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miércoles, 15 de junio de 2016

Un pionero de la Dermatología: Alphée Cazenave





Jean Pierre Dantan

Retrato del 
Dr. Alphée Cazenave 
(s. XIX)

Yeso y terracota. Altura: 9'3 cm. 
Musée Carnavalet. Paris.




Jean Pierre Dantan (1800-1869), más conocido como Dantan el Joven (para diferenciarlo de su hermano mayor, también escultor Antoine-Laurent Dantan, llamado Dantan el Viejo), fue un escultor francés, especializado en retratos de sus coetáneos. Realizó múltiples bustos de políticos (Talleyrand, William-Douglas Hamilton), músicos (Beethoven, Paganini, Liszt, Berlioz, Verdi), literatos (Balzac, Victor Hugo). También el de algunos médicos relevantes, como este retrato-máscara de Cazenave, un reputado dermatólogo de la escuela del hospital de Saint-Louis.


Dantan realizaba sus retratos dotando a los personajes de gran expresividad, exagerando y realzando sus caracteres más destacados. Conseguía así un estilo propio, de escultura caricaturesca, muy personal e inconfundible. Naturalmente siempre realizaba un trabajo previo, como el de este retrato de Cazenave, en el que todavía no se han exagerado los rasgos. Para permitir la identificación de sus figuras (a veces tan caricaturizados que no siempre eran fácilmente reconocibles) incluía un rebus en el zócalo con las iniciales o el nombre o algún atributo del personaje representado.

Pierre-Louis-Alphée Cazenave (1795-1877)
Pierre-Louis-Alphée Cazenave (1795-1877) fue uno de los pioneros de la Dermatología en París. Tras licenciarse en Medicina, fue médico interno del hospital de Saint-Louis, formándose con Laurent-Théodore Biett (1781-1840), de quien fue un fiel discípulo. 

En aquel momento, en el hospital de Saint-Louis coexistían dos escuelas contrapuestas. Por una parte, la escuela de Jean Louis Alibert, basada en el método natural, que tenía una clasificación propia, muy intuitiva y seguía la clasificación de las enfermedades según el árbol de las dermatosis diseñado por el propio Alibert. Pero uno de los discípulos de Alibert, Biett, había realizado una estancia en Londres, donde había entrado en contacto con las ideas y clasificación dermatológica de Robert Willan, basado en la observación de las lesiones elementales y algo más preciso. 

Acné rosácea, según una de las láminas del libro de Cazenave
(
Leçons sur les maladies de la peau. Paris, 1856)
Al regresar a París, Biett comenzó a enseñar la clasificación anglosajona, obteniendo un rápido éxito. Biett intentó convencer a Alibert de que la clasificación de Willan no sólo no contradecía, sino que incluso complementaba la que proponía Alibert, pero fue en vano. Alibert se aferraba a su "método natural" con un inmovilismo absoluto y se produjo un cierto enfrentamiento entre ambas escuelas. 

Cazenave fue uno de los más destacados seguidores de Biett, y en 1828, junto con el alemán Heinrich Schedel publicó las lecciones de su maestro en una obra titulada "Abregé pratique des maladies de la peau", un libro de texto muy popular, que fue editado 5 veces y traducido al alemán y al italiano. Más tarde, en 1856, Cazenave publicó su propio libro, Leçons sur les maladies de la peau, ricamente ilustrado con litografías de los enfermos de su clínica. 

Rupia sifilítica, según una de las láminas del libro de Cazenave (1856)

En el texto de Cazenave se siguió la clasificación de Biett con total fidelidad. Se trataba de una clasificación fundamentalmente morfológica, con pequeñas variaciones sobre el ordenamiento de los géneros de Willan. Sin embargo, al ser más completa, presentaba algunos problemas de clasificación, ya porque faltaban algunas lesiones elementales (Cazenave no se atrevió a aumentar su número) o bien porque empezaba a introducir algunos criterios de clasificación no propiamente morfológicos, como en el caso de las sifílides. Alphée Cazenave decidió constituír siete órdenes nuevos: lupus, pelagra, sifílides, púrpura, elefantiasis árabe, queloides y grano de Alepo. A pesar de todo el concepto morfológico sigue predominando en este tratado. 

A Cazenave se debe la descripción del pénfigo foliáceo, frecuentemente mencionado con su nombre (1844). También hizo notables aportaciones al lupus, al que fue el primero en denominar lupus eritematoso (1851).

En 1837, Cazenave sucede a Alibert en Saint Louis, imponiendo, junto con Biett, la ortodoxia willanista en el hospital. 



