miércoles, 11 de febrero de 2015

El velludo mito de los hombres salvajes









Martin Schongauer

Wilder Mann 
(1480 circa)

Grabados
Städtische Galerie, Karlsruhe





El mito del hombre salvaje proviene de un estereotipo que arraigó en la literatura y en el arte europeos desde el siglo XII. El término salvaje deriva del latín silvaticus, habitante de los bosques. De entrada, hay que destacar su significado plural, aunque la acepción que predomina hoy (individuo  de un pueblo incivilizado) no era la prioritaria en la Edad Media. Los pueblos considerados menos civilizados eran designados como bárbaros, pero no salvajes. El término salvaje aludía sobre todo a un ser mítico, fruto de la imaginación humana, a medio camino del hombre y la bestia, que vivía apartado de la civilización, en los bosques, y que se caracterizaba sobre todo por estar cubierto de pelo. 

La iconografía de estos seres se hizo muy popular. 

         
Según Covarrubias: 


“los pintores, que tienen licencia poética, pintan unos hombres todos cubiertos de vello de pies a cabeça con cabellos largos y barva larga. Éstos llamaron los escritores de libros de cavalerías salvages”
Covarrubias, S. Tesoro de la lengua castellana o española (1611)  Ed. Martín de Riquer. Alta Fulla. Barcelona, 1989 (p. 924)

El papel apotropaico de los salvajes:
Pareja de salvajes protegiendo un blasón en una vidriera
Aunque hay referencias a estos seres ya en los s. XII-XIII es en el s. XV y en el Renacimiento cuando el mito de los salvajes encuentra su real difusión. Coincide con el descubrimiento y difusión de la Germania de Tácito, donde se hace un panegírico de los pueblos germánicos que a diferencia de los romanos no se depilaban y llevaban barba y cabellos largos. La figura del salvaje silvático con su aspecto exageradamente hirsuto y armado con una maza es una germanización de Hércules y en ella confluyen mitos germánicos, célticos, tradición grecorromana y algunos elementos judeocristianos. 


A. Durero. Retrato de Oswolt Krel (laterales) 
1499. Alte Pinakothek, Munich
Los hombres salvajes se representan invariablemente cubiertos de una espesa y homogénea capa de pelo en todo el cuerpo (como las bestias) pero respetando la cara las manos, los pies y (en el caso de las mujeres) los pechos. Es una manera de representarlos sin representarlos, es decir, se les recubre con pelo animal en todo el cuerpo, pero con las zonas más nobles, más humanas lampiñas.  Su vello es una transposición de pelo animal, pero no se representa el pelo propiamente humano. 


El folklore ha conservado su recuerdo. A veces a la pilosidad se asocian otras características de los hombres salvajes: gigantismo, canibalismo, sexualidad desenfrenada, asociación con hojas y vegetación. Se convierte así en una figura vinculada con la fertilidad y con la agricultura. 


Catedral de Barcelona (puerta de Sant Iu)
un salvaje lucha con un grifo.
Frecuentemente la función de los salvajes es la protectora o apotropaica. Muchas veces los encontramos -especialmente en los países germánicos- a los lados de un blasón o de un escudo heráldico (protección del linaje o de la ciudad) o flanqueando las puertas y mostrando sus mazas (protección del edificio).

La figura mítica del salvaje (probablemente inspirada de una u otra forma en algún caso de hirsutismo) nos aclara mucho sobre la consideración peyorativa del vello corporal, que simbólicamente se asocia con la fuerza bruta y a la animalidad en contraposición a la función intelectual y espiritual, consideradas más elevadas.   


Hombres salvajes flanqueando las puertas,
con clara función apotropaica.

Catedral de Ávila. 











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