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martes, 28 de abril de 2020

Las epidemias cambian el curso de la historia

Resultado de imagen de de chirico calles desiertas





Giorgio de Chirico

Enigma de un día
(1914)

Óleo sobre tela. 




Este cuadro desolado y solitario de Giorgio de Chirico, nos puede recordar en cierto modo el aspecto de nuestras calles durante el confinamiento al que ha obligado la pandemia de COVID19 en muchos países, incluído el nuestro. Una medida drástica para intentar frenar el impacto de una enfermedad, que sin duda cambiará el curso de la historia. Aunque no es la primera vez. Las grandes epidemias han supuesto hitos que han girado con frecuencia la historia.  

Las epidemias han afectado a la Humanidad desde hace muchos miles de años. Por lo menos desde el Neolítico, época en la que nace la ganadería y el contacto con diversas especies animales, ya que muchas de las epidemias han sido zoonosis, a partir de otras especies. Tenemos ejemplos de epidemias desde la Antigüedad. La peste de Atenas, o la peste antonina que afectó al Imperio romano en el s. II d. C son algunos ejemplos.
Hace pocas semanas apareció un interesante artículo de D. Jones en la revista New England Journal of Medicine, a propósito de la actual epidemia del CoVID19 y sus previsibles implicaciones en la sociedad y en la historia. 

Jones recuerda que ya Rosenberg argumentó que las epidemias presionan a las sociedades que atacan. Esta cepa hace visibles las estructuras latentes que de otra manera no serían evidentes. Es decir, pueden ser un evidente instrumento de análisis social, revelando que cosas son las que realmente le importa a una población y a quién realmente valoran.

Frecuentemente he comentado en artículos, en conferencias y en este mismo blog, que las enfermedades, y especialmente las epidemias, tienen un impacto importante en la sociedad y que modulan la historia de forma muy importante y que muchas veces han sido tanto o más decisivas como los factores económicos, políticos y bélicos.   



Representación ideal del asalto al call judío de Barcelona en 1391
Litografía de J. Segrelles (1910) 


Una constante en todas las epidemias es la búsqueda de supuestos culpables. Tras la peste negra del s. XIV se culpó primero a los leprosos, aumentando su ya terrible marginación y poco después a los judíos, desencadenando una ola de violento antisemitismo que culminó con los asaltos a los calls y juderías, con grandes matanzas de judíos. Cuando apareció la sífilis en Europa, cada país culpó al otro y esto originó las denominaciones de mal francés, mal de Nápoles, mal español, con la que se conocía la nueva enfermedad. En el cólera de 1835, se acusó a los jesuitas de ser los que envenenaban los pozos. En la gripe de 1918, las potencias beligerantes censuraron la información y acusaron a los españoles (país en donde no se impuso la censura). Ahora no ha faltado quien ha señalado a los vendedores de pescado en los mercados chinos. El caso es que siempre se ha buscado un chivo expiatorio. Este discurso de culpa agudiza las divisiones sociales existentes de religión, raza, etnia, clase o identidad de género. Las disposiciones de los gobiernos, que imponen su autoridad también pueden ser contestadas por otras facciones políticas, aumentando el conflicto social. 


Matanza de jesuitas en Madrid. Circulaba el rumor de que estos religiosos envenenaban los pozos y eran los "culpables" de la epidemia de cólera 
Tras la epidemia de peste negra del s. XIV, la sociedad se transformó profundamente. Según la opinión de muchos historiadores, como Guy Blois, la peste puso fin al período feudal e incluso, en cierto modo, acabó con la Edad Media. Tal vez no fue el único factor, pero la enfermedad, que ocasionó una drástica reducción de la población, matando a más de un tercio de la población europea (y una proporción todavía mayor en ciertas zonas), propició cambios importantes en la economía, la política y la  organización social. 

La sociedad feudal se basaba en que los campesinos trabajaban la tierra que no podían abandonar y estaban sometidos a un señor. Unidos pues a unas tierras y a un señor. Eran familias muy numerosas, ya que se necesitaban muchos brazos para trabajar la tierra. Una tierra que producía poco y no llegaba para alimentar a todos. La gran mortalidad hizo que tras la peste hubiera poca mano de obra, con lo que se dio un gran impulso a la tecnología, que permitía realizar el trabajo con menos operarios. Por otra parte en el régimen feudal los intercambios de bienes eran la norma (se pagaban diezmos y primicias de las cosechas a los señores), pero ahora se comenzó a usar masivamente la moneda, con lo que se impulsó el comercio. También nació una nueva clase social, la burguesía. Por cierto que los médicos cobraron un nuevo protagonismo y pasaron a formar parte de los burgueses y pequeños propietarios. En conjunto, la sociedad del s. XV fue más próspera. Los progresos de la agricultura contribuyeron a incrementar las cosechas, y por otra parte, al ser la población menor, su alimentación fue  también mejor, dejando atrás las hambrunas de la primera mitad del s.XIV.  


También se aprendieron normas de higiene: se debían recoger las basuras, los cadáveres de animales debían alejarse de villas y caminos y sobre todo se debían desratizar las casas. En épocas anteriores, las ratas en las casas eran casi una mascota, con la que jugaban los niños sin ningún problema. La peste enseñó que las ratas podían ser animales peligrosos y llevar consigo la muerte. Otra cosa que sucedió es que se perdió el miedo a navegar y se inauguró una época de grandes navegaciones.

Atreverse a navegar llevó a los europeos a explorar nuevas tierras, como América. Y aquí se produjo un nuevo choque microbiológico entre dos poblaciones humanas hasta entonces separadas. Los europeos llevaron a América un gran número de enfermedades que hasta entonces eran desconocidas allí: sarampión, varicela, viruela, tifus, difteria o gripe, que hicieron estragos en una población desprotegida inmunológicamente. La mortalidad fue importantísima, cerca de un 90% de la población. Según el University College de Londres, el Imperio azteca debía tener unos 60 millones de habitantes, y en pocos años quedó reducido a 5 o 6 millones. Como si no, podría Hernán Cortés con un puñado de hombres y 16 caballos haber conquistado el Imperio de Moctezuma?

Carlos Esquivel y Rivas. Prisión de Guatimocín, último emperador de México. Museo del Prado. Madrid

Esto conllevó incluso un cambio climático en el planeta. El brusco descenso de la población implicó la reforestación de vastos territorios. Los bosques cubrieron unos 600.000 km2, una superficie similar a la que ahora ocupa Francia. Esto produjo una disminución del CO2 (que ha podido comprobarse por el estudio del hielo polar) y una disminución de las temperaturas en todo el mundo (la llamada pequeña edad glacial). Irónicamente una de las zonas más perjudicadas fue Europa que se enfrentó a una época de malas cosechas y a hambrunas.


La imponente selva del Petén, en el yacimiento maya de Tikal, atestigua la importante reforestación de América Central que ocasionó un cambio climático, con un enfriamiento global del planeta.  

Pero también los conquistadores trajeron enfermedades a Europa. Entre ellas probablemente la sífilis, que se expandió por todo el continente con una gran prevalencia. En ausencia de tratamiento, la sífilis fue un flagelo terrible. Según Alfred Fournier, el gran sifiliógrafo francés a finales del s. XIX afectaba a un 15 % de la población de París. Pero no solamente eso. Al contraerse por vía sexual, la sífilis cambió las costumbres sociales. Desaparecieron los baños públicos. Era una enfermedad vergonzante, unida de forma evidente con el pecado. Incluso había manuales de automedicación para evitar el oprobio de consultar al médico. De forma no siempre justificada, la sífilis se vinculó a la prostitución. Otro culpable. En 1905 se descubrió su agente causal, Treponema pallidum y poco después el primer tratamiento algo efectivo, Salvarsan. Aunque el remedio definitivo, la penicilina, no llegaría hasta 1945.


Librito de automedicación para tratarse la sífilis evitando una consulta médica (1835)



Antes, en el s. XIX, habían tenido lugar diversas pandemias de cólera, una infección por Vibrio cholerae, que se contagia por beber agua contaminada. El principal síntoma es una copiosa diarrea que puede llegar a ser de 30 l/d. En la península Ibérica se produjeron cuatro grandes epidemias:

              1833-1834 que causó 300.000 muertos
              1817-1823, 236.000 muertos
              1865, con 120.000 muertos
              1885, con otros 120.000 muertos

El médico catalán Jaume Ferran puso a punto una vacuna, a pesar de las cortapisas que le puso el gobierno español de la época. 

Las sucesivas epidemias de cólera también cambiaron a la sociedad. Los primeros estudios de epidemiología llevados a cabo en Londres por John Snow pusieron de manifiesto la necesidad de tomar medidas higiénicas para prevenir la enfermedad. Lconsecuencia fue que se aprendió que debían tratarse las aguas con cloro para potabilizarlas y realizar conducciones de aguas a las casas y promover un nuevo diseño de las aguas negras a la cloaca, desapareciendo progresivamente desde entonces los pozos negros que eran habituales hasta entonces.  Empezaron a aparecer los cuartos de baño en las casas. 

La sala de un hospital durante la epidemia de gripe de 1918



En el s. XX tuvo lugar la gran epidemia de gripe de 1918-1920, la mal llamada gripe española. En realidad se había originado en Kansas y fue traída a Europa por un combatiente de la I Guerra Mundial. Pero las potencias en guerra censuraban toda información de la pandemia. España era un país neutral y la prensa española informaba libremente. Por eso se le empezó a llamar gripe española. Pero afectó a toda Europa causando entre 50 y 100 millones de muertos. Mucho más que la Guerra Mundial con 18 millones de muertos. 

Las transformaciones de la gripe se solaparon con las de la contienda, y es difícil deslindar si se debieron a la pandemia o a la guerra. Lo cierto es que la sociedad cambió. El gran número de vacantes laborales favorecieron la incorporación al trabajo de la mujer, que a pesar de los esfuerzos de las sufragistas había encontrado hasta entonces muchas dificultades. Bajó considerablemente el porcentaje de población dedicado a la agricultura y se incrementó definitivamente el trabajo industrial.

Mujeres en el patio de una fábrica (Mnactec Terrassa)

En 1981 apareció el sida, enfermedad transmitida por vía sexual y a través de la sangre. La modificación de costumbres que conllevó están todavía frescos en el recuerdo de todos: La higiene de las transfusiones de sangre en los hospitales, la higiene del sexo ocasional, la modificación de las costumbres sexuales entre los jóvenes, la reducción y casi desaparición de las drogas parenterales.

Ahora, la pandemia de COVID19 volverá a cambiar el curso de la historia. Cuando la superemos nos enfrentaremos a una sociedad nueva, distinta, y como la peste cuando terminó con el feudalismo, tendremos que construir una nueva era. Esperemos que los que sea una época mejor menos frívola y decadente que la que la suerte nos deparó vivir hasta ahora.  

Bibliografía 

Bois G. La gran depresión medieval: siglos XIV-XV. El precedente de una crisis sistémica. Biblioteca nueva. Universitat de València, 2009. 

Cremades F. El regiment de preservació de pestilència (1348) de Jacme d'Agramont. Història del manuscrit guardat a Verdú, context i versió en català actual. Museu Comarcal de l'Urgell-Tàrrega, 2016. 

Le Goff J. La Edad Media y el dinero. Ensayo de antropología histórica. Akal. Madrid, 2012. 

Jones D. History in a crisis-Lessons for Covid-19 March 12, 2020 DOI: 10.1056 / NEJMp2004361  https://www.nejm.org/doi/full/10.1056/NEJMp2004361


Listado de autores.
Las epidemias cambian la Historia








jueves, 11 de julio de 2019

Carlos II (I): una infancia enfermiza







Juan Carreño de Miranda

Retrato de Carlos III 
 (1675)

Óleo sobre lienzo. 201 x 141 cm
Museo del Prado, Madrid 




Carlos II (1661-1700) era hijo de Felipe IV (1605-1665) y Mariana de Austria (1634-1696), y fue el último monarca de la dinastía hispánica de los Habsburgo. Al morir sin hijos, dio lugar a la guerra de Sucesión y tras esta, al reinado de Felipe V, que instauró la dinastía borbónica.

