muchos romanos la desconocen, a pesar de que no está lejos de otra iglesia mucho más visitada, Santa María la Mayor, una de las cuatro basílicas mayores de la ciudad. La última vez que la visité hasta tuve que indicar al taxista donde estaba, ya que él siquiera la conocía. Y en cambio, Santa Pudenciana presenta en su ábside el mosaico cristiano más antiguo de toda Roma, que se remonta al s. V. 

En este mosaico, que recubre el ábside de la iglesia, se puede ver la Maiestas Domini, Cristo entronizado entre dos grupos de cristianos, encabezados por San Pedro y San Pablo. Dos santas, santa Práxedes y Pudenciana, coronan a ambos apóstoles. Y es que la Iglesia se dividió en dos grandes tendencias en los primeros años del cristianismo. 

Después de la muerte de Jesús, los apóstoles se enfrentaron a la tarea de dar a conocer su mensaje. Para muchos, encabezados por el apóstol Santiago el Menor, el cristianismo había venido a reformar la religión judaica, y a pesar de incorporar una doctrina renovada, los cristianos tenían que seguir practicando los preceptos de la religión mosaica, entre ellos la obligación de circuncidarse. Y también propugnaban seguir reuniéndose en sinagogas. 

La circuncisión es la extirpación ritual del prepucio en los varones, cosa que los judíos practicaban desde los tiempos de Abraham. Para los judíos actuales y para los musulmanes continúa siendo preceptiva en la actualidad. La facción que podemos llamar conservadora, creía que este era un requisito imprescindible. San Pedro también era de esta opinión. 

Pero las cosas habían cambiado en el judaísmo. Muchos judíos procedían de las colonias hebreas del Mediterráneo, y eran más cultos y cosmopolitas. Solían hablar griego, una lengua de cultura, incluso entre ellos. Muchos se habían hecho adeptos del mensaje de Cristo que propugnaba unos nuevos valores. Además en el s. I había una eclosión de nuevas religiones (las llamadas religiones mistéricas, como las de Mitra, Dionisos, Isis...) que tenían en común prometer una nueva vida más allá de la muerte y nuevos ideales de igualdad y de hermandad. 

Uno de los nuevos cristianos era un judío helenizado y culto, Esteban, que proponía la expansión de la nueva doctrina. Predicaba en las sinagogas, con verbo encendido, y muchos judíos no cristiano consideraron que era herético y blasfemo. Por eso le dieron muerte con la pena que la religión judaica reservaba para los blasfemos: la lapidación. 

Uno de los que presenciaron la lapidación de Esteban fue Saulo, un judío helenizado que había conseguido la ciudadanía romana. Tuvo una postura bastante pasiva: apenas apartó su manto para evitar mancharse. Poco después, Saulo se convirtió al cristianismo y ya con el nombre de Pablo, fue uno de los más sólidos valores intelectuales del incipiente cristianismo. Como Esteban, Pablo defendía que la nueva iglesia debía expandirse a los gentiles y que el viejo ritual de la circuncisión debía substituírse por el bautismo (ritual que ya se practicaba). Además las religiones mistéricas solían practicar diversos tipos de bautismo. 

Sobre el año 50 d.C. la confrontación entre los que consideraban la circuncisión necesaria y los que la pretendían prescindible hizo necesario fijar una posición clara y unánime. Tuvo lugar entonces lo que se consideró el primer concilio de la Iglesia, que tuvo lugar en Jerusalén. Los defensores de la circuncisión estaban encabezados por Santiago Alfeo, con la aquiescencia de la cabeza visible de la Iglesia, Pedro. Frente a ellos los defensores del cristianismo para gentiles, liderados por Pablo. En el fondo la cuestión era si el cristianismo quedaba como una secta dentro del judaísmo o se internacionalizaba como una religión nueva. 

Tras los consabidos debates, triunfó la segunda opción y a partir de aquí ya sabemos el resto. Los cristianos se expandieron por todo el Mediterráneo (al principio, especialmente por el Norte de África) y alcanzaron la capital del Imperio, Roma. 


