domingo, 16 de abril de 2017

Los juanetes de Narciso





Jan Cossiers

Narciso
(1636)

Óleo sobre lienzo. 97 x 93 cm
Museo del Prado. Madrid.   




Jan Cossiers (1600-1671) fue un pintor y dibujante flamenco. Nacido en Amberes, comenzó a formarse con su padre Anton Cossiers y con Cornelis de Vos. Tras realizar un viaje de estudios a Aix-en-Provence y a Roma, regresa a su ciudad natal donde es aceptado en el Gremio de pintores de San Lucas en 1627. En su estilo encontramos influencias de Rubens, Seghers y Jordaens, y tambien algunas resonancias de la escuela caravaggista romana. 

Cossiers cultivó en su juventud la pintura de género, y posteriormente realizó obras de tema mitológico, destacando las destinadas a la Torre de la Parada. A la muerte de Rubens le encargaron muchas pinturas de tema religioso. En esta etapa usa con más libertad el color y recurre a brillantes efectos de luz y sombras en un evidente sfumato.

La presente obra se dedica a la leyenda mitológica de Narciso (en griego Νάρκισσος). La versión más conocida de su historia es la que nos dió Ovidio en las Metamorfosis. Cuando nació Narciso, sus padres consultaron al adivino Tiresias, que les auguró que su hijo "viviría hasta edad avanzada si no se miraba". Sus padres escondieron cuidadosamente todos los espejos de la casa para garantizarle una larga vida. Narciso nunca había visto su rostro. Sin embargo, es difícil burlar al destino. 

Al pasar los años, Narciso llegó a ser un hermoso joven, cuya proverbial belleza cautivaba tanto a las doncellas como a los efebos. Pero Narciso rechazaba todas las proposiciones amorosas que recibía, incluso las de las hermosas ninfas, que también lo requerían, prendadas de un joven tan apuesto. 

Despechadas por sus constantes negativas, las ninfas pidieron a los dioses que Narciso fuese castigado por su orgulloso desdén. Némesis, la diosa de la venganza, le lanzó un maleficio: Narciso se enamoraría de forma irresistible de su propio rostro, si algún día lo llegaba a ver.  

Un día, Narciso se adentró solo en el bosque. Era verano, y hacía calor. Se acercó a una fuente de agua clara que manaba al lado de un estanque para beber y al inclinarse, vió su propio rostro reflejado en el agua de la fuente. Narciso se enamoró locamente de aquella hermosa cara, y no podía dejar de mirarla embelesado. Tan prendado estaba, que quiso besarla. Se inclinó sobre la alberca y al hacerlo, resbaló y se cayó al agua. Murió ahogado. La leyenda dice que al lado del estanque, en el lugar en el que el bello joven murió, brotó una hermosa flor. Una flor que tuerce la cabeza para poder verse reflejada en el agua: la flor del narciso. 


La flor del narciso (Narcissus pseudonarcissus L.)
El mito de Narciso ha sido ampliamente representado en las artes plásticas (Caravaggio, Nicolas Poussin...). En la versión de Jan Cossiers que comentamos hoy hay un curioso detalle satírico. Narciso, presenta los pies deformados por un hallux valgus bilateral (los conocidos vulgarmente como juanetes). La articulación metatarsofalángica del primer dedo del pie aparece engrosada, desplazada. Es verdad que los juanetes constituyen una patología muy frecuente, pero ponerlos en el cuerpo de Narciso, que es el paradigma de la belleza, tiene indudablemente un matiz indudablemente burlón. Y es que realmente, nadie es perfecto.   

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