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lunes, 10 de junio de 2019

Cantáridas: Un afrodisíaco peligroso





Domenico Fancelli

Sepulcro de los Reyes Católicos
 (1517)

 Escultura. Mármol de Carrara  
Catedral de Granada



Fernando II de Aragón (1452-1516) era hijo de Juan II y Juana Enríquez. A la muerte de su hermanastro Carlos, príncipe de Viana, se convirtió en el príncipe heredero de la confederación catalanoaragonesa. Durante la Guerra Civil catalana (1462-1472), en la que tomó parte activa, se familiarizó con la administración del estado a instancias de su padre.


Fernando II de Aragón
Fernando continuó la tradicional expansión mediterránea de sus antecesores. Se casó con Isabel de Castilla, por lo que fue nombrado rey de Castilla  como Fernando V, reinando con su mujer en aquel reino. El papa Borja, Alejandro VI les concedió el título de Reyes Católicos con el que han pasado a la historia. Bajo el reinado de los Reyes Católicos, Castilla  conquistó el reino de Granada (último bastión musulmán en la península Ibérica); Colón llevó a cabo el descubrimiento de América bajo los auspicios de Castilla y se expulsó a los judíos tanto de los territorios de Castilla como de los reinos de la Corona de Aragón (decreto de la Alhambra). También tuvo lugar la Sentencia de Guadalupe, por la que se ponía fin a la Guerra dels Remences de Cataluña, probablemente la primera revolución popular frente a los nobles de Europa, y que propició el surgimiento de una nueva clase social, la burguesía. 

Fernando fue el típico rey renacentista, que tanto con las armas como con alianzas matrimoniales fue concentrando el poder en la corona, menoscabando el poder feudal de los nobles. Cuando Maquiavelo escribió su famosa obra Il Principe, se inspiró probablemente en Fernando II de Aragón. 


Eduardo Rosales: Isabel "la Católica", dictando su testamento. 


Se suele repetir continuamente por parte de una historiografía interesada en crear ciertos mitos con finalidad manipuladora, que los Reyes Católicos unificaron España. Nada más falso. Si bien Fernando actuó como rey en Castilla mientras Isabel vivió, Isabel nunca actuó en la corona catalanoaragonesa como reina. Y cuando Isabel murió, víctima de un cáncer de útero, en 1505, los reinos volvieron a separarse. 


Fernando II de Aragón
Tras la muerte de Isabel, Fernando perdió sus prerrogativas como rey en Castilla y se retiró a los territorios de la Corona de Aragón, donde siguió reinando el resto de su vida (12 años más).  Como convenía dejar un heredero de estos reinos, contrajo nuevo matrimonio con Germana de Foix, sobrina del rey Luis XII de Francia (1506). 



El rey era ya mayor para la época (54 años), pero la novia tan solo contaba 18 años. De este desigual matrimonio nació el príncipe Joan, que murió al poco de nacer (1509). Apremiaba la necesidad de tener otro descendiente. Fernando era cada vez más mayor y más cansado. Padecía una disfunción eréctil, por lo que hacía falta estimular la actividad genésica del monarca y se le administraban todo tipo de alimentos con fama de excitar la líbido y una gran cantidad de preparados afrodisíacos. 


Germana de Foix, la segunda
esposa de Fernando el Católico. 
Uno de estos afrodisíacos eran las cantáridas. Polvo triturado de alas de unos escarabajos, que eran muy reputados como estimulantes sexuales. Pero el rey necesitaba una dosis cada vez mayor, hasta que sufrió una congestión circulatoria generalizada, que acabó con su vida al producir una hemorragia cerebral.