Mosaico de Santa Sabina, en Roma. 
En otra iglesia de Roma encontramos otro testimonio de aquellos lejanos tiempos. Es Santa Sabina, en la colina Aventina, una de las mejores muestras de iglesia paleocristiana. En su puerta, por ejemplo, encontramos la representación más antigua de la crucifixión de Cristo, que es mucho más reciente de lo que muchos creen, ya que data del s. V. Al traspasar el portal, nos encontramos otro viejo mosaico que evoca la vieja polémica. En sus extremos, dos mujeres veladas, con libros sagrados en sus manos representan las dos tendencias: la Ecclesia ex circumcisione y la Ecclesia ex gentium, la Iglesia de los gentiles. Un recuerdo de los primeros cristianos, para los que era de suma importancia la excisión o no del prepucio en los varones. 


Panel de la puerta de Santa Sabina all'Aventino,
con la que probablemente es la primera imagen de la crucifixión de Jesús (430 circa)







viernes, 27 de enero de 2017

El pálido tono de la piel clorótica



Samuel Dirksz van Hoogstraten (1627–1678).




Samuel van Hoogstraaten
 

La dama clorótica
(1667)

Óleo sobre lienzo. 2




El pintor holandés Samuel van Hoogstraaten (1627-1678) fue discípulo de Rembrandt, y la influencia del gran maestro está bien patente en sus primeras obras, en las que cultivó sobre todo el retrato. Luego realizó diversos viajes a Viena, Roma y Londres, ampliando su arte con diversos estilos, instalándose finalmente en Dort. 

Pronto, van Hoogstraaten destacó como pintor de arquitecturas, realizando muchos cuadros curiosos en los que utiliza hábilmente la perspectiva para posibilitar que pueda verse el exterior de una casa y por las ventanas o orificios de la misma las escenas que tienen lugar en su interior.  También tuvo una notable actividad como grabador, destacando en la técnica del aguafuerte.  

Van Hoogstraaten alcanzó pronto fama no sólo por su pintura sino porque también cultivó la poesía, la tragedia  y la filosofía del arte, así como una importante actividad social como preboste de una ceca. También recopiló una gran cantidad de dichos de Rembrandt. Como escritor, su obra más importante es Introducción a la Academia de Pintura (Inleyding tot de Hooge Schoole der Schilderkonst, Rotterdam 1678) en la que trata la relación entre persuasión pictórica e ilusionismo, los estandares morales del pintor y la relación entre pintura y filosofía. Sin lugar a dudas esta obra es un claro exponente del pensamiento artístico holandés y puede considerarse como el tratado de pintura más importante publicado en los Países Bajos en el s. XVII. 

Como otros pintores holandeses, van Hoogstraaten mostró un gran interés por las escenas cotidianas, siendo un fiel testimonio de la sociedad de su tiempo. Nos dejó pinturas como esta de La Dama clorótica.

El cuadro está presidido por una mujer enferma, que está sentada lánguidamente frente al espectador. Las manos, entrelazadas, manifiestan su actitud pasiva. Su mirada cansada y lejana, como ausente. Se calienta los pies con un pequeño braserillo puesto bajo una especie de escabel. Cerca de ella, el detalle anecdótico de un gato subraya el carácter doméstico de la escena. 

Tras la mujer se ven las figuras de dos hombres, de pie. Uno de ellos, el de la derecha, está vestido de negro y tocado con un sombrero del mismo color. Con la mano derecha coge un par de guantes, por lo que podemos imaginar que su estancia en la sala va a ser breve, transitoria. Hace poco que ha llegado y no piensa estar mucho tiempo por lo que considera que no merece la pena dejar los guantes sobre la mesa. Con la mano derecha sostiene una redoma, que examina atentamente al trasluz. Sin duda es la orina de la enferma. La uroscopia o examen visual de orina (y frecuentemente también olfactivo y gustativo) era un método muy usado en aquel tiempo para establecer un diagnóstico. Una especie de analítica avant la lettre, en un tiempo en el que la química no había llegado a ser la aliada del médico. Sobre la mesa camilla, cubierta con un mantel blanco descansa una ventosa, un remedio muy usado para sacar los malos humores

El otro hombre, vestido de manera más modesta es sin duda, el marido de la enferma. Coge el respaldo del sillón de su esposa, mientras mira con atención la redoma de orina, esperando el ansiado diagnóstico, el posible tratamiento y sobre todo el pronóstico. Al fondo se ve una escalera y se vislumbran otras dependencias de la casa, unos detalles en los que como ya hemos apuntado van Hoogstraaten era un maestro. 