Carlos II nació el 6 de noviembre de 1661, cinco días después de la muerte de su hermano Felipe Próspero, siendo inmensa la alegría en la corte. La Gaceta de Madrid daba la noticia así: 
 “...un robusto varón, hermosísimo de facciones, cabeza proporcionada, pelo negro y algo abultado de carnes”.
Pero la identidad sexual del recién nacido no quedaba tan clara, y suscitaba algunas dudas. En una carta al embajador de Viena, Pötting, se comentaba: 
Dicen claramente, entre otras cosas, que no creen tenga España un príncipe, porque no es varón sino hembra”.
Y tampoco era tan sano, a juzgar por un informe enviado a Luis XIV, rey de Francia: 
“El príncipe parece extremadamente débil, tiene en las dos mejillas una erupción de carácter herpético, la cabeza está cubierta de costras, se le ha formado debajo del oido derecho una especie de canal o desagüe que supura. De esto último nos hemos enterado por otros conductos, ya que un gorrito hábilmente puesto, impide ver esa zona”.
Un retrato idealizado de Carlos II
Efectivamente, la infancia del príncipe Carlos no se caracterizó por la buena salud.  Con un año de edad, tenía erupciones cutáneas, supuración bajo el oído derecho, diarreas de repetición, y las fontanelas abiertas, que no se cerraron hasta los 3 años, edad en la que todavía no era capaz de mantenerse en pie. Hasta los 6 años no pudo andar e incluso hasta los 9 años lo hacía con bastante dificultad. Su alimentación era exclusivamente de teta hasta casi los 4 años. Fue amamantado por 14 nodrizas, que se iban relevando a causa de los mordiscos que recibían en los pezones. Como que Carlos subió al trono en 1665, siendo todavía un niño de 3 años, resultaba indecoroso que siguiera mamando y eso hizo conveniente suspender la lactancia. 


Carlos tuvo una infancia muy enfermiza. Padeció infecciones bronquiales, dentales, sarampión y varicela a los 6 años, rubéola a los 10, viruela a los 11. Presentaba el prognatismo familiar de los Austria en un alto grado, lo que le hacía masticar mal, lo que unido a su glotonería le producía frecuentes diarreas. Tenía una gran adicción al chocolate. 

Además padecía de epilepsia, con frecuentes crisis y desmayos. Los desmayos se hicieron cada vez más largos y frecuentes. Alrededor de los treinta y siete años, sus desmayos llegaron a ser tan largos que duraban a veces más de dos horas y se acompañaban de unas sacudidas bruscas de los brazos y de las piernas, y de unos movimientos de los ojos y de la boca hacia un mismo lado.

En 1669, uno de los frecuentes accesos febriles que presentaba se acompañó de hematuria, la cual se repitió en varias ocasiones. Como se le quería proteger de contagios y además preservar su poco agraciada imagen de la visión de sus súbditos no salía casi nunca al exterior, por lo que tenía la piel muy pálida y desarrolló un raquitismo por carencia de exposición solar, en tal grado que apenas se tenía en pie. 

Por otra parte, tampoco destacó por sus dotes intelectuales, sino todo lo contrario, pues hasta los 9 años hablaba con dificultad y no sabía leer ni escribir. Tampoco llegó a aprender ningún idioma fuera del castellano (Normalmente los reyes dominaban latín, francés, italiano y catalán). 


Sebastian Barnuevo: Retrato ecuestre de Carlos II.
Un retrato idealizado, propagandístico,
ya que el rey no sabía montar a caballo.  


Sin embargo, todas esas debilidades del rey eran cuidadosamente ocultadas. Los reyes, en aquel momento, solo solían salir del Palacio para asistir a misa, presidir alguna ejecución de la Inquisición y algún otro acto oficial. Los traslados a estos actos se realizaban en coches cerrados y fuertemente escoltados, por lo que estaban lejos de la vista directa de sus súbditos. La imagen del rey se conocía solamente por los retratos oficiales, y los pintores de la corte intentaban suavizar la imagen patológica y poco agraciada del soberano. Muchos retratos se idealizaban, por conveniencia política, presentando una visión lejana de la realidad. Si bien Carlos nunca supo montar a caballo, se tomaba como modelo a uno de sus pajes para pintar un retrato ecuestre y se le ponía la cara del monarca. Si su aspecto era manifiestamente el de un débil tarado, canijo y enclenque, se le rodeaba de leones y águilas, o de retratos de sus gloriosos antepasados. Si tenía un prognatismo exagerado y la nariz afilada, se le colocaba un sombrero encima de la larga cabellera, se le redondeaba la nariz y se le pintaba una barba.  



Juan Carreño de Miranda: Carlos II (1685)
Kunsthistorische Museum, Viena. 

Sin embargo, disponemos de descripciones más ajustadas a la realidad, como la que hizo el nuncio papal cuando Carlos tenía veinte años: 
"El rey es más bien bajo que alto, no mal formado, feo de rostro; tiene el cuello largo, la cara larga y como encorvada hacia arriba; el labio inferior típico de los Austria; ojos no muy grandes, de color azul turquesa y cutis fino y delicado. El cabello es rubio y largo, y lo lleva peinado para atrás, de modo que las orejas quedan al descubierto. No puede enderezar su cuerpo sino cuando camina, a menos de arrimarse a una pared, una mesa u otra cosa. Su cuerpo es tan débil como su mente. De vez en cuando da señales de inteligencia, de memoria y de cierta vivacidad, pero no ahora; por lo común tiene un aspecto lento e indiferente, torpe e indolente, pareciendo estupefacto. Se puede hacer con él lo que se desee, pues carece de voluntad propia."

Comenzó a circular el rumor en la corte que el rey había sido víctima de un hechizo por parte de los enemigos del reino. Decían que le habían administrado un bebedizo disimulado en una taza de chocolate. El bulo, que intentaba exculpar al monarca, dio pronto lugar al epíteto con el que ha pasado a la historia: "El hechizado".  

jueves, 23 de agosto de 2018

La gran epidemia antonina (y III): La peste de Cipriano





Jules Élie Delaunay

Peste en Roma 
(1869)

Óleo sobre lienzo 131 x 176,5 cm
Musée d'Orsay. Paris.



Jules Élie Delaunay (1828-1891) fue un pintor francés conocido principalmente por sus pinturas murales y sus retratos. Durante una estancia en Roma, en 1857, visitó la iglesia de S. Pietro in vincoli, donde quedó impresionado por una pintura mural de 1497 representa una epidemia de peste y que sin duda le sirvió de inspiración para ejecutar esta obra. 

La pintura recrea una calle en la que se ven varias víctimas de la peste. A lo lejos se vislumbra la estatua ecuestre de Marco Aurelio, y a la derecha la estatua de Esculapio, el dios de la medicina, bajo la que se han refugiado dos personajes. La escena está dominada por un terrorífico ángel con las alas desplegadas, que parece señalar las casas en las que se producirán contagios de la enfermedad. La representación juega con elementos contrapuestos: vida y muerte, paganismo y cristianismo, en una obra a caballo entre el simbolismo y el género fantástico, que da por resultado una de las obras que fueron más comentadas en el Salón de París de 1869. 

La presencia de la estatua ecuestre del emperador romano Marco Aurelio nos remite en cierto modo al tema de la gran epidemia antonina que asoló el Imperio Romano en el s. II. y de la que ya he hablado en otras entradas. Una epidemia con gran mortalidad que como hemos visto se achaca a la viruela, sarampión, gripe (una cepa virulenta, similar a la gripe española de 1918) o tal vez una fiebre hemorrágica. 

El emperador Claudio II el Gótico,
una de las postreras víctimas de la epidemia. 
La epidemia en cuestión tuvo varios brotes en años sucesivos. Uno de ellos, acaecido 70 años más tarde, a mediados del s.III (251 d.C.) es conocido como la plaga de Cipriano, ya que fue comentada en los sermones del obispo cristiano de Cartago, Cipriano. La enfermedad se unió a la miseria y a la decadencia del s. III, en plena anarquía militar y asoló la cuenca mediterránea durante unos 15 años, aunque hubo algún brote aislado algunos años más tarde, como el que acabó con la vida del emperador Claudio II el Gótico en 270 d.C. 

El obispo Cipriano, en su tratado De Mortalitate enumeró los síntomas de la enfermedad: en una primera fase aparecían los ojos enrojecidos, y una inflamación faríngea, a lo que seguían vómitos, diarrea y gangrena en las extremidades, con fiebre alta, con pérdida de la visión y la audición:  
“Es una prueba de fe: a medida que la fuerza del cuerpo se disuelve, que las entrañas se disipan, que la garganta se quema, que los intestinos se sacuden en vómitos continuos, que los ojos arden con sangre infectada, que los pies y las extremidades han de ser amputados debido al contagio de la enferma putrefacción y que la debilidad prevalece a través de los fallos y las pérdidas de los cuerpos, la andadura se paraliza, se bloquea la audición y la visión desparece”.
 “El dolor en los ojos, el ataque de las fiebres y el tormento en todas las extremidades son los mismos entre nosotros y entre los demás”.
Cipriano de Cartago,
de Meister von Meßkirch.
Cipriano consideraba la enfermedad como una prueba de fe, una preparación al martirio. De hecho, los sufrimientos que produjo la epidemia produjeron conversiones en masa al cristianismo, una religión emergente que valoraba la mortificación y el dolor, prometiendo una nueva vida después de la muerte. 

Los sermones de Cipriano proporcionan otros datos interesantes: que se propagó a casi todas las familias ("todas las casas") y que hubo un gran descenso de la población (algunos autores cifran en una reducción de la población en más de un 60%): 
“Esta inmensa ciudad ya no contiene un número grande de habitantes como solían describir los ancianos”.
En ningún caso se hace referencia a la presencia de bubones o adenopatías, por lo que parece descartable que se tratara de una peste bubónica. El Prof. William Mc Neill se inclina por identificarla con la viruela o sarampión. Aventura la hipótesis de que tal vez la peste antonina y la peste de Cipriano fueran dos enfermedades distintas, y que probablemente una fuera viruela y otra sarampión, justificando la alta mortalidad en que serían dos infecciones de nueva aparición en Europa, y con población que nunca había estado en contacto con ellas anteriormente.  

La alta tasa de mortalidad ha hecho plantear recientemente una nueva hipótesis al Prof. Kyle Harper, catedrático de la Universidad de Oklahoma que se inclina por considerar que probablemente sería una infección por filovirus, similares a la producida por el virus del Ebola. En estos casos, la tasa de mortalidad es muy alta (50-70%) y los enfermos no suelen sobrevivir más de tres semanas. Una interesante hipótesis, según la cual enfermedades que hoy consideramos nuevas o emergentes pudieron jugar un importante papel en el pasado. Una razón más para prestar atención a los análisis de la historia desde un punto de vista médico. 


Bibliografía

Harper K. Fate of Rome: Climate, Disease, and the End of an Empire (The Princeton History of the Ancient World) 2017


Kohn GC. Encyclopedia of Plague and Pestilence. Wordsworth ed ltd. Hertfortshire 1998.

McNeill WH. Plagues and Peoples. Garden City, NY. Anchor Press/Doubleday, 1976. 

Solá M. La misteriosa epidemia que casi acabó con el Imperio Romano https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2017-11-05/la-misteriosa-plaga-que-casi-acabo-con-el-imperio-romano_1471443/

Wazer C. The plagues that might have brought down the Roman Empire. The Atlantic, 2016 https://www.theatlantic.com/science/archive/2016/03/plagues-roman-empire/473862/




miércoles, 22 de agosto de 2018

La gran epidemia antonina (II): una mortífera enfermedad






Eugène Delacroix

Últimas palabras del emperador Marco Aurelio 
(1844)

Óleo sobre lienzo 348 x 260 cm
Museo de Bellas Artes. Lyon.



Eugène Delacroix (1798-1863) era un gran admirador del emperador romano Marco Aurelio, a través sin duda de la lectura de su gran obra Meditaciones, una pieza fundamental de la filosofía estoica. Quiso rendirle homenaje con este cuadro, que presentó en el Salón de París de 1845. Sin embargo, no tuvo muy buena acogida de la crítica. En el catálogo se puede leer: 
"La figura de Marco Aurelio, a pesar de estar enfermo y agónico, nos parece que está en un prematuro estado de descomposición. Las sombras de verde y amarillo que aparecen en su cara, le dan una apariencia bastante cadavérica [...] algunos ropajes están demasiado arrugados y ciertas  actitudes carecen de nobleza."

Una de las voces que discrepó de esta opinión negativa de esta pintura fue la del escritor y también crítico de arte Charles Baudelaire, que afirmó: 
"Es una hermosa, enorme, sublime e incomprendida pintura."
La obra describe las últimas horas del emperador Marco Aurelio. El emperador se representa como un hombre enfermo en su lecho que toma del brazo a una figura vestida de rojo, su hijo Cómodo, que se muestra con una actitud arrogante, sin prestar mucha atención a lo que le dice su padre. Otras figuras apenadas, en tonos sombríos rodean la cama. 

El emperador falleció en Vindobona (actual Viena) como consecuencia de la enfermedad que las legiones romanas trajeron de la guerra contra los partos y que se conoce como "peste antonina". El cuadro quiere evocar las últimas palabras del emperador que según la tradición fueron:  
"¿Por qué me lloráis y no pensáis más en la peste y en la muerte ante la que todos caeremos?" 
(SHA, Vita Marcus Aurelius XXVIII.4)

Esta reflexión postrera del emperador demuestra la gran preocupación que le causaba la epidemia que afectaba al pueblo de Roma. Efectivamente la pandemia que se abatió sobre el Imperio Romano fue terrible. Se calcula que causó entre 5 y 7 millones de defunciones.  


Busto del emperador Lucio Vero Antonino.

Algunos creen que su
mirada ya refleja la enfermedad
que terminó con su vida.

Museo Arqueológico. Atenas.
Una de las víctimas de la enfermedad fue el co-emperador Lucio Vero, que regresó enfermo de la campaña de Germania en 169, no sin antes contribuir a la propagación de la epidemia
Tuvo la fatalidad, según parece, de llevar consigo la peste a todas las provincias por donde pasó, hasta que llegó a Roma 
(SHA., Vita Verus VIII.1)
La enfermedad diezmó a la población del Imperio romano, desde el Éufrates a la Galia. Según el cronista hispano Paulo Orosio muchas villas y ciudades perdieron todos sus habitantesy quedaron totalmente despobladas. Aunque es difícil establecer estimaciones de mortalidad, se calcula que fue de un 10-50% de los habitantes. Según el historiador Dion Casio (73.14.3-4), en uno de los brotes (189 dC) morían  cada día más de 2000 personas.  

El mal se cebó especialmente en las legiones, que soportaban unas precarias condiciones de salubridad, lo que significó un notable debilitamiento del ejército. La carencia de efectivos fue tanta que se tuvo que reclutar nuevos legionarios y se incorporaron esclavos, delincuentes, gladiadores.  También se incorporaron mercenarios e incluso se tuvieron que incorporar fuerzas de los bárbaros aliados. 

La desesperación estimulaba la piedad. Se recurrió a hacer rogativas a los dioses, restaurando incluso cultos y ritos ya abandonados. La delicada situación estimulaba la superstición. Aparecieron charlatanes e impostores por doquier, vendiendo supuestos amuletos protectores. El más famoso fue un profeta oriental llamado Alejandro que se enriqueció vendiendo unos versos que supuestamente protegían si se ponían en el dintel de la puerta. Como puede imaginarse su acción era nula. Luciano de Samosata comentaba: 
"el verso era el siguiente: Febo, el de incortable cabellera, aleja una nube de peste. Y en todas partes se podía ver el verso grabado en los portales como fármaco para rechazar la epidemia. Pero para la mayoría de las casas, las cosas salían al revés. Con la suerte de espaldas, se quedaban vacías las casas en cuyo portal estaba grabado el verso
No faltó quien echó la culpa de los contagios a los cristianos, una secta cada vez más numerosa que era percibida como traidora a Roma, ya que se negaban a rendir culto al emperador, ya que según sus creencias era un culto idolátrico. 

La gravedad de la enfermedad obligó a tomar medidas sanitarias para intentar frenar su propagación: 
"...surgió una epidemia tan grande que los cadáveres se transportaron en distintos vehículos y carruajes. Los Antoninos promulgaron entonces leyes severísimas respecto a la inhumación y a las sepulturas, pues prohibieron que nadie las construyera a su gusto […] Por cierto, dicha epidemia acabo con muchos miles de personas, muchas de ellas de entre los primeros ciudadanos […] Y fue tanta su bondad que ordeno sepultar los cadáveres de los más pobres, incluso a costas del fisco" 
(SHA,Vita Marcus Aurelius XIII.2-6).

Una de las preguntas que se nos plantea es la naturaleza de esta epidemia. Aunque ha pasado a la historia como "peste antonina" (ya que se produjo bajo la dinastía de los Antoninos), el nombre de peste no significa que fuera una infección ocasionada por Yersinia pestis. En la antigüedad el nombre de peste tenía el significado de enfermedad epidémica, ya que pocos conocimientos se tenían sobre  etiología. 


Retrato ideal de Galeno.
Salón de Actos de la Real Academia de Medicina. Madrid
Tenemos la suerte de contar con un testigo presencial de excepción: Galeno, el gran médico del s. II, que en su tratado Methodus Medendi describió minuciosamente los síntomas de la enfermedad: fiebre, diarrea, inflamación de la faringe. Las erupciones cutáneas, que a veces eran pustulosas o simplemente eritematosas, aparecían hacia el noveno día. A causa de esta detallada descripción algunos también se refieren a la "peste antonina" como la "peste de Galeno". 

A la vista de esta semiología, la mayoría de los historiadores de la medicina optan por considerar que se podría tratar de una epidemia de viruela. Aunque no es una opinión unánime: otros creen que podría tratarse de sarampión. Kyle Harper, catedrático de la Universidad de Oklahoma, se inclina por otras hipótesis alternativas: una gripe virulenta (como la "gripe española" de 1918) o una fiebre hemorrágica viral producida por filovirus, similar a la producida actualmente por el virus del Ébola. 

La epidemia tuvo diversos brotes en años sucesivos. Próximamente trataremos del brote que tuvo lugar 70 años después conocido como "la peste de Cipriano". 


Bibliografía

Últimas palabras del emperador Marco Aurelio. https://es.wikipedia.org/wiki/Últimas_palabras_del_emperador_Marco_Aurelio

Birley A. Marco Aurelio: Una biografía. Editorial Gredos, 1edición, Madrid, 2009. 

Cunha CB, Cunha BA. The great plagues of the past: remaining questions. En: M. Drancourt, D. Raoult Eds. Paleomicrobiology: past human infections. Elsevier, New York; 2007: 1-20.

Harper K. Fate of Rome: Climate, Disease, and the End of an Empire (The Princeton History of the Ancient World) 2017

Kohn GC. Encyclopedia of Plague and Pestilence. Wordsworth ed ltd. Hertfortshire 1998.

Littman RJ, Littman ML. Galen and the Antonine plague. American J Philol 1973; 94: 243-55.

Sáez A. La peste Antonina: una peste global en el siglo II d.C. Rev. chil. infectol. vol.33 no.2 Santiago abr. 2016 http://dx.doi.org/10.4067/S0716-10182016000200011