martes, 30 de mayo de 2017

Medusas y anafilaxia (I): El príncipe que amaba el mar







Estatua del príncipe 
Alberto I de Mónaco
 Escultura de mármol
Institut Océanographique de Monaco



La anafilaxia es un tipo de reacción alérgica grave que puede poner en peligro la vida. Generalmente afecta a personas que ya están predispuestas por la administración anterior de un medicamento, la ingestión de un alimento o la picadura de una abeja o de una avispa que las ha sensibilizado a una determinada sustancia. 

Cuando se presenta un cuadro anafiláctico aparecen grandes habones en la piel, con inflamación o edema de la misma. Esta hinchazón puede asentar también en la glotis (espacio situado entre las cuerdas vocales) lo que puede causar asfixia. También se producen asma, vómitos, diarrea, e incluso sensación de mareo por descenso de la tensión arterial (choque anafiláctico). 

El príncipe Alberto I de Mónaco
El descubrimiento de esta reacción alérgica tiene una curiosa historia, vinculada al principado de Mónaco y a las investigaciones marinas. 

El príncipe Alberto I de Mónaco (1848-1922) era el propietario del Casino de Montecarlo, pero sentía aversión por los juegos de azar y nunca lo frecuentó. Incluso llegó a prohibir que sus súbditos entraran en él. Pero ésto no impedía que las enormes ganancias del casino le proporcionaran una importante suma de dinero que le permitía financiar fabulosas travesías marinas. Alberto I estaba muy interesado por la oceanografía y solía proponer a algunos científicos viajes a bordo del yate Princesse Alice II, que estaba dotado de laboratorios con todos los adelantos para realizar investigaciones marinas. 

En el verano de 1901, el Dr. Charles-Robert Richet (1850-1935) catedrático de fisiología de la Universidad de La Sorbona y el zoólogo Paul Jules Portier (1866-1962) fueron invitados a un crucero por el príncipe.  La región explorada sería la comprendida entre Madeira, Canarias y Cabo Verde.


El yate Princesse Alice II usado por Alberto I de Mónaco
para realizar investigaciones oceanográficas 

Al príncipe le preocupaban mucho las picaduras de las medusas. Especialmente unas medusas de gran tamaño, las llamadas carabelas portuguesas  (Physalia physalis) que eran abundantes en la zona del Atlántico por donde iban a viajar. Estas medusas - o mejor, pseudomedusas, ya que son sifonóforos - solían habitar en el Atlántico pero en ocasiones se adentraban en el Mediterráneo arrastrados por los vientos del Oeste.


La medusa Phisalia phisalis (carabela portuguesa)
De hecho el objetivo del viaje era ése: investigar sobre las dolorosísimas picaduras de estas medusas que frecuentemente causaban importantes lesiones en los marineros del príncipe monegasco. Incluso algunos de ellos entraban en shock y morían tras contactar con sus filamentos venenosos. 

Alberto encargó a Portier y Richet que intentaran aislar las sustancias que ocasionaban tales efectos. Para estudiar estos casos habían embarcado todo tipo de animales, especialmente conejos y patos, y palomas a los que usaron de cobayas, inyectándoles poco a poco la toxina de dichos animales, que está encapsulada en unas células llamadas cnidocitos y que al contactar con otro organismo liberan su contenido tóxico. Algunas investigaciones previas habían sido realizadas por Jules Richard, primer director del Museo Oceanográfico. 


Jules Richard, primer director del Museo Oceanográfico de Mónaco

Institut Océanographique de Monaco

Los dos investigadores tenían conocimientos previos sobre un fenómeno llamado profilaxis, consistente en la adquisición de resistencia frente a las infecciones y obtenida mediante inyecciones de pequeñas dosis de los gérmenes que las causaban. Los científicos pudieron comprobar experimentalmente que un extracto acuoso preparado con filamentos de esos animales era muy tóxico para los patos y los conejos. En efecto, las medusas se valen de un veneno que secretan sus tentáculos para lograr paralizar a sus presas, antes de ingerirlas. Una toxina a la que llamaban hipnoxina por producir somnolencia y reacciones urticantes tras entrar en contacto con la piel. Pero hacía falta realizar más experimentos y el crucero tocaba ya a su fin. 



Bibliografía: 

Cohen SG, Mazzullo JC. 2009, “Discovering anaphylaxis: Elucidation of a shocking phenomenon”, J. Allergy Clin. Immunol., 866-69.

Rogido GM. Cien años de anafilaxia. Alergol Inmunol Clin 2001; 16: 364-368 http://revista.seaic.org/diciembre2001/364-368.pdf




Animales raros: la Carabela Portuguesa 




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