dilluns, 25 de setembre de 2017

Incienso: ¿purificación o polución?




Incensario 

(1250-1300)

Latón calado y cincelado con 
esmalte champlevé de Limoges 
18,2 x 13,7 x 13,7 cm
MNAC. Barcelona 




Este incensario medieval, presenta la parte superior calada y troncocónica, en forma de torre, en posible alusión a la Jerusalén celestial.  El esmalte se concentra casi por completo en esta parte superior, en forma de cuatro grandes medallones con una figura angélica en el interior, flanqueados por una sencilla estructura vegetal. En el fondo esmaltado predominan el color azul y turquesa mientras que quedan en reserva los ángeles, y los motivos vegetales. La parte inferior, semiesférica no presenta decoración alguna. 


Faraón haciendo una ofrenda de incienso a Osiris
Este es uno de los muchos incensarios destinados al culto. El uso del incienso como forma de venerar a la divinidad es muy antiguo y ya lo hallamos en el Antiguo Egipto, donde hay numerosos relieves de faraones ofreciendo incienso a los dioses. Y también en la Biblia, donde es citado repetidamente este uso. 


Incensario representado en una vidriera gótica.
Museu d'Art. Girona. 
El cristianismo tomó desde el principio las costumbres paganas, por las que se rendía culto a los dioses quemando incienso, una resina perfumada procedente en su mayor parte de Oriente Medio y de la península arábiga. Los primeros cristianos se negaban a quemar incienso ante el emperador (es decir, a rendirle culto como a un dios) y esto hizo que en diversas ocasiones se les considerara contrarios al Imperio y que se les persiguiera. Los cristianos que apostataban durante las persecuciones eran llamados thurificati, por haber quemado incienso en los altares paganos. 

Cuando bajo el imperio de Teodosio el cristianismo se convirtió  en la religión oficial, tomó de los cultos paganos la costumbre de quemar incienso como un símbolo de la naturaleza divina de Cristo y así lo ha mantenido la iglesia hasta hoy. 
 Naveta medieval de esmaltes. Col. Oleguer Junyent. Barcelona


Naveta decorada con esmaltes de Limoges. MNAC. Barcelona 
El incienso se quemaba en incensarios o turíbulos, una especie de cazoletas o braserillos con tapa en las que se depositaba carbón encendido y sobre él los granos o polvo de incienso. El incienso era guardado en otro recipiente, llamado naveta, por presentar una forma de barca.  El humo aromático así obtenido dió nombre al perfume (voz que deriva de pro fumo, por el humo) Los perfumes ambientales eran básicamente humo de resinas aromáticas. 


El botafumeiro, un descomunal incensario que todavía
se usa en ciertas fiestas religiosas.
Sus dimensiones y peso hace que tenga que ser
accionado por un grupo de hombres fornidos que
tiran de una cuerda: los tiraboleiros.



























Es conocido el gran incensario de la catedral de Santiago, el Botafumeiro (algo así como el echador de humo) Cuando los peregrinos llegaban a Santiago, sus condiciones higiénicas debían ser bastante deficitarias tras el largo camino. El otero desde el que se divisaba por primera vez la catedral compostelana recibe el nombre de Lavacolla (de lava collóns, lavado de testículos) y es fácil suponer la higiene que realizaban allí los romeros para llegar en mínimas condiciones a la tumba del Apóstol. En la catedral hay una torre llamada A torre dos farrapos, donde se quemaban los harapos de los peregrinos, que se revestían de un hábito nuevo. Los peregrinos se alojaban en el triforio de la misma catedral y el hedor de tantos cuerpos mínimamente aseados hacía necesario perfumar el ambiente con un incensario de grandes proporciones: el botafumeiro. 


Fresco románico mostrando un serafín turiferario.
Los serafines estaban dotados con seis alas
llenas de ojos para verlo todo. Frecuentemente
llevaban incensarios como símbolo de las perpetuas
alabanzas con las que adoraban continuamente a Dios.  
Pero volvamos a los incensarios comunes. En general tenían forma de bola o torre, con cubierta calada para permitir el paso del oxígeno necesario para la combustión y la salida del humo perfumado. Para impedir que se apagara el rescoldo, esta bola iba suspendida de unas cadenas que permitían un suave balanceo que avivaba la brasa. Algunos clérigos o monaguillos turiferarios (del latín turiferarĭus, el que lleva el incienso) eran los encargados de mantener encendido el incensario y de darlo al celebrante o al obispo para que con él bendijera el altar, las ofrendas, los sacerdotes o a los asistentes con nubes de incienso. 


Angel turiferario en una vidriera

En Centroamérica sigue viva la costumbre de quemar copal, nahuatlismo con el que se designa la corteza aromática de ciertos árboles de la familia Burseraceae: Bursera aloexylon, B. graveolens, B. jorullensis y Protium copal. 


Incensario con la naveta para el incienso
y la cucharilla para dosificarlo
Aparte de su uso litúrgico, en las últimas décadas se ha popularizado volver a quemar incienso para perfumar los ambientes domésticos o algunas tiendas. En la actualidad suele prescindirse de los incensarios, ya que el incienso se presenta en barritas de fácil combustión. A veces se quema incienso puro, pero en otras ocasiones se mezclan otras esencias como sándalo, ámbar, amizcle, benjuí, patchulí u otras maderas aromáticas.


Incensario de plata s. XVI.
Catedral del Señor Santiago. Eleiz museoa. Bilbao. 
Sin embargo hay que advertir que el uso del incienso debe ser moderado y ocasional. El humo del incienso poluciona el ambiente con sustancias no siempre inocuas. Su uso repetido y continuado podría producir cáncer de forma similar a la del humo del tabaco. 

Y es que en la combustión del incienso encontramos sustancias como benceno, tolueno, etilbenceno, estireno, formaldehído, acetaldehído y acroleína, así como hidrocarburos alipáticos policíclicos.  Por eso es recomendable:





Modernas barras de incienso para uso doméstico
1. Uso esporádico 
2. Evitar la inhalación directa
3. Airear la pieza abriendo la ventana durante al menos diez minutos tras la combustión de una barrita


Angel turiferario, con un incensario
en una manoy naveta de incienso
en la otra. Iglesia de S. Miguel. Estella
Perfumar el ambiente con velas aromáticas poluciona menos, aunque también liberan formaldehído, acetaldehído y tolueno. Pero liberan también óxidos de nitrógeno. Las velas desprenden además partículas mucho más finas que penetran más en el sistema respiratorio y cardiovascular. 

El principal peligro de quemar estos aromas es que el peligro permanece oculto: la mayoría de las personas (cerca de 2/3 partes) creen que al quemar incienso o velas perfumadas "purifican el aire" cuando en realidad lo están polucionando. 




El ritual del botafumeiro en la catedral de Santiago de Compostela











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