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miércoles, 21 de julio de 2021

Negar la epidemia. El cólera de 1971.

 versió catalana | versión española

 





Hospital de Santa María del Mar 
(circa 1960)

Fotografía de archivo
Hospital del Mar



Durante el siglo XIX, nuestro país sufrió varias epidemias de cólera, que causaron una alta mortalidad. Las más destacadas fueron el 1817-23, 1829-34, 1854-55, 1863-65, y la de 1885. En total, cerca de 800.000 muertes a lo largo de la centuria.

Pero también hubo pequeños brotes coléricos, que aunque de menor magnitud, fueron silenciados por criterios políticos, como fue el caso del cólera de 1971. Ahora justamente se conmemoran 50 años de este episodio, del que tuve la oportunidad de ser testigo presencial.

En 1961 había comenzado una nueva pandemia de cólera, en Indonesia. El agente causal era Vibrio cholerae biotipo El Tor, una cepa que se denominaba así porque había sido descrita por Felix Gotschlich 1905 en la estación de cuarentena El Tor, en la península del Sinaí. La enfermedad se extendió luego por la India y Bangladesh, afectando a muchos países asiáticos y llegando hasta el oriente de Europa y el norte de África, formando una tenaza que permitía prever que acabaría llegando a la Península Ibérica.

Efectivamente, el brote epidémico llegó en verano de 1971. El foco principal de cólera se había declarado en la cuenca del Jalón, en Aragón, en los pueblos de Épila (3.997 habitantes y 38 posibles casos) y Rueda de Jalón (534 habitantes y 18 posibles casos). La Sanidad oficial franquista negó rotunda y repetidamente que fuera cólera. En plena temporada de vacaciones, la noticia de un brote de cólera en España podía dañar la imagen del país y arruinar el turismo, que en aquellos años ya se había convertido en una importante fuente de divisas.

A pesar de la censura oficial sobre la enfermedad, y de forma contradictoria, se organizaron campañas de vacunación. En la provincia de Zaragoza se vacunaron durante el mes de julio más de 600.000 personas.


Cola para vacunarse del cólera. Zaragoza, 1971


En Barcelona se centró la vacunación en el Hospital del Mar, donde los Doctores Amadeo Foz y Francisco Alcántara organizaron la hospitalización de enfermos coléricos, el diagnóstico bacteriológico y la vacunación de la población. Los equipos de vacunación estaban formados por algunos estudiantes de Medicina voluntarios, como yo mismo.

El Hospital del Mar había sido el antiguo Hospital de Infecciosos (1914-1940), de gestión municipal, que a partir de 1940 y hasta 1975 recibió el nombre de Hospital de Nuestra Sra. del Mar. El Dr. Francisco Alcántara (1922-2012) era desde 1967 el Jefe de Servicio de Medicina Interna del Hospital de Ntra. Sra. del Mar.



Dr. Francisco Alcántara

 

A raíz de la epidemia, el Dr. Alcántara se encargó de diseñar y organizar una unidad de diagnóstico y tratamiento del cólera. Para atender el brote se evacuaron y trasladaron a otros hospitales todos los enfermos no infecciosos que estaban ingresados y se habilitaron servicios de hidratación, esterilización, lavanderías especiales, fumigadores, quemadores de desechos, camillas idóneas para coléricos, etc. Los casos sospechosos de cólera se instalaron en tres pabellones:

1. Una unidad de rehidratación, donde ingresaban los enfermos graves con diarreas muy intensas. La función de este espacio era aislar los casos y proceder a la rehidratación. También se les administraba cloranfenicol, siguiendo la pauta del momento para casos de cólera, recomendada por la OMS.

2. El segundo espacio era para los convalecientes, los enfermos que ya habían superado la fase aguda.

3. El tercer pabellón era para enfermos con diarrea sin signos de deshidratación pero que por varias razones no podían ser atendidos en su casa.


Esta organización fue muy efectiva. De los 580 casos ingresados (180 con confirmación diagnóstica de cólera) sólo se registraron 3 muertos. En 1973 el Dr. Alcántara fue condecorado por su eficiente trabajo con la Orden Civil de Sanidad.

Otro médico destacado en el control de la epidemia fue el Dr. Amadeo Foz Tena (1913-1993), bacteriólogo, y profesor de Microbiología en la UAB. Foz organizó las determinaciones microbiológicas, por un lado, y la vacunación de la población por otra. Tengo recuerdos personales de esta campaña. Yo en aquel momento era alumno interno de microbiología y el Dr. Foz era mi profesor. Recuerdo que yo estaba de vacaciones, pero a una hora avanzada de la noche recibí la llamada del profesor pidiéndome que me incorporara urgentemente al Servicio y que le ayudara a reunir un grupo de compañeros estudiantes para organizar los equipos de vacunación. Esto me convirtió en un testigo de primera fila de aquel brote epidémico.

Los equipos de vacunación comenzaron a funcionar de inmediato. Incorporaron médicos del equipo habitual de microbiología, entre los que recuerdo la Dra. Clara Roy y Avenosa (auténtica mano derecha del Dr. Foz), el Dr. Ignacio Calicó y Mª Luisa de Buen y un grupo de estudiantes de Medicina de la UAB. Nos instalamos en un pequeño cobertizo que había en la entrada del hospital, una especie de conserjería. En la foto que encabeza esta entrada puede verse, a la izquierda. Se crearon dos equipos, cada uno formados por 3-4 estudiantes y un médico supervisor. Como novedad disponíamos de jeringas de plástico de un solo uso que se habían introducido recientemente. Hasta entonces se habían usado normalmente jeringas de vidrio que había que esterilizar cada vez, y que todavía usábamos cuando se acababan las de plástico. Uno de nosotros tomaba los datos, otro cargaba la jeringa y el otro inoculaba. Recuerdo que cada uno inoculaba unas 800 vacunas diarias. Había momentos en que se formaban largas colas de gente para vacunar. Mientras vacunábamos les dábamos instrucciones de higiene sobre lavar la fruta y la verdura, el agua de boca, y la higiene personal.



Dr. Amadeo Foz Tena


Para acceder a las salas de los coléricos, nos poníamos guantes y también batas, patucos, cofias, y mascarillas de tela que habían sido especialmente esterilizadas y que se cambiaban cada vez. Las normas de la lavandería del hospital eran estrictas. Los enfermos no estaban en camas, sino en literas, una especie de parihuela con aspas en los extremos que permitían mantenerlas elevadas, como si fuera una cama, para permitir la eliminación de las heces. A la altura de la zona anal, había un agujero de unos 15 cm para permitir la salida de las continuas deposiciones, ya que la diarrea podía llegar a ser de 30 l / día. El agujero conectaba con un tubo que llevaba las heces a un cubo que las recogía y que contenía un fuerte antiséptico. Los enfermos estaban profundamente deshidratados y se les rehidrataba con suero parenteral. La visión de la cara de los enfermos y de las fóveas que la presión producía en su piel no se olvida fácilmente. Ni tampoco los movimientos del vibrión colérico vivo en el microscopio.

Mientras todo esto ocurría, la prensa seguía negando la realidad. El 24 de julio, después de días de silencio, la Vanguardia publicaba un titular: "Normalidad sanitaria en todo el país". Otro artículo destacaba: "No es necesaria la vacunación, afirma la Organización Mundial de la Salud". Un subtítulo afirmaba categóricamente "el foco epidémico está definitivamente estrangulado", y aunque reconocía que se habían hospitalizado 435 personas con "trastornos diarreicos" en Zaragoza, insistía en que la campaña sanitaria estaba prácticamente concluida.



La prensa negó la existencia de cólera de forma categórica y reiteradamente


La negación de las epidemias por intereses políticos no es nueva. En varias circunstancias se ha tomado esta decisión irresponsable, con la excusa de no atemorizar a la población. El caso del cólera del verano de 1971 es uno de los más claros, y yo fui testigo presencial de estos hechos. Mientras veía como los coléricos se deshidrataban en las salas del hospital, leía poco después las noticias de la prensa negando la evidencia. Las instituciones sanitarias y políticas del franquismo hicieron todo lo posible para ocultar y maquillar la realidad, con el fin de preservar el turismo y el prestigio internacional de España. En ningún momento se proporcionaron datos reales sobre letalidad o mortalidad. Se vulneró así el derecho de la ciudadanía a una información libre y veraz sobre una enfermedad infecciosa que podía extenderse fácilmente. 

No era la primera vez que el franquismo silenciaba epidemias. También a principios de los años 50 se ocultó el brote de poliomielitis y no se divulgaron de forma adecuada las normas higiénicas para prevenirla. La vacunación de la poliomielitis llegó a España con 10 años de retraso. El resultado fue que muchos niños sufrieron la enfermedad y sus consecuencias, que les dejaron importantes secuelas. Los intereses políticos a veces pueden ser criminales por omisión.

Xavier Sierra Valentí

 



Negar l'epidèmia. El còlera de 1971.








Hospital de Santa Maria del Mar 
(circa 1960)

Fotografia de arxiu
Hospital del Mar


Durant el s. XIX, el nostre país va patir diverses epidèmies de còlera, que van causar una alta mortalitat. Les más destacades van ser el 1817-23, 1829-34, 1854-55, 1863-65, i la de 1885. En total, prop de 800.000 morts al llarg de la centúria. 

Però també hi va haver petits brots colèrics, que encara que de menor magnitud, van ser silenciades per criteris polítics, com va ser el cas del còlera de 1971. Ara justament es commemoren 50 anys d’aquest episodi, del que vaig tenir l'oportunitat de ser-ne testimoni.  

L’any 1961 havia començat una nova pandèmia de còlera, a Indonèsia. L'agent causal era Vibrio cholerae biotip El Tor, una soca que es denominava així perquè havia estat descrita per Felix Gotschlich l’any 1905 a l’estació de quarentena El Tor, a la península del Sinaí. La malaltia es va estendre després per la Índia i Bangla Desh, afectant molts països asiàtics i arribant fins l’orient d’Europa i al nord d’Àfrica, formant una tenalla que permetia preveure que acabaria arribant a la Península Ibèrica. 

Efectivament, el brot epidèmic va arribar a l’estiu de 1971. El focus principal de còlera s’havia declarat a la conca del Jalón, a l’Aragó, en els pobles d’Épila (3.997 hab. i 38 possibles casos) i Rueda de Jalón (534 hab. i 18 possibles casos).  La Sanitat oficial franquista va negar rotundament i repetida que fos còlera. En plena temporada de vacances, la notícia d’un brot colèric a Espanya podia malmetre la imatge del país i arruïnar el turisme, que en aquells anys ja s’havia convertit en una important font de divises. 

Malgrat la censura oficial sobre la malaltia, i de forma contradictòria , es van organitzar campanyes de vacunació. A la província de Saragossa es van vacunar més de 600.000 persones. 


Cua per vacunar-se del còlera. Saragossa, 1971


A Barcelona es va centrar la vacunació a l'Hospital del Mar, on els Drs. Amadeo Foz i Francisco Alcántara van organitzar la hospitalització de malalts colèrics, el diagnòstic bacteriològic i la vacunació de la població. Els equips de vacunació estaven formats per alguns estudiants de Medicina voluntaris, com jo mateix. 

L’Hospital del Mar havia estat l’antic Hospital d’Infecciosos (1914-1940), de gestió municipal, que a partir de 1940 i fins 1975 va rebre el nom d’Hospital de Nuestra Sra. del Mar. El Dr. Francisco Alcàntara (1922-2012) era des de 1967 el Cap de Servei de Medicina Interna de l’Hospital de Ntra. Sra. del Mar. 



Dr. Francisco Alcántara


Arrel de l’epidèmia de còlera, el Dr. Alcántara es va encarregar de dissenyar i organitzar una unitat de diagnòstic i tractament del còlera. Per atendre el brot es van evacuar i traslladar a altres hospitals tots els malalts no infecciosos que estaven ingressats i s’habilitaren serveis d’hidratació, esterilització, rentadors especials, fumigadors, cremadors de deixalles, lliteres idònies per a colèrics, etc . Els casos sospitosos de tenir còlera es van instal·lar en tres pavellons:

1. Una unitat de rehidratació, on ingressaven els malalts greus amb diarrees molt intenses. La funció d’aquest espai era aïllar els casos i procedir a la rehidratació. També se’ls administrava cloramfenicol, seguint la pauta del moment per casos de còlera, recomanada per la OMS.

2. El segon espai era pels convalescents, pels malalts que ja havien superat la fase aguda. 

3. El tercer pavelló era per malalts amb diarrea sense signes de deshidratació però que per diferents raons no podien ser atesos a casa seva. 

Aquesta organització va ser molt efectiva. Dels 580 casos ingressats (180 amb confirmació diagnòstica de còlera) només es van registrar 3 morts. El 1973 el Dr. Alcántara va ser condecorat per la seva feina amb l’Ordre Civil de Sanitat.

Un altre metge destacat en el control de l’epidèmia va ser el Dr. Amadeo Foz Tena (1913-1993), bacteriòleg, i professor de Microbiologia a la UAB. Foz va organitzar les determinacions microbiològiques, per una banda, i la vacunació de la població per altra. Tinc records personals d’aquesta campanya. Jo aleshores era alumne intern de microbiologia i el Dr. Foz era el meu professor. Recordo que jo estava de vacances, però a a una hora avançada de la nit vaig rebre la trucada del professor demanant-me que m’incorporés urgentment als equips de vacunació i que l’ajudés a reunir un grup de companys per a organitzar la vacunació. Això va fer que pogués ser un testimoni de primera fila d'aquell brot epidèmic. 

Els equips de vacunació van començar a funcionar de seguida. S’incorporaren metges de l’equip habitual de microbiologia, entre els que recordo la Dra. Clara Roy i Avenosa (autèntica mà dreta del Dr. Foz), el Dr. Ignasi Calicó i Mª Luisa de Buen i un grup d’estudiants de Medicina de la UAB. Ens vàrem instal·lar en un petit cobert que hi havia llavors a l’entrada de l’hospital, una mena de consergeria. Es formaren dos equips, cada un formats per 3-4 estudiants i un metge supervisor. Com a novetat disposàvem de xeringues de plàstic d’un sol ús que en s’havien introduït feia poc. Fins llavors s’havien usat normalment xeringues de vidre que calia esterilitzar cada vegada, i que de tota manera encara usàvem quan s’acabaven les de plàstic. Un de nosaltres prenia les dades, un altre carregava la xeringa i l’altre inoculava. Recordo que cadascú feia unes 800 vacunes diàries. Hi havia moments en que es formaven llargues cues de gent per vacunar. Mentre vacunàvem proporcionàvem instruccions d’higiene sobre rentar la fruita i la verdura, l’aigua de boca, i higiene personal. 


Dr. Amadeo Foz Tena

Per accedir a les sales dels colèrics, ens haviem de posar guants i també bates, peücs, còfies, i mascareta de roba que havien estat especialment esterilitzades i que es canviaven cada vegada. Les normes de la bugaderia de l’hospital eren estrictes. Els malalts no estaven en llits, sinò en lliteres, una mena de baiards amb aspes als extrems que permetien mantenir-les elevades, com si fos un llit, per permetre l’eliminació de les. A l’altura de la zona anal, hi havia un forat d’uns 15 cm per permetre la sortida de les contínues deposicions, ja que la diarrea podia arribar a ser de 30 l/dia. El forat connectava amb un tub que portava la femta a una galleda que la recollia i que contenia un fort antisèptic. Els malalts estaven profundament deshidratats i se’ls rehidratava amb sèrum parenteral. La visió de la fàcies dels malalts i de les fòvees que la pressió produïa a la seva pell no s’oblida fàcilment. Ni tampoc els moviments del vibrió colèric viu al microscopi.  

Mentre tot això passava, la premsa seguia negant la realitat. El 24 de juliol, després de dies de silenci, la Vanguardia publicava un titular: “Normalidad sanitaria en todo el país”. Un altre article destacava: “No es necesaria la vacunación, afirma la Organización Mundial de la Salud”. Un subtítol afirmava categòricament “el foco epidémico está definitivamente estrangulado”, i tot i que reconeixia que s’havien hospitalitzat 435 persones amb “transtornos diarreicos” a Saragossa, insistia que la campanya sanitària estava pràcticament conclosa.


La premsa va negar que hi hagués còlera de forma categórica y reiterada


La negació de les epidèmies per interessos polítics no és nova. En diverses circumstàncies s'ha pres aquesta decisió irresponsable, amb l'excusa de no atemorir a la població. El cas del còlera de l'estiu de 1971 és un dels més clars, i jo en vaig ser testimoni presencial. Mentre veia com els colèrics es deshidrataven a les sales de l'hospital, llegia després les notícies negant l'evidència. Les institucions sanitàries i polítiques del franquisme van fer tot el possible per ocultar i maquillar la realitat, per tal de preservar el turisme i el prestigi internacional d’Espanya. En cap moment es van proporcionar dades reals sobre letalitat o mortalitat. Es va vulnerar així el dret de la ciutadania a una informació lliure i veraç sobre una malaltia infecciosa que podia estendre’s fàcilment. No era la primera vegada que el franquisme silenciava epidèmies. També a la primeria dels anys 50 es va ocultar el brot de poliomielitis i no es van divulgar de forma adient les normes higièniques per prevenir-la. La vacunació de la poliomielitis va arribar a Espanya amb 10 anys de retard. El resultat va ser que molts nens van patir la malaltia i les seves conseqüències, que els deixaren importants seqüeles. Els interessos polítics, que de vegades poden ser criminals per omisió. 

                                                                 Xavier Sierra Valentí


(Article de la revista d'història de la Medicina Gimbernat)

martes, 28 de abril de 2020

Las epidemias cambian el curso de la historia

Resultado de imagen de de chirico calles desiertas





Giorgio de Chirico

Enigma de un día
(1914)

Óleo sobre tela. 




Este cuadro desolado y solitario de Giorgio de Chirico, nos puede recordar en cierto modo el aspecto de nuestras calles durante el confinamiento al que ha obligado la pandemia de COVID19 en muchos países, incluído el nuestro. Una medida drástica para intentar frenar el impacto de una enfermedad, que sin duda cambiará el curso de la historia. Aunque no es la primera vez. Las grandes epidemias han supuesto hitos que han girado con frecuencia la historia.  

Las epidemias han afectado a la Humanidad desde hace muchos miles de años. Por lo menos desde el Neolítico, época en la que nace la ganadería y el contacto con diversas especies animales, ya que muchas de las epidemias han sido zoonosis, a partir de otras especies. Tenemos ejemplos de epidemias desde la Antigüedad. La peste de Atenas, o la peste antonina que afectó al Imperio romano en el s. II d. C son algunos ejemplos.
Hace pocas semanas apareció un interesante artículo de D. Jones en la revista New England Journal of Medicine, a propósito de la actual epidemia del CoVID19 y sus previsibles implicaciones en la sociedad y en la historia. 

Jones recuerda que ya Rosenberg argumentó que las epidemias presionan a las sociedades que atacan. Esta cepa hace visibles las estructuras latentes que de otra manera no serían evidentes. Es decir, pueden ser un evidente instrumento de análisis social, revelando que cosas son las que realmente le importa a una población y a quién realmente valoran.

Frecuentemente he comentado en artículos, en conferencias y en este mismo blog, que las enfermedades, y especialmente las epidemias, tienen un impacto importante en la sociedad y que modulan la historia de forma muy importante y que muchas veces han sido tanto o más decisivas como los factores económicos, políticos y bélicos.   



Representación ideal del asalto al call judío de Barcelona en 1391
Litografía de J. Segrelles (1910) 


Una constante en todas las epidemias es la búsqueda de supuestos culpables. Tras la peste negra del s. XIV se culpó primero a los leprosos, aumentando su ya terrible marginación y poco después a los judíos, desencadenando una ola de violento antisemitismo que culminó con los asaltos a los calls y juderías, con grandes matanzas de judíos. Cuando apareció la sífilis en Europa, cada país culpó al otro y esto originó las denominaciones de mal francés, mal de Nápoles, mal español, con la que se conocía la nueva enfermedad. En el cólera de 1835, se acusó a los jesuitas de ser los que envenenaban los pozos. En la gripe de 1918, las potencias beligerantes censuraron la información y acusaron a los españoles (país en donde no se impuso la censura). Ahora no ha faltado quien ha señalado a los vendedores de pescado en los mercados chinos. El caso es que siempre se ha buscado un chivo expiatorio. Este discurso de culpa agudiza las divisiones sociales existentes de religión, raza, etnia, clase o identidad de género. Las disposiciones de los gobiernos, que imponen su autoridad también pueden ser contestadas por otras facciones políticas, aumentando el conflicto social. 


Matanza de jesuitas en Madrid. Circulaba el rumor de que estos religiosos envenenaban los pozos y eran los "culpables" de la epidemia de cólera 
Tras la epidemia de peste negra del s. XIV, la sociedad se transformó profundamente. Según la opinión de muchos historiadores, como Guy Blois, la peste puso fin al período feudal e incluso, en cierto modo, acabó con la Edad Media. Tal vez no fue el único factor, pero la enfermedad, que ocasionó una drástica reducción de la población, matando a más de un tercio de la población europea (y una proporción todavía mayor en ciertas zonas), propició cambios importantes en la economía, la política y la  organización social. 

La sociedad feudal se basaba en que los campesinos trabajaban la tierra que no podían abandonar y estaban sometidos a un señor. Unidos pues a unas tierras y a un señor. Eran familias muy numerosas, ya que se necesitaban muchos brazos para trabajar la tierra. Una tierra que producía poco y no llegaba para alimentar a todos. La gran mortalidad hizo que tras la peste hubiera poca mano de obra, con lo que se dio un gran impulso a la tecnología, que permitía realizar el trabajo con menos operarios. Por otra parte en el régimen feudal los intercambios de bienes eran la norma (se pagaban diezmos y primicias de las cosechas a los señores), pero ahora se comenzó a usar masivamente la moneda, con lo que se impulsó el comercio. También nació una nueva clase social, la burguesía. Por cierto que los médicos cobraron un nuevo protagonismo y pasaron a formar parte de los burgueses y pequeños propietarios. En conjunto, la sociedad del s. XV fue más próspera. Los progresos de la agricultura contribuyeron a incrementar las cosechas, y por otra parte, al ser la población menor, su alimentación fue  también mejor, dejando atrás las hambrunas de la primera mitad del s.XIV.  


También se aprendieron normas de higiene: se debían recoger las basuras, los cadáveres de animales debían alejarse de villas y caminos y sobre todo se debían desratizar las casas. En épocas anteriores, las ratas en las casas eran casi una mascota, con la que jugaban los niños sin ningún problema. La peste enseñó que las ratas podían ser animales peligrosos y llevar consigo la muerte. Otra cosa que sucedió es que se perdió el miedo a navegar y se inauguró una época de grandes navegaciones.

Atreverse a navegar llevó a los europeos a explorar nuevas tierras, como América. Y aquí se produjo un nuevo choque microbiológico entre dos poblaciones humanas hasta entonces separadas. Los europeos llevaron a América un gran número de enfermedades que hasta entonces eran desconocidas allí: sarampión, varicela, viruela, tifus, difteria o gripe, que hicieron estragos en una población desprotegida inmunológicamente. La mortalidad fue importantísima, cerca de un 90% de la población. Según el University College de Londres, el Imperio azteca debía tener unos 60 millones de habitantes, y en pocos años quedó reducido a 5 o 6 millones. Como si no, podría Hernán Cortés con un puñado de hombres y 16 caballos haber conquistado el Imperio de Moctezuma?

Carlos Esquivel y Rivas. Prisión de Guatimocín, último emperador de México. Museo del Prado. Madrid

Esto conllevó incluso un cambio climático en el planeta. El brusco descenso de la población implicó la reforestación de vastos territorios. Los bosques cubrieron unos 600.000 km2, una superficie similar a la que ahora ocupa Francia. Esto produjo una disminución del CO2 (que ha podido comprobarse por el estudio del hielo polar) y una disminución de las temperaturas en todo el mundo (la llamada pequeña edad glacial). Irónicamente una de las zonas más perjudicadas fue Europa que se enfrentó a una época de malas cosechas y a hambrunas.


La imponente selva del Petén, en el yacimiento maya de Tikal, atestigua la importante reforestación de América Central que ocasionó un cambio climático, con un enfriamiento global del planeta.  

Pero también los conquistadores trajeron enfermedades a Europa. Entre ellas probablemente la sífilis, que se expandió por todo el continente con una gran prevalencia. En ausencia de tratamiento, la sífilis fue un flagelo terrible. Según Alfred Fournier, el gran sifiliógrafo francés a finales del s. XIX afectaba a un 15 % de la población de París. Pero no solamente eso. Al contraerse por vía sexual, la sífilis cambió las costumbres sociales. Desaparecieron los baños públicos. Era una enfermedad vergonzante, unida de forma evidente con el pecado. Incluso había manuales de automedicación para evitar el oprobio de consultar al médico. De forma no siempre justificada, la sífilis se vinculó a la prostitución. Otro culpable. En 1905 se descubrió su agente causal, Treponema pallidum y poco después el primer tratamiento algo efectivo, Salvarsan. Aunque el remedio definitivo, la penicilina, no llegaría hasta 1945.


Librito de automedicación para tratarse la sífilis evitando una consulta médica (1835)



Antes, en el s. XIX, habían tenido lugar diversas pandemias de cólera, una infección por Vibrio cholerae, que se contagia por beber agua contaminada. El principal síntoma es una copiosa diarrea que puede llegar a ser de 30 l/d. En la península Ibérica se produjeron cuatro grandes epidemias:

              1833-1834 que causó 300.000 muertos
              1817-1823, 236.000 muertos
              1865, con 120.000 muertos
              1885, con otros 120.000 muertos

El médico catalán Jaume Ferran puso a punto una vacuna, a pesar de las cortapisas que le puso el gobierno español de la época. 

Las sucesivas epidemias de cólera también cambiaron a la sociedad. Los primeros estudios de epidemiología llevados a cabo en Londres por John Snow pusieron de manifiesto la necesidad de tomar medidas higiénicas para prevenir la enfermedad. La consecuencia fue que se aprendió que debían tratarse las aguas con cloro para potabilizarlas y realizar conducciones de aguas a las casas y promover un nuevo diseño de las aguas negras a la cloaca, desapareciendo progresivamente desde entonces los pozos negros que eran habituales hasta entonces.  Empezaron a aparecer los cuartos de baño en las casas. 

La sala de un hospital durante la epidemia de gripe de 1918



En el s. XX tuvo lugar la gran epidemia de gripe de 1918-1920, la mal llamada gripe española. En realidad se había originado en Kansas y fue traída a Europa por un combatiente de la I Guerra Mundial. Pero las potencias en guerra censuraban toda información de la pandemia. España era un país neutral y la prensa española informaba libremente. Por eso se le empezó a llamar gripe española. Pero afectó a toda Europa causando entre 50 y 100 millones de muertos. Mucho más que la Guerra Mundial con 18 millones de muertos. 

Las transformaciones de la gripe se solaparon con las de la contienda, y es difícil deslindar si se debieron a la pandemia o a la guerra. Lo cierto es que la sociedad cambió. El gran número de vacantes laborales favorecieron la incorporación al trabajo de la mujer, que a pesar de los esfuerzos de las sufragistas había encontrado hasta entonces muchas dificultades. Bajó considerablemente el porcentaje de población dedicado a la agricultura y se incrementó definitivamente el trabajo industrial.

Mujeres en el patio de una fábrica (Mnactec Terrassa)

En 1981 apareció el sida, enfermedad transmitida por vía sexual y a través de la sangre. La modificación de costumbres que conllevó están todavía frescos en el recuerdo de todos: La higiene de las transfusiones de sangre en los hospitales, la higiene del sexo ocasional, la modificación de las costumbres sexuales entre los jóvenes, la reducción y casi desaparición de las drogas parenterales.

Ahora, la pandemia de COVID19 volverá a cambiar el curso de la historia. Cuando la superemos nos enfrentaremos a una sociedad nueva, distinta, y como la peste cuando terminó con el feudalismo, tendremos que construir una nueva era. Esperemos que los que sea una época mejor menos frívola y decadente que la que la suerte nos deparó vivir hasta ahora.  

Bibliografía 

Bois G. La gran depresión medieval: siglos XIV-XV. El precedente de una crisis sistémica. Biblioteca nueva. Universitat de València, 2009. 

Cremades F. El regiment de preservació de pestilència (1348) de Jacme d'Agramont. Història del manuscrit guardat a Verdú, context i versió en català actual. Museu Comarcal de l'Urgell-Tàrrega, 2016. 

Le Goff J. La Edad Media y el dinero. Ensayo de antropología histórica. Akal. Madrid, 2012. 

Jones D. History in a crisis-Lessons for Covid-19 March 12, 2020 DOI: 10.1056 / NEJMp2004361  https://www.nejm.org/doi/full/10.1056/NEJMp2004361


Listado de autores.
Las epidemias cambian la Historia








martes, 17 de marzo de 2020

Cuarentena









Vittore Carpaccio


El encuentro y la partida de los novios, del ciclo de Santa Ursula, 


(detalle de un barco, 1490-96)



Óleo sobre lienzo. 
Galleria dell'Accademia. Venecia. 





En un cuadro del pintor véneto Vittore Carpaccio (1465-1525) aparece a lo lejos, fondeado, un barco de la época, que puede servirnos de punto de partida para comentar el término médico de cuarentena. Porque en sus inicios, este fue un vocablo esencialmente marinero, vinculado con la historia de la Serenísima República de Venecia. 

En efecto, una práctica habitual para evitar la propagación de enfermedades epidémicas consistía en que cuando un barco arribaba a Venecia, se le hacía permanecer anclado en un lugar determinado durante 40 días antes de darle la autorización para entrar en el puerto. 

Este procedimiento fue habitual desde el s.XIV (probablemente la mala experiencia de la Peste Negra, que probablemente entró por el puerto veneciano, lo había inspirado) y recibió el nombre de quarantina, derivado de la expresión italiana quaranta giorni, cuarenta días. Parece ser que este lapso de tiempo se fijó por ser éste el tiempo que dura la Cuaresma, período de depuración, ayuno y penitencia antes de la Pascua. La Cuaresma, abreviatura del latín quadrigesima dies, toma a su vez su nombre de los cuarenta días que según el evangelio pasó Jesús ayunando en el desierto, lo que se tomó como símbolo de purificación en las cuarentenas. Aunque en realidad la cuaresma (del miércoles de ceniza al Domingo de Resurrección) dura 46 días. Y si no me creéis tomad un calendario y comprobadlo.

Otros creen que además del aspecto simbólico había una razón médica. El agente productor de la peste Yersinia pestis, puede permanecer hasta 35 días sobre los enfermos de peste. Tal vez por esto, la cuarentena era un período de 40 días. Un período suficientemente seguro para no expandir la enfermedad. 



Horace Vernet: El cólera a bordo del "Melpomene"

Los barcos solían transportar mercaderías exóticas, muchas de ellas procedentes de lejanas tierras (Oriente, América, África...) por lo que con cierta frecuencia también servían para transportar gérmenes patógenos, como el cólera, por ejemplo. Sus largas travesías hacía que en muchos casos la tripulación enfermara a bordo o que incubaran la infección durante el viaje, por lo que muchos de ellos presentaban los síntomas al poco tiempo de desembarcar. Por esta razón, la costumbre del aislamiento preventivo se fue implantando progresivamente en otras localidades costeras, hasta generalizarse. Todas ellas siguieron denominándola a la manera de los marineros venecianos: quarantine (inglés); cuarentena (castellano); quarantena (catalán); corentena (gallego); koarentenan (euskera); mise en quarantaine (francés); quarantäne (alemán); quarentena (portugués); karantina (turco)... 

Actualmente la palabra cuarentena ha pasado al vocabulario de Medicina Preventiva para expresar el aislamiento de personas o animales durante un cierto período de tiempo con el fin de evitar o limitar el riesgo de propagación de una determinada enfermedad. No siempre hace honor a su nombre, ya que no es necesario que sea durante cuarenta días, y su duración (variable) se establece en relación a las diferentes enfermedades que se quiere prevenir, en general en relación con el tiempo estimado de incubación de las mismas.  

Las formas de aislamiento más antiguas efectivas conocidas son las mencionadas en el libro bíblico del Levítico, en el que se recomienda que cuando alguien presenta signos de enfermedad, sea apartado de la comunidad por un tiempo, por ser considerado impuro:
"Si la mancha brillante en la piel es blanco pero parece no ser más que la piel profunda y el pelo no ha vuelto blanco, el sacerdote es aislar a la persona afectada durante siete días. En el séptimo día el sacerdote es examinarlas y si ve que la llaga se ha modificado y no se ha extendido en la piel, es aislarlos por otros siete días". 
(Lev, 15: 4-5).
Probablemente era también una manera de evitar el contagio. 


Antoine-Jean Gros - Bonaparte visitant les pestiférés de Jaffa.jpg
Antoine-Jean Gros: Napoleón visita a los apestados de Jaffa. Museo del Louvre. París.


Durante la campaña de Egipto, Napoleón quiso visitar a los soldados contagiados de la peste que se hallaban concentrados en Jaffa, para evitar contagios. En un cuadro de Antoine-Jean Gros aparece tocando a los apestados, una imagen de gran contenido simbólico, ya que remitía al legendario poder de curar las escrófulas que se atribuía a los reyes de Francia. Según el mito, durante los ritos de coronación los reyes de Francia tocaban a los escrofulosos para supuestamente curarlos (toucher les écrouelles) lo que reforzaba la idea del supuesto poder divino de la monarquía y su poder taumatúrgico. Al aparecer tocando a los apestados, Napoleón (que quería proclamarse emperador) transmitía la idea de que él también estaba agraciado con este don divino, lo que reforzaba su pretensión imperial. Aunque parece ser que en realidad no los tocó, y ni siquiera se acercó demasiado a ellos. Pero el episodio, debidamente aderezado, fue aprovechado para una campaña publicitaria, transformando a Napoleón no solamente en un general valiente que luchaba al lado de la tropa, sino también en poco menos que un santo milagrero. Es curioso que la visita a Jaffa fue en 1799, pero Gros pintó el cuadro, de enormes dimensiones, en 1804, el año en que tuvo lugar la coronación de Napoleón. 

Por cierto que muchos criticaron que, al volver a Francia, tras desembarcar en Fréjus, Napoleón no respetó la cuarentena que era obligatoria para todas las personas procedentes de un país infectado por la peste. El tema no era menor: la violación de las leyes de cuarentena era un delito muy grave, que se castigaba incluso con la muerte. Posteriormente Bourrienne, secretario de Bonaparte, intentó justificar esta omisión: 
"En vano nos esforzamos por mantener alejada a la gente; nos cogieron a hombros y nos llevaron a tierra. Cuando les dijimos a la multitud de hombres y mujeres el peligro que corrían [de contraer la peste] todos gritaron: "Preferiríamos tener la peste a los austríacos"
No puede negarse que la propaganda napoleónica estaba muy bien trabada. 

Otro concepto diferente es el de confinamiento, por el que se entiende la acción y el efecto de confinar. Etimológicamente deriva del latín con- (que significa conjuntamente, idea de encuentro, comunidad o cosa compartida) y el sustantivo finis (que significa límite, término, frontera, fin, final, confín). La palabra confinamiento se usa para expresar la actividad de recluir o enclaustrar a alguien en los límites de un espacio físico, como por ejemplo, una casa. Suele hacerse como medida preventiva para evitar contagios, bien por prevenir una epidemia muy contagiosa (como es el caso de la pandemia de CoVID19) o para realizar una cuarentena en una persona que ha contactado con algún infectado y que puede ser sospechosa de poder haber contraído la enfermedad. 

En las epidemias es muy recomendable proceder a aislar todo un territorio (ciudad, comarca, provincia o estado) cuando se detecta un cluster (foco infeccioso de un gran número de personas infectadas) para prevenir la expansión de la enfermedad. En estos casos, a veces se habla de confinar un territorio, aunque es mejor decir que se ha cerrado, para no confundirlo con el confinamiento de personas.