miércoles, 21 de junio de 2017

Historia de la penicilina (y IV): el fármaco salvador de vidas






Penimiluy procaine 300.000 U.I. 
(circa 1950)

Caja, viales y jeringa de penicilina
Museo Olavide. Madrid



El primer caso tratado con penicilina había respondido bien al tratamiento, pero debido a la falta de disponibilidad del producto el tratamiento no pudo realizarse a las dosis adecuadas y el paciente falleció. Esta experiencia agridulce hizo comprender a Chain y Florey que debían de asegurar la producción de cantidades suficientes de penicilina, cosa imposible en Inglaterra. La Guerra estaba en pleno auge y las necesidades del medicamento eran altas. Chain era partidario de que la penicilina debía fabricarse en suelo inglés. Pero las posibilidades de producción en Gran Bretaña eran nulas. 


Pero disponer de aquella sustancia podía ser vital para el desenlace de la guerra. Cada día morían soldados gangrenados tras ser heridos en combate y muchos civiles, en los bombardeos a los que estaba sometida Inglaterra. 

"Thanks to penicillin... he will come home!"  Anuncio de Schenley Laboratories Inc.,  
ofreciendo la plena disponibilidad de penicilina. Revista Life, 14 de agosto de 1944


Howard Florey decidió viajar a los Estados Unidos para intentar encontrar la manera de producir el antibiótico. Norman Heatley, otro miembro del equipo de Oxford lo acompañó. Era una cuestión humanitaria: morían demasiadas personas a diario como para encastillarse en producir la penicilina en Inglaterra, vistas las circunstancias. Cualquier lugar era bueno para fabricarla si con ello se podían salvar vidas. Los dos investigadores ingleses no iban en representación oficial, aunque sí respaldados por la Fundación Rockefeller, que les ayudó en su viaje. 

La primera persona que recibió a los investigadores en los Estados Unidos fue el Prof. John F. Fulton, de la Universidad de Yale. Fulton era un eminente fisiólogo y además un gran historiador de la Medicina, cofundador de la formidable Biblioteca Médica de la Universidad de New Haven. De carácter jovial y curioso, Fulton sabía escuchar a todo el mundo e intentaba ser comprensivo. Tras escuchar a los viajeros, les aconsejó dirigirse al National Research Council, de Washington, que presidía el Dr. Ross Harrison.  



Rupert Shephard: Una fábrica de penicilina: Muchachas rellenando ampollas. 

Imperial War Museums


Ya en Washington, fueron recibidos por el Dr. L.H. Wees, que escuchó su historia sobre el producto milagroso que extraían de un hongo. Wees no sabía gran cosa de los mohos, por lo que decidió telefonear al micólogo Charles Thom
"- Oye, Charles, tengo aquí a dos ingleses que me comentan una idea. La llaman penicilina. ¿Has oído hablar de esto alguna vez, y del Penicillum notatum?"
Thom, que era el micólogo que años antes había identificado el Penicillum notatum, y que había seguido atentamente los trabajos de Fleming, mostró en seguida un gran interés, y recibió a Heatley y a Florey. Cuando éstos le explicaron lo que había sucedido en Oxford, comprendió que el nuevo producto podía ser realmente revolucionario. También se dió cuenta que para producir la penicilina en grandes cantidades, no bastaba un laboratorio cualquiera: tenía que ser un centro experimentado en fermentaciones. 

Producción de penicilina en Peoria
Thom envió a los viajeros a entrevistarse con el Dr. Robert Coghill, que dirigía el National Regional Research Laboratory en Peoria (Illinois), una ciudad que está en el llamado "cinturón del maíz".

Durante la Gran Depresión se había establecido allí un laboratorio para intentar aprovechar los productos de desecho agrícolas. Uno de los científicos del centro, Andrew J. Moyer encontró que los residuos de maíz eran un medio de cultivo excelente para los hongos por su gran contenido en nitrógeno. Moyer y Heatley descubrieron también que si el medio de cultivo contenía lactosa (el azúcar de la leche) el hongo producía una gran cantidad de penicilina. 

Pero Heatley y Moyer no se llevaban bien. En diciembre de 1941, Heatley se volvió a Oxford. Moyer lo aprovechó para publicar y patentar el proceso de producción industrial de la penicilina sin citar ni a Heatley ni a Florey. Los británicos, con razón, se sintieron estafados y se negaron a pagar royalties cuando establecieron plantas de producción de penicilina en su país.

Ethel Gabain: Pintura de una niña herida en un
bombardeo y tratada con penicilina (1944)
El sábado 12 de marzo de 1942, Anne Miller, una paciente de 33 años que sufría una septicemia por estreptococos fue tratada con penicilina. En 48 horas, la fiebre pasó de 41º a 36'5º C y el microorganismo dejó de estar presente en los cultivos a partir de muestras sanguíneas. Esta vez hubo suficiente medicamento para conseguir su completa recuperación, aunque nuevamente tuvo que volverse a repurificar la penicilina de la orina del paciente, 
pues se había gastado la mitad del stock que había disponible en todos los Estados Unidos. Sin embargo el éxito impulsó definitivamente el esfuerzo investigador.

Hacía falta incrementar la producción de la sustancia. El camino era encontrar un hongo que produjera más penicilina que P. notatum. Moyer puso a Mary Hunt, una técnico de laboratorio a buscar mohos que produjeran penicilina.
 Pero no había manera. Mary (a quien ya apodaban Mouldy Mary, es decir, Mary la mohosa) llegó a investigar más de un millar de hongos sin resultado. Un día al salir del laboratorio compró un melón canteloup. El tendero le hizo notar que estaba mohoso y se lo quiso cambiar pero Mary lo compró y se lo llevó al laboratorio para cultivar el hongo, obteniendo una preciosa colonia dorada. El hongo del melón era mucho mejor productor de penicilina que P. notatum, aunque era de otra especie: P. chrysogenum. 

Farmacia colocando el cartel anunciando
la disponibilidad de penicilina
La producción de penicilina pudo alcanzar así grandes cantidades y era ya capaz de ofrecer una adecuada distribución. Un total de 21 compañías
 estadounidenses se unieron pronto al proyecto, consiguiendo producir 60.000 gr al mes, de tal manera que los aliados dispusieron de más de 2.300.000 dosis para el dia D, el dia en el que desembarcaron en Normandía. Se calcula que el uso de penicilina salvó a un 15% de los soldados aliados que fueron heridos en dicha batalla. 


Alexander Fleming recibiendo el Premio Nobel de Medicina
por el descubrimiento de la penicilina (1945)
La penicilina se convirtió en un secreto militar de las potencias aliadas, guardado celosamente, sin la más mínima filtración. El fármaco permitió salvar muchas vidas de soldados en el frente y se convirtió en un elemento diferencial entre los dos bandos. En algunos países que no participaron en la contienda pululaban espías alemanes intentando conseguir - generalmente sin éxito - algunas unidades del milagroso 
antibiótico.


La penicilina fue usada también para el tratamiento de la sífilis. Tres médicos militares norteamericanos, Arnold, Mahoney y Harris fueron los primeros en tratar la sífilis con penicilina. El resultado fue espectacular y modificó completamente el pronóstico de la lúes. Lamentablemente estos médicos tuvieron posteriormente actuaciones muy poco éticas que empañaron su aportación inicial. 

En 1945, el año de la paz, fue también el año de la consagración de los hombres que habían hecho posible el descubrimiento de la penicilina. Fleming, Chain y Florey fueron galardonados aquel mismo año con el Premio Nobel. 

A partir de la Segunda Guerra Mundial, y en ulteriores conflictos bélicos, el empleo sistemático de la penicilina como antibiótico profiláctico hizo que la mionecrosis clostridiana (gangrena gaseosa) dejara de ocupar la primera causa de muerte en los heridos. Durante la Primera Guerra Mundial la mortalidad provocada por heridas fue del 8,1% (de ello, la mitad por mionecrosis clostridiana). En la Segunda Guerra Mundial fue del 4,5% y durante la guerra de Corea la frecuencia disminuyó hasta el 2,5%. En la guerra de Vietnam, la tasa de mionecrosis clostridiana fue prácticamente de cero


Benzetacil (bencilpenicilina), una penicilina muy usada para el tratamiento 
de la sífilis en los años 70 y 80 del pasado siglo XX. Museo Olavide. Madrid. 

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