Así lo cuenta Jerónimo Zurita, cronista del Reino de Aragón, que dice que el monarca sufrió una grave enfermedad ocasionada 

«por un feo potaje que la Reina le hizo dar para más habilitarle, que pudiese tener hijos. Esta enfermedad se fue agravando cada día, confirmándose en hidropesía con muchos desmayos, y mal de corazón: de donde creyeron algunos que le fueron dadas yerbas».  
De hecho los efectos tóxicos de las cantáridas eran bien conocidos. Junto con el arsénico, era uno de los ingredientes del Acqua Toffana, un potente veneno muy famoso en el s. XVII, que tomó el nombre de Giulia Toffana, una envenenadora siciliana que proveía de él a mujeres que querían deshacerse de sus maridos. Una alta dosis de cantáridas por vía oral causa la irritación de la mucosa gastroduodenal, vómitos, mareos, diarreas, y conduce a un fallo renal que suele acabar con la vida. 
  
Las cantáridas (Lytta vesicatoria L.) son coleópteros de la familia Meloidae, que miden unos 15 a 22 mm de largo y de 5 a 8 mm de ancho, de un hermoso color verde brillante con reflejos metálicos. En inglés se conocen con el nombre de spanish fly, una denominación doblemente engañosa, ya que ni son moscas ni se encuentran exclusivamente en la Península Ibérica. De hecho se pueden encontrar desde el sur de Europa hasta Asia central, donde suelen instalarse en bosques de fresnos, saúcos o en las hojas tiernas de los olivos.


Las cantáridas (Lytta vesicatoria L.) producen
una sustancia irritante, la cantaridina.  

















Los fluidos corporales y los élitros de estos escarabajos contienen cantaridina, una sustancia vesicante que produce ampollas en la piel, y que estos animales segregan como arma de defensa cuando se sienten en peligro. La cantaridina suele formar parte de una hemolinfa de antenas y articulaciones de las patas, y en su fluido oral. 

Si se ingiere, es eliminada por la orina produciendo una irritación del canal urinario, con gran vasodilatación y una erección del pene más cercana al priapismo, lo que le ha dado una cierta fama como afrodisíaco. Su principal mecanismo de acción es la vasodilatación, por la que se aumenta el flujo de los cuerpos cavernosos del pene y por este motivo producen una erección. En cierto modo su acción es similar a las sustancias vasodilatadoras actuales como sildenafilo (Viagra ®). Sin embargo, la dosis necesaria para obtener este efecto es muy cercana a la dosis tóxica, que puede causar necrosis de los túbulos renales con hematuria y desenlace mortal en muchos casos. De hecho 2g de polvo de cantáridas pueden matar a un adulto. 


Estructura química de la cantaridina     
El uso de las cantáridas como afrodisíaco se remonta a tiempos remotos. Ya la citaba Plinio el Viejo y Livia, la mujer de Augusto, la usaba como afrodisíaco aunque con fines políticos. Fue profusamente usada en orgías por libertinos como Giacomo Casanova y el Marqués de Sade. 


La cantaridina (C10H12O4) fue aislada por primera vez por el químico francés Pierre Jean Robiquet (1780-1840) en 1812 y sintetizada por Ziegler en 1942. Es un producto que ha sido usado en la farmacopea dermatológica para producir irritación y ampollas controladas en la piel, lo que puede ser útil para el tratamiento de verrugas epiteliales benignas (verrugas vulgares), verrugas plantares o molluscum contagiosum. También se había usado en dosis pequeñas para producir una cierta rubefacción en los casos de alopecia areata, por ejemplo. La irritación local estimulaba el crecimiento del cabello.  


Marqués de Sade (1740-1814)
Fernando el Católico no fue el único en sufrir los efectos de la cantaridina. En 1772, en Marsella, el Marqués de Sade la distribuyó a las damas que participaban con él en una orgía y se produjeron intoxicaciones y diversas muertes entre las muchachas. El libertino marqués fue juzgado y condenado, aunque en el juicio él alegó que a él le iba muy bien y que las mujeres habían abusado de la sustancia por ser unas viciosas

En el s. XVIII las cantáridas se usaban para la elaboración de las "pastillas Richelieu" unos caramelos afrodisíacos, aunque de vez en cuando se administraban con cierta prodigalidad para asesinar a alguien, ya que como hemos dicho, bastan sólo 2 g de cantáridas para producir la muerte. Por cierto, que los médicos forenses de la época que usaban métodos bastante rudimentarios se las ingeniaron para dictaminar si había habido un envenenamiento con cantáridas. Bastaba frotar las vísceras del fallecido contra la piel afeitada de un conejo. Si la piel del conejo enrojecía es que había suficiente cantaridina en las vísceras y por lo tanto se podía concluir que se había producido un envenenamiento por administración criminal de cantáridas. 