Leçons sur les maladies de la peau, de Alphée Cazenave (1856)
Sin embargo, Cazenave también cometió importantes errores. Su adicción a la teoría morfológica le llevó a negar la naturaleza parasitaria del favus, de la tinea capitis y de la pitiriasis versicolor. También rechazó la teoría de las diátesis y del "factor terreno" propugnada por Hardy y Bazin, negando las manifestaciones cutáneas de las enfermedades viscerales y las repercusiones sistémicas de las enfermedades de la piel. Para él la piel era un órgano aislado sin ningún tipo de relación con los órganos internos. 

Cazenave ocupó por primera vez el cargo de profesor agregado de dermatología de la facultad en el hospital de Saint-Louis. También le corresponde el honor de haber fundado la primera revista dermatológica francesa Annales des Maladies de la Peau et de la Syphilis (1843-1852). En ella intentó introducir los nuevos conceptos dermatológicos procedentes de Austria y Alemania, más afines a su pensamiento organicista que a los conceptos humorales que subsistían en Francia. Esta revista se hizo eco, entre otras destacadas aportaciones, de la clasificación de Hebra y de la monografía de Rosembaum, facilitando así la interrelación entre las corrientes de pensamiento dermatológico vigentes en Europa en aquel tiempo. 





Bibliografía: 

Sierra X. The history of lupus erythematosus. http://sfhd.chez.com/ecrits/histle1.htm

Sierra X. Historia de la Dermatología. Mra ed. Barcelona 1994 (p. 171-177)


Wallach D, Tilles G. La dermatologie en France. Ed. Privat. Toulouse, 2002

Cazenave A. Leçons sur les maladies de la peau. Paris, 1856.

Alphée Cazenave. http://www.biusante.parisdescartes.fr/sfhd/biographies/cazenave.htm







martes, 22 de septiembre de 2015

Pelucas barrocas






Jacint Rigau, llamado
Hyacinthe Rigaud

Retrato de Luis XIV 
(1701) 


Óleo sobre lienzo. Palacio de Versalles. 



El siglo XVIII era una época obsesionada por la elegancia, por lo que en aquel momento se consideraba la estética barroca. El barroco es el arte del artificio, de la transformación estética de la realidad. Nunca las formas de vestir y los estilos de peinado de la gente fueron tan suntuosos, tan elaborados y artificiales. 



Luis XIV, con peluca, pintado por Charles Le Brun


El rey Luis XIV de Francia, llamado el Rey Sol (1638-1715), implantó nuevas costumbres de moda, acorde con la estética del momento y con sus gustos y necesidades personales. Así, acostumbraba a llevar zapatos de tacón, que le eran útiles para disimular un poco su corta estatura. También introdujo los encajes venecianos para ornamentar las mangas de las casacas. Pero lo que fue más característico y emblemático de su corte fue el uso generalizado de pelucas masculinas. 

Al parecer, en 1647, cuando contaba 9 años, Luis XIV sufrió la varicela. Su cuerpo y su cuero cabelludo se cubrieron de costras y los médicos decidieron raparle y ponerle una peluca, que llevó durante un cierto tiempo, habituándose así a su uso. Unos años más tarde, en julio 1658, el joven rey padeció unas fuertes fiebres, que le causaron la pérdida de gran parte del cabello. Los médicos, preocupados por su vida, se plantearon administrarle antimonio, un remedio muy tóxico que se usaba en los casos muy graves. Al final, con autorización del cardenal Mazarino, le dieron el tratamiento. El rey curó, pero como secuela le quedó una alopecia permanente. El Rey Sol comenzaba a quedarse calvo en un momento en el que las largas cabelleras masculinas eran exhibidas como un signo de virilidad y de salud. Su imagen quedaba fuertemente dañada. La solución a la alopecia real fue ponerse una gran peluca que sirvió a la vez de tarjeta de presentación de su poder. Un poder absoluto, que el mismo rey resumía con la frase: "L'État c'est moi" (el Estado soy yo). Las pelucas que usaba eran largas y rizadas, y bastante sobreelevadas en las zonas frontoparietales, lo que también contribuía a realzar algo su menguada estatura.

En 1659, un edicto real creaba nuevos cargos de barberos y peluqueros. La barba ya no estaba de moda, y se necesitaban profesionales del afeitado y del mantenimiento de las pelucas. En 1680 Luis XIV tenía 40 peluqueros que diseñaban sus pelucas en la corte de Versalles, encabezados por el peluquero principal Sr. Quentin, encargado de peinar al rey ante toda la corte cada mañana, en la ceremonia ritual del despertar del rey (le petit lever). Se calcula que el Rey Sol llegó a poseer más de mil pelucas. En el palacio de Versalles, el rey tenía una estancia dedicada a estos complementos capilares, el "gabinete de las pelucas" (también llamado "de las termas" porque su decoración estaba inspirada en unas termas romanas). Para imitar al monarca, toda la corte comenzó a usar pelucas. También eso fue usado como argumento: como que llevar pelucas estaba en boga, el rey ya no usaba la peluca para esconder su calvicie: simplemente iba a la moda! 