Lo que llama más la atención es la coloración cutánea de la mujer. Aparece extremadamente pálida, de un blanco exangüe, con tintes casi verdosos. Por estos signos y por el título del cuadro (en el que se especifica explícitamente), sabemos que se trata de un caso de clorosis. 


La clorosis es el nombre que se daba a un tipo especial de anemia, llamada así por el tinte amarillento-verdoso de la piel del paciente (del griego χλωρος, chlōros, verde). Aparte de la pérdida de coloración cutánea, este tipo de anemia ferropénica cursa con pérdida de energía, cefalea, dispepsia, respiración corta y anorexia. Hay una clara tendencia a perder peso. 

La clorosis era una enfermedad de adolescentes y podemos identificarla con una anorexia con anemia por falta de hierro. Una enfermedad frecuentemente asociada al "mal de amores" y que incluso estaba bien vista en el s. XIX. Muchas muchachas para alcanzar por la vía rápida el estado clorótico (que tenía reputación de "sexy" y atractivo para el sexo opuesto) dejaban de comer y tomaban grandes vasos de vinagre en ayunas. Con este método lograban muchas veces un estado de debilidad tal que caían desmayadas en brazos de sus admiradores. 


Bibliografía:


King, Helen. Historia de la clorosis: "Enfermedades en vírgenes; Enfermedad Verde, Clorosis y los Problemas de la Pubertad"

Dixon LS. Perilous Chastity: Women and Illness in Pre-Enlightenment Art and Medicine. Cornell University Press 1995



jueves, 26 de enero de 2017

Cianosis ungueal post-mortem





Círculo romano de Carracci

Traslado de Cristo muerto al sepulcro
(1615 circa) 

Óleo sobre lienzo
Galleria Borghese. Roma.   




El tema de la muerte ocupa una gran parte de la producción artística de todos los tiempos. Basta pensar con las crucifixiones, martirios o muertes heroicas para darse cuenta que es uno de los temas que más preocupan al hombre y por lo tanto encuentran su plasmación en la producción artística. En el mundo occidental, de tradición cristiana, la muerte de Cristo, plasmada con mayor o menor realismo, ocupa un papel predominante.  

Este es el caso de este cuadro, realizado por un discípulo no bien identificado de Carracci. Representa el tradicional episodio del traslado al sepulcro del cuerpo de Jesús, muerto en la cruz. El pasaje es referido por todos los Evangelios, aunque con ligeras variaciones. En realidad, aparte del relato evangélico en sí, la obra es una alusión velada a la séptima obra de misericordia (enterrar a los muertos) uno de los preceptos cristianos. 



El cuadro representa el dolor de los allegados de Cristo, y el cuidado y solicitud con el que trasladan el cuerpo con una gran mortaja a modo de camilla. Este tipo de traslados debe efectuarse efectivamente suavemente, evitando golpes que podrían causar la presencia de moratones en el cadáver. 

El cuerpo de Jesús yace inerme, y el artista ha preferido mantener la parte superior de la cara en la penumbra. La piel presenta la palidez propia de los cadáveres (livor mortis) a causa de la falta de circulación sanguínea. Las uñas de las manos y las de los pies aparecen cianóticas, es decir, con una coloración oscura, azulada, muy característica, que aparece precozmente en los casos de muerte violenta.




La cianosis es la coloración azulada de la piel, mucosas o lechos ungueales que aparece cuando hay concentraciones iguales o superiores a 5 g/dL de hemoglobina sin oxígeno en los vasos sanguíneos superficiales. Es un fenómeno que no es privativo de los cuerpos muertos. También puede aparecer en vida durante determinados procesos patológicos, como en algunos transtornos cardíacos (infarto, insuficiencia cardíaca); respiratorios (bronquiolitis, EPOC); sanguíneos (policitemia, metahemoglobulinemia); o del sistema nervioso central (hemorragia intracraneal, sobredosis de drogas). 