En 1868 el gran médico Armand Trousseau (1801-1867) dedicó hasta 10 páginas de su tratado a las cantáridas, citando los accidentes renales con hematuria que provocan las aplicaciones de vesicatorios de cantáridas además de la erección espontánea, gangrena peneana y metrorragia a las mujeres. 

Las cantáridas fueron también, probablemente, las responsables del fallecimiento de Simón Bolivar, narrada por Gabriel García Márquez en su magistral obra El General y su laberinto como consecuencia de la aplicación de un emplasto vesicante de cantáridas recetado por el doctor Révérend para tratar un catarro, con cinco parches en la nuca y uno en la pantorrilla. 

Así que... cuidado con "la mosca española"!



Bibliografía

Karras DJ, Farrell SE, Harrigan RA, Henretig FM, Gealt L. Poisoning from Spanish fly (cantharidin). Am J Emerg Med 1996 Sep;14(5): 

Martindale. Guía completa de consulta farmacoterapéutica. Barcelona 

Moral de Calatrava P. Frígidos y maleficiados. Las mujeres y los remedios contra la impotencia en la edad media. Asclepio. Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia, 2012;Vol. LXIV, nº 2:

Wespes E, Amar E, Eardley I, Giuliano F, Hatzichristou D, Hatzimouratidis K, Montorsi F, Vardi Y. European Assotiation of Urology. Guidelines. Male Sexual Dysfunction: Erectile dysfunction and premature ejaculation. 

lunes, 15 de abril de 2019

El miedo a bañarse
























Edgar Degas

Mujer en su bañera
(Femme dans son bain) 
(1883)

Pastel 19,7 x 41 cm
Musée d'Orsay. Paris.   


Este precioso pastel de Degas nos introduce en el baño privado de una dama. La señora está tomando el baño en su bañera, y usa una esponja para limpiar a fondo una de sus piernas. No es esta la única escena de baño que pintó Degas. Nos ha dejado unos cuantos testimonio de estas prácticas de higiene personal. 

En efecto, a finales del s. XIX empiezan a aparecer algunas pinturas y dibujos representando escenas de baño íntimo. Coinciden estas representaciones con la lenta implantación de los baños privados en las casas, una novedad, ya que hasta este momento la higiene personal era muy precaria, como hemos visto en anteriores entradas. Hasta algunas décadas antes el baño era casi desconocido, el olor a sudor era la norma e incluso el lavado de las zonas genitales femeninas se temía especialmente, ya que corría el rumor de que podía provocar esterilidad (!!). El miedo a los miasmas se convirtió en una auténtica obsesión. Se decía que el agua podía penetrar en los poros produciendo infecciones, debilitando el cuerpo y produciendo tisis. Se creía que además, el lavado frecuente podía producir incluso heridas. 



Para garantizar la salud se recomendaba hacer circular el aire, para evitar los vapores de agua y la condensación, sobre todo en los espacios cerrados. Del mismo modo, como se consideraba que los malos olores eran indicativos de la presencia de aire viciado, una norma básica de higiene consistía en perfumar el aire. 

Los médicos de la época tenían que luchar contra estas falsas ideas para convencer a sus pacientes de la conveniencia de bañarse de vez en cuando. Por ejemplo, Friedrich Biltz a finales del siglo XIX suplica a los ciudadanos alemanes en su libro “Nueva cura natural”: 

“Hay personas que no se atreven a nadar en un río o a bañarse, ya que desde la infancia, nunca han entrado al agua; tienen un temor infundado. Después del quinto o sexo baño uno puede llegar a acostumbrarse". 

Antes incluso los monarcas se bañaban sólo un par de veces en la vida. Según la leyenda, Isabel la Católica se bañó sólo dos veces: al poco de su nacimiento y antes de su boda; y que también era muy remisa a cambiarse de ropa. En el detallado diario de Luis XIII de Francia en el que se registraban hasta los detalles más insignificantes, no aparece nunca que se bañara de cuerpo entero hasta los 7 años de edad. Luis XIV se vio obligado a bañarse obligado por sus médicos, y lo hizo durante dos breves períodos de tiempo, pero esto lo aterrorizó tanto que prometió no volver a hacerlo nunca… 



Mujer lavándose los pies (1776)
A todo esto hay que añadir otras razones no médicas, que contribuyen a explicar la desconfianza imperante respecto al agua. A partir de la Contrarreforma de los siglos XVI y XVII, la Iglesia ejerció una influencia creciente no sólo sobre la moral, sino también sobre las prácticas corporales cotidianas de la población. El clero quiso proscribir los baños públicos –denominados «baños romanos»– por el peligro que suponían el contacto corporal y la desnudez. Además, incluso en un ámbito privado, se consideraba que la exploración del cuerpo era censurable, sobre todo la de las partes genitales, como le contaba un padre a su hijo antes de ir de viaje: 

«No toques las partes de tu cuerpo que la honestidad te prohíbe mostrar, salvo en caso de extrema necesidad, e indirectamente».

En el interior de las casas nobles o burguesas existían bañeras, pero se aconsejaba no utilizarlas demasiado, y sobre todo no permanecer en ellas durante mucho tiempo. El agua se rechazaba hasta tal punto que antes de la Revolución Francesa París sólo contaba con nueve casas de baños, es decir, tres veces menos que a finales del siglo XIII. Hasta el siglo XVIII, sólo se enjuagan las manos y la zona de la boca. Lavarse la cara regularmente era algo que no aconsejaban los médicos ya que se creía que producía inflamación y pérdida de visión. Las manos se lavaban pero era más común hacerlo tras la comida que antes de comer. 


Alfred Stevens: El baño (1867) Musée d'Orsay.


La carencia de los baños provocaba intensos efluvios corporales. El hedor era insoportable. Un embajador, tras presentar sus credenciales a Luis XIV comentó que el Rey Sol apestaba, desprendiendo un intenso olor a fiera salvaje, que difícilmente podía soportarse. Por eso los perfumes, eran casi obligatorios. Estaba prohibido aparecer sin perfume ante un tribunal, para disimular en parte el terrible hedor. Los palacios reales barrocos, como Versalles, eran enormes y con múltiples salas. El motivo es que cuando las pestilentes salas tenían un nivel odorífero insoportable, la corte se trasladaba a otros salones, dejando a los que se habían usado hasta entonces ventilándose con las ventanas abiertas de par en par durante semanas. 


Bañera de la emperatriz Eugenia de Montijo. Castillo de Belmonte (Cuenca)


A principios del siglo XIX la gente se bañaba sólo si estaba enferma y sólo si así lo recetaba el médico. Los baños, siempre parciales podían ser calientes o fríos, aunque se desconfiaba de los primeros y a veces se añadían sales o hierbas aromáticas "para cerrar los poros". 

Hubo que esperar a 1888 para que apareciera el desodorante. El primer antitranspirante se puso en circulación en 1903.  



lunes, 11 de septiembre de 2017

La inspección médica






Henri de Toulouse-Lautrec

La inspección médica, Rue des Moulins
(1894)

Óleo sobre cartón. 16,4 x 83,5 cm
National Gallery of Art. Washington



Henri de  Toulouse-Lautrec (1864-1901) fue un pintor y cartelista francés, enmarcado en la generación del postimpresionismo. La familia noble a la que pertenecía solía concertar matrimonios endogámicos, para evitar las divisiones territoriales de las propiedades y la dispersión de la fortuna. Esta endogamia podría estar en la base de la enfermedad congénita que padecía, una picnodisostosis, caracterizada por baja estatura, malformaciones craneales y dentales y fracturas espontáneas de los huesos. La aristocracia rechazó a Henri por su malformación y probablemente le influyó para buscar una mejor aceptación entre los marginados. 

Toulouse-Lautrec optó por llevar una vida bohemia y disipada. En 1884 se trasladó a vivir al barrio de Montmartre de París, donde tuvo vecinos como Degas.  Sentía una gran fascinación por los cabarets y locales de diversión nocturnos que frecuentaba asiduamente. Era fácil encontrarlo en el Salón de la Rue des Moulins, el Moulin de la Galette, el Moulin Rouge, le Chat Noir o en el Folies-Bergère. En estos locales, alternaba con cantantes, alcohólicos y prostitutas, que plasmaba habitualmente en sus obras. Tuvo una gran amistad con las bailarinas Gabrielle y  Jane Avril, a las que dedicó algunas de sus obras. Conoció a bailarines reconocidos como Valentín el Descoyuntado, payasos y demás personajes de las fiestas y espectáculos por los suburbios. En sus cuadros critica también la hipocresía de la burguesía, que criticaban en voz alta los mismos vicios y ambientes que luego disfrutaban en privado. Y no rehúye temas que hasta entonces habían sido poco representados como la prostitución. 

Precisamente este es el tema del cuadro que hoy nos ocupa, La inspección médica. A finales del s. XIX la prostitución era legal, si bien las prostitutas debían estar en posesión de un carnet, emitido por la policía que debía pasar por una inspección médica obligatoria para permitir que pudieran desempeñar su trabajo. La corriente higienista en Medicina, alertada por la alta incidencia de enfermedades venéreas, especialmente sífilis y gonorrea, que eran transmitidas mayoritariamente en burdeles, aprovecha para instaurar estos controles sanitarios obligatorios. La prostituta, pues, es convertida en objeto de vigilancia e intervención por parte de policías y médicos. Subliminalmente se liga la sífilis con la prostitución, con el rechazo moral consiguiente. No se contemplaba que la sífilis pudiera contraerse fuera del prostíbulo. 

Toulouse-Lautrec: Gabrielle de espaldas. 
Los controles debían pasarse periódicamente y se registraba en el carnet personal de cada una de las mujeres. El médico visitaba el burdel, donde las pupilas debían facilitar la exploración. Debido al gran número de mujeres a revisar, las prostitutas se disponían en fila, sin ropa interior en la parte inferior del cuerpo y levantándose la falda, tal como se documenta en el cuadro. La exploración era meramente clínica: la etiología de la sífilis (T. pallidum) no se conoció hasta 1905 y las primeras pruebas de laboratorio (reacción de Bordet-Wassermann) no fue descrita hasta 1906. Tras una somera exploración, si se observaban síntomas de la enfermedad las prostitutas eran obligadas a ingresar en el hospital-prisión de Saint-Lazare, al lado de una comisaría de policía, para ser recluidas y tratadas y sobre todo, para retirarlas del circuito. Si ejercían a pesar del diagnóstico y se las descubría o si no pasaban las revisiones establecidas se podían enfrentar a condenas penales que oscilaban entre los tres meses y el año de prisión.

Toulouse-Lautrec: Otra imagen de la inspección médica
Las monjas que regentaban Saint-Lazare no eran muy caritativas. Las reclusas, sometidas a férrea disciplina, recibían un trato carcelario. En sepulcral silencio eran obligadas a trabajos forzados. La dieta era horrible, la higiene casi nula, y no se admitían visitas de ningún tipo. Los domingos, la asistencia a misa era obligatoria. 

Con esta perspectiva, es comprensible la cara de tristeza y temor con la que las prostitutas del cuadro de Toulouse-Lautrec esperan la somera inspección médica, probablemente no desprovista de ciertas arbitrariedades. 

La explicación de este trato a las enfermas venéreas debe ser entendido desde el punto de vista moral. Por una parte era una enfermedad consecuencia del pecado y constituían un ataque a la familia y al mundo doméstico, piezas fundamentales de la sociedad burguesa. La sífilis constituía una auténtica enfermedad social porque socavaba el orden moral, y comportaba un peligro social por las repercusiones de los contagios, que podían alcanzar incluso a inocentes (por la transmisión de la sífilis congénita). La respuesta era la radical marginación, cruel represión y absoluta separación de la sociedad de las enfermas, consideradas viva encarnación del mal. 


Toulouse-Lautrec: 







jueves, 11 de mayo de 2017

Una solución de urgencia





François Boucher

La toilette intime
(1760 circa)

Óleo sobre lienzo





François Boucher (1703-1770) fue un pintor que reflejó con frecuencia hechos cotidianos y algo anecdóticos como la higiene íntima femenina. En otra entrada de este blog ya hemos comentado algunas de sus obras en las que ilustra el uso de los primitivos bidés. 

Bourdaloue de la fábrica de Andrew Stevenson.
Cobridge, Staffordshire, Inglaterra (1812-1830)

Col. Winterthur Museum & Country State
En esta ocasión nos documenta el uso del bourdaloue, un recipiente parecido a una jofaina alargada que hacía las funciones de bidé portátil y que era usado para la higiene íntima o incluso para orinar. Tenía una forma de ocho (en forma de judía) con los bordes un poco inclinados hacia dentro para evitar roces y generalmente estaban decorados con motivos florales, los preferidos en aquel tiempo por las damas. Se introdujo en la corte francesa en tiempos de Luis XIV y alcanzó una gran popularidad entre este reinado y el de Luis Felipe. 

Bourdaloue con tapa. Hecho en Jigdezhen,
China (1790-1820)
Col. Winterthur Museum & Country State

Aunque actualmente nos puede parecer raro, estos utensilios eran no sólo útiles sino necesarios. Imaginad a una dama de la época con diversas faldas y enaguas hasta los pies y que tenía una súbita necesidad higiénica o miccional. La sirvienta le acercaba un bourdelue y la señora, alzándose la falda podía proceder a satisfacer sus necesidades. 

Bourdaloue realizado en porcelana de Sèvres
con decoración etrusca en oro (1831), realizado para el
apartamento de la princesa Cléméntine en el Gran Trianon.
Museo de Versalles. 
En una época en la que todavía no se habían implantado los bidés, los bourdeloues eran absolutamente imprescindibles. 
Los había también de viaje, pensados para  acomodarse entre los objetos personales. Muchos de ellos estaban profusamente decorados y a veces resultan difíciles de distinguir de una vajilla de una casa noble. Incluso en muchos de ellos aparece el escudo familiar. 

Escuela de Antoine Watteau. La toilette intime.
Óleo sobre lienzo 33x 25 cm
Además de Boucher, el uso de bourdaloues está documentado por otros pintores de la época como el de un discípulo de Antoine Watteau (1684-1721). 

También disponemos de un grabado anónimo de una dama en el curso de su higiene íntima. La señora se lleva la mano con una esponja a la zona genital en presencia de un sirviente. En este caso podemos observar el bourdaloue en el suelo, ante ella, junto a una caja-neceser de cosméticos.

La higiene íntima (1765). Grabado anónimo 17,2 x 12,8 cm. Museo Carnavalet

Según algunos, el curioso nombre de bourdaloue parece ser que proviene de Louis Bourdalou (1632-1704), un jesuíta de la corte de Luis XIV que hacía unos sermones muy largos y apasionados, tal como atestigua Madame de Sévigné:
"Después de comer fuimos a oír el sermón de Bourdaloue, que grita como un sordo, diciendo verdades como puños, hablando de adulterios a diestro y siniestro..."
Predicador de gran prestigio, era llamado "el rey de los predicadores y el predicador de los reyes" y su oratoria electrizaba a todo París. Debían ser sermones muy interesantes porque muchas señoras llevaban con ellas un bourdaloue, por si tenían que satisfacer sus necesidades, ya que preferían esta solución "de urgencia" a tener que abandonar la iglesia. 

Bourdaloue pequeño (tal vez de viaje) con una
inscripción en su interior: Au plaisir des Dames
(Para el placer de las Damas)


Ya sea realidad o leyenda, lo cierto es que el nombre ha persistido para designar a esta curiosa pieza.  

El padre Louis Bourdalou condenó repetidamente en sus prédicas contra el pecado de la gula. A su muerte se le dedicó una calle (rue Bourdalou, un callejón tras la iglesia de Nôtre Dame de Lorette, entre la rue Châteaudun y la rue Saint-Lazare). Pues bien, en esta calle se instaló hacia 1900 un pastelero que se hizo famoso por una de sus golosinas: un postre a base de peras, que hoy es conocido en la terminología gastronómica como "tarta Bourdalou". Ironías del destino. 


Estatua del P. Louis Bourdalou,
por Desprez.


jueves, 29 de diciembre de 2016

Historia del bidé





Louis-Léopold Boilly

La toilette matutina

Óleo sobre lienzo. 
París. 




Algunos objetos humildes parecen no tener historia. Y si la tienen, pasa desapercibida, casi olvidada por todos. Y sin embargo forman parte de nuestras vidas, comparten con nosotros las actividades cotidianas, algunas tan importantes como la higiene. Uno de estos elementos es el bidé.

Etimológicamente esta palabra deriva del francés bidet en su grafía francesa), que significa pony. En francés antiguo bider significa trotar. Probablemente deriva de la postura que se adopta al usarlo, a horcajadas, similar a la de montar a caballo. Y probablemente los jinetes (o amazonas), que calmaban sus largas cabalgatas en el bidé contribuyeron a popularizarlo. 

Parece ser que podemos encontrar antecedentes del bidé ya en el mundo clásico. Hemos comentado alguna vez ciertas representaciones en cerámicas áticas en la Antigua Grecia. Tácito comenta en su Germania, que algunas damas romanas usaban el solium, un recipiente de plata, para su higiene íntima. 

Pero luego perdemos esta pista durante siglos. No es hasta el s. XVIII cuando lo reencontramos. El Marqués d'Argenson en sus memorias (Mémoires et Jounal inédit, 1710) nos cuenta como es recibido por Madame de Prie en su toilette, manteniendo una conversación con ella en un entorno íntimo que actualmente consideraríamos escandaloso y obsceno. La señora - sin pudor alguno - se dispone a usar su bidé delante del propio marqués, al que invita a quedarse con total naturalidad. 

Bidé de Luis XV
Claro está que en aquellos años los bidés eran movibles, como un mueble, al que llamaban silla de limpieza. No tenían un lugar concreto de la casa para instalarse y se iban cambiando de una sala a otra. Muchas veces la higiene íntima podía realizarse en el salón o en el dormitorio. Hasta había lo que podríamos considerar bidés portátiles, una especie de jofaina ligeramente achatada por los lados, conocidos como  los bourdaloue, que constituían una posible solución de urgencia e incluso usarse fuera del domicilio.  

La transportabilidad de los bidés hacía que pudieran ser incluso fabricados como muebles de viaje. Encontramos este tipo de muebles en los talleres de los grandes ebanistas europeos, ya que estaban confeccionados con un armazón externo de madera. La primera publicidad del bidé data de 1740. A partir de 1750 apareció el bidet à seringue, un bidé dotado de un chorro de agua. Ciertamente la posibilidad de lavar la zona genital sin desvestirse, en un tiempo donde los baños eran realmente escasos, y en una época de gran libertinaje, tuvo que ser un artilugio acogido con entusiasmo. 

Incluso algunas veces había bidés dobles, que permitían su uso a más de una persona. En estos casos, la socialización se añadía a la higiene. Y al lujo, ya que no olvidemos que estos elementos eran privativos de la alta sociedad, y muchas veces el trabajo de ebanistería era acorde a este uso suntuario. Tal era el caso, por ejemplo, del que utilizaba Madame de Pompadour, que era usado habitualmente en un gabinete con motivos chinescos y al que la favorita de Luis XV solía llamar "chaise d'affaires" (que se podría traducir por algo así como "silla de asuntos").
Bidé usado por la emperatriz Sissi
Como decimos, los usuarios de los bidés eran usualmente miembros de la nobleza. Tenemos noticia de que disponía de uno la Emperatriz de Francia, Eugenia de Montijo. En el Palacio Real de la Granja de San Ildefonso, de Segovia hay diversos bidés almacenados que estaban a disposición de quien los solicitara. La Emperatriz Sissi era una firme partidaria de este tipo de aditamentos higiénicos. No solamente tenía uno en Viena sino que dispuso otro en el castillo de Achilleon, su residencia en Corfú. También su malogrado hijo Rudolf era aficionado al bidé y disponía de uno de porcelana.

Además de la nobleza, encontramos documentado el uso de bidés en otras capas sociales, apareciendo por ejemplo en el inventario de los bienes de un canónigo, a pesar de la prevención con los que los miraba la Iglesia. 

Bidés de porcelana vidriada, transportable, del s. XIX.
En las fotos se ve con la tapa y sin ella.
(Fotos gentileza del anticuario Aquiles, de Barcelona)
Los bidés no solamente eran de uso privativo de la realeza y la aristocracia. Eran usados también por antimonárquicos como D. Manuel Azaña, Presidente de la República Española. Cuando el Palacio de Oriente de Madrid se convirtió en Palacio Presidencial, Azaña ordenó construir un espacioso y completo baño, ya que anteriormente no había ninguna cámara prevista para la higiene personal completa y en el que figuraba un bidé fijo.  

Como curiosidad, hay que señalar que en 1911 existían en Madrid una especie de bidés públicos que podían alquilarse por 10 céntimos. En las casas particulares, hasta 1900 se dispuso dentro del dormitorio, hasta que encontró su lugar definitivo en el cuarto de baño a poco de comenzar el s. XX. 

François Boucher. La toilette intime (1741)
Pero aparte de su innegable utilidad higiénica, el bidé era un objeto  que fue visto siempre como un elemento morboso. Su uso habitual en la higiene pre y post-coital lo relacionaban con el sexo y la lujuria. La excesiva higiene de la zona genital había sido visto secularmente como un tabú . Muchas veces se lo relacionaba con la prostitución - de hecho, era un servicio que era ofrecido habitualmente en los burdeles -  y su uso era compartido por prostitutas y clientes. La Iglesia lo miraba con prevención y además tenía fama de ser usado para practicar abortos.

En algunas épocas el bidé fue visto como solo apto para mujeres. Incluso los hombres veían mermada su masculinidad cuando lo usaban generalmente por prescripción facultativa. Y es que una de las indicaciones del uso del bidé es para el tratamiento de los hemorroides. Lo usaba asiduamente Napoleón, que padecía este problema, agravado por tantas horas montando a caballo. 


Un bidé de porcelana china del s. XVIII, procedente de Sudáfrica
En tiempos más recientes el bidé ha triunfado en muchos países, aunque sigue siendo desconocido en otros. Es el caso de los Estados Unidos, donde es prácticamente desconocido. Es mucho más usado en Europa (especialmente en Grecia, Italia, Francia, España y Portugal); Sudamérica (particularmente en Argentina y Uruguay en donde se encuentra en el 90% de las casas); en Oriente Medio y en algunas partes de Asia (sobre todo en Japón, donde también es habitual en los lavabos públicos) 

Pero seguro que a pesar de su dilatada historia, la mayoría sólo recuerdan la apócrifa y jocosa historia de la Trinca: El Baró de Bidet. 


La Trinca: el Baró de Bidet

Versió Original catalana: 




Versión castellana: