lunes, 3 de octubre de 2016

Dermatólogos judíos bajo el III Reich (I): Nazismo y antisemitismo





Fritz Hippler

Der ewige Jude 
(1940)

Cartel publicitario de una película alemana


El eterno judío (Der ewige Jude) era un documental sobre una leyenda medieval en el que se cultivaba el mito peyorativo sobre los judíos. Filmada por Fritz Hippler bajo las directrices e inspiración del ministro de Propaganda nazi, Joseph Goebbels en forma de pretendido documental, la película era una mera excusa para mostrar a los judíos como seres manipuladores, avariciosos, inmorales y taimados. Otras películas de este tipo, como Jud Süß eran frecuentes en aquel tiempo.  


Este cartel puede servirnos como punto de partida para considerar el antisemitismo nazi y las consecuencias que produjo.


Dermatología y Judaísmo

  Al  principio del siglo XX, la escuela germánica de dermatología era uno de los más sólidos pilares de la dermatología europea. Muchos de los dermatólogos germánicos eran judíos, tal vez por la influencia decisiva de grandes figuras como Moritz Kaposi, Heinrich Auspitz, Isidor Neumann o Philip Josef Pick, en Austria; o Heinrich Köbner, Albert Neisser, Edmund Lesser, o Paul G. Unna, en Alemania. Todos ellos eran judíos y habían sido grandes forjadores de la Dermatología.

  

Carteles de películas que cultivaban el antisemitismo

Pero l
a predominancia de los dermatólogos judíos no se limitaba sólo a las grandes personalidades. En 1933, los judíos representaban solamente un 3’8 % de la población de Berlín, mientras que constituían un 52 % del total de los médicos de la ciudad. Y un 20 % de los médicos judíos alemanes eran dermatólogos. Lo mismo podía decirse en Viena, donde en 1938 un 68% de los dermatólogos eran judíos
. A nivel popular se identificaba de tal manera los judíos con la dermatología, que todos los dermatólogos eran considerados como judíos, e incluso se referían a ellos con el despectivo término de Felljuden (algo así como peleteros judíos). Por esa razón muchos médicos no judíos no mostraban inclinación por especializarse en dermatología.

La presencia de dermatólogos judíos era, de todos modos bastante habitual en toda Europa, fuera del área germánica. En los años 30, también el 13,3% de los dermatólogos de la región de París eran judíos. 

La marginación de los judíos

El antisemitismo es un fenómeno antiguo en Europa y no es exclusivo de Alemania. El resentimiento hacia las minorías es universal y está presente en todas las sociedades y culturas. La marginación y persecución de los judíos se remonta a la Edad Media. La Iglesia Católica Romana había promulgado diversas disposiciones legales discriminatorias presentes en el derecho canónico y en varios sínodos locales desde el s.IV . Pero la prevención antisemítica no fue exclusiva de los católicos. También Martín Lutero escribió contra los judíos. Desde la Edad Media tuvieron lugar múltiples episodios de violencia antisemítica en diversos lugares de Europa. Así, en 1096,  tras la primera cruzada, se produjeron masacres; en 1290, los judíos fueron expulsados de Inglaterra; en el s. XIV se produjeron asaltos a barrios judíos, creyéndolos responsables de la Peste Negra (como el asalto al call de Girona en 1391); en 1481 fueron perseguidos por la Inquisición en España, de donde finalmente fueron expulsados en 1492; en 1515 se creó el primer ghetto en Venecia;  en 1648 tuvieron lugar masacres en Polonia; en 1881, pogroms en Rusia...

