Páginas

Últimes publicacions

sábado, 21 de febrero de 2015

Fortuny. Viejo al sol.





Mariano Fortuny Marsal 

(Reus, 1938 - Roma, 1974)

Viejo desnudo al sol 
(1871 circa)

Óleo sobre lienzo, 76 x 60 cm
Museo del Prado, Madrid






Cuando Mariano Fortuny visitó el Museo del Prado, quedó muy admirado por la obra de Velázquez, Ribera y Goya, pintores que marcaron notablemente su pintura en lo sucesivo. De éstos, tal vez la influencia de Ribera es la más notoria en cuadros como éste, que puede considerarse un ejercicio de claroscuro, que confiere un marcado dramatismo a la composición. 

Como también hacía el pintor de Xátiva, Fortuny trabaja bien las señales de decadencia sobre el cuerpo: la decadencia muscular, la flaccidez de los tejidos, las arrugas son aquí tratadas magistralmente. Uno de los aspectos que llaman más la atención es la acción del sol sobre la piel, que aparece tostada y arrugada, curtida, como corresponde a una exposición crónica y continuada a la intemperie y a la luz ultravioleta. 

Aunque no podemos apreciar con detalle la cara, observamos diferente intensidad de colores, que si bien pueden corresponder a reflejos de luz, también pueden hacernos intuír la presencia de queratosis actínicas. 




jueves, 19 de febrero de 2015

La muerte de Hércules





 Francisco Zurbarán

La muerte de Hércules, abrasado por la túnica del centauro Neso 
(1634)

Óleo sobre lienzo, 136 x 167 cm 
Museo del Prado, Madrid


Francisco Zurbarán (1598-1664) se cuenta entre los más insignes pintores del Siglo de Oro español, y uno de los más representativos de la Contrarreforma. Influído en sus comienzos por Caravaggio, y amigo de Velázquez, Zurbarán se aleja en su estilo del realismo velazqueño para acercarse a los planteamientos del manierismo italiano. Realizó muchas obras para órdenes religiosas, por lo que es llamado el pintor de conventos. Su dominio del claroscuro, de los matices del blanco y sobre todo de los pliegues de ropajes hacen su estilo inconfundible. 

Además de la pintura mística y religiosa, realizó algunos destacados bodegones y también cuadros de tema mitológico. En este último género se encuadra una serie de obras sobre la vida de Hércules, que le fue encargado por el rey Felipe IV para decorar el Salón de Reinos. La Casa de Austria consideraba que su dinastía descendía míticamente de Hércules y de ahí la elección del tema, que tenía por finalidad ensalzar la monarquía de los Habsburgo en España. El monarca encargó esta obra a Zurbarán por recomendación de Velázquez, que era el pintor de la corte. 
Luca Giordano. La muerte del centauro Neso.
Museo del Prado, Madrid. 

Sin embargo, la serie de Zurbarán era de sólo diez cuadros (posiblemente para adaptarlos al espacio donde estaban destinados) por lo que no pudo completar los doce trabajos del héroe. Además uno de los cuadros (el que encabeza este comentario) está dedicado al episodio de la muerte de Hércules, por lo el resto  solamente recogen nueve de los trabajos.   

El cuadro de la muerte de Hércules nos muestra a un personaje con una desgarrada mueca de dolor intentando arrancarse la túnica. Es el capítulo final de una leyenda mitológica. El centauro Neso había intentado violar a Deyanira, la mujer de Hércules. Éste, alertado por los gritos de su esposa, le lanzó una flecha (envenenada con la sangre de la hydra de Lerna) que le alcanzó, ocasionándole la muerte. Sin embargo, antes de morir desangrado, el centauro tuvo tiempo de decir a Deyanira que si empapaba una túnica en su sangre, cuando su marido se la pusiera aborrecería a todas las mujeres excepto a ella. Deyanira, que sentía celos porque creía que Hércules estaba enamorado de Iole, hija del rey de Etolia, creyó el embuste, y decidida a recuperar el amor de su marido, empapó la túnica en la sangre del centauro. 

