martes, 6 de noviembre de 2018

Mitología y anatomía (y IX): Las zonas erógenas







Caravaggio

Amor vincit omnia 
(1602)

Óleo sobre lienzo. 156 x 113 cm  Gemäldegalerie. Berlín.



Terminamos esta serie dedicada a los personajes mitológicos que dan nombre a algunas partes de nuestra anatomía, con un comentario sobre Eros, el diosecillo caprichoso a quien se le atribuye el poder de hacer surgir el enamoramiento en el alma de los mortales. 

En realidad Eros no da nombre a ninguna parte concreta de la anatomía, pero está en el origen de la denominación de las "zonas erógenas", las partes del cuerpo que por su especial sensibilidad juegan un papel destacado en la excitación sexual, y por lo tanto en las actividades amatorias. Es por tanto, un concepto más funcional que morfológico y de ahí su etimología: las áreas corporales que generan o producen el placer del amor.


Zonas erógenas de los humanos: Áreas específicas y no específicas

Su valoración depende también de la reacción que desencadenan los estímulos táctiles, visuales y psicológicos por lo que se trata de una evaluación subjetiva. También varía según la percepción de cada sexo. En una escala de 0 a 10, los varones tienden a considerar erógenos: 

  • el pene (9) 
  • los labios (7)
  • el escroto (6,5)
  • la parte interna de los muslos (5,8)
  • el cuello (5,6)
  • los pezones (4,8)
  • la zona perineal (4,8)
  • la nuca (4,5) 
  • las orejas (4,3)
En el caso de las mujeres, se valora sobre todo:

  • el clítoris (9)
  • la vulva (8,4)
  • los labios de la boca (7,9)
  • el cuello (7,5)
  • los pechos (7,3)
  • los pezones (7,3)
  • la parte interna de los muslos (6,7)
  • la nuca (6,2)
  • las orejas (5) 
  • las nalgas (4,7)
Aunque en realidad toda la piel, debidamente estimulada, podría considerarse una zona erógena. 


Representación de Eros, en una cerámica ática

El nombre de "zona erógena" deriva pues de un personaje de la mitología griega, Eros (en griego, Ἔρως, ‘amor'). Era el hijo de Ares y Afrodita,  aunque en las épocas más antiguas se consideraba que era un dios primigenio, hijo de Nix (la noche). Era el dios de la atracción sexual, el amor y el enamoramiento. En Roma era conocido como Cupido (de donde viene la voz concupiscencia, deseo sexual) o simplemente como Amor. Eros era también protector del amor homosexual, mientras que Afrodita era solamente la diosa de los amores heterosexuales. Tal vez por este motivo era frecuente encontrar sus estatuas en las palestras (especie de gimnasios) ya que eran lugares donde frecuentemente se daban cita los amantes homosexuales. 


Eros y Afrodita (s. II dC). Pergamonmuseum, Berlín
Generalmente se asocia Eros a su madre Afrodita (Venus), también protectora del sexo y del amor. Eros solía ir con un arco y un carcaj de flechas. Los que eran heridos por sus flechas de oro, sentían un súbito enamoramiento. Pero también tenía otras, que hacían sentir odio o aversión. Eros disparaba sus flechas a ciegas, sin mirar, y eso explicaba que el amor suele surgir entre las parejas más dispares, de forma irracional. 

Uno de los mitos asociados con Eros relata que Apolo se burló de él y de su poca pericia en el uso del arco. Eros, molesto por las chanzas del pretencioso dios le lanzó una flecha que hizo que se enamorara perdidamente de la ninfa Dafne. Pero a Dafne la hirió con la flecha del odio, para que sintiera por el un gran rechazo. 


Cupido. Museos Capitolinos, Roma. 
Como consecuencia de los fatídicos flechazos, Apolo requería constantemente a la bella ninfa, pero ella hacía caso omiso de los ruegos de su ansioso pretendiente, escondiéndose en el bosque.

Un día Apolo estuvo a punto de darle alcance, acorralándola. Al verse sin escapatoria, Dafne invocó a su padre Peneo para que la convirtiera en cualquier cosa que le permitiera conservar su libertad. De repente, la piel de la ninfa se convirtió en la corteza de un árbol, su cabellera en hojas y sus brazos en ramas. Sus pies se unieron y enraizaron en la tierra, Dafne se había convertido en un laurel. Apolo, que ya sonreía victorioso por haberla alcanzado, se encontró abrazado a las ramas del árbol. Así la ninfa pudo burlar al dios. Desde entonces el laurel se consideró el símbolo de Apolo: estaba plantado alrededor de sus templos y las coronas de laurel eran el galardón que Apolo otorgaba a los héroes. 


Antonio Canova: Eros y Psique. Museo del Louvre, París. 

Otra historia famosa fue la historia de Amor y Psique, inmortalizada por Apuleyo en El asno de oro. Psique era la menor y la más bella de tres hermanas, hijas del rey de Anatolia. Afrodita, celosa de su belleza, envió a Eros para que con sus flechas hiciese que se enamorara del hombre más feo de la Tierra. Pero cuando Eros la vio, él mismo quedó prendado de su belleza y lanzó su flecha al mar. Cuando Psique se durmió, Eros la llevó con él a su palacio.

Eros visitaba a Psique de noche, envuelto en tinieblas, para que nadie lo viera y así Afrodita no se enterara de que tenía a Psique en su palacio, y evitar su cólera. También prohibió a Psique que le preguntara quién era. Cada noche, en medio de la oscuridad, Eros y Psique hacían el amor. 


Estatua de aluminio de Eros, en la cima del Shaftesbury
Memorial Fountain. Picadilly Circus. Londres. 
Una noche, Psique le contó a su amado que echaba de menos a sus hermanas y quería verlas. Eros aceptó, pero también le advirtió que probablemente sus hermanas querrían acabar con su felicidad. A la mañana siguiente, Psique fue a ver a sus hermanas, que envidiosas le preguntaron quién era su marido, que la tenía tan enamorada. Psique, que no podía explicarles cómo era su marido, porque nunca lo había visto, se inventó que era un joven que estaba de caza, pero sus titubeos y contradicciones la delataron y acabó confesando la verdad: que realmente no sabía quién era. Las hermanas de Psique escandalizadas, le dijeron que sólo un monstruo querría ocultar su verdadera apariencia y la convencieron para que en mitad de la noche encendiera una lámpara y observara a su amado. Psique les hizo caso y a la noche siguiente, encendió una lámpara para ver a su marido. Una gota de aceite hirviendo cayó entonces sobre la cara de Eros dormido, que despertó bruscamente y abandonó para siempre a su amante.


Venus y Eros. Museo de Trípoli (Libia) 

Estos son algunos de los muchos mitos vinculados con Eros, un diosecillo travieso que dio su nombre, entre otras cosas, al erotismo y a las zonas erógenas. Aunque probablemente la zona erógena más importante está en la mente, aunque muchos no reparan en ello. 




Bibliografía 

Turnbull, Oliver H.; Lovett, Victoria E.; Chaldecott, Jackie; Lucas, Marilyn D. (Abril de 2014). «Reports of intimate touch: Erogenous zones and somatosensory cortical organization» 






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