lunes, 13 de junio de 2016

La encendida nariz de Bardolph






 Henry Stacy Marks

Bardolph 
(1853)


Óleo sobre lienzo. 43'2 x 53'3 cm.
Colección particular




En los cuadros de los museos no siempre nos encontramos retratos de individuos de la vida real, cuya existencia cierta ha formado parte de la historia. A veces podemos hallar seres transformados o idealizados; legendarias figuras mitológicas; evocaciones extraordinarias u oníricas o representaciones de  personajes literarios o de ficción. Así a veces encontramos alusiones a Don Quijote (123) y Sancho Panza, al doctor Pangloss, o a Quasimodo, el jorobado de Nôtre Dame. Unos tipos tan bien descritos en la literatura, que el pintor puede plasmar con todos sus caracteres, como si los hubiera visto realmente ante sí. Y el espectador los reconoce también fácilmente, tan familiares son sus rasgos a su imaginación. Tanto es así, que a veces estos protagonistas de la literatura aparecen con alguna de las patologías que se entreven o se explicitan en el texto, ya que las descripciones de la pluma de su autor pueden ser tan precisas como los pinceles del artista. 


John Hamilton Mortimer. Bardolph (40 x 31,5 cm)



La patología de los personajes literarios está a veces tan precisa y bien descrita que hasta se pueden realizar ensayos patográficos sobre ella. Recordemos, sin ir más lejos el brillante estudio que hizo Gregorio Marañón de Don Juan Tenorio. Y todavía más se puede expresar con los pinceles, especialmente la patología cutánea, tan evidente en las representaciones pictóricas. 

John Cawse: Falstaff burlándose de la nariz de Bardolph. 
En la obra de William Shakespeare (1564-1616) podemos encontrar diversos ejemplos. La precisión con la que el gran escritor de Stratford-upon-Avon perfila a sus criaturas ha permitido que sean plasmados con exactitud en las artes plásticas. 
Este es el caso de Bardolph, un personaje secundario que aparece en cuatro de las obras de Shakespeare, que aparece en ambas partes de Enrique IV y Enrique V. Es un soldado borracho que forma parte del entorno de John Falstaff y que comete pequeños delitos. Su nariz engrosada y constantemente enrojecida, su cara purpúrica, le acarrean constantes chanzas e insultos que proporcionan una cierta comicidad al relato. A veces, la intensa inflamación de la nariz de Bardolph llega a ser comparada con las llamas del infierno: 
"a saw a flea stick upon Bardolph's nose, and a' said it was a black soul burning in hell fire"

Según Falstaff, la cara de Bardolph estaba tan encendida que les servía de lámpara que los guiaba en sus fechorías en la oscuridad.

"Do thou amend thy face, and I’ll amend my life. Thou art our admiral, thou bearest the lantern in the poop, but ’tis in the nose of thee. Thou art the knight of the burning lamp".
(Henry IV, 1ª part, act 3, scene 3) 

La característica fisiognómica más destacada de Bardolph es su nariz prominente y permanentemente eritematosa, que podemos identificar fácilmente con rinofima y rosácea. En la obra, Bardolph atribuía su alteración a la "cólera" que en la teoría de los humores vigente en aquel tiempo se identificaba con el valor y la valentía, aunque el príncipe lo achaca más bien al consumo excesivo de alcohol, circunstancia que también se da en Bardolph. Sin embargo en algunos pasajes se hace referencia a pápulas que aunque no son incompatibles con el diagnóstico de rosácea, algunos han interpretado como posibles estigmas de origen sifilítico

Hemos encontrado representaciones pictóricas de Bardolph en la obra del pintor londinense Henry Stacy Marks (1829-1898) y en algunos grabados como el que aportamos aquí de John Hamilton Mortimer (1740-1779), un artista inglés interesado especialmente en obras de tema histórico. Este grabado formó parte en 1775 de una exposición de la obra gráfica de Mortimer sobre temas shakespearianos. 














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