También podemos observar cianosis ungueal en algunos casos extremos de síndrome de Raynaud, un transtorno que causa vasoconstricción de manos y pies. En estos casos, generalmente tras un estímulo térmico o de estrés, los vasos se contraen de modo que la sangre no llega a las partes distales. La piel de estas áreas aparece entonces blanca, y si la intensidad es mayor, azulada, cianótica. Aunque muchas veces puede presentarse de forma aislada, el fenómeno de Raynaud puede asociarse a enfermedades de los vasos sanguíneos, ciertas colagenosis, o síndrome del túnel carpiano. También, en otras ocasiones puede estar causado por ciertos medicamentos, especialmente los usados en la migraña, para la hipertensión y en ciertos tratamientos anticancerosos.  

miércoles, 25 de enero de 2017

Las malas pulgas de Crespi







Giuseppe-Maria Crespi

La buscadora de pulgas (La pulce)
(1710)

Óleo sobre cobre. 46,3 x 34 cm.
Museo degli Uffici. Florencia.  




Giuseppe-Maria Crespi (1665-1747) también conocido como il Spagnolo, fue uno de los más destacados pintores de género en la Italia barroca. Hasta entonces, los pintores habían escogido temas mitológicos, religiosos o históricos o bien se concentraban en realizar retratos de personajes poderosos. La pintura de género, es decir la que refleja escenas cotidianas o incluso anecdóticas era practicada sobre todo en Flandes. Crespi era un artista protegido del duque de Ferrara, que contaba con una gran colección de pintura holandesa, con múltiples escenas costumbristas de la vida diaria. Podría ser que en estas obras encontrara Crespi su inspiración para pintar escenas de cocina y otros temas domésticos. Pero también otros pintores italianos como Annibale Carracci, Bartolomeo Passerotti o Vincenzo Campi comenzaban a interesarse por estas escenas. 

En La buscadora de pulgas, Crespi plantea un tema informal, en el que vemos a una mujer buscándose las pulgas en el camisón y por su cuerpo. Pero no debe suponerse que el pintor tenga una intención burlona o satírica, sino que reflejó la realidad que podía ver en su entorno: una escena cotidiana de aseo matutino, tal como debía ser habitual en la época. De hecho, Crespi pintó otros cuadros parecidos y también tenemos el testimonio de otras pinturas coetáneas (Murillo: Joven mendigo).

Al parecer, Crespi intentó representar en una pequeña colección de cobres pintados la vida de una cantante que llegó a llevar una vida de lujo partiendo desde abajo, desde una situación humilde, de declarada pobreza.  La serie fue realizada probablemente a la vuelta de una estancia en Florencia, pero en el espíritu de los cuadros de temas vulgares hechos en la corte del príncipe Fernando. Existen varias versiones de estas obritas, como por ejemplo la del Museo de Pisa.

Estilísticamente, Crespi practica una pintura abocetada, muy suelta, de toque y mancha. En esto podemos intuír la influencia de Pietro Longhi, de la escuela veneciana - que daba preeminencia al color sobre el dibujo - y que sabemos que viajó a Bolonia y que tuvo una cierta relación con él.  

Las infestaciones por pulgas debían ser muy frecuentes en el s. XVII y tenemos buenos ejemplos de ello no sólo en la pintura, sino también en la literatura. 


G:M. Crespi: La pulga (1720). Museo del Louvre, París






lunes, 23 de enero de 2017

La piel humana

 



Piel humana curtida
(s. XIX)

Restos humanos
Museu Darder. Banyoles.




El museo Darder es un museo en el que se tiene la sensación que el tiempo se ha parado. Se me puede decir que en todos los museos hay testimonios del pasado, vitrinas en las que se exhiben recuerdos de otras épocas. Pero aquí es el propio museo, sus vitrinas su museística la que nos transportan a cómo era un museo antes, en el s. XIX o a principios del s. XX. Es un museo de Historia Natural y está repleto de animales disecados, aparte de otras maravillas. Actualmente se ha optado por una museística más actualizada, pero con el acierto de no perder el indudable encanto de ser un museo en el que se conserva el sabor de antaño. 

Tengo recuerdos del museo Darder desde que tengo uso de razón. Mi padre me solía llevar de vez en cuando, siendo yo todavía un niño. Confesaré que en aquel tiempo, ir al museo Darder me creaba una cierta intranquilidad. La puerta de entrada solía estar flanqueada por un león y un tigre en actitud amenazante, cosa que preocupaba a mi imaginación infantil. Aunque disecadas, aquellas fieras tenían un aspecto tan agresivo...

