jueves, 29 de diciembre de 2016

Historia del bidé





Louis-Léopold Boilly

La toilette matutina

Óleo sobre lienzo. 
París. 




Algunos objetos humildes parecen no tener historia. Y si la tienen, pasa desapercibida, casi olvidada por todos. Y sin embargo forman parte de nuestras vidas, comparten con nosotros las actividades cotidianas, algunas tan importantes como la higiene. Uno de estos elementos es el bidé.

Etimológicamente esta palabra deriva del francés bidet en su grafía francesa), que significa pony. En francés antiguo bider significa trotar. Probablemente deriva de la postura que se adopta al usarlo, a horcajadas, similar a la de montar a caballo. Y probablemente los jinetes (o amazonas), que calmaban sus largas cabalgatas en el bidé contribuyeron a popularizarlo. 

Parece ser que podemos encontrar antecedentes del bidé ya en el mundo clásico. Hemos comentado alguna vez ciertas representaciones en cerámicas áticas en la Antigua Grecia. Tácito comenta en su Germania, que algunas damas romanas usaban el solium, un recipiente de plata, para su higiene íntima. 

Pero luego perdemos esta pista durante siglos. No es hasta el s. XVIII cuando lo reencontramos. El Marqués d'Argenson en sus memorias (Mémoires et Jounal inédit, 1710) nos cuenta como es recibido por Madame de Prie en su toilette, manteniendo una conversación con ella en un entorno íntimo que actualmente consideraríamos escandaloso y obsceno. La señora - sin pudor alguno - se dispone a usar su bidé delante del propio marqués, al que invita a quedarse con total naturalidad. 

Bidé de Luis XV
Claro está que en aquellos años los bidés eran movibles, como un mueble, al que llamaban silla de limpieza, y que encontramos en los talleres de los grandes ebanistas europeos. No tenían un lugar concreto de la casa para instalarse y se iban cambiando de una sala a otra. Muchas veces la higiene íntima podía realizarse en el salón o en el dormitorio. 

La transportabilidad de los bidés hacía que pudieran ser incluso fabricados como muebles de viaje. Encontramos este tipo de muebles en los talleres de los grandes ebanistas europeos, ya que estaban confeccionados con un armazón externo de madera. La primera publicidad del bidé data de 1740. A partir de 1750 apareció el bidet à seringue, un bidé dotado de un chorro de agua. Ciertamente la posibilidad de lavar la zona genital sin desvestirse, en un tiempo donde los baños eran realmente escasos, y en una época de gran libertinaje, tuvo que ser un artilugio acogido con entusiasmo. 

Incluso algunas veces había bidés dobles, que permitían su uso a más de una persona. En estos casos, la socialización se añadía a la higiene. Y al lujo, ya que no olvidemos que estos elementos eran privativos de la alta sociedad, y muchas veces el trabajo de ebanistería era acorde a este uso suntuario. Tal era el caso, por ejemplo, del que utilizaba Madame de Pompadour, que era usado habitualmente en un gabinete con motivos chinescos y al que la favorita de Luis XV solía llamar "chaise d'affaires" (que se podría traducir por algo así como "silla de asuntos").
Bidé usado por la emperatriz Sissi
Como decimos, los usuarios de los bidés eran usualmente miembros de la nobleza. Tenemos noticia de que disponía de uno la Emperatriz de Francia, Eugenia de Montijo. En el Palacio Real de la Granja de San Ildefonso, de Segovia hay diversos bidés almacenados que estaban a disposición de quien los solicitara. La Emperatriz Sissi era una firme partidaria de este tipo de aditamentos higiénicos. No solamente tenía uno en Viena sino que dispuso otro en el castillo de Achilleon, su residencia en Corfú. También su malogrado hijo Rudolf era aficionado al bidé y disponía de uno de porcelana.

Además de la nobleza, encontramos documentado el uso de bidés en otras capas sociales, apareciendo por ejemplo en el inventario de los bienes de un canónigo, a pesar de la prevención con los que los miraba la Iglesia. 

Bidés de porcelana vidriada, transportable, del s. XIX.
En las fotos se ve con la tapa y sin ella.
(Fotos gentileza del anticuario Aquiles, de Barcelona)
Los bidés no solamente eran de uso privativo de la realeza y la aristocracia. Eran usados también por antimonárquicos como D. Manuel Azaña, Presidente de la República Española. Cuando el Palacio de Oriente de Madrid se convirtió en Palacio Presidencial, Azaña ordenó construir un espacioso y completo baño, ya que anteriormente no había ninguna cámara prevista para la higiene personal completa y en el que figuraba un bidé fijo.  

Como curiosidad, hay que señalar que en 1911 existían en Madrid una especie de bidés públicos que podían alquilarse por 10 céntimos. En las casas particulares, hasta 1900 se dispuso dentro del dormitorio, hasta que encontró su lugar definitivo en el cuarto de baño a poco de comenzar el s. XX. 

François Boucher. La toilette intime (1741)
Pero aparte de su innegable utilidad higiénica, el bidé era un objeto  que fue visto siempre como un elemento morboso. Su uso habitual en la higiene pre y post-coital lo relacionaban con el sexo y la lujuria. La excesiva higiene de la zona genital había sido visto secularmente como un tabú . Muchas veces se lo relacionaba con la prostitución - de hecho, era un servicio que era ofrecido habitualmente en loas burdeles -  y su uso era compartido por prostitutas y clientes. La Iglesia lo miraba con prevención y además tenía fama de ser usado para practicar abortos.

En algunas épocas el bidé fue visto como solo apto para mujeres. Incluso los hombres veían mermada su masculinidad cuando lo usaban generalmente por prescripción facultativa. Y es que una de las indicaciones del uso del bidé es para el tratamiento de los hemorroides. Lo usaba asiduamente Napoleón, que padecía este problema, agravado por tantas horas montando a caballo. 


Un bidé de porcelana china del s. XVIII, procedente de Sudáfrica
En tiempos más recientes el bidé ha triunfado en muchos países, aunque sigue siendo desconocido en otros. Es el caso de los Estados Unidos, donde es prácticamente desconocido. Es mucho más usado en Europa (especialmente en Grecia, Italia, Francia, España y Portugal); Sudamérica (particularmente en Argentina y Uruguay en donde se encuentra en el 90% de las casas); en Oriente Medio y en algunas partes de Asia (sobre todo en Japón, donde también es habitual en los lavabos públicos) 

Pero seguro que a pesar de su dilatada historia, la mayoría sólo recuerdan la apócrifa y jocosa historia de la Trinca: El Baró de Bidet. 


La Trinca: el Baró de Bidet

Versió Original catalana: 




Versión castellana: 






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