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miércoles, 7 de agosto de 2019

San Luis rey de Francia (I): muerte y traslado de sus restos







San Luis, con la corona 
de espinas en la mano 

Madera policromada. Vidriera. 
Iglesia de Notre-Dame des Sablons, en Aigues-Mortes




Esta escultura de San Luis, que reinó en Francia con el nombre de Luis IX, está en Aigues-Mortes, localidad cercana a la desembocadura de Ródano, de donde partió la Cruzada. El monarca sostiene en la mano la corona de espinas de Jesús, que había adquirido junto con un clavo de la Pasión. El piadoso rey estaba tan feliz con esta adquisición que hizo construir la Sainte Chapelle de París para que fuera el preciado relicario que contuviera estas reliquias. Una maravillosa iglesia gótica, de delicadas formas y repleta de vidrieras y de luz, que constituye una de las más destacadas construcciones góticas. Pero para darse cuenta de la obsesión que en aquel momento había por todo tipo de reliquias hizo que saliera más cara la corona de espinas que todo el fabuloso edificio que la contiene. 

San Luis fue un pío y devoto rey de Francia, educado en el ascetismo y en el misticismo, del que Voltaire llegó a decir que  "No es posible que ningún hombre haya llevado más lejos la virtud". El piadoso monarca siempre fue fiel a la iglesia y se erigió en un notable defensor de la fe, hasta el punto de combatir en dos cruzadas (la séptima y la octava), en un intento de salvar los dominios cristianos en Palestina. Precisamente murió en esta última cruzada, a los 56 años, mientras asediaba con su ejército de 15.000 hombres la ciudad de Túnez, el 25 de agosto de 1270, a causa de una enfermedad.
Mort de Saint-Louis
Muerte de San Luis frente a la muralla de Túnez.
Miniatura de las Grandes Chroniques de France. 


No está muy claro que tipo de mal terminó con la vida del piadoso rey. Tradicionalmente se había atribuído a la peste, aunque hay que decir que en aquel momento se llamaba peste a cualquier brote epidémico, por lo que muchos historiadores se inclinan por pensar que pudo ser el tifus o la disentería. Recientemente se han publicado trabajos sobre una posible esquistosomiasis que el monarca habría adquirido en Egipto, durante la Séptima Cruzada, a lo que ya hemos dedicado una entrada en este blog

Tras la muerte de San Luis, cerca de la muralla de Túnez (ciudad que por cierto resistió bien el sitio francés y no se rindió) su hijo Felipe III se planteó repatriar sus restos mortales. 

En aquel tiempo, para evitar la putrefacción del cadáver, los cruzados solían realizar un macabro tratamiento, el "mos Teutonicus", que consistía en retirar las entrañas y desmembrar el cuerpo. Luego, las distintas partes se hervían en una gran caldera en abundante agua o vino durante horas; así la carne se separaba fácilmente de los huesos, que quedaban totalmente exentos de partes blandas. La carne hervida y las vísceras se enterraban en el mismo lugar del proceso mientras que los huesos, una vez limpios, ya estaban preparados para ser llevados en una caja, en fardos o en barriles hasta el país de procedencia del cruzado. Podemos ver algunos de estos traslados en obras de arte medievales, como es el caso del Retaule dels Sants Metges de Jaume Huguet (s. XV). En él se ve como los cuerpos de los santos hermanos Abdón y Senén (conocidos popularmente como sant Nin y sant Non) tratados de este modo, son repatriados en barriles a los lomos de un asno. 



Estatua de San Luis, en el
Museo de Cartago (Túnez) 
En 1299 el papa Bonifacio VIII prohibió la truculenta práctica del mos teutonicus, calificándolo de mos horribilis por su decreto Detestante feritatis. Aunque las razones del pontífice no son las que podríamos imaginar hoy. A la luz de la doctrina católica, el cuerpo del creyente debía conservarse entero, para que el día del Juicio Final pudiera resucitar adecuadamente. 

