miércoles, 9 de enero de 2019

Isabel I Tudor (III): virgen, pero con amantes





Quentyn Metsys el Joven 

Retrato "del tamiz" de Isabel I
(1583)

Óleo sobre tabla
Pinacoteca Nazionale. Siena. 



Metsys retrató a la reina Isabel I como Tuccia, una vestal. Las vestales eran las sacerdotisas vírgenes que custodiaban el fuego sagrado del templo de Vesta en Roma. Tuccia demostró su virginidad consiguiendo llevar un tamiz lleno de agua desde el Tíber hasta el templo de Vesta. Y eso es lo que lleva Isabel en su mano: un tamiz. En la escena aparecen diversos símbolos de majestad imperial, incluida una columna con una corona en su base y un globo terráqueo. El retrato está firmado en la base del globo terráqueo 1583. Q. MASSYS ANT (es decir, de Antwerpen).


El paralelismo entre la reina Tudor y Tuccia no es casual. Como la vestal, Isabel tuvo que defenderse con brillante oratoria cuando se puso en duda su virginidad. Fue un episodio temprano, que tuvo lugar en su adolescencia. Isabel como hemos visto vivía con su madrastra Catalina Parr y el segundo marido de ésta, Thomas Seymour. Pero Seymour intentó seducir a la joven Isabel. O algo así. Tal vez fue más bien un caso de abuso sexual: Isabel tenía 14 años y Thomas 39. El caso es que la esposa de Seymour, Catalina los encontró en una actitud "comprometida" y estalló un escándalo de grandes proporciones. Thomas Seymour fue acusado de traición y ejecutado poco después. Isabel, que era muy elocuente y tenía grandes dotes de persuasión, se defendió, convenciendo a todos de su inocencia, pero no pudo evitar ser recluida preventivamente en su residencia.  Tal vez este episodio marcó para siempre a la joven Tudor, y la volvió desconfiada en sus relaciones con el sexo opuesto. Y siempre se negó a contraer matrimonio. 


Marcus Gheeraerts el Viejo: Retrato de Isabel I
con una rama de olivo en la mano, símbolo
de la paz. Uno de los personajes que aparecen
representados en el fondo es Robert Dudley

No fue este el único episodio erótico-sentimental en la vida de Isabel. Robert Dudley (1533-1588) fue uno de los primeros compañeros de juegos de la princesa durante su infancia. Era 
hijo del duque de Northumberland, y con el tiempo la amistad se fue convirtiendo en algo más, y los juegos de niños se transformaron en otro tipo de juegos. Pero en 1550 el joven se casó, aunque Isabel no olvidó del todo a Robert. Cuando Isabel fue coronada reina, Robert Dudley se convirtió en su principal consejero y obtuvo tierras, títulos y favores. Dudley se instaló en las habitaciones contiguas a las de la reina y se rumoreaba que tenía acceso a los aposentos reales. Los rumores arreciaron cuando en 1560 se encontró muerta a Amy Robsart, la esposa de Dudley, supuestamente por haberse caído por la escalera de forma accidental. Pero sin embargo, a pesar de las habladurías la reina siguió soltera. La relación con Dudley continuó, aunque de forma intermitente y con algunas etapas de mayor frialdad.

Robert Dudley
En 1561 se dice que la reina cayó enferma.  Su cuerpo se deformó y su abdomen se hinchó mucho, en lo que se dijo que era una hidropesía (ascitis). La reina deja de asistir a eventos públicos durante un tiempo. Una noche, Robert Southern, un servidor de confianza, es llamado con urgencia a palacio, donde le hicieron entrega de un recién nacido con el encargo de que lo cuide y eduque como un noble. Le dicen que es el hijo de una relación ilícita de una alta dama de la corte, y que era mejor que la reina no se enterara. Poco después la soberana se recuperó súbitamente de su enfermedad y volvió a aparecer en público nuevamente. La sospecha de un posible embarazo de Isabel planea sobre este confuso episodio. 

En 1562 la reina contrajo la viruela, una enfermedad que abundaba en la época y era frecuentemente mortal. Por si este era el caso, Isabel tomó una serie de decisiones: Robert Dudley fue designado como Lord Protector con una asignación de 20.000 libras anuales, concedió otras 50.000  a su sirviente John Tanworth por un favor no especificado, y escribió unas fervorosas oraciones pidiendo el perdón de sus pecados: "Por mis pecados secretos, límpiame". Afortunadamente la reina pudo restablecerse de la viruela aunque la enfermedad le dejó unas profundas cicatrices en su cara que intentaba disimular con capas gruesas de maquillaje. Más adelante, volveremos sobre este tema, ya que es de gran interés. 

Antes de ascender al trono, mientras era una princesa de segunda fila, Isabel era una joven bastante sencilla. Pero al convertirse en reina, cambió completamente. Extremadamente coqueta y presumida, cuidaba su indumentaria al máximo: sus vestidos fueron los más aparatosos, suntuosos y sofisticados de toda la monarquía inglesa. Encargaba docenas de medias de seda fina (que eran muy caras) para lucir más que ninguna dama de la corte. Su vestuario era de cerca de 3000 vestidos, 200 guantes y una gran cantidad de zapatos. Adornaba el cabello con perlas y esmeraldas. Y para que ninguna mujer pudiese hacerle sombra en belleza o elegancia obligaba a que las damas de su corte vistieran discretamente de blanco o de gris, para realzar así el colorido de su vestido. "Aunque hay muchas estrellas, solamente hay un sol", solía decirles. Y el sol lucía en su persona. Elaboró también todo un simbolismo en su indumentaria: los guantes como símbolo de elegancia (se dice que poseía 200 pares de guantes), el armiño como símbolo de pureza, la corona y el cetro como iconos monárquicos... Alimentaba así su propio mito para que se la considerara "la reina virgen" un ser casi divino, hierático, lleno de joyas y con la cara extremadamente blanca de maquillaje


Robert Devereux, conde de Essex
La reina, ya sexagenaria, conoció un día a un tal Robert Devereux, conde de Essex, un jovenzuelo guapo y descarado, que era hijastro de Dudley. La reina se enamora perdidamente del muchacho, de poco más de 20 años. El ascenso en la corte del nuevo favorito es meteórico, aunque su comportamiento es cada vez más osado. Essex cree que tiene a la reina en su poder y la desobedece continuamente. La reina, locamente enamorada se lo perdonaría todo. Pero al final, las chulerías del conde de Essex comienzan a ser excesivas y cuando Essex la desprecia en público se acaba la paciencia de la reina y le retira su favor. Al intrépido joven no se le ocurre otra cosa entonces que conspirar contra la reina, que no tiene más remedio que acceder a que sea encarcelado en la Torre de Londres y posteriormente condenado a la pena de muerte (1601). 

A partir de este momento la reina ya no será la misma y los sucesivos fallecimientos de sus allegados, que la hacen sentir cada vez más sola, la sumen en una gran depresión. Se ha convertido en una caricatura de si misma. Vieja, calva, seca y desdentada, seguía aplicándose grandes cantidades de maquillajes, joyas y ricos vestidos en una imagen patética y cada vez más esperpéntica. 



Isabel I de Inglaterra:

I. La reina virgen 

II. Las razones de la virginidad

III. Virgen, pero con amantes

IV. Un maquillaje peligroso 



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