Durante el s.XIX, los judíos de Europa Central eran frecuentemente presionados a convertirse al cristianismo como condición indispensable para ocupar cargos de relevancia social. El poeta Heinrich Heine, decía que el bautismo era “el billete de entrada en la cultura europea”. Tenemos muchos ejemplos de estas conversiones de conveniencia en médicos ilustres, como el anatomista Jakob Henle o el propio Moritz Kaposi. En cambio, el micólogo David Gruby, se resistió al bautismo e incluso renunció por este motivo a la cátedra que se le ofrecía en la Facultad de Medicina de Viena. Gruby prefirió seguir siendo fiel al judaísmo y se trasladó a París donde ejerció su profesión. Otros médicos judíos, prefirieron permanecer en su país sin convertirse. Este fue el caso de Robert Remak, descubridor del Trychophyton schoenleinii, que a pesar de tener que permanecer en la sombra durante muchos años, logró finalmente ser profesor universitario sin renunciar a su religión. Este fue también el caso de personalidades como Carl Weigert o Paul Ehrlich.


Durante el boicot anti-judío, hombres de las SA llevando carteles  
"Alemanes! ¡Defiéndanse! ¡No les compren a los judíos!" 
Berlín, Alemania, abril de 1933.
— Dokumentationsarchiv des Oesterreichischen Widerstandes

El advenimiento del nazismo

Tras la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial, se inició una época muy difícil para Alemania. La situación económica era lastimosa, y todavía más en determinadas capas sociales. En 1926, el salario medio de un médico era menor que el de cualquier obrero industrial. El 52% de los médicos ganaba, en 1929, menos que lo que lo que se consideraba el mínimo necesario para sobrevivir. En 1932, este porcentaje de “miseria médica” ascendió al 72%. Esta situación era un excelente caldo de cultivo para tensiones sociales, odios y resentimientos de todo tipo. Los panfletos y pasquines reclamando trabajo para los médicos “alemanes” proliferaban. Según esta propaganda, los médicos judíos no podían considerarse propiamente alemanes. No eran más que unos extranjeros camuflados que competían con los médicos del país para arrebatarles sus cargos y posiciones.

Un pequeño grupo político abanderaba estas ideas: el NSDAP (Nationalsozialistiche Deutsche Arbeiterpartei). En los primeros años de la república de Weimar, era un grupo minoritario, sin excesiva importancia, encabezado por un pintor austríaco, Adolf Hitler, que reivindicaba una Alemania fuerte, y grande, llamada a ser la hegemónica en Europa, basada en  valores tradicionales y una férrea disciplina, en la que el papel predominante lo debía desempeñar la raza aria. En general, sus declaraciones y discursos se tomaban a broma, como payasadas ridículas e inofensivas, y así se reflejaba en diversas caricaturas políticas.

Sin embargo el NSDAP fue adquiriendo importancia. Eran muchos los descontentos con su situación económica, y con la vejatoria derrota de Alemania en 1918. Tras la crisis bursátil de 1929, la situación empeoró todavía más. La acuciante miseria, la desesperación de muchos, azuzada por la hábil propaganda nazi, consiguió que el mito del “eterno judío” reviviera. Eran los judíos los causantes de todos los males: tanto del capitalismo explotador, como del comunismo amenazante. El importante porcentaje de judíos entre los industriales alemanes y la presencia de judíos entre los pensadores marxistas, daban ciertos visos de credibilidad a tan contradictorias acusaciones.

En lo que se refiere al paro médico, los nazis prometieron resolverlo en cuanto alcanzaran el poder:

"La situación de miseria de los médicos alemanes... será resuelta inmediatamente cuando, en el futuro III Reich, los alemanes serán tratados solamente por médicos de ascendencia aria”
Aunque como veremos, los métodos usados para acabar con el paro médico no fueron los esperados. 


Bibliografía


Hilberg R. Die Vernichtung der europäischen Juden. Fischen Taschenbuch Verlag. Frankfurt, 1990

Jäckle R. Schicksale jüdischer und “staatsfeindlicher” Ärztinnen und Ärzte nach 1933 in München. Munich: Liste Drmokratischer Ärtzinnen und Ärzte München, 1988.

Johnson PA. A History of the Jews. Harper/Perennial. New York, 1987.

Lifton RJ. The Nazi Doctors: Medical Killing and the Psychology of Genocide. Harper-Collins. New York, 1986.


Schmidt C. 14/29 December 1933 - 31December 1945: The Forced Recess.  En: Holubar K., Schmidt C, Wolff K. Challenge Dermatology. Vienna 1841-1992. Verlag der österreichischen Akademie der Wissenschaften. Viena 1993.


Scholz A. Der Suizid von Dermatologen in Abhängikeit von politischen Veränderungen. Hautarzt 1997, 48:929-935.

Sierra X. Historia de la Dermatología. Mra Creación y realización editorial. Barcelona, 1994

Sierra X. Dermis y Cronos. La dermatología en la historia. Ed. Planeta de Agostini. Barcelona, 1995

Sierra X. Historia de las enfermedades cutáneas producidas por hongos. Mra Creación y realización editorial. Barcelona, 1996.


Sierra X. Los dermatólogos judíos en la Alemania Nazi. En: Sierra X (ed): Cien Años de Dermatología 1900-2000, pp. 55-69




domingo, 2 de octubre de 2016

Finsen y la curación por la luz






  C. Wentoft

Niels Ryberg Finsen
(1914)

Óleo sobre lienzo
Museo Frederiksborg. Hillerød



El médico Niels Ryberg Finsen (1860-1904), natural de las islas Feroe, se interesó por el  efecto benéfico de la luz solar para mejorar o aliviar ciertas dolencias. La mejoría que la exposición al sol producía en las lesiones cutáneas producidas por la viruela, por ejemplo, eran bien conocidas. El progreso de las ciencias físicas a finales del s.XIX permitió analizar las causas de este efecto beneficioso y aplicarlo de forma selectiva y científica. Nació entonces la fototerapia. 

Finsen estudió y aplicó los efectos de la luz sobre ciertas lesiones, de tal modo que en esta época a éste nuevo tratamiento no se le llamó fototerapia, sino finsenterapia. 


Tratamientos en el Instituto Finsen (1901 circa)

La primera fuente de luz fue para Finsen el sol. Observó que los pacientes de viruela mejoraban al exponerse moderadamente al sol, pero empeoraban si se exponían durante largo tiempo. Estudió entonces la composición de los rayos solares y pudo demostrar que la banda de luz ultravioleta tenía efectos negativos sobre la viruela, mientras que la luz infrarroja era beneficiosa. A partir de 1894, Finsen propuso el tratamiento de la viruela mediante filtros de luz. 

Más tarde observó que en cambio, el lupus vulgar, de origen tuberculoso, mejoraba precisamente al exponerlo a la luz ultravioleta. Al principio, concentraba la luz solar mediante lentes, eliminando la radiación infrarroja mediante filtros absorbentes (una solución amoniacal de sulfato de cobre). Posteriormente intentó usar sólo la luz ultravioleta, reemplazando las lentes de cristal por lentes de cuarzo. Los frecuentes casos de lupus vulgar (de origen tuberculoso) le parecieron particularmente indicados para aplicar su técnica: 


“por una parte es sabido que el lupus vulgar está causado por el bacilo tuberculoso, que es una enfermedad local y con frecuencia bastante superficial; por otra parte, está bien establecido que la luz es capaz de matar los bacilos tuberculosos” 

Finsen dirigió una pequeña clínica de fototerapia, basado en sus propias investigaciones. Publicó sus resultados preliminares en 1897. La gran incidencia de casos de tuberculosis cutánea que se registraban en aquel momento y para los que no existía en aquel entonces ningún tratamiento eficaz,  hizo que este trabajo fuera acogido con gran expectación. Cuando Finsen asistió al Congreso Internacional de  Dermatología de París en 1900 para comunicar una experiencia más amplia, fue acogido casi como un héroe. 

En 1903 le otorgaron el Premio Nobel de Medicina. Finsen, que padecía una pericarditis constrictiva crónica,  no pudo ir personalmente a recoger el premio, y comentó cuando se lo comunicaron:

"Me lo han dado este año (el Premio Nobel) porque el año próximo ya será muy tarde"


Y efectivamente, el año siguiente falleció a los 44 años de edad.


 A pesar de que Finsen no pudo dilucidar con exactitud si la mejoría de los enfermos era debida a la acción bactericida o a la propio efecto de los rayos ultravioleta sobre los tejidos, la finsenterapia constituyó un gran avance terapéutico y sentó las bases de la moderna fototerapia.

viernes, 30 de septiembre de 2016

El almirante Beaufort: alquitranes contra la psoriasis






Stephen Pearce

Sir Francis Beaufort
(1850)

Óleo sobre lienzo. 127,5 x 102 cm

National Portrait Gallery. Londres. 




Stephen Pearce (1819-1904) fue un pintor inglés que destacó en el género de pintura ecuestre y como retratista. Pintó a numerosos personajes de la sociedad de su tiempo (solamente en la National Portrait Gallery pueden verse 44 retratos de su autoría). 

Uno de sus cuadros más conocidos es el que aportamos hoy aquí. El almirante Sir Francis Beaufort (1774-1857) está sentado frente a unas cartas marinas, con el rostro de perfil, sosteniendo la pluma con la mano derecha con la que sin duda realiza algunas anotaciones. Era ya un setentón cuando Stephen Pearce (1810) realizó este retrato, en el que se transmite la imagen de un meticuloso científico, decidido y perseverante.  

Beaufort era irlandés, descendiente de hugonotes franceses que se habían establecido en Irlanda tras la noche de San Bartolomé. Su padre era un geógrafo aficionado, el Rvdo. Daniel Augustus Beaufort. Tras pasar su infancia en Irlanda y Gales, se hizo marino, recibiendo una gran formación científica de maestros como Herschel, Airy o Babbage. 

En 1810 era ya capitán de la Royal Navy.  Tuvo una activa vida de marino, navegando por todo el mundo.  Ejerció una gran influencia en el desarrollo de la hidrografía naval y la exploración, dirigiendo muchas expediciones y llevando a cabo diversos experimentos (medidas del magnetismo terrestre en la Antártida, tablas de mareas de las costas británicas). Dibujó un gran número de cartas marinas mucho más perfectas que las que se estilaban en su tiempo. La exactitud de las cartas náuticas era una de sus obsesiones, ya que él mismo había sufrido un naufragio siendo muy joven por las inexactitudes de una carta náutica. Actualmente muchos lugares geográficos recuerdan su nombre: Mar de Beaufort (brazo del Oceano Ártico); Isla de Beaufort (Antártida); Cala Beaufort (Oceano Atlántico Norte). 

Aunque generalmente se le recuerda más por la Escala de Beaufort, que clasifica la fuerza del viento en una gradación de 1 a 10. La escala inicial no tenía velocidades de vientos, sino que detallaba un conjunto de condiciones cualitativas desde 0 a 12 de acuerdo a cómo un navío actuaría bajo cada una de ellas, desde 'apenas suficiente para maniobrar' hasta 'insostenible para las velas'. La escala se transformó en un parte estándar de las bitácoras para navíos de la Marina Británica a finales de la década de 1830. Poco después (hacia 1850) la escala se asoció al número de rotaciones de un anemómetro para medir la velocidad del viento. 

En algunas de sus biografías (Friendly, 1977) se comenta que Francis Beaufort sufría una enfermedad cutánea, desde los 25 años de edad, apuntando que podría tratarse de una porfiria cutánea tarda. Según esta opinión, el almirante habría mejorado tras la abundante pérdida de sangre causada por las heridas que le causó una escaramuza naval, lo que equivaldría a un tratamiento de sangrías. 

Sin embargo, en un trabajo se pone en duda esta interpretación (Peters y Levels, 2010). El trabajo, basado en los escritos y cartas de Beaufort, considera la descripción de las lesiones del ilustre marino, la edad en la que se iniciaron, y su evolución. Así en 1796 escribía: 
"My hands are now almost all one scab, constantly splitting and cracking with the cold. My arms my legs and feet are nearly as bad but there are none on my body,except a few on my bum" 
(Mis manos son actualmente casi una costra, y se cuartean y se agrietan continuamente con el frío. Mis manos y mis pies también están casi tan mal, pero en cambio no tengo ninguna (lesión) en el cuerpo, a excepción de alguna en las nalgas) 

Realmente la descripción se acerca más a la de una psoriasis que a una porfiria. Lamentablemente no disponemos de ninguna imagen de sus lesiones cutáneas, aunque en el retrato que le hizo Stephen Pearce pueden intuirse signos de artritis en los dedos de la mano y tal vez una distrofia ungueal. También se ve una àrea eritematosa en su cuero cabelludo que pudiera corresponder a una placa de psoriasis.  

Los antecedentes familiares constituyen también otro dato importante. Su madre, Mary Waller Beaufort (1739-1821), consultó al Dr Robert Darwin en 1803 por una enfermedad de la piel de las piernas que le causaba dolor. La descripción de las lesiones y la confusa terminología diagnóstica de la época no nos permiten concluir un diagnóstico seguro, aunque sugieren una psoriasis crónica o un eccema por estasis. 


Lesiones bastante inequívocas de psoriasis en placas,
con el diagnóstico de "Lepra vulgaris" en el tratado de
Dermatología de Thomas Bateman (Londres, 1814)
Un dato importante puede ser que la mejoría de las lesiones de Beaufort coincidió con su estancia como marino en el Mediterráneo. En esta época disminuyó mucho su consumo de alcohol, mejoró su alimentación y comenzó a aplicarse preparaciones conteniendo alquitranes sobre las lesiones de su piel, probablemente alquitranes de madera, una sustancia que en un barco era fácil de conseguir. Los beneficios de los alquitranes y breas como remedios indicados para ciertas enfermedades de la piel ya se había propuesto en los tratados de Daniel Turner (1723), Robert Willan y Thomas Bateman (1814). Tal vez el uso de estos alquitranes y el soleado clima mediterráneo contribuyeron a la mejoría de la afección de Beaufort. Y naturalmente todo esos datos sugieren que el almirante padecía psoriasis. 


Beaufort estaba convencido de que padecía lepra, y leía continuamente la Biblia (en la versión que hizo San Jerónimo, se tradujo la palabra hebrea tsara'at, que designaba genéricamente las enfermedades de la piel, como "lepra"). También en los tratados de la época la psoriasis recibía el nombre de "lepra", como puede verse en la ilustración adjunta


Francis Beaufort:






Bibliografía


Friendly A. Beaufort of the Admiralty. The Life of Sir Francis Beaufort 1774–1857. London: Hutchinson, 1977

Peters TJ, Levels NJ Re-evaluation of the diagnosis of porphyria cutanea tarda in Admiral Sir Francis Beaufort. JRSM Short Rep. 2010 Jun 30;1(1):13. doi: 10.1258/shorts.2009.090366 http://shr.sagepub.com/content/1/1/13.full

Turner D. De Morbis Cutaneis. A Treatise on Diseases of the Skin 2nd ed. Bronwicke, Walthoe, Wilkin, Ward and Tooke. London. 1723. 

Bateman T. A Practical Synopsis of Cutaneous Disease 3rd Ed. Longman, Hurst, Rees, Orme and Browne. London 1814. 

jueves, 29 de septiembre de 2016

"La calota" o el casquete de pez: un método brutal para tratar las tiñas







 E. Zofio

Tiña favosa
(s. XIX) 

Moldeado de cera procedente del 
Hospital de S. Juan de Dios. 
Museo Olavide. Madrid. 




Hace poco nos referíamos al método de tratamiento de las tiñas de los hermanos Mahon y al libro que el menor de los hermanos escribió sobre estas enfermedades. Escrito con un claro ánimo publicitario, y en su afán de denostar a la competencia, el libro nos proporciona descripciones de otros tratamientos alternativos seguidos en la época, todos ellos empíricos y sin base científica alguna. Particularmente escalofriante era por ejemplo, el conocido como "la calota" o "el casquete", por lo visto muy usado en las zonas rurales. 


Ilustración de una tiña del cuero cabelludo en un tratado del s. XIX
Este método consistía, básicamente, en la aplicación de brea sobre el cuero cabelludo, tras cortar el cabello muy corto, y vendar la cabeza. Tras dejar endurecer este emplasto durante unos días, se tiraba violentamente del vendaje, arrastrando así pelos, parásitos y fragmentos del propio cuero cabelludo, en la mayoría de los casos. Esta es la vívida descripción de una de estas terroríficas historias:


          "Hemos visto últimamente en Dieppe un terrible ejemplo:  un hombre llamado Abraham, un campesino de Aufranville, nos trajo el día 17 del pasado mes de febrero, sus dos hijas, de ocho y doce años, ambas afectadas gravemente de tiña favosa (favus) desde pequeñas. Todos los tratamientos previos habían fracasado. Lamentablemente, de forma insensata habían sido recientemente puestas en manos de un curandero rural que en pocos días las había dejado en un  penoso estado. Había hecho un emplasto con brea negra, pez de Borgoña, goma arábica y potasa. Aplicado en la cabeza de las pobres niñas, este emplasto enseguida se adhirió firmemente al cuero cabelludo. Algunos días más tarde, este hombre robusto y despiadado tiró violentamente de este casquete con toda su fuerza, arrancando con él amplios jirones de cuero cabelludo que dejaron zonas de cráneo al descubierto. Como podía esperarse, sobrevino una hemorragia tan considerable que el propio hombre se asustó. No sabiendo como parar esta pérdida de sangre, volvió a colocar los casquetes sobre las cabezas de las niñas. Un campesino que estaba presente en este atroz tormento, tuvo la presencia de ánimo suficiente para mezclar un poco de vinagre y agua fresca y empapar con ella la cabeza de estas deplorables víctimas de esta brutal acción. En este estado las dejaron y nadie las volvió a tocar."

     No es difícil imaginar el funesto y fatal desenlace de esta historia de horror: las niñas murieron pocos días más tarde.

    Numerosos autores habían testimoniado también este escalofriante método, que por lo visto estaba muy extendido. 

   Otros testimonios de la época, señalan que se solía utilizar de forma rutinaria, diversas veces en cada enfermo:

          "Se continúa el uso de las tiras aglutinantes (...) hasta que la piel del cráneo haya adquirido la limpieza de la piel general (...) Este medio se emplea en el Hospital de la Antiquaille, en Lyon, y se ha observado allí que bastan 15 ó 20 aplicaciones para curar radicalmente"

     Años más tarde Bazin comentaría, a propósito del método depilatorio del casquete de pez:  

          "El tratamiento por la calota es el método depilatorio más antiguo. Consistía en arrancar los cabellos mediante emplastos aglutinantes. Es un tratamiento bárbaro y que ha merecido justamente el descrédito en el que ha caído; por otra parte no curaba más que un pequeño número de tiñosos"

       Sin duda alguna el brutal método de la calota constituye una de  las páginas más crueles y tenebrosas de toda la Historia de la Dermatología. 



Bibliografía

Bazin E. Recherche sur la nature et traitement des teignes. Masson. Paris, 1853
Lailler. Leçons sur les teignes, recueillies par Landouzy. Paris, 1878
La pomada dels germans Mahon. https://cegmenorca.wordpress.com/2014/07/15/la-pomada-dels-germans-mahon/
Mahon M. Recherches sus le siège et la nature des teignes. Paris: Baillière, 1829.

Sierra X. Dermis y Cronos. Ed. Planeta De Agostini. Barcelona, 1995.


Sierra X. Historia de las micosis cutáneas (2ª ed) Mra. Barcelona, 2004.
Tilles G. La naissance de la Dermatologie (1776-1880). Éd. Roger Dacosta. Paris, 1994.