miércoles, 19 de septiembre de 2018

La pálida piel de los muertos






Mariano Fortuny

La señorita Del Castillo 
en su lecho de muerte
(1871)


Óleo sobre lienzo 50 x 70,5 cm
Museu Nacional d'Art de Catalunya. 
Barcelona



Mariano Fortuny Marsal (1838-1874) fue uno de los pintores españoles más importantes del s. XIX. de hecho se le considera el pintor más destacado entre Goya y Picasso. 

Nació en Reus y comenzó su formación en esta ciudad con el pintor Domènec Soberano. También trabajó con el orfebre miniaturista Antoni Bassa,  aprendiendo la minuciosidad y el gusto por el detalle que más tarde se vio reflejada en su pintura. Su formación continuó en Barcelona, recibió la influencia del purismo nazareno (Milà i Fontanals, Lorenzale, Rigalt) y más tarde en Roma donde conoció al pintor  Attilio Simonetti, con quien le uniría una gran amistad. 

En 1860 estalló la guerra de Marruecos y Fortuny se alistó en el regimiento del general Joan Prim, que también era originario de Reus. La estancia en Marruecos y la luz norteafricana marcaron considerablemente la pintura de Fortuny que plasmó escenas y personajes rifeños encuadrándose decididamente en la corriente orientalista. 

De regreso a Barcelona, tuvo una gran relación con Federico de Madrazo, con cuya hija Cecilia contraería matrimonio (1867).  Fue el momento del éxito de su pintura que fue muy apreciada por la minuciosidad y precisión de su trazo, el uso metódico del color y el estudio exhaustivo de la luz.  

Interesado en las escenas andalusíes y de tauromaquia, se trasladó con su familia a Granada (1870-1872). El primer año lo pasó en la pensión de los Siete Suelos, situada en las murallas de la Alhambra. Aunque más tarde alquiló una casa en el Realejo Bajo donde pudo instalarse con mayor comodidad, siguió manteniendo relación con los dueños de la fonda. En 1871 murió prematuramente la hija del fondista, la señorita del Castillo, y el pintor, que acudió a su sepelio, le dedicó uno de sus lienzos. 

Fortuny presenta a la fallecida en diagonal, dentro de un blanco ataúd. Una potente luz ilumina la figura, mientras que el resto del espacio queda en la penumbra. El almohadón en el que reposa la cabeza queda también en penumbra toma ndo coloraciones malvas, al estilo de lo que hacían los impresionistas. El pintor combina el delicado dibujo con una pincelada fluida que no atiende a detalles, más interesado en captar el momento que en el preciosismo. 

La piel de la difunta presenta una coloración blanco-amarillenta, que refleja muy bien el tono característico de la piel cadavérica (livor mortis). Tras la muerte, se interrumpe la circulación sanguínea y los tejidos quedan exangües. La piel, privada del aporte de sangre muestra una coloración parecida a la cera, al tiempo que los tejidos, privados de su fuente de energía se contraen y se muestran rígidos, afilando los contornos corporales. En ocasiones, la sangre retenida en las partes distales puede conferir un cierto aspecto violáceo, que puede ser más evidente en las zonas subungueales

En definitiva, en este cuadro de Fortuny encontramos muy bien reflejado el lívido color de la piel después de la muerte. 


Fortuny:



martes, 18 de septiembre de 2018

Lavarse (y secarse) las manos en el hospital

Resultat d'imatges de calvi di bergolo semmelweiss museum





Gregorio Calvi di Bergolo

Semmelweiss enseña a los médicos a lavarse las manos antes de intervenir quirúrgicamente
(1953)

Panel pintado al Óleo. 112 x 203 cm
International Museum of Surgical Science. Chicago



En Chicago tiene su sede el International Museum of Surgical Science, en donde se pueden admirar 12 paneles pintados al óleo por el artista italiano Gregorio Calvi di Bergolo. Los paneles ilustran algunos hitos de la Historia de la Cirugía, como es el caso de éste, en el que aparece Ignaz Semmelweiss enseñando a los médicos de que deben lavarse las manos antes de una intervención quirúrgica. Algo que hoy en día puede parecer obvio, pero que no lo era tanto en aquel tiempo. 


Ignaz Philip Semmelweiss 

Ignaz Philip Semmelweiss (1818-1865) era un médico húngaro que fue nombrado cirujano obstétrico del Hospital de Viena en 1846. Su misión era la de dirigir dos clínicas dedicadas a partos en la capital austríaca. En una de ella las parturientas eran atendidas por comadronas, mientras que la otra estaba en manos de médicos. Las cifras de mortalidad eran muy diferentes en ambos Servicios: los partos que eran atendidos por médicos tenían una tasa de mortalidad por fiebre puerperal mucho más alta (30%) que los que eran atendidos por las comadronas (2%). Además las mujeres que no acudían a parir al hospital raramente presentaban esta complicación. 

Intrigado por estas diferencias, Semmelweiss observó todas las circunstancias que se daban en los dos casos. Se dio cuenta así que en la clínica que era atendida por médicos había una sala de disección para la enseñanza de la anatomía colindante a la sala de partos y que los médicos y estudiantes de medicina frecuentemente pasaban de una estancia a la otra sin ni siquiera lavarse las manos. Así llevaban en sus manos los gérmenes de los cadáveres transmitiendo la infección a las parteras (todavía no se usaban guantes de látex estériles). En cambio, las comadronas, que no asistían a las clases de anatomía no contaminaban. El sagaz médico húngaro introdujo un protocolo por el que todos los médicos debían lavarse a fondo las manos y sumergirlas luego en una solución antiséptica (cloruro de cal). En poco tiempo la tasa de fiebre puerperal se redujo considerablemente (del 30% a  0'23%), contrastando con la alta mortalidad de otra clínica de la ciudad, dirigida por el Dr. Klein, donde la fiebre puerperal afectaba a más de un tercio de las parteras, por lo que era conocida como "la clínica de la muerte". 

Una maniobra tan sencilla como lavarse las manos a fondo había dado un gran resultado, iniciándose así el camino de la higiene y la antisepsia hospitalaria. Pero los orgullosos médicos vieneses consideraron que la imposición de lavarse las manos como un insulto, como una afrenta. Los grandes profesores de la ciudad, en vez de recomendar su método, se dedicaron a ridiculizarlo y a burlarse de él. En una época en la que todavía no se conocía la existencia de bacterias, la práctica de desinfectarse las manos les parecía superflua, innecesaria y perfectamente prescindible. Al "médico de las manos limpias" como ya se le llamaba burlonamente se le hizo el vacío, se le destituyó de los cargos y finalmente se le internó en un manicomio. Por ironías del destino, Semmelweiss murió años más tarde por el mal que él había intentado evitar: una herida quirúrgica se le infectó y originó una septicemia, que acabó con su vida. 

Pero las ideas de Semmelweiss fueron reivindicadas más tarde y se generalizaron tras el descubrimiento de las bacterias. Hoy en día, en todos los hospitales hay un cuidadoso protocolo de lavado de manos para evitar en lo posible esparcir gérmenes que pueden causar las temidas infecciones hospitalarias. Incluso en los lavabos. Se usan jabones antisépticos, se procura usar toallas desechables o secadores de manos, para evitar contactos que puedan volver a contaminar las manos. Pero a veces, todo este esfuerzo puede arrojar resultados inesperados. Ya vimos como no todos los antisépticos usados en los hospitales ofrecen suficiente protección. 

Este ha sido también el caso de los secadores de manos de aire pulsado -los más modernos- que se habían introducido recientemente en los lavabos de muchos hospitales. En estos aparatos se introducen las manos y una corriente de aire elimina la humedad tras el lavado. 


El sistema de secado mediante introducción de manos es
mucho más contaminante de lo que en principio se creía. 

Según un reciente estudio realizado por la Universidad de Leeds y publicado en Journal of Hospital Infection,  estos secadores (los más modernos) proyectan 27 veces más bacterias en el entorno que las toallitas desechables y 4,5 veces más que con el secador de manos eléctrico clásico. El estudio se llevó a cabo en hospitales de Inglaterra, Francia e Italia, recogiendo muestras bacterianas del suelo y del aire alrededor de los aludidos secadores de manos. El resultado obtenido sugiere que los modernos secadores en los que se introducen las manos deberían ser retirados de los centros sanitarios, ya que contribuyen poderosamente a diseminar bacterias a su alrededor. Recordemos que el 7% de los pacientes ingresados en hospitales se contagian de una infección nosocomial (contraída en el mismo hospital) lo cual constituye un grave problema sanitario.  No siempre lo más moderno es lo mejor. 

  


lunes, 17 de septiembre de 2018

Ivanov: Cabezas de esclavos





Alexander Andreyevich Ivanov 
(Александр Андреевич Иванов)

Cabezas de esclavos

Óleo sobre papel de tela  51.5 x 70.5 cm

Museo Estatal Ruso. San Petersburgo.




Alexander Andreyevich Ivanov (1806-1858) fue un pintor ruso adscrito a la corriente del neoclasicismo. Formado inicialmente en la Academia Imperial de las Artes, donde recibió las enseñanzas de su padre Andrei A. Ivanov y de Karl Briullov, la mayor parte de su vida transcurrió en Roma, donde trabó amistad con Nikolai Gógol. En Roma estuvo muy influído por la corriente artística del nazarenismo, que propugnaba volver al arte religioso medieval buscando la pureza de los primitivos italianos y alemanes. 


Alexander Andreyevich Ivanov (1806-1858)


La obra de Ivánov no fue muy apreciada por sus contemporáneos. Le llamaban "el maestro de una sola obra", ya que tardó 20 años en realizar su enorme pintura "La aparición de Cristo al pueblo" de 40 m2 (de 1837 a 1857). El pintor se mostró defraudado por la fría acogida de la crítica. 

Fueron las generaciones posteriores que supieron poner en valor la pintura y sus esbozos y dibujos preparatorios. Uno de los estudios preliminares de esta obra es “cabezas de esclavos” que comentamos hoy aquí. 



"La aparición de Cristo al pueblo" de Ivanov (Galería Estatal Tretiakov, Moscú)


Uno de los dibujos previos es el que comentamos hoy aquí. Representa dos cabezas de esclavos. En la frente del personaje de la izquierda puede verse claramente una lesión de bordes anfractuosos, sobreelevados y centro ulcerado, que corresponde clínicamente con un carcinoma basocelular.

El carcinoma basocelular es la forma de cáncer cutáneo más frecuente. Se ve en personas que han estado expuestas repetidamente al sol, en especial en zonas descubiertas como la cara, cuero cabelludo, cuello o dorso de las manos. 

Suele comenzar como una pequeña herida, con bordes algo sobreelevados, en los que suelen verse algunos nodulillos que parecen perlas. De curso muy indolente, la lesión puede ir creciendo progresivamente. No se propaga a distancia (metástasis) y no suele producir dolor. 

Si no se trata adecuadamente, en algunos casos,  el carcinoma basocelular puede crecer de forma mucho más rápida. Puede ulcerarse y dar lugar a lesiones de gran tamaño, muy destructivas. Estas formas son conocidas clásicamente como "ulcus rodens", la úlcera que roe, ya que destruyen todos los tejidos que encuentran en las inmediaciones, incluyendo el hueso subyacente. Recuerdo haber visto en mi época de dermatólogo primerizo una de estas lesiones que había hecho desaparecer una zona amplia del hueso parietal dejando la meninge al descubierto. Una terrorífica imagen difícil de olvidar.  

El tratamiento de este tumor debe ser quirúrgico, extirpando la totalidad de la lesión y asegurándose que no quede ningún resto. 

La pintura de Ivanov refleja perfectamente la clínica de este tumor, con una ulceración irregular, de bordes anfractuosos cortados a pico. Una lesión que suele darse en personas de piel blanca expuestas repetidamente al sol, como debía ser el caso de estos esclavos.

domingo, 16 de septiembre de 2018

Hulusi Behçet


  





Moneda conmemorativa
Anverso: Dr. Hulusi Behçet
Reverso: Valor (1.000.000 liras), rodeado de una corona de laurel y espigas y
sobremontado con el escudo de Turquía
(1996)

Moneda de 1.000.000 de liras turcas
Plata 31,47 g 38,61 mm
Ceca estatal de Turquía 



Hulusi Behchet (1889-1948) fue un eminente dermatólogo turco. En 1937 describió una enfermedad de los vasos de la piel que desde entonces se conoce como enfermedad de Behçet.  

Durante la I Guerra Mundial fue destinado al hospital de Edime como dermatólogo y venereólogo. Tras la contienda amplió estudios en Budapest y Berlín. Tras su regreso a Turquía ocupó el cargo de médico jefe en el Hospital de Enfermedades Venéreas de Hasköy (1923) en el Cuerno de Oro, y más tarde en el Hospital Guraba. También realizó labor docente en la universidad.  


Dr. Hulusi Behçet
Behçet mantuvo siempre la relación profesional con los círculos médicos alemanes y formó parte del consejo de redacción de las revistas médicas "Dermatologische Wochenschrift" y "Medizinische Wochenschrift", aparte de otras revistas de su país. Publicó diversos trabajos sobre sífilis, micosis y leishmaniasis.  


En cuanto a la enfermedad de Behçet, realizó sus primeras observaciones en 1924. El primer paciente presentaba unos brotes repetidos de ulceraciones en la conjuntiva, desde hacía 40 años. Había consultado a dermatólogos de Estambul y Viena, donde lo habían diagnosticado de sífilis o tuberculosis. También lo habían visitado deversos oftalmólogos, que le habían diagnosticado iritis y le habían sometido a iridectomías. Como consecuencia de ello, el paciente había perdido por completo su visión. Behçet, intrigado por este caso, continuó haciendo un seguimiento del paciente durante muchos años. 

En 1930, una mujer que sufría de irritación en el ojo y con lesiones en la boca y zona genital fue remitida a la clínica de Behçet, que intentó demostrar el agente causal de la sífilis o el de la tuberculosis por biopsia y otras técnicas de laboratorio, sin resultado. 

En 1936 un paciente masculino de una clínica dental con heridas orales, signos acneiformes en la espalda, úlcera escrotal, irritación ocular, fiebre nocturna y dolor abdominal fue enviado a su clínica. Behçet pensó que los síntomas recurrentes podrían deberse a un virus

Sello de correos turco (1980) con la imagen
del Dr. Hulusi Behçet 
Pero Behçet, al reflexionar sobre los síntomas de estos tres pacientes a los que había seguido durante años, llegó a la conclusión de que se trataba de una nueva enfermedad. Además, como me recuerda mi amigo el dermatólogo Juan J. Vilata, de Valencia, en 1931 un médico griego, el oftalmólogo Benediktos Adamantiades (1875-1962) de Prousa  (actualmente Bursa, Turquía) había presentado un caso similar a la Sociedad Médica de Atenas: "una joven paciente que presentaba aftas bucales, úlceras genitales e iritis recurrente". 

Behçet publicó sus observaciones en Archives of Dermatology and Venereal Disease (1936) y en Dermatologische Wochenschrift (1937 ). Aquel mismo año las presentó en la reunión de la Societé de Dermatologie de Paris. Pronto oftalmólogos de Hungría, Bélgica e Italia publicaron casos similares, lo que equivalía a aceptar la nueva "enfermedad de Behçet", pero los dermatólogos seguían negando que se tratara de una enfermedad nueva, insistiendo en que podían ser síntomas de enfermedades ya conocidas. 


El Dr. Hulusi Behçet con sus colaboradores (1948)

Mientras se debatía sobre el tema, no dejaban de llegar nuevos casos: Bélgica, Austria, EEUU, Japón, Dinamarca, Israel, Suiza... La evidencia de que se había descrito una nueva enfermedad era ya imparable. En 1947, en el Congreso Médico Internacional de Ginebra el Prof. Mischner, de Zurich propuso designarla con el nombre de "Morbus Behçet" o "enfermedad de Adamantiades-Behçet" (la mención al médico griego fue probablemente motivada por la conocida rivalidad greco-turca). Hoy la enfermedad se conoce universalmente como "Enfermedad de Behçet" en la literatura médica. Behçet publicó 126 artículos nacionales e internacionales entre 1921 y 1940. 53 de ellos aparecieron en prestigiosas revistas científicas europeas. 

La enfermedad de Behçet es un trastorno poco frecuente que causa la inflamación de los vasos sanguíneos de todo el cuerpo. Clínicamente cursa fundamentalmente con  llagas bucales, inflamación de los ojos, erupciones y lesiones en la piel y llagas genitales, en brotes sucesivos. Progresivamente se ha visto que también puede presentar alteraciones vasculares, pulmonares, cardíacas, neurológicas o gastrointestinales, aunque de forma mucho menos frecuente. En la actualidad se considera una enfermedad autoinmune, ya que la principal lesión anatomopatológica es una vasculitis de pequeños vasos. 


Bibliografía

Kaklamanis P. et al. The First Published case of Adamantiades-Behçet disease in the Modern Times - Revisited. Archiwum Historii i Filozofii Medycyny 2012, 75, 84-89. https://depot.ceon.pl/bitstream/handle/123456789/7341/The_First_Published_Case_of_Adamantiades_Beh%C4%99et%E2%80%99s_Disease_in_the_Modern_Times_Revisited.pdf?sequence=1&isAllowed=y

Ustün C. A famous Turkish Dermatologist, Dr. Hulusi Behçet. Eur J. Dermatol. 2002 Sep-Oct;12(5):469-70. 




viernes, 14 de septiembre de 2018

Enemigos en la intimidad


Joseph Javier Woodward, American (1833–1884). 'Photomicrograph of a Crab Louse' c. 1864-65



Joseph Javier Woodward 

Photomicrograph 
of a Crab Louse 
(circa 1880)

Fotografía a la albúmina
Nelson- Atkins Museum of Art. Kansas City




Conocidas con el nombre vulgar de ladillas, estos parásitos han pasado a ser sinónimos de algo que se adhiere fuertemente y que no hay manera de desprender. Se trata de los piojos del pubis (Phtirus pubis) que también viven a gusto en el vello inguinal y axilar.    


Partitura de "De profondis morpionibus",
una conocida chanson paillarde francesa
que alude a las ladillas (morpions en francés)
a ritmo de una marcha fúnebre. 
En catalán se les conoce como cabres y en francés morpion. Por cierto que en este idioma han originado una canción tabernaria y escatológica bastante popular (De profondis morpionibus), que fue aludida incluso por Georges Brassens en Le Mécreant ("...tous les de profondis, tous les morpionibus..."). El mecanismo de transmisión habitual de las ladillas, por contacto sexual, facilitaba este tipo de chanzas en burdeles, cabarets y lugares similares.  En inglés se les da el nombre de crab louse, ya que, efectivamente, tienen la forma de un cangrejo, como  una pequeña nécora. 

Estos insectos presentan unas garras a modo de tenazas en sus patas. Con ellas se adhieren al pelo púbico con las tres patas de un solo lado, en una actitud un tanto circense. En esto se diferencian de los piojos de la cabeza que se cogen al pelo con las seis patas. Pero ambos dejan el pelo para succionar la sangre de su huésped mediante sus molestas picaduras.

Como decimos, su habitat por excelencia es el vello púbico y axilar, aunque en ocasiones pueden subir por el vello del tronco y alcanzar la cara. Pueden parasitar las pestañas, pero no las cejas ni el cabello. Los niños están desprovistos de pelo púbico y axilar, pero pueden contraer ladillas en las pestañas, lo que supone un cierto problema terapéutico.  


Ladilla aumentada 70x Fotografía. (circa 1914)
Reeve Photograph Collection. National Museum of Art and Medicine

En la mayoría de los casos el contagio es por contacto sexual directo, aunque debemos decir que no siempre es así. La presencia de un pelo parasitado en la ropa o en efectos personales puede ser suficiente para provocar la infestación de un nuevo individuo. 

La incidencia de ladillas no es tan importante como la que se daba hace décadas. La mejor higiene y la cada vez más frecuente práctica de la depilación púbica han limitado su presencia. Pero tampoco es una enfermedad rara. Se ven casos de vez en cuando, por lo que no se debe bajar la guardia ante estos insectos anopluros que tanta literatura de arrabal han originado.  


De profondis morpionibus:   






Georges Brassens: Le Mécreant:




miércoles, 12 de septiembre de 2018

La venganza de la cabeza cortada





Casco vikingo 


Bronce repujado
Museo Nacional. Copenhague



Los vikingos dominaron el Atlántico Norte durante 5 siglos. Sus dominios se extendieron desde Islandia hasta Kiev, pero sus correrías e incursiones marinas, a bordo de sus drakkars los llevaron a las Islas Británicas, a toda la costa atlántica europea e incluso penetraron en el Mediterráneo, llegando a las costas sicilianas, Constantinopla y a las mismas puertas del califato de Bagdad. Una conocida teoría sostiene que también llegaron al continente americano. Las epopeyas vikingas han dejado muchos episodios épicos para el recuerdo. 

Drakkar vikingo. Museo de los barcos vikingos. Oslo.  

Sigurd Eysteinsson (850-892) fue un jefe vikingo que gobernó las Islas Orcadas, un archipiélago al norte de las Islas Británicas. Ansioso de ampliar sus dominios desembarcó en Escocia, y conquistó los condados de Caithness y Sutherland. Esta gesta le valió el sobrenombre de "Sigurd el Poderoso" (en nórdico antiguo Sigurðr hinn ríki).  

Las incursiones de Sigurd eran sanguinarias y crueles. Ni los vikingos ni los habitantes del norte de Escocia -los escotos- no tenían costumbre de hacer prisioneros. Tras las batallas tenían la costumbre de cortar las cabezas de sus enemigos y llevarlas como trofeo, como ya hemos visto que hacían otros pueblos. En el caso de los vikingos las cabezas se llevaban colgadas de sus monturas, para dejar bien claro quien era el vencedor. 

Las guerras se solucionaban muchas veces por el sistema del reto. Una especie de duelo entre guerreros escogidos. Sigurd el Poderoso retó a un jefe escoto, Máel Brigte, a un combate. Cada uno de los contendientes podría llevar 40 hombres consigo. Mael, a quien todos conocían como "Dientes salidos" por presentar un prognatismo con una anómala y llamativa implantación de piezas dentarias, que protruían considerablemente. 



Armas vikingas. Museo Nacional de Dinamarca. Copenhague. 



Máel aceptó el reto del vikingo y se presentó con su cuadrilla de 40 guerreros. Pero Sigurd había hecho trampa: le acompañaban 80 soldados. El valiente jefe escoto no se arredró y presentó una desigual batalla, en la que ganaría quien lograra matal al cabecilla enemigo. Pero la superioridad numérica de los vikingos dio el resultado esperado: en el campo de batalla no quedó ni un escocés vivo. 

Como mandaba la tradición, los vikingos procedieron a decapitar a sus enemigos para lucir sus cabezas como trofeo. Naturalmente, Sigurd se reservó para sí la cabeza de Máel, que llevaría colgando de su montura. Pero al montar a su caballo los prominentes dientes del escoto fueron rozándole la pierna. No era gran cosa: una rozadura apenas, a la que el aguerrido invasor no dió importancia alguna. Pero la escasa higiene bucal de la época había convertido la dentadura de Máel en un hervidero de bacterias. Al cabo de pocos días, la herida de Sigurd se infectó y dió lugar a una erisipela, una infección de las capas profundas de la piel, con gran enrojecimiento, dolor y calor local. En poco tiempo la infección pasó a la sangre, provocando una septicemia y la posterior muerte del caudillo vikingo. Fue enterrado en una tumba conocida como «túmulo de Sigurd» (Sigurðar-haugr), cerca de Dornoch.

Los prominentes dientes de Máel Brigte "Dientes salidos" habían llevado a cabo su venganza póstuma.