domingo, 22 de abril de 2018

Velázquez: Retrato de Luis de Góngora y Argote






Diego Rodríguez de Silva Velázquez

Retrato de Luis de Góngora y Argote 
(1622)

Óleo sobre lienzo 51 x 41 cm. 
Museum of Fine Arts. Boston.





Velázquez pintó este retrato en 1622, a los 23 años de edad. El cuadro, de gran teatralidad, fue adquirido por el Conde Duque de Olivares, y facilitó que Velázquez fuera admitido como pintor de la corte de Felipe IV. A partir de este momento Velázquez sería el pintor oficial de la corte, y realizó diversos retratos del rey y de la familia real, entre los que destaca la famosa obra "Las Meninas". 


Luis de Góngora (1561-1627) es el poeta más original e influyente de todo el Siglo de Oro español. Su obra poética rompió moldes e inauguró un nuevo lenguaje que sigue marcando un hito en la poesía contemporánea.


Una de las primeras ediciones de "Soledades"
de Don Luis de Góngora
Lo luminoso y lo oscuro en Góngora surgen de una misma raíz, capaz de enfrentar el doble espejo en el que todos nos miramos; ampliando, a la vez, la dimensión de sus límites. Polifemo y Soledades constituyen dos obras imaginativas y complejas de la poesía universal, que desafían la inteligencia y la razón humanas, mostrándonos un camino que nadie como él supo vislumbrar.

En el cuadro podemos ver al literato serio, con mirada triste, nariz aguileña y cierto prognatismo. El pintor obtiene un increíble efecto volumétrico de la cabeza. En su frente podemos observar un abultamiento, que parece corresponder a un quiste epidermoide, y en la sien derecha hay una lesión pigmentada, bien definida y levemente sobreelevada, que se interpreta fácilmente como una queratosis seborreica, un tumor cutáneo benigno, de color pardo-negruzca, y de superficie rugosa.

El cuadro original está en el museo de Bellas Artes de Boston, pero hay dos copias más (museo del Prado y museo Lázaro Galdiano) que algunos autores atribuyen al mismo Velázquez.

viernes, 20 de abril de 2018

Lunares artificiales para detectar el cáncer







Miguel Jacinto Meléndez

Retrato de Isabel de Farnesio 
(1718)

Óleo sobre lienzo. 

Museo del Prado. Madrid. 




Los lunares artificiales, también llamados mouches (moscas en francés) tuvieron una gran popularidad en el s. XVIII. Eran usados en general como una moda coqueta, y fueron muy habituales entre aristócratas y gente de la alta sociedad. Los podemos ver en muchos retratos de reinas y familiares de reyes, como podemos ver en esta obra de Meléndez, en la que aparece la reina Isabel de Franesio, la segunda esposa de Felipe V. 

Incluso se llegó a elaborar un lenguaje secreto, según la localización de las mouches. Dependiendo del lugar donde se colocaban o de la forma del lunar, podía significar una u otra cosa. Algo semejante al lenguaje simbólico de las flores, o al de los abanicos. Eran tiempos en los que un lunar era considerado tan bello y coqueto que justificó el sobrenombre de "grain de beauté" (literalmente, en francés, "grano de belleza"). En épocas más recientes, el lunar de Marilyn Monroe (aunque no era artificial, aunque sí maquillado para resaltar su presencia) fue todo un símbolo de su sex-appeal. 

Algunas veces, las mouches se usaban para depositar medicamentos o preparados con finalidad terapéutica. En estos casos podían alcanzar un tamaño mayor, como puede ser el caso de la infanta María Josefa de Borbón, que aparece así en algunas pinturas de Goya. 

Hoy quedan ya lejos estas prácticas de antaño. Pero recientemente, se ha encontrado un nuevo uso para los modernos lunares artificiales: la detección precoz del cáncer. Un grupo de investigadores suizos de la  Escuela Politécnica Federal de Zúrich dirigidos por Martin Fussenegger ha diseñado un implante de células vivas que se oscurecen cuando detectan exceso de calcio. Como que la tasa aumentada de calcio es un marcador frecuente de cáncer, este nueva aplicación de la biotecnología abre muchas perspectivas. Lo han experimentado ya en tejidos de ratón y de cerdo y los resultados se han enviado a la revista Science Translational Medicine.

Según la publicación Swiss Medical Forum, el diario de formación profesional médica Suiza, la hipercalcemia relacionada directamente con la actividad tumoral (hipercalcemia maligna), es la complicación metabólica más común en los cánceres, con 10 a 30% de los pacientes afectados. En la mayoría de los casos (80%) la hipercalcemia maligna, es la consecuencia de la producción, por parte las células tumorales, de una proteína llamada PTHrp que imita casi todos los efectos biológicos de una proteína de nuestro organismo llamada PTH (hormona paratiroidea). Los efectos de la PTH incluyen la activación de los osteoclastos, las células dedicadas a la destrucción natural de los huesos, así como una mayor absorción de calcio por los intestinos y la retención de los riñones. Se libera así una cantidad significativa de calcio en la sangre. Este exceso de calcio generalmente se detecta tarde, en el momento de la aparición de los primeros síntomas, que no son muy específicos y, por lo tanto, difíciles de identificar: náuseas, vómitos, o sed. Aunque la hipercalcemia maligna puede ocurrir potencialmente en todos los tipos de cáncer, es más evidente en los tumores de pulmón y de mama. 

Los investigadores han diseñado un dispositivo vivo para implantar debajo de la piel que puede detectar tasas de hipercalcemia de 5,6 mg / dL (las tasas de hipercalcemia en el momento de la aparición de los primeros síntomas de cáncer es de más de 10 mg / dL ). Se compone de células modificadas para contener una "red genética", es decir, un montaje de genes que reaccionan específicamente a la llegada de tasas elevadas de calcio desencadenando una reacción en cadena, que incrementa la producción de melanina, la molécula a la que la piel debe su color más o menos oscuro. 

Las células modificadas, encapsuladas con un polímero específico, se implantan debajo de la piel y, tan pronto como detectan una cantidad suficiente y prolongada de calcio en la sangre del paciente, producen melanina. El resultado es que se oscurecen lo suficiente como para hacerse visibles a simple vista, como un lunar o como un  tatuaje biomédico. El paciente puede detectar así a simple vista la pigmentación que le alerta de la hipercalcemia, y acudir a su médico antes de la aparición de cualquier síntoma, lo que permite un diagnóstico precoz del cáncer. La detección precoz del cáncer permite un mejor pronóstico de la enfermedad. Los cánceres de mama que se detectan precozmente tienen una posibilidad de recuperación del 98%, mientras que si el diagnóstico es tardío, solamente una de cada cuatro mujeres logran superar la enfermedad. 


El nevus artificial detector de cáncer se ha experimentado en ratones por el momento. 

Para evitar crisis de ansiedad en los pacientes hipocondríacos, los investigadores también han diseñado una variante del implante que crea una pigmentación que solo es visible bajo luz infrarroja. Así se evita la desazón de mirar continuamente el implante o la reacción emocional que supondría la aparición visible del lunar. En lugar de eso, sería el médico quien revisara regularmente el implante con luz infrarroja para ver si ha aparecido la marca de alerta.

Eso sí, este lunar artificial es efímero. Caduca al cabo de un año y hay que reimplantarlo nuevamente. Tardará todavía bastantes años en ser experimentado totalmente, pero si este sistema funciona bien, podría ser usado para la detección precoz de otras enfermedades. 


Una aplicación realmente interesante y muy diferente del uso estético o picaresco de los lunares artificiales barrocos, en el s. XVIII. 







jueves, 19 de abril de 2018

Heridos de guerra








Otto Dix

La Guerra
(Der Krieg) 
(1932-1936)

Óleo. Tríptico 
Retablo central: 204 x 204 cms.​ 
Retablos laterales: 204 x 102 cms.​ 
Predela: 60 x 204 cms.​

Gemäldegalerie Alte Meister. Dresden. 



Otto Dix (1891- 1969) fue un destacado pintor expresionista alemán encuadrado en el movimiento Nueva Objetividad. Con una considerable obra (más de 500 bocetos, dibujos, retratos y acuarelas) fue considerado como un artista degenerado (Ertantete Kunst) por los nazis (1937) y depuesto de su cargo de catedrático por sus ideas contrarias al régimen, que le valieron incluso algunas semanas, acusado de haber participado en el atentado contra Hitler. Sin embargo, esto no pudo acallar su fama y siguió siendo uno de los artistas alemanes mejor valorados en todo el mundo. 



Otto Dix: Recuerdo de días gloriosos. 

Cuando empezó la I Guerra Mundial, Otto Dix se alistó como voluntario en el ejército y agregado a un regimiento de artillería de campaña en Dresde. En el otoño de 1915, fue asignado como suboficial de una unidad de ametralladoras en el Frente Occidental y tomó parte en la Batalla del Somme. En noviembre de 1917, su unidad fue transferida al Frente Oriental hasta el cese de hostilidades con Rusia y en febrero de 1918 estaba estacionado en Flandes. De vuelta al Frente Occidental, luchó en la Kaiserschlacht. En reconocimiento a sus méritos militares le fue concedida la Cruz de Hierro de segunda clase y alcanzó el rango de Vizefeldwebel. En agosto del mismo año fue herido en el cuello, poco tiempo después tomó lecciones de vuelo. Se le dio de baja en diciembre de 1918.














Dix quedó profundamente afectado por el horror de la guerra, posteriormente descrito como una pesadilla recurrente en la cual él se arrastraba a través de casas destruidas. Él representó sus traumáticas experiencias en muchas de sus obras posteriores, entre las que destaca un portafolio de 50 grabados titulado Der Krieg (La Guerra), publicado en 1924. Un momento en el que toda Alemania estaba llena de tullidos, mutilados y heridos de guerra en general que arrastraban sus secuelas en una sociedad que también arrastraba graves consecuencias morales y económicas. 

Otto Dix: Quirófano
En muchas de estas obras se pueden ver los efectos de la metralla o de las bombas en los soldados, con graves lesiones en la cara. Las pérdidas de sustancia del tejido son realmente dramáticas y consiguen poner al espectador ante la tragedia de los enfrentamientos armados. Algunos de sus dibujos también presentan a los soldados en el hospital, mostrando la actividad de los quirófanos de campaña, así como algunas de las reconstrucciones quirúrgicas efectuadas. 

También plasmó la dura realidad de las trincheras o los ataques con gases tóxicos, que tanto caracterizaron los combates de la Gran Guerra. 

La sátira descarnada de Otto Dix constituye una de las más evidentes denuncias de los desmanes bélicos  y del inmenso dolor que pueden causar las guerras a la humanidad. 

Tal vez la obra culminante en este sentido es el Tríptico de la Guerra. El pintor recurre al formato tradicional del tríptico para darnos una visión panorámica que nos transmite su juicio de valor sobre las guerras. 

La escena del retablo izquierdo muestra un pelotón de soldados, la mayoría de ellos anónimos, sin rostro, que marchan  en la lejanía. Únicamente podemos ver el perfil de dos soldados que se miran a los ojos. Estos combatientes se desvanecen hacia el campo de batalla en medio de una espesa niebla, que podría aludir al gas venenoso utilizado por primera vez en Ypres, Bélgica, en 1915.
Otto Dix: Panel central del Tríptico de la Guerra. El impacto de la bomba en el refugio.


En el retablo derecho podemos observar a un herido que es transportado por uno de sus compañeros, encarnado por el propio Otto Dix, que nos contempla con cara deshumanizada, en medio de una batalla campal.  El suelo, sembrado de cadáveres, presenta una zona todavía en llamas, deformada por los cráteres de las bombas.

El panel central del tríptico expone el resultado de la refriega: En un refugio ha impactado una bomba, que ha dejado tras la explosión un profundo cráter, lleno de heridos y lesionados. El resguardo se convierte en una fosa común en donde solo un miliciano permanece erguido. Aquí ya no se pone en ejecución una acción militar. Es una visión panorámica de la Guerra total que encierra cuerpos destrozados, árboles carbonizados, ruinas y cenizas.

La predela remata con la lógica consecuencia: bajo una lona diversos cadáveres, alineados. La muerte, consecuencia directa de la guerra, el alto precio en vida, dolor y sangre que se paga desde tiempos inmemoriales para solventar los conflictos humanos.