domingo, 5 de junio de 2016

Anecdotario secreto de Ramón y Cajal (IV): Asistencia médica.





 Mariano Benlliure

Estatua sedente de Ramón y Cajal 
(1922-1925)


Escultura de mármol.
Escalera regia del paraninfo 
de la Universidad de Zaragoza




Un accidente de carretera

Mariano Benlliure (1962-1947) fue un escultor valenciano, considerado el último representante del realismo decimonónico. 

Medalla conmemorativa del premio Nobel concedido a Cajal,
obra de Mariano Benlliure (1907)
Gabinete Numismático del MNAC, Barcelona.
En la escalera regia del paraninfo de la Universidad de Zaragoza hay una escultura sedente de Ramón y Cajal, realizada por Mariano Benlliure. Fue inaugurada con gran pompa en 1925, con motivo de la jubilación de Cajal como profesor universitario, bajo la presidencia del rey Alfonso XIII.  

Cajal y Benlliure mantenían una larga y estrecha amistad, que se incrementó con los diversos retratos que el escultor realizó del sabio investigador. 

Precisamente, cuando Benlliure estaba realizando los estudios preparatorios para realizar esta escultura iba a buscar a Ramón y Cajal a su casa de Cercedilla en su automóvil - Cajal no conducía - para trasladarlo a su estudio de Madrid. 

En uno de estos viajes, sufrieron un accidente de automóvil, en un lugar donde unos peones camineros estaban efectuando unas obras. Aunque el percance fue de escasa importancia, Benlliure sufrió un golpe en la cabeza que le ocasionó una herida contusa con la consiguiente hemorragia. 

Cajal rápidamente intentó ayudarle, aunque al poco llegó uno de los peones camineros que, desconecedor de la personalidad del viajero del automóvil, y al verle tan azarado, le dijo: 
- Será mejor que me deje a mí, que bien se ve que usted, de curar heridas no entiende nada. 



¿Qué hacen ustedes ahí? ¡Rápido, llamen a un médico!

Una vez, en plena calle, un viandante se sintió súbitamente indispuesto y sufrió una lipotimia. Al instante, como suele suceder en estos casos, se formó a su alrededor un corro de curiosos.  

Acertó a pasar por allí Cajal, que ya era un personaje muy conocido: había recibido ya el Premio Nobel de Medicina y era una figura de reconocido prestigio y muy popular. Al verlo, el corro de curiosos se abrió, dejándole paso respetuosamente. 

Cuando Cajal llegó al lado del desmayado, y viendo que había perdido el conocimiento, se giró a los curiosos, diciéndoles apresuradamente: 

- Pero ¿qué demonios hacen ustedes ahí parados? ¡Rápido, avisen a un médico!

La sorpresa de los allí congregados fue mayúscula, ya que para ellos Cajal representaba el más alto grado de la Medicina del país. Sin embargo, Don Santiago tenía razón: no es lo mismo ser un experto investigador que ser un médico práctico. 





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