martes, 23 de enero de 2018

El sueño de Morfeo (II): el triunfo de la droga









Santiago Rusiñol

La morfina 

Óleo sobre lienzo 115 x 87,36 cm
Museo Cau Ferrat. Sitges



La cama ocupa todo el espacio del cuadro. Sobre ella, una mujer, que parece enferma, desaliñada, con aspecto descuidado, y con el pelo sin recoger caído sobre los hombros. La mano tensa, agarra con fuerza las sábanas y el tirón ha hecho resbalar al tirante de este lado, que deja un hombro al descubierto. Este dramatismo contrasta con la placidez de la cara, que nos hace pensar que la mujer acaba de dormirse por efecto de la droga. Por si no queda bastante claro, el título del cuadro es explícito: la morfina. 

Cuando pintó este cuadro, Santiago Rusiñol (1861-1931) conocía perfectamente lo que sucedía al recibir una dosis de morfina. Él mismo fue morfinómano durante bastantes años y le costó bastante abandonar esta adicción. Se había enganchado a la morfina cuando comenzó a tomarla para aplacar los dolores que sufría en su pierna como consecuencia de una caída que tuvo en París, y solo terminó dejándola con el apoyo de su mujer cuando se recluyó en el “Cau Ferrat”, la casa que tenía en Sitges. 



Hermen Anglada Camarasa. La droga (1901)

Sin embargo el caso de Rusiñol no era extraño en su época. La morfina era una droga muy extendida entre las damas de alta clase social a finales del siglo XIX. Solían celebrar reuniones en casas privadas para inyectarse colectivamente, e incluso tenían enseres propios para tal asunto, encargados para este fin a joyeros: jeringuillas de plata con incrustaciones de diamantes, cucharas con mangos adornados de rubíes y otras preciosas joyas modernistas.

El mismo Rusiñol - que también era un gran escritor - nos dejó un pasaje bastante explícito en una de sus obras, "Pèl i ploma": 
“Comprendían los enfermos que aquellas horas de calma, pero de calma engañadora, de la casa del silencio, las daba la Morfina; que aquella palidez macabra la traía la Morfina; que aquella fiebre nerviosa que hasta hacía temblar a las mismas paredes blancas, venía de la Morfina; que era ella la que apagaba la vida, la que daba escalofríos, la que con sus dedos de Marquesa y doradas uñas de arpía, estrangulaba con sigilo a los extraños suicidas de la casa del silencio.”
Santiago Rusiñol, “Pèl i ploma

Santiago Rusiñol: Antes de tomar el alcaloide. 

En otra de las obras de Rusiñol, Antes de tomar el alcaloide”, probablemente preparatoria de la anterior vemos a la misma mujer antes de tomar la droga. Al principio, la morfina, que es un polvo blanco, inodoro y soluble en agua, se administraba al principio por vía oral. Más tarde se depositaba sobre algunas escarificaciones realizadas para levantar la piel y absorberse transdérmicamente y finalmente adquirió gran notoriedad gracias a las preciosas jeringas de Pravaz. 


Las jeringas hipodérmicas, dotadas de pistón fueron ideadas precisamente
por el Dr. Charles-Gabriel Pravaz para la administración de la morfina

El método de inyectar la morfina con jeringuilla fue posible al inventarse la aguja hipodérmica en 1853. Fue ideada por Alexander Wood, médico de Edimburgo, cuya esposa padecía un cáncer incurable, precisamente para inyectarle morfina. La esposa de Wood fue la primera persona en recibir la droga por esa vía y la primera en adquirir el “hábito de la aguja”Aunque quien popularizó el método, con tanto éxito que llenó París de yonquis, fue el médico Charles Gabriel Pravaz (1791-1853), quien diseñó una jeringa,  el mismo año que Wood, pero que tenía émbolo, lo que supuso una importante innovación. Una muestra de la extensión del hábito de inocularse morfina es que incluso algunos personajes de ficción, como el sagaz detective Sherlock Holmes, recurrían con frecuencia a las inyecciones de morfina, como se puede encontrar en algunos pasajes de las famosas novelas de Conan Doyle. 




Míticas ilustraciones de Sidney Paget para las novelas de Sherlock Holmes. En ellas se describe como el detective manipula sustancias químicas y como se inyecta morfina. 

Exposición temporal en el Museo de Londres. 

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