El león del Museo Darder
















El Museo Darder abrió sus puertas hace justo 100 años en 1916. Se trata de la colección de Francesc Darder i Llimona (1851-1918) veterinario, médico y apasionado de la Historia Natural y de la taxidermia. Darder fue el fundador del Parque zoológico de Barcelona y de diversas revistas de Zoología y Veterinaria. Gran admirador del paisaje lacustre de Banyolas, tenía además buenas amistades en la ciudad, por lo que decidió donar su colección a la villa. Murió en 1918 a consecuencia de la picadura de una serpiente. 

Además de los animales disecados en el museo Darder también hay algunos restos humanos de interés antropológico. Entre ellos recuerdo dos pieles humanas (de un hombre y una mujer) extendidas y curtidas. 

Esto nos da pie ha comentar algunos aspectos de la piel humana. En primer lugar no debemos olvidar de que se trata de un órgano, no de una simple cubierta corporal. La piel humana es el órgano mayor del cuerpo, con una extensión aproximada de 2 metros cuadrados, y alrededor de 7 Kg. de peso. Comparativamente, el siguiente órgano en tamaño es el hígado, que pesa solamente 1'5 Kg. de peso. 

Entendemos como órgano (del latín organum, herramienta) a una agrupación de diversos tejidos que forman una unida estructural para cumplir una función determinada. La piel cumple no una sino diversas funciones: 

  • Protección. La piel protege a nuestro organismo de las agresiones del exterior: de los traumas, mediante la queratina y el panículo adiposo; de las infecciones bacterianas, víricas y hongos; de las radiaciones ultravioleta mediante la melanina; de las agresiones químicas; de las temperaturas extremas (frío, calor) etc. Podemos decir que la piel es nuestra frontera, el límite de nuestro cuerpo.
  • Relación. La piel no solamente nos protege del exterior. También es nuestro órgano de relación. Es - junto con los ojos - nuestro único órgano visible. No nos vemos en hígado, ni el páncreas, pero sí nos vemos la piel. Por lo que vemos en la piel del otro podemos deducir muchas emosciones: nos sonrojamos al avergonzarnos, empalidecemos cuando nos enojamos, se nos ponen los pelos de punta o la "piel de gallina" al sentir miedo... Pero no es solamente vernos. También nos tocamos. Nos tocamos al saludarnos, nos transmitimos sentimientos acariciándonos, contactamos piel a piel al tener relaciones sexuales. 
  • Tacto. La piel es el órgano donde reside el sentido del tacto. Tocar es una manera de apreciar el mundo que nos rodea. Nos damos así cuenta de la superficie de los objetos (liso, rugoso, punzante), de su peso, de su temperatura, de si está húmedo o seco... 
    La piel del individuo de sexo masculino del Museo Darder
  • Microbiote. El microbiote es la dotación de microorganismos que residen de forma saprófita en nuestro organismo. Muchos residen en el tubo digestivo. Otros asientan en la piel. Sabemos que algunos de ellos desempeñan importantes funciones inmunológicas o de otro tipo de gran importancia. Los actuales investigaciones médicas han abierto importantes líneas de estudio en este campo, todavía muy desconocido. Se trata de un mundo apasionantes: miles de organismos viven sobre nosotros. Además, son personales e intransferibles. Cada uno tiene su propia población de microorganismos, de tal modo que se podría identificar a un individuo por su microbiote, igual que por sus huellas dactilares.  
  • Manto ácido. La piel está recubierta por una capa lipídica que junto con el microbiote, la protege de las bacterias patógenas exteriores y también de otras agresiones. También contribuye a la hidratación y nutrición de las capas más superficiales. En determinadas circunstancias esta capa lipídica puede perderse en algunas zonas (jabones demasiado agresivos o de reacción alcalina, exceso de agua, frío). En estos casos la piel se agrieta y reseca rápidamente.
  • Excreción. La piel tiene una función excretora, de eliminación de sustancias de deshecho. El sudor y la orina son las principales vías para eliminar estas sustancias. 
  • Termorregulación. El sudor sirve también para la termorregulación, disminuyendo la temperatura cuando estamos en un medio ambiente excesivamente cálido. La piel contribuye a mantener constante la temperatura del organismo.  
  • Síntesis de vitamina D. Las vitaminas se adquieren normalmente por la alimentación. Sin embargo, la vitamina D puede sintetizarse también en la piel, tras la exposición al sol de la superficie cutánea. 
  • Absorción de sustancias. Del mismo modo que la piel excreta sustancia de deshecho, también puede permitir la absorción de sustancias, especialmente si están contenidas en un vehículo graso. Esta es la base para la administración de medicamentos en forma de cremas y pomadas. 
  • Regeneración y cicatrización. La epidermis se regenera continuamente, y entre 21-26 días se recambia totalmente. La piel puede cerrar y cicatrizar las heridas y rasguños, formando nuevo tejido. Cuando se afecta la dermis, la capa más profunda, se crean nuevas fibras por lo que puede formarse una cicatriz visible.  
La piel tiene muchas funciones más, pero estas son algunas de las más destacadas. Aparte de ser el mayor órgano del cuerpo, la piel es también un órgano vital. Se puede sobrevivir con un solo riñón o con un solo pulmón. Incluso sin uno de los lóbulos hepáticos. Pero no es posible sobrevivir sin el 50% de la piel. 

En la clínica, los médicos sabemos que muchas enfermedades generales se manifiestan en la piel. En mi práctica como dermatólogo he podido diagnosticar diabetes, problemas tiroideos, disfunciones de las hormonas sexuales, cáncer de pulmón, problemas renales, anemias... observando la piel. 

Por no hablar de como se afecta la piel por problemas psicológicos o psiquiátricos. Hace años llevé a un congreso de psiquiatría la estadística de las enfermedades de la piel que había atendido en mi consultorio y que estaban causadas o acentuadas por problemas psicológicos. El resultado fue sorprendente: más de un 19%. En su gran novela La Montaña Mágica, Thomas Mann pone en boca de uno de sus personajes la siguiente afirmación: 
- "Así pues, ¿la piel? ¿Qué quiere usted que le cuente de esa superficie de sus sentidos? Es un cerebro externo, ¿lo comprende? …Un cerebro externo…"
Como vemos, la piel, nuestra piel, es muy importante, tal vez mucho más importante de lo que imaginamos. Otro gran literato, Paul Valéry afirmaba:
"Lo más profundo del hombre es su piel" 



domingo, 22 de enero de 2017

Los tipos grotescos de Ribera






José de Ribera

Cabeza de hombre de perfil 
(1627-1630)
 Aguada, Pincel, Tinta roja sobre papel verjurado, 
254 x 183 mm.
Museo del Prado. Madrid.  




José de Ribera (1591-1652) fue un pintor barroco, bien conocido sobre todo por sus óleos, de tendencia tenebrista. Era llamado también Lo Spagnoletto por su escasa estatura, y porque firmaba siempre como José de Ribera, español.



Su obra como dibujante o grabador es mucho menos conocida. Encabezamos esta entrada con uno de los pocos dibujos en los que utilizó tinta roja, que muestra a un hombre de aspecto desaliñado, con tumoraciones cutáneas peludas en la nariz y la barbilla sin afeitar, labio inferior grueso y caído y una especie de casquete sobre la calva.

En la década de 1620 Ribera realizó algunos dibujos y grabados en los que suele representar a tipos populares de aspecto a menudo zafio y hasta grotesco de uno y otro sexo, con deformidades en las orejas, la nariz u otras partes. La vista de perfil, que el artista empleó con mucha frecuencia en las estampas y dibujos de cabezas, le permitía poner especial énfasis en los detalles patológicos para acentuar su aspecto grotesco, entre los que cabe destacar la presencia de abundantes tumores cutáneos (nevus intradérmicos, fibromas, acrocordones...), o bocios de gran tamaño. La exageración de los rasgos y de las enfermedades de estos personajes les proporciona un aspecto claramente caricaturesco. Algunos se pueden relacionar claramente con la tradición de las cabezas grotescas de Leonardo da Vinci. 


Bibliografía

José de Ribera. Dibujos. Catálogo razonado, Museo Nacional del Prado, 2016