miércoles, 2 de noviembre de 2016

Un matemático preocupado







Diego Rivera

El matemático 
(1919)

Óleo sobre lienzo 115,5 x 80,5 cm
Museo Dolores Olmedo. Xochimilco (México)  



Diego Rivera (1886-1957) fue un importante pintor mexicano nacido en Guanajuato. Tras realizar sus primeros estudios en Ciudad de México, se instaló en diversas ocasiones en París, donde mantuvo una gran relación con el grupo de Montparnasse, época en la que practicó algunas pinturas cubistas. A la vuelta a México, influído por su ideología comunista, realizó grandes murales estableciendo el Renacimiento Muralista Mexicano, en los que entronca con aspectos de arte nativo, en los que reivindica orgulloso sus orígenes. Excelente dibujante y colorista, destaca también la estructurada composición de sus obras. Mantuvo una tormentosa relación con la artista Frida Kahlo en dos períodos de su vida. 

El período cubista de Rivera llegó a su fin en 1918. Su nombre permanece vinculado al grupo de jóvenes artistas que dieron lugar a la llamada "Escuela de París". En "El matemático", un retrato de su amigo Renato Parescat, Rivera abandona la descomposición de las formas y vuelve a una representación más luminosa y naturalista. Su obra está muy estructurada, con deformaciones rigurosamente calculadas. 

El matemático aparece con aspecto taciturno, abstraído en sus preocupaciones, tal vez pensando en algún problema de difícil solución. Su mano izquierda desaparece en su manga derecha y no es arriesgado pensar que se está rascando. De hecho, la mano derecha aparece enrojecida y algo inflamada. Puede ser una forma de eccema, pero más probable parece que se trate de una liquenificación por rascado repetido. Muchas personas, estresadas o abrumadas por sus problemas, recurren a rascarse una determinada zona del cuerpo (al alcance de la mano) para liberar la tensión. Es, por decirlo así, una forma de tic, de acto reflejo, no plenamente consciente. Pero el resultado es la alteración de la zona rascada, que aparece enrojecida y engrosada. La superficie cutánea presenta líneas más marcadas y se acompaña de un prurito cada vez mayor. Llegado a este punto el prurito retroalimenta el rascado compulsivo, en un círculo vicioso.  En estos casos, además de tratamiento paliativo hay que conseguir que cese el rascado repetido, cosa no siempre fácil de conseguir, y que forzosamente debe pasar por aminorar la tensión nerviosa que lo causa. 


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