lunes, 30 de noviembre de 2015

Pintarse los labios





 Natalino Bentivoglio Scarpa, llamado "Cagnaccio di San Pietro"

Mujer en el espejo
(1927)

Óleo sobre lienzo. 224 x 310 cm
Rijksmuseum. Amsterdam. 





Cagnaccio di San Pietro (1897-1946), cuyo nombre real era Natalino Bentivoglio Scarpa, fue un pintor italiano que se encuadró en la corriente pictórica del "realismo mágico". 

En este cuadro se representa a una mujer maquilándose ante el espejo y se usa un plano muy habitual en cinematografía.  


El pintor usa los colores de manera que da un aire irreal a la escena, que parece algo onírico, casi surrealista. 


La obra es un testimonio de los usos cosméticos en el primer tercio del s. XX. La mujer aparece semidesnuda, cubierta parcialmente con una toalla, lo que indica que acaba de salir del baño. Podemos observar, sobre el tocador, algunos tarros de crema hidratante y de maquillaje, con los pinceles y aplicadores adecuados. También aparece un frasco pulverizador, probablemente de perfume. La mujer aparece maquillándose los labios con una barra de carmín, que formaba parte del maquillaje habitual femenino desde el s. XIX.  

La costumbre de pintarse los labios es muy antigua, y en determinadas épocas fue practicada por ambos sexos. En el antiguo Egipto se usaban extractos de amapolas trituradas (como todavía sigue usándose entre los pueblos bereberes del Norte de África). En la Antigüedad los maquillajes labiales podían llevar trazas de bromo o plomo, que originaban más de un problema toxicológico. Durante la Edad Media, la Iglesia no vió con buenos ojos la costumbre de maquillarse, que quedó relegada a los burdeles.


El uso del maquillaje labial fué impulsado en la corte de Isabel I de Inglaterra, que impuso la moda de la cara muy blanca en la que destacaban los labios pintados.

A partir del comercio con América, se incorporaron nuevos elementos. Los élitros de la cochinilla (Dactyliopus coccus), un coleóptero de los cactus, debidamente triturados proporcionaron un intenso y novedoso color rojo, mucho más persistente que los antiguos pigmentos vegetales y minerales. El pigmento de cochinilla fue introducido así en Europa, proporcionando la base para maquillajes labiales de colores más vivos. También se introdujo la cochinilla americana en otras zonas, como en Canarias.

A finales del s. XIX aparecieron los primeros lápices labiales, mucho más cómodos y económicos, que además permitían transportarlos en el bolso, y que tuvieron un éxito arrollador, y contribuyeron a que mujeres de todas las clases sociales los usaran masivamente. En España, el primer lápiz labial apareció en 1922. El cuadro de Cagnaccio di San Pietro es pues un testimonio de los usos cosméticos en los años 20, que demuestra la generalización del uso del pintalabios en esta década. 
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