Sin embargo, las cosas no siempre eran muy coherentes. El mismo papa Bonifacio VIII había canonizado poco antes al rey Luis IX en 1297, pocos años después de su muerte. Esto tuvo como consecuencia facilitar la dispersión de sus restos, considerados a partir de este momento como preciadas reliquias, que fueron conservadas en preciosos relicarios en diferentes lugares, convertidos en centros de veneración. En aquel momento el culto de las reliquias llegaba a su paroxismo. El mismo rey Luis IX había adquirido una de las máximas reliquias de la Cristiandad: la corona de espinas de Jesús y un clavo de la crucifixión. 


Boda de san Luis con Margarita de Provenza  
Vidriera. Catedral Saint-Louis de la Nouvelle-Orléans

Como decimos el cuerpo de San Luis fue también sometido al mos teutonicum para su traslado a Francia. En 1270, los huesos del santo monarca fueron trasladados a Francia por su hijo Felipe III el Atrevido, que le había acompañado al desafortunado sitio de Túnez. Los restos fueron inhumados en la necrópolis real de la Basílica de Saint Denis, el panteón de los reyes de Francia. Las entrañas fueron conservadas en la abadía benedictina de Monreale, en Sicilia, por su hermano menor Charles d'Anjou, y más tarde fueron parcialmente trasladadas a la catedral de Versalles en el s.XIX. El relicario de la Basílica de Saint Denis con la mandíbula del soberano fue trasladado a Notre-Dame de Paris donde sobrevivió a los saqueos y profanaciones de la Revolución Francesa, lo que es garantía de su autenticidad. 





miércoles, 21 de marzo de 2018

Luis XIV (I): enfermedades de juventud







Charles Le Brun 

Retrato de Luis XIV de Francia


Óleo sobre lienzo 
Museo Nacional del Palacio de Versalles





Luis XIV de Borbón, rey de Francia (1638-1715) fue el monarca absoluto por antonomasia. Su largo reinado fue el más largo de la historia de Francia (72 años). 

Convencido de su autoridad divina, se rodeó de una corte barroca y teatral donde cada acto, por nimio que fuese, se revestía de un ritual dirigido a sacralizar al máximo la figura del monarca. Así el despertar, el desayuno, el momento de vestirse o de ponerse la peluca eran presenciado por un buen número de cortesanos que se consideraban muy afortunados de que el soberano les dispensara tal privilegio. Y más todavía si tenían una función especial, como el encargado de llevarle la levita o el distinguido con la función de despertarle. Tan codiciadas eran estas prebendas que incluso se tuvo que recurrir a dos ceremonias de despertar: el "petit léver", el despertar real del monarca, presenciado por un reducido círculo de gentilhombres de estricta confianza, seguido luego por otros rituales de aseo, que también eran realizados ante los espectadores. Luego, el rey simulaba volverse a dormir y era despertado al cabo de poco en una ceremonia teatral a la que acudía un grupo mucho más numeroso pero menos selecto de cortesanos ("le grand léver").  Las ceremonias, verdaderos rituales de adoración al monarca se sucedían hasta la cena, que tenía lugar poco antes de las 10 de la noche. El rey cenaba bajo la mirada arrobada de sus cortesanos, que se agolpaban en la cámara y seguían con atención todos sus gestos y palabras. Un grupo selecto de elegidos tenía el privilegio de acompañarlo al dormitorio, donde tenía lugar el último ceremonial: "le coucher du Roy" 


Paul Philippoteaux: La prolija etiqueta real en el dormitorio de Luis XIV

Esta continua representación teatral, tan propia del barroco, hizo de la corte de Luis XIV una de las más complejas y deslumbrantes de Europa -no en vano se le conocía como "el Rey Sol"- en la que el monarca marcó la moda y los usos de su época. El rey era de escasa estatura, y para corregir su aspecto acostumbraba a usar zapatos de tacón. También usaba unas abigarradas y largas pelucas, que también realzaban su figura. Ni que decir tiene que todas estas novedades fueron imitadas a pies juntillas por todos los cortesanos, marcando una moda que caracterizó a su tiempo. 

Aquí no entraremos a comentar los aspectos políticos y bélicos de su reinado, sino que nos ceñiremos a su historia clínica, a las enfermedades que aquejaron a su persona en el curso de su vida. 

Luis XIV, hijo de Luis XIII y Ana de Austria, nació el 5 de septiembre de 1638 tras veinte años de infertilidad matrimonial. Los reyes habían hecho todo lo que podían para propiciar el parto: votos solemnes, fiestas y peregrinaciones religiosas, prácticas piadosas, consejos de médicos y de mujeres expertas en natalicios... Por eso el parto despertó una gran expectación. Al nacer, el niño presentaba una curiosa anomalía: nació ya con dientes, concretamente con los incisivos. Ante este hecho sorprendente, no es de extrañar que en la Corte se considerara que el nacimiento fuera un auténtico milagro, e impusieron al principito el sobrenombre de Dieudonné (Concedido por Dios). 


Luis XIV, niño


El nacimiento había tenido lugar en domingo, día dedicado en la Antigüedad al Sol, y por esta razón se comenzó a relacionar al joven Luis con este astro. Más tarde el esplendor de su corte daría más razones para esta vinculación, hasta el punto de que se le conociera con el apelativo del "Rey Sol" 


Decoración de la verja del palacio de Versalles. 
Luis XIV lo consideraba su emblema personal. 
A los 5 años de edad Luis sufrió un accidente. Mientras jugaba en los jardines del palacio, se cayó en uno de los estanques y estuvo a punto de ahogarse. Lo salvaron en el último momento. 

El 9 de noviembre de 1647, cuando contaba 9 años de edad, enfermó de viruela, una enfermedad que causaba una gran mortalidad, y que acabó con algunos de sus familiares. Los médicos se mostraron muy pesimistas en cuanto al pronóstico y 10 días más tarde casi lo desahuciaron. Pero sorprendentemente, el joven príncipe se recuperó poco después. 



Luis XIV fue coronado rey de Francia y de Navarra
el 7 de julio de 1654
El 30 de junio de 1658, ya como rey de Francia y de Navarra, Luis XIV participaba en una acción bélica, el sitio de Bergen-op-Zoom, y allí fue víctima de una grave intoxicación alimentaria. Tan grave estaba el monarca, que el lunes 8 de julio, se le administró la extremaunción y se empezó a preparar su sucesión. Sin embargo, Guénaut, médico de la reina-madre Ana de Austria, le hizo tomar un emético a base de vino con antimonio que, milagrosamente, curó de nuevo al soberano. No sería la única vez que Luis tendría problemas digestivos. Padeció disentería en alguna ocasión y múltiples gastroenteritis causadas por los frecuentes excesos dietéticos a los que le llevaba su voraz apetito. 

Desde su juventud el rey estuvo aquejado de gonorrea, contagiada por alguna de sus numerosas amantes (1655). Aunque la enfermedad fue cuidadosamente ocultada, fue la causa de numerosas molestias durante toda su vida. 



Bibliografía

Luis XIV el rey que nació con dientes  https://www.larazon.es/cultura/luis-xiv-el-rey-que-nacio-con-dientes-LE16475178?sky=Sky-Marzo-2018#Ttt19vtpmf4EZATj

Mazé J. La cour de Louis XIV. Hachette. Paris 1945








jueves, 27 de octubre de 2016

Refugiados españoles en campos de concentración





Barracón en el campo de concentración de Rivesaltes
(1941 circa)

Fotografía. Memorial de Rivesaltes (Francia)  


Hace pocos días tuve la oportunidad de visitar el Memorial de Rivesaltes, cerca de Perpinyà, a pocos kilómetros de la frontera española. Tras la Guerra Civil española (1936-1939) cerca de 480.000 españoles del bando de los vencidos se refugiaron en Francia. Las autoridades francesas del Gobierno de Vichy (afín a la Alemania hitleriana) recluyeron a más de 300.000 refugiados en campos de concentración (Argelès, Barcarés, Saint-Cyprien, Rivesaltes, Gurs, Noè...) en donde permanecieron varios años. Del campo de concentración de Rivesaltes además salían trenes que condujeron a muchos de estos prisioneros a los campos de exterminio alemanes, especialmente Mauthausen. 

Fotografía de un niño enfermo en un camastro del campo de Rivesaltes.
El campo de concentración de Rivesaltes me impresionó vivamente. Es un amplio cuadrilátero, de unos 3 km. de lado, lleno de barracones de construcción muy precaria, actualmente semiderruidos. En algunos puntos, algunas instalaciones de letrinas, escasas y manifiestamente insuficientes. Las condiciones higiénicas del campo se adivinan muy precarias. 

La climatología en Rivesaltes es muy extrema. Frío en invierno, especialmente cuando sopla la temible tramuntana, el viento seco y helado del Pirineo. Calor asfixiante en verano, cuando un sol inclemente cae como una losa sobre los campos. Los refugiados apenas si podían guarecerse con unas rudimentarias mantas o buscar algún consuelo guareciéndose en los barracones. 

La enfermera Friedel Reiter llegando al campo de Rivesaltes con su bicicleta el 12 de noviembre de 1941

A mí, como siempre, además de los aspectos históricos, me interesaban los aspectos sanitarios, que como otras veces no son motivo de especial atención por parte de los historiadores. En la exposición observé algunas fotos del equipo médico que atendía el campo, que desarrollaban como podían su tarea, más fieles a los principios de Hipócrates que a los del mariscal Pétain. También vi las fotos de Friedel Reiter, una enfermera especialista en atención pediatrica del Sécours Suïsse aux Enfants, cuya acción fue decisiva, organizando la distribución de alimentos y de vestidos, cuidando a los enfermos y participando en múltiples actividades.


Especialmente acuciante era la situación de las
embarazadas, recién nacidos y lactantes
Los rostros demacrados por el hambre
de los internados en los campos de concentración


             
A la izquierda, refugiado español con claros signos de  caquexia por desnutrición. A la derecha, niño con el abdomen abombado y los brazos y piernas con manifiesta atrofia de tejido muscular por falta de alimentos. En la piel, descamada y cuarteada, se ven claramente signos de avitaminosis (pelagra). Memorial de Rivesaltes.

El hambre era uno de los principales problemas. La alimentación era muy escasa y sin ningún equilibrio dietético. La desnutrición era la norma. La atrofia muscular en extremidades, los abdómenes abombados por la ascitis, las caras demacradas, con los ojos hundidos. La falta de vitaminas también dejaba su huella: la pelagra causaba una piel áspera y cuarteada, y se volvía sensible a los ardientes rayos solares. La falta de vitamina D causaba raquitismo y la avitaminosis A, problemas oculares. 

Niñas españolas en la alambrada que rodeaba el campo
La falta de higiene era manifiesta. En el campo solamente había unas escasas instalaciones de letrinas, absolutamente rudimentarias. Ni rastro de duchas o de piletas para lavarse. Había puntos de agua, ciertamente, pero el agua no estaba potabilizada. El resultado de estas lamentables condiciones higiénicas eran la proliferación de infecciones e infestaciones de todo tipo. En los barracones, pulgas y chinches campaban a sus anchas. La sarna y los piojos eran habituales. Y no sólo los piojos de la cabeza (Pediculus capitis), sino el piojo verde, que parasita las costuras de los vestidos (Pediculus corporis), y que además transmitía el tifus. La disentería y las diarreas eran muy comunes. 

Las infecciones cutáneas eran muy habituales. El impétigo se transmitía fácilmente, afectando sobre todo a los niños, así como las tiñas de la cabeza y del cuerpo. 

Campo de concentración de Gurs.
Acuarela de Karl Schwesig (1898-1955)
que estuvo internado ahí.

Algunos de los internos en el campo eran soldados que habían luchado en el frente, y presentaban heridas de guerra. Los más graves fueron atendidos en el hospital de Perpinyà, pero allí tenían un número limitado de camas. Los heridos menos graves permanecieron en el campo, con sus lesiones expuestas a sobreinfecciones y gangrenas por la casi inexistente higiene. 

Los hombres que estaban en buenas condiciones fueron evacuados pronto del campo y obligados a realizar trabajos de construcción en diversos lugares para el Gobierno de Vichy durante la Segunda Guerra Mundial. Algunos lograron escaparse y se unieron a las filas de la Resistencia Francesa, realizando algunas de las más célebres hazañas contra los nazis. La liberación de París, por ejemplo, fue obra de los republicanos españoles, aunque durante mucho tiempo se silenció este aspecto. 

    
La maternidad de Elna, donde nacieron cerca de 600 niños, hijos de exiliadas españolas

Desprovisto de los hombres con capacidad para trabajar, en el campo de Rivesaltes quedaron básicamente mujeres, niños y ancianos. Especialmente delicada era la situación de las mujeres embarazadas, de los recien nacidos y lactantes. Una enfermera suiza, Elisabeth Eidenbenz, que trabajó para el Secours Suïsse, lograba sacar a las embarazadas y parturientas del campo con su aval y las llevaba a una casona que había habilitado a las afueras de Elna. Allí atendía mejor a sus necesidades. Centenares de niños nacieron allí y pudieron así sobrevivir. Pronto la casa fue conocida como la Maternidad de Elna. 

   
Elisabeth Eidenbenz, con algunos de los niños de la Maternidad de Elna.

El campo de concentración de Rivesaltes no solamente albergó republicanos españoles, aunque éstos lo ocuparon bastantes años. También se concentraron allí a gitanos y judíos. Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, se concentraron allí prisioneros alemanes. Y posteriormente se concentraron los harkis, los argelinos reclutados para defender a Francia en la Guerra de Argelia, que tras la derrota huyeron de su país a la metrópoli y fueron desarmados y recluídos allí. 

Además de mi interés histórico, los campos de concentración despiertan en mí una viva emoción personal. En una de las filmaciones que se exhiben en el museo del Memorial de Rivesaltes pude ver a mi padre, excombatiente republicano y que también conoció las penurias de un campo de concentración. De allí fue repatriado más tarde con los vestidos infestados de piojos. También tengo un recuerdo para mi tío abuelo, el artista Eduard Fiol, de quien conservo algunos sobres de cartas dirigidas a su prometida. Los sobres llegaban totalmente repletos de sus artísticos dibujos, y con los sellos de una doble censura: la del campo de concentración de Gurs y la de la España franquista.



Dos recuerdos personales:

Arriba, sobre de una de las cartas enviadas por mi tío Eduard Fiol, desde el campo de concentración de Gurs, con el dibujo de la torre Eiffel ejecutada con técnica puntillista, y con los sellos de doble censura. La carta llegó evidentemente abierta.

Abajo, columna de refugiados españoles guiados por un gendarme francés. En la primera fila, alto, con boina y manta atravesada, era mi padre.   

La historia de los refugiados españoles deja en mí un sabor amargo de derrota y vejaciones. Un sabor por otra parte muy actual. Los campos de refugiados sirios de Grecia son una imagen de plena actualidad y su problemática es superponible. Hoy me desperté con la noticia del desmantelamiento forzoso del campo de Calais. La historia se repite una y otra vez. 


Rivesaltes: 




La Maternitat d'Elna: 
























viernes, 7 de octubre de 2016

Dermatólogos judíos bajo el III Reich (V): El Holocausto






Leo Breuer

Pfad zwischen den Baracken
(Camp de Gurs) 
(1941)

Acuarela sobre papel 
Exposición Arte del Holocausto (2016). 
Museo Histórico de Berlín. 
(Cedida temporalmente por Yad Vashem, Jerusalén)


El Holocausto

El 9 de noviembre de 1938, marcó un hito en la furia antisemítica nazi: la noche de los cristales rotos (Kristallnacht). En aquella aciaga noche hordas enloquecidas de las SA atacaron sistemáticamente las tiendas y negocios judíos, rompiendo escaparates, golpeando a todos los judíos que encontraron, saqueando y matando. Un centenar de judíos fueron asesinados, y 30.000 detenidos y llevados a campos de concentración. Había comenzado la llamada “Solución Final”. 


Llegada de un grupo de prisioneros al campo de concentración de Theresienstadt

Precisamente una de las “investigaciones” consistía en infectar a grupos de prisioneros con inoculaciones de diversas bacterias o en causarles importantes quemaduras con ácidos en la piel, que se sobreinfectaban rápidamente, para experimentar el tratamiento con diaminodifenilsulfona, Este experimento fue muy usado en los campos de concentración de Buchenwald y Ravensbrück. Las detenciones de judíos se sucedieron en todo el territorio ocupado por el III Reich a partir de entonces. Por doquier surgieron campos de concentración en donde se realizaron todo tipo de crueldades y de muertes masivas. Como es sabido, no faltaron  torturas y asesinatos enmascarados como “investigaciones médicas”. Lamentablemente, muchos médicos nazis tomaron parte activa en esta ceremonia del horror, entre los que se contaban algunos dermatólogos, como Herta Oberheuser, la única doctora convicta en el Juicio de Nuremberg, o Josef Vonkennel que había descubierto la diaminodifenilsulfona. 




Lev Haas: Ankunft eines Transports, 1942 

      

Placa conmemorativa en la que fue residencia 
de Karl Herxheimer en Frankfurt 
hasta su deportación al campo de concentración 
de Theresienstadt, donde murió. 
El campo de concentración de Theresienstadt (Terezin) era un campo considerado "modélico” y el único en el que los nazis permitían ocasionales visitas de observadores extranjeros. Estaba destinado a mayores de 65 años o a personalidades cuya desaparición podía causar una inquietud internacional.

Karl Herxheimer
En Theresienstadt fue recluido Karl Herxheimer (1860-1941), que había sido catedrático de Dermatología en Frankfurt. Su nombre es conocido por la reacción de Jarisch-Herxheimer, una reacción adversa en el tratamiento de la sífilis (por destrucción masiva de treponemas) y porque describió la acrodermatitis chronica atrophicans en 1902. También describió la acné clórica (1899). En 1941, un grupo de amigos planificó su huída a Suiza, donde Herxheimer poseía una casa en la ribera del lago Thun. Pero el octogenario Herxheimer  decidió que era demasiado viejo y conocido para intentar huir por lo que decidió quedarse en Frankfurt. En 1942, fue acusado de que, a pesar de ser judío, seguía recibiendo una modesta pensión de la Universidad de Frankfurt, por lo que fue  detenido y deportado en un vagón de tren junto con centenares de prisioneros a Theresienstadt, donde murió de hambre y de disentería catorce semanas después de su llegada. 


Abraham Bushke
Otro prisionero de Theresienstadt fue Abraham Buschke (1868-1943). Había sido director del Departamento de Dermatología del Hospital Rudolph Virchow de Berlín. Su nombre está vinculado para siempre a la dermatología por haber descrito el escleredema adultorum, enfermedad que cursa con gran engrosamiento de la piel y endurecimiento de cuello, espalda, hombros y cara, de etiología desconocida pero que se asocia a la diabetes; la criptococosis o enfermedad de Busse-Buschke; la dermatofibrosis lenticularis disseminata o síndrome de Buschke-Ollendorf; el carcinoma verrucoso o tumor de Buschke-Löwenstein (condiloma acuminado gigante); y finalmente, la melanosis de Buschke. Tras ser expulsado de su cargo en el hospital Rudolph Virchow en 1933, Buschke trabajó gratuitamente en el Hospital de la Comunidad Judía. En 1937 él y su esposa viajaron a EEUU, ya que había sido invitado a dar una conferencia en la Universidad de Nueva York, pero volvió a Berlín, tras visitar a sus hijos, que vivían en Chicago. En 1938 le volvieron a invitar, pero rehusó, ya que las autoridades sólo le autorizaban a ir con la condición de que su esposa se quedara en Alemania como rehén.







Lodz, Poland. Plantilla de médicos del hospital del ghetto. Archivo fotográfico de Yad Vashem (Tomado de Cuerda E, González-López E, López-Estebaranz JL: Dermatología en la Alemania Nazi. Actas Dermosifiliogr 2011;102:423-8 - Vol. 102 Num.6 DOI: 10.1016/j.adengl.2010.09.002)

En 1942, tanto Buschke  como su esposa fueron deportados a Theresienstadt. Abraham Buschke murió en febrero de 1943, exhausto y caquéctico, de disentería. De los 140.000 prisioneros de Theresienstadt, sólo 17.000 conservaban la vida cuando las tropas aliadas entraron en el campo en mayo de 1945. Una de las supervivientes fue Erns Buschke, la esposa del gran dermatólogo, que terminó su vida junto a sus hijos en los EEUU.

También debemos recordar a Ludwig Pick, que realizó algunas aportaciones a la Dermatología especialmente en el campo de las lesiones pigmentadas. Había estudiado en las universidades de Heidelberg, Leipzig, Berlín y Königsberg. En 1906 era director del departamento de Anatomía Patológica del Hospital de Freiedrichshain, en Berlín, y en 1909 fue nombrado profesor. Había luchado en el ejército alemán durante la I Guerra Mundial, pero esto no evitó que fuera encarcelado en el campo de concentración de Theresienstadt, donde murió en febrero de 1944.


Barracones del campo de concentración de Theresienstadt


Otra personalidad que debe ser recordada es la de Lucja Frey-Gottesman (1889-1942) una neuróloga polaca nacida en Lwów (ciudad que actualmente pertenece a Ucrania). Había descrito el síndrome de Frey, caracterizado por episodios recurrentes de enrojecimiento y sudoración facial desencadenados por estímulos gustatorios y limitados al territorio de inervación del nervio aurículo temporal. Tras la invasión de los alemanes en Ucrania en 1939 fue enviada al gueto de Lwów por su condición judía, donde continuó trabajando como médico. En agosto de 1942, coincidiendo con la llamada Solución Final, los nazis destruyeron la clínica del gueto y mataron a todos los médicos y pacientes del centro.  No se sabe si Lucja murió en aquella acción o fue deportada al campo de exterminio de Belzec, cercano a Varsovia ya que se efectuaron deportaciones masivas (50.000 personasen 12 días). 


Arthur Simons (1879-1942) describió la enfermedad de Barraquer-Simons, también conocida como lipodistrofia progresiva o síndrome de Holländer-Simons. En esta enfermedad se produce una atrofia simétrica del tejido adiposo de la parte superior del cuerpo y de la cara, mientras que aumenta el de la parte inferior del cuerpo. Por sus orígenes judíos los alemanes lo expulsaron de su puesto de profesor en el hospital de la Charité en Berlín en 1933. En 1942 fue deportado al campo de concentración de Vaivara, cerca de Estonia, donde falleció



Bibliografía

Cuerda E, González-López E, López-Estebaranz JL: Dermatología en la Alemania Nazi. Actas Dermosifiliogr 2011;102:423-8 - Vol. 102 Num.6 DOI: 10.1016/j.adengl.2010.09.002

Gans O. Zum 100. Geburstag von Karl Herxheimer . Hautarzt 1953, 4: 444


Holubar K, Wolff K. The genesis of American Investigative Dermatology from its roots in Europe. J Invest Dermatol 1989 (Suppl) 92:14S-21S

Klee E. Auschwitz, die NS-Medizin und die Opfer. Fischer. Frankfurt, 1997.


Sierra X. Historia de la Dermatología. Mra. Barcelona, 1994.


Sierra X. Dermis y Cronos. La dermatología en la historia. Ed. Planeta de Agostini. Barcelona, 1995


Sierra X. Los dermatólogos judíos en la Alemania Nazi. En: Sierra X (ed): Cien Años de Dermatología 1900-2000, pp. 55-69

Ternon Y, Helman S. Historia de la Medicina SS. Fomento de Cultura Ediciones. Valencia, 1971