Nobles franceses con pelucas. Obsérvese también el uso de maquillaje y de lunares artificiales ("mouches"). 


Francia dictaba la moda de Europa en esa época, y el uso de la peluca se extendió al resto de las cortes del continente. En Inglaterra fueron introducidas por Carlos II, que había pasado un largo exilio en Francia, antes de repatriarse para reinstaurar la monarquía. En España, las pelucas - como muchas otras costumbres francesas - fueron introducidas por Felipe V de Borbón, biznieto de Luis XIV que se hizo con la corona tras la sangrienta Guerra de Sucesión de 1714. En los inicios de la historia de los Estados Unidos, las pelucas también fueron usadas por personajes como John Adams, Thomas Jefferson, James Madison, Alexander Hamilton y Georges Washington. El uso de la peluca se extendió considerablemente, como lo podemos constatar por ejemplo, observando retratos de músicos como Bach, Mozart o Hadyn. 

Como en el caso del monarca, la finalidad de las pelucas no era únicamente estética, sino que tenían la secreta función de encubrir tiñas, piojos y alopecias sifilíticas, males que debían ser bastante corrientes en aquel tiempo. Y por supuesto disimular las alopecias androgenéticas masculinas o calvicies de todo tipo, así como la caspa y suciedad del cuero cabelludo. Viene aquí a colación que para mitigar el prurito de la cabeza se idearon unos rascadores para introducir por debajo de la peluca y aliviar algo tan molesta sensación. El caso es que las largas pelucas, elaboradas con cabello humano, crines de caballo y/o pelo de cabra constituyeron una explosión de exhibición de peinados a cual más extravagante. 

Las pelucas revestían una estética acorde al complicado estilo "rococó", que era el estilo preponderante en la segunda mitad del s. XVIII. Era un estilo artístico en el que predominaban las curvas en forma de "ese", las asimetrías, en el que  las formas jugaban y se integraban en un movimiento armonioso y elegante. También los rizos tomaban estas formas sinuosas. 


Carlos IV de España, por Francisco de Goya (detalle)
A finales del s. XVIII, las pelucas, blancas y empolvadas,
se vuelven más pequeñas y esquemáticas.
Al principio, las pelucas eran de color natural (castaño, rubio...), pero sobre 1715 se comienza a extender el hábito  de que fueran blancas o grises. El motivo era una cuestión de conservación. Las pelucas no se lavaban, y constituían así un foco de infecciones, roñas y piojos. Por ese motivo se las desinfectaba y empolvaba blanqueándolas con una composición de polvos especiales, hecha a base de huesos de ternera y oveja triturados, serrín, almidón de arroz, talco y antimonio. Se aprovechaba también para perfumar las pelucas, evitando así el olor desagradable derivado de su uso repetido. 

Ante la alta toxicidad de este preparado los peluqueros que realizaban la operación de empolvado se cubrían la cara con una máscara o con un cono de papel grueso. Los barberos pronto se convirtieron en peluqueros (palabra que precisamente deriva de peluca, no de pelo). En 1745, en plena época georgiana, el ministro inglés William Pitt intentó que los barberos sólo pudieran cortar el pelo y rasurar la barba, pero no empolvar pelucas, para lo que debían obtener licencia específica mediante pago de una tasa especial. Sin embargo esta ley fue burlada masivamente ya que mucha gente optó por empolvarlas en casa, con harina y cal. 

Hacia 1770, el uso de pelucas se extendió también a las mujeres. A medida que los años pasaban, las pelucas femeninas eran cada vez más altas y elaboradas, llegando a una complejidad increíble, especialmente en la corte francesa. Sin embargo, los altos peinados pronto produjeron algunos inconvenientes. Algunas damas presentaban la piel de la zona temporal eritematosa e inflamada por la presión de la peluca. También debían ir con la cabeza inclinada dentro de los carruajes o al pasar los dinteles de las puertas. Es conocida la anécdota de María Antonieta, que al salir del calabozo de la Conciergerie para ser guillotinada se vió forzada a inclinar la cabeza en lo que se interpretó como una reverencia a la guardia republicana que la custodiaba.



Elisabeth Vigée Le Brun: Retrato de María Antonieta de Austria, reina de Francia (1783) 

Las pelucas indicaban, por su ornamentación, la mayor o menor posición social de quien las usaba. La gente de fortuna podía pagar, lógicamente, diseñadores más caros y materiales más costosos. La condesa de Matignon, en Francia, le pagaba a su peluquero Baulard 24.000 libras al año para que le hiciera un nuevo diseño de peluca todos los días. Las pelucas masculinas eran generalmente blancas, pero las femeninas podían ser de colores pastel, como rosa, violeta o azul. 

A diferencia de las pelucas femeninas, a partir de Luis XV, las pelucas masculinas redujeron su tamaño, por razones prácticas. Los militares solían llevar peluca blanca, pero mucho más corta y simple que las de la corte, ya que resultaba mucho más llevadera en el campo de batalla. 


Mozart: Serenade num. 13 "Eine Kleine Nachtmusik" KV 525 




Bibliografía: 

Pérez S. Du bon usage des perruques: le cas Louis XIV. Ann. Dermatol. Venereol. (2013) 140, 138-142. 


Kwass M. Big hair: a wig history of consumption in eighteenth-century France. Am Hist Rev 2006; 111: 631—59.

Pointon M. Hanging the head. Portraiture and social forma- tion in eighteenth-century England. New Haven: Yale University Press; 1993, 288 p. 



jueves, 14 de mayo de 2015

Tiña favosa en un cartón de Goya





Francisco de Goya y Lucientes

Muchachos trepando a un árbol 
(1791)

Cartón para tapiz  141 x 111 cm.
Museo del Prado, Madrid



Francisco de Goya y Lucientes (1746 - 1828) fue un artista que revolucionó la historia de la pintura. Se le considera iniciador de la pintura contemporánea y precursor de las vanguardias artísticas del s. XX. 

En su primera etapa Goya aún participaba de la estética del barroco tardío, reflejando escenas costumbristas con algunos toques de humor. Esta es la época en la que aceptó algunos encargos de la Casa Real, consistentes en pintar cartones para la confección de tapices destinados a decorar algunas estancias palaciegas.  

El tapiz resultante del cartón que hoy nos ocupa estaba destinado a ser colgado como sobrepuerta, en eldel despacho de Carlos IV en el Palacio Real de San Lorenzo del Escorial. La escena presenta a tres niños, vestidos humildemente, que se encaraman unos a otros para trepar a un árbol, probablemente con la intención de coger nidos de pájaros. Formaba parte de una serie de cartones que le fue encargada a Goya en 1790. En el encargo se especificaba que la temática debería ser "de asumptos de cosas campestres y jocosas". Goya realizó varios cartones para esta serie, que sería la última que realizaría para la confección de tapices. 

En esta obra, el niño que se sitúa agachado para que los otros suban sobre su espalda presenta la cabeza rapada, en la que se distingue claramente una amplia zona alopécica occipito-parietal, que hace sospechar la presencia de una tiña, enfermedad que era muy frecuente en aquel tiempo. En la parte superior de esta zona, podemos distinguir unas manchas grisáceas, más o menos concéntricas. En mi opinión podrían interpretarse como escudetes fávicos. 

Detalle de Muchachos trepando a un árbol.
Obsérvese la zona alopécica y las zonas grisáceas
que permiten entrever dos escudetes fávicos.  

La tiña favosa o favus, producida por Trichopyton schoenleinii es poco frecuente en la actualidad, pero era muy común en el s. XIX. Para dar una idea de la magnitud de la epidemia que afectaba a toda Europa. Baste aportar el dato de que entre 1807 y 1828 (poco más de veinte años) se diagnosticaron más de 25.000 casos de favus en los hospitales de París. 

De hecho, el favus fue la primera enfermedad de la que se describió un agente causal vivo. Robert Remak en 1839 descubrió que estaba producida por un hongo microscópico. Remak era judío y - dado el antisemitismo centroeuropeo - temió que se le acusara de propagar la infección. Circulaban leyendas sobre judíos que envenenaban el agua con miasmas para provocar las tiñas en los niños cristianos. Para evitarse problemas propuso que el hongo productor del favus llevara el nombre de su jefe, Johan Lukas Schöenlein, por lo que propuso el nombre de Achorion schoenleinii para designar al hongo (posteriormente fue redenominado como Trichopyton schoenleinii). 

La tiña fávica comienza con descamación difusa del cuero cabelludo, produciendo una inflamación profunda del folículo piloso. Evoluciona formando pústulas y costras que se disponen de forma cóncava (adheridas por el centro y elevadas por la periferia) y color grisáceo amarillento, de consistencia frágil, que se conocen como escudetes o cazoletas fávicas y que se asemejan considerablemente a las que aparecen pintados en la cabeza del mozalbete del cartón de Goya. 



Niños en los cartones de Goya: