domingo, 16 de octubre de 2016

Arañas (I): El mito de Aracne




Diego de Silva Velázquez

Las hilanderas 
(La fábula de Aracne) 
(1655-1660)


Óleo sobre lienzo. 220 x 289 cm. 

Museo del Prado. Madrid. 




Una de las obras más conocidas de Velázquez, es el cuadro de La fábula de Aracne, que es más conocido como Las hilanderas. Fiel a su costumbre de mezclar la vida cotidiana con la mitología clásica, Velázquez nos introduce en un ambiente de tejedoras e hilanderas, probablemente situado en la Real Fábrica de Tapices. El primer plano lo ocupan un grupo de estas artesanas, con la indumentaria coetánea a la del tiempo de Velázquez. En el fondo, uno de los tapices representa el mito de Atenea y Aracné y la competición por ver quien era la mejor tejedora. La composición y el colorido de esta obra hace de ella una de las más destacadas de el gran pintor. 

Pero centrémonos en el relato mitológico de Aracne. El poeta Ovidio, en su Metamorfosis, la obra que consagra a glosar la mitología clásica, dedica algunos pasajes a comentar este mito, que como todos trata de las pasiones humanas. En este caso se reflejan especialmente el orgullo, la envidia, la competición y el mal perder. 


Detalle del cuadro Las hilanderas, de Velázquez, donde se aprecia el tapiz
con la leyenda de Aracne. En el tapiz, a la izquierda, la diosa Atenea, de pie,
con coraza, casco y lanza. En el centro del tapiz, Aracne, la prodigiosa tejedora.
 
Aracné (Aράχνη) era una habilidosa tejedora lidia, hija del tintorero Idmon. Su destreza con el telar alcanzó una gran fama y era motivo de admiración. Un día realizó un tapiz extraordinario, de tal calidad que hubo quien opinó que ni siquiera Atenea, diosa de la sabiduría y de las artes, podría superarla. Este atrevido comentario llegó a los oídos de Atenea que, incrédula, decidió bajar del Olimpo a juzgar con sus propios ojos si la obra de Aracne era tan perfecta como decían. 

Paolo Veronese: Aracne o la Dialéctica. (1575-1577)
Óleo sobre lienzo. 150 x 220 cm. Palacio Ducal. Venecia. 
Atenea decidió tomar primero la forma de una viejecita, que al ver el prodigiosos tapiz, recomendó a Aracne que no fuera tan orgullosa, ya que en Grecia el pecado de soberbia (hybris) se consideraba muy grave. Pero Aracne desoyó sus consejos, ya que era muy vanidosa. Estalló en risas proclamando que nadie la podría superar al telar. 

Entonces Atenea recuperó su forma real divina y le dijo que ninguna mortal debía osar tejer mejor que ella. Al oir eso, Aracne la desafió a que hicieran un concurso a ver cuál de las dos era la mejor tejedora. Atenea aceptó el reto y confeccionó un magnífico tapiz en el que se representaba a los dioses del Olimpo en toda su majestad. Como advertencia a su imprudente competidora, en las esquinas puso cuatro episodios en los que se explicitaban los castigos que esperan a los blasfemos que se atreven a compararse con los dioses.


Pero Aracne no se arredró. Su tapiz representaba los amores de los dioses. Pero justamente los amores menos gloriosos. Zeus raptando a Europa, Zeus transformado en lluvia de oro para poseer a Dánae, el adulterio de Afrodita y Ares, etc. El tapiz de Aracne era de una perfección nunca vista, pero también era un insulto explícito a los Olímpicos. Atenea, al verlo montó en cólera y lo destruyó, golpeando airada a Aracne con la lanzadera. Este es el momento que refleja una de las pinturas de Rubens, que adjuntamos aquí. 


Rubens: Atenea y Aracne. La diosa, encolerizada, golpea a Aracne con la lanzadera. A la derecha se aprecia parte del tapiz tejido por Aracne, en el que se vislumbra el rapto de Europa por parte de Zeus.



Aracne, loca de dolor por la destrucción de su obra y por la injusta reacción de la diosa, intentó suicidarse colgándose de un árbol. 

Xilografía representando a Aracne colgada del árbol.
Pero pronto Atenea comprendió que se había dejado llevar por la envidia y que había obrado injustamente, por lo que se compadeció de su competidora y decidió salvarle la vida. Pero no debía quedar sin castigo. Todavía colgada del árbol, Aracne fue convertida en araña. Así ella y sus descendientes podrían tejer y tejer continuamente. Y tejerían por la boca, como castigo de las atrevidas bravatas que lanzaba la lenguaraz Aracne. Sus tejidos alcanzarían una gran perfección, aunque ya nunca más suscitarían la admiración de nadie. 


El maravilloso tapiz de la descendencia de Aracne



Bibliografía

  1. Grimal, Pierre. Diccionari de mitologia grega i romana. Barcelona: Edicions de 1984, 2008, p. 46. ISBN 9788496061972.
  2. Ovidio. Las Metamorfosis. VI, 5 a 145

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