lunes, 14 de noviembre de 2016

San Bartolomé (IV): La Capilla Sixtina





Miguel Angel Buonarruoti

San Bartolomé 
(Detalle del Juicio Final)
(1541)

Fresco. Capilla Sixtina (detalle)

Basílica de S. Pedro del Vaticano. Roma. 




En las entradas anteriores (1, 2) hemos comentado algunos aspectos de la iconografía de San Bartolomé el apóstol que fue martirizado desollándolo. Comentaremos hoy y en los próximos días algunas representaciones de San Bartolomé que nos parecen especialmente relevantes.

En  1535, el papa Pablo III encargó a Miguel Ángel, el que sería el mayor fresco jamás pintado, para decorar la pared del altar de la Capilla Sixtina. El fresco debía tratar sobre el Juicio Final. No hacía mucho que el papado había tenido que afrontar dos momentos delicados: la Reforma Protestante y el saqueo de Roma. Por eso, el papa quería representar en este fresco a la humanidad enfrentada a su salvación o condena. 

El gran muro tenía ya unos frescos previos, obra de Perugino, con escenas de las historias de Moisés y de Jesús. Miguel Ángel tuvo que sacrificar estas pinturas, lo que le valió algunas críticas. El artista trabajó duro, día y noche para pintar la gigantesca superficie. Incluso dormía allí, acurrucado en un rincón. 


Miguel Ángel: Juicio Final (grupo central). Capilla Sixtina. Basílica de s. Pedro del Vaticano. Roma. 

El mural está centrado por la figura de Cristo, que aparece en escorzo, mostrando las heridas de la crucifixión. Irrumpe en la escena levantando enérgicamente el brazo y con una actitud airada y enérgica, un gesto bastante infrecuente en las representaciones cristológicas. A su lado está María, temerosa de la cólera de su Hijo. Los rodean varios santos, entre ellos San Bartolomé, figura en la que nos centraremos a continuación y que es el motivo principal de esta entrada.  

Bartolomé, uno de los apóstoles, aparece sentado a caballo de una nube. Gira la cabeza como sorprendido por la brusca aparición de Jesucristo. En su mano derecha empuña un cuchillo, como los que usan los peleteros para desollar las pieles. Con su mano izquierda, sostiene su propia piel, ya que según la tradición, murió desollado.

La piel desollada cuelga fláccida, mostrando una cara contraída en una mueca. Dicen que Miguel Ángel quiso imprimirle su propio rostro, ya que él creía no merecer el Cielo, ya que estaba muy atormentado. Representando su propio rostro en la piel despellejada reflejaba su inseguridad y al mismo tiempo se colocaba - bien que de forma muy tangencial - en el Paraíso. Simbólicamente, la piel inerte de Bartolomé es una alegoría del cuerpo, que tras la muerte debe abandonarse como un resto inanimado, ya inútil, mientras que el alma inmortal asciende al Cielo. 

Cabría plantearse si es posible la obtención de la piel desollada así, en una sola pieza, respetando además los rasgos fisiognómicos de la cara. Probablemente es muy difícil, si no imposible. Pero ya se sabe que en arte todo es posible y que la representación artística todo lo idealiza, obrando el milagro de tornar lo imposible en posible y haciendo que los ojos del arte vean lo que tal vez sería imposible de ver con los ojos de la realidad. 




El Juicio Final, de Miguel Ángel: 






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