Pocos días después Hércules se disponía a ofrecer un sacrificio y mandó a un sirviente a por una túnica nueva. Deyanira le entregó la túnica impregnada en la sangre de Neso. Pero cuando Hércules revistió la prenda, sintió un inmenso ardor y vió como la piel se desprendía a jirones. Al punto intentó quitarse la prenda, pero no pudo, ya que se había pegado a su piel. Hércules, furioso, arrojó al sirviente que le había traído la túnica al mar, donde se ahogó. Deyanira, al ver la tragedia que había desencadenado con su credulidad, y comprendiendo la venganza de Neso, se suicidó. 





Arriba: 
Guido Reni. Hércules en la pira.
Musée du Louvre, París. 


A la izquierda: 
Luca Giordano. Hércules en la pira. 

Museo del Prado, Madrid. 









Pero a pesar de retorcerse con terribles dolores, Hércules no se moría. En realidad, no podía morir, ya que era un semidiós, hijo de Zeus y de la reina Alcmena, una mortal. Por eso, le pidió a su amigo Phiocteres que le prendiera fuego en la pira del sacrificio, llevando la clava y la piel del león de Nemea. Las llamas consumieron la parte mortal del semidiós y su parte divina fue llevada al cielo por un carro en una espectacular apoteosis. 


Jean Baptiste Borrekens. Apoteosis de Hércules.
Museo del Prado, Madrid. 


A pesar de que no podemos establecer un total paralelismo entre la mitología y la vida real, en el episodio de la muerte de Hércules subyace la idea de que los tóxicos pueden actuar por vía tópica y no solamente por vía oral. El historiador de la medicina Richter, en la introducción al monumental tratado de Dermatología de Jaddasohn (Handbuch der Haut und- Geschlechtskrankheiten, en 37 volúmenes) cree entrever en la muerte de Hércules una toxicodermia.  Tal vez afirmar eso es ir muy lejos, aunque cada vez que leo los síntomas de la agonía de Hércules no puedo evitar que me vengan a la cabeza los casos de necrolisis epidérmica tóxica,que como dermatólogo he tenido ocasión de atender.

Hércules es acogido en el Olimpo. François Lemoyne (1733-1736), Apoteosis de Hèrcules
Fresco del techo del Salón de Hèrcules, Palacio de Versalles



Retrato de Johannes Wtenbogaert



Rembrandt. Retrato de Johannes Wtenbogaert. 




 Rembrandt van Rijn 
(Leiden, 1606 - Amsterdam, 1669) 

Retrato de Johannes Wtenbogaert (1633)

Óleo sobre tela. 103 x 130 cm
Rijksmuseum, Amsterdam 


Rembrandt Harmenszoon van Rijn (1606-1669) fue un pintor y grabador holandés, considerado uno de los mayores exponentes del arte barroco en los Países Bajos. 

Entre los mayores éxitos de Rembrandt destacan sus magistrales retratos (entre los que también deberíamos incluír sus propios autorretratos) 


Johannes Wtenbogaert está entre sus más destacados retratos. Una obra realizada con minuciosidad, presente en los pliegues de la gorguera y en los relieves cutáneos y arrugas de la cara y mano. El retratado mira al espectador con una mirada entre tímida y curiosa. Wtenbogaert fue uno de los personajes más destacados en la Holanda de su época. Fue un predicador influyente, consejero de gobernantes y activo cortesano del Príncipe Mauricio, jugando un importante papel en la Guerra de los 12 años contra España. 


En su retrato destaca su cara enrojecida, algo tumefacta, ya que probablemente estuviera afecto de una rosácea, muy común en el país y que afectaba al propio Rembrandt
 aunque podría plantearse también el diagnóstico diferencial con una dermatitis seborreica.

miércoles, 18 de febrero de 2015

La Inquisición: "señales de brujería"


Pedro Berruguete. Auto de fe. Arriba, bajo el dosel, con Santo Domingo presidiendo el tribunal.
Abajo, a la izquierda, un hereje recibe la dalmática y el capirote de hereje.
A la derecha, los herejes, con capirote, esperan su turno, mientras un fraile encapuchado les muestra una cruz. Mas a la derecha, sobre el cadalso, los condenados están atados a los garrotes y ya avanzan las llamas



  Pedro Berruguete 
(Paredes de Nava, ~1450 - 1503)

Auto de fe (1495)

Técnica mixta sobre tabla. 154 x 92 cm.
Museo del Prado, Madrid. 



Este cuadro del pintor castellano Pedro Berruguete (1450-1503) describe muy bien los Autos de Fe, ejecuciones de herejes o judaizantes que solían ser el resultado de los procesos de la Inquisición en las postrimerías del s. XV. 

Presidiendo el estrado, aparece, en el centro, la figura de Sto. Domingo de Guzmán, rodeado de los jueces y magistrados del Santo Oficio (civiles y religiosos). Abajo, a la izquierda, a pie de escalera, un fraile dominico entrega a un condenado la dalmática, pieza de ropa con la que se distinguía a los herejes y que muchas veces estaba decorada con llamas, anticipo de las del infierno que esperaba al desgraciado heterodoxo. En su mano porta el capirote, sombrero largo también decorado con llamas y alusiones infernales. Los herejes ataviados así podían ser reconocidos fàcilmente y ser humillados e insultados por el público asistente. Más a la derecha vemos a unos soldados, a pie y a caballo que conducen al pie del cadalso a otros dos herejes con dalmática y capirote. Un fraile los recibe y los exhorta a renegar de sus errores y reconciliarse con la doctrina oficial de la Iglesia Católica. En el cadalso vemos por fin a dos herejes más, ya desnudos y listos para ser ajusticiados. Están firmemente sujetos al garrote por el cuello y ya las llamas comienzan su mortífera misión.  

Condenados inmovilizados en el garrote, 
esperando ser quemados vivos. 
El Santo Oficio de la Inquisición nació para velar por la ortodoxia y suprimir la herejía en el seno de la Iglesia católica. Tras un fallido intento de Santo Domingo de atajar el avance de la herejía cátara o albigense en tierras del Languedoc, con prédicas y debates teológicos, con muy escaso resultado, se instauró la Inquisición en 1184, como brazo judicial que llevara a cabo por métodos cruentos y represivos lo que no se había logrado por la razón. Unos sesenta años más tarde, la institución se implantó en el Reino de Aragón y algo más tarde, bajo los Reyes Católicos se extendió también a Castilla, y después a Portugal, América, etc...

Además de ser un instrumento represor y de lucha contra la herejía, la Inquisición fue usada también - tras el decreto de expulsión (1492) - para perseguir a los judíos que no habían querido renunciar a su fe, o bien que eran acusados de judaizar (es decir, seguir practicando el judaísmo en secreto a pesar de haberse convertido en teoría al cristianismo). Los judíos conversos eran siempre sospechosos de haberse convertido en falso (ya que eran coaccionados a hacerlo si no querían elegir el camino del exilio). Para cerciorarse de la veracidad de su conversión al cristianismo, eran obligados a comer carne de cerdo en público, lo que les valió el calificativo de marranos en Castilla o de xuetas en Mallorca (la palabra xueta derivaría del que come xuia, tocino) 

Estandarte de un hereje (1619). En los casos en los que un hereje era proclamado relapso, se debía ejecutar su sentencia de muerte. Como la Iglesia no tenía potestad para ello, lo ejecutaba el brazo civil. Si el hereje se había dado a la fuga, se le ejecutaba en efigie (se quemaba un monigote que lo representaba, y se identificaba con una bandera donde se podía leer su nombre y los cargos que había contra él. En este caso, un vecino de Tuy era acusado de judaizar (practicar el judaísmo en secreto). Museu dels Jueus, Girona.
Finalmente la Santa Inquisición también perseguía otros delitos, como la sodomía, la blasfemia o la superstición. También se dirigía contra las brujas y cualquier persona que intentaba oponerse al poder. El nombre de Inquisición deriva de inquirir, interrogar, y frecuentemente se recurría a la tortura para obtener la confesión del encausado. 




A la izquierda, un hereje y todos sus libros se despeñan, como prueba de Juicio de Dios
A la derecha, Santo Domingo ordena que los herejes se sometan a 
una ordalía y quemen sus libros en la hoguera. 
Retablo de Sto. Domingo de Guzmán procedente de Tamarit. MNAC, Barcelona



La Inquisición daba por buena cualquier confesión sesgada, obtenida por las buenas o bajo todo tipo de coacciones, morales y físicas. Cualquier marca corporal podía interpretarse como un signo demoníaco, y considerado probatorio de brujería o de pactos satánicos. Una simple urticaria facticia podían ser sospechosa. En estos casos, los  inquisidores escribían sobre la piel el nombre de Satán u otros signos demoníacos, y debido al dermografismo cutáneo, las letras permanecían claramente en relieve sobre la piel durante algún tiempo. Ni que decir tiene que esto era considerado como una señal infernal y una prueba manifiesta de brujería o de pacto con el demonio. En otros casos, la presencia de angiomas, o ciertos nevus congénitos en determinadas localizaciones también era motivo de acusaciones o denuncias.

Como pruebas se aceptaban también las ordalías o Juicios de Dios. Esta práctica, mágica e irracional, consistía en 
"invocar e interpretar el juicio de la divinidad a través de mecanismos ritualizados y sensibles, de cuyo resultado se infería la inocencia o la culpabilidad del acusado" (Francisco Tomás y Valiente) 

Pedro Berruguete (~ 1450-1504), Santo Domingo y los albigenses. 
 Óleo sobre tabla. Retablo del claustro de Santo Tomás de Avila.
(1,69 x 0,78 m),
Museo del Prado, Madrid.

(Obsérvese que mientras los libros heréticos se queman,
el libro católico queda flotando en el aire, prueba irrefutable de su ortodoxia)

Por ejemplo, una ordalía era apretar con la mano un hierro candente o un huevo duro acabado de salir del agua hirviendo sin quemarse, o atravesar una hoguera caminando despacio. Los libros presuntamente heréticos o nocivos también podían someterse a ordalías, como la representada en el retablo de Sto. Domingo de Guzmán procedente de Tamarit de la Llitera (MNAC), en el que se ve como Domingo arroja a la hoguera los libros de los cátaros para ver si eran aprobados por Dios. Naturalmente, los libros ardieron, lo que en teoría probaba su heterodoxia. Si en alguna ocasión las personas u objetos sobrevivían a la prueba sin daño alguno, se entendía que Dios lo consideraba inocente y no debía recibir ningún castigo. En otra tabla de Pedro Berruguete podemos ver como mientras los libros de los cátaros se consumen en la hoguera, el libro católico queda flotando en el aire, indemne a la acción de las llamas. 




Escudo de la Inquisición (1580 circa) en Barcelona, cerca de la plaza de Sant Iu. Este edificio, que actualmente alberga el Museo Marés, fue sede del Santo Oficio de la Inquisición a partir de 1542. El blasón está compuesto por el escudo de España en tiempos de Felipe II (1580 circa) con el Toisón de Oro. Lo sobremonta una cruz, la espada símbolo de la justicia que se impone a los herejes y una rama de olivo, símbolo de la reconciliación con los arrepentidos. 


Escudo de la Inquisición, procedente del Convento de
Sto. Domingo. Museu dels Jueus, Girona. 


De estos juicios basados en el pensamiento mágico deriva el dicho "poner la mano en el fuego" por alguien (respaldo incondicional) o la expresión "prueba de fuego", aún utilizada en nuestro lenguaje cotidiano actual. 




Cepo, para sujetar los pies de varios condenados e impedir la fuga,
tal como se puede ver en el dibujo de abajo.
Museu dels Jueus, Girona

lunes, 16 de febrero de 2015

Jesús en casa de Marta y María, de Velázquez


Velázquez: Jesús en casa de Marta y María.



 Diego Velázquez
 (Sevilla, 1599 - Madrid, 1660) 

Jesús en casa de Marta y María 
(1618)

Óleo sobre tela 60 x 103,5 cm 
National Gallery, Londres


El Evangelio nos cuenta que cuando Jesús fue a Betania, fue invitado a casa de sus amigos Marta, María y Lázaro.
 “Yendo ellos de camino, entró Jesús en una aldea y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa” (Lucas 10, 38 y ss.)
Era preciso agasajar al Rabí, y de repente, se multiplicó el trabajo doméstico. Marta, diligente ama de casa se puso a  preparar el banquete. Pero no encontró mucha ayuda en la cocina: 
“Ésta [Marta] tenía una hermana llamada María que, sentada junto a los pies de Jesús, escuchaba su palabra. Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos quehaceres”. (Lucas 10, 39-40)
Velázquez intenta describir la escena entera y recurre al recurso del espejo (o tal vez un ventanuco). Marta mira hacia adelante con recelo, algo molesta, mientras se afana con la comida. El resto de la escena la podemos ver en el espejo: Jesús predica y ante él, María sentada en el suelo, no pierde detalle. Marta, en cambio, se queda preparando la comida. 

Velázquez, en realidad está pintando una escena costumbrista, un bodegón. El pasaje evangélico es poco más que un pretexto. Se recrea en todos los ingredientes que están sobre la mesa: la jarra, los huevos, los pescados (pintados con todo detalle) y sobre todo, los dientes de ajo y las guindillas. Alimentos éstos algo irritantes, que junto con la frecuente inmersión en agua, han arruinado las manos de Marta, que aparecen enrojecidas, un poco hinchadas, mientras empuñan enérgicamente la maza del almirez. 


Las manos de Marta presentan una clara dermatitis ortoérgica, muy común en las amas de casa, cocineros y pinches. Está causada por la pérdida del manto ácido cutáneo, ocasionada por la acción continuada del agua y la acción del frío sobre la piel, y empeorada por el uso de jabones abrasivos e irritantes tópicos como el ajo o las guindillas. Con toda seguridad Velázquez había observado muchas veces que las manos enrojecidas se solían ver en las cocinas. Otro diagnóstico que no puede descartarse es el del eritema pernio (sabañones) 


Marta además presenta una ligera rosácea. En su cara, contrariada por la ausencia de su hermana, podemos ver unas mejillas enrojecidas, típicas de esta enfermedad. Tal vez un carácter nervioso, algo propenso a enfadarse, no contribuye a calmar su proceso. 


domingo, 15 de febrero de 2015

En los templos griegos de la salud.







Médico explorando a un enfermo

Lápida de mármol con bajorrelieves en ambas caras
Museo de Cirene (Libia) 





En este relieve griego del Museo de Cirene, en Libia, se puede ver a un médico, sentado en una silla,  explorando a un enfermo, probablemente por algún problema cutáneo o articular. 

En el reverso de la lápida aparece un enfermo reclinado en el abaton durante la incubatio. Sostiene una patera en la mano, previsiblemente una mezcla de drogas, para inducir el sueño.  



Reverso de la lápida: Tomando las drogas en el abaton. Museo de Cirene (Libia) 


En la cultura griega, los enfermos acudían a los templos de los dioses sanadores  o centros de salud, generalmente situados cerca del mar o en lugares saludables. Las principales divinidades a quienes recurrían los helenos para implorar la sanación eran Asclepio, dios de la medicina; Apolo, su padre; e Hygia, diosa de la salud y la higiene; Telesforo, un jovencito ayudante de Asclepio... Más tarde se incorporaron divinidades helenísticas, a veces sincréticas con otras culturas, como Serapis e Isis, que desde la Alejandría ptolemaica irradiaron su culto por el Mediterráneo. (Véase Esculapio, el dios de Empúries )

Médico explorando a un enfermo.
British Museum. Londres. 

En la entrada del santuario, tras el pago de un óbolo (la medicina no era gratuita), los enfermos eran explorados por los por los médicos o por los asclepíades, sus ayudantes, consagrados al culto de Asclepio. Tal vez es este momento el que refleja el relieve de Cirene o este otro, procedente del British Museum (izquierda).

Durante esta entrevista se les realizaba una cuidadosa anamnesis y múltiples preguntas. Generalmente había una cierta lista de espera, antes del ingreso. Los pacientes esperaban algunos días en el exterior del santuario. 

Mientras tanto debían realizar una estricta dieta, exenta de vino y tomando alimentos saludables. También realizaban ejercicios gimnásticos y largos paseos. Con todo esto, una buena parte de las enfermedades comenzaban a mejorar. 


Exvotos en la vía de las procesiones.
Muchas de estas estelas comentan la historia clínica
de los pacientes curados en el santuario.
Éfeso (Turquía) 
Bañera de purificación. Templo de Telesforo. Éfeso. 











  









Finalmente llegaba el ansiado día que eran aceptados en el templo. Se les lavaba, se les ungía con aceites perfumados y se les entregaba una blanca túnica limpia. Por la noche tenía lugar una solemne procesión, en la que todos los enfermos vestidos con las blancas túnicas entonaban cantos e himnos que creaban un ambiente vibrante y propicio. 

luz de las antorchas se desfilaba por entre las lápidas de pacientes agradecidos por haber obtenido la curación, así como los abundantes exvotos, testimonio de otras tantas curaciones de antiguos pacientes. Debía realmente crearse un ambiente emocionante, vibrante, en la que la esperanza de curación predisponía el ánimo.  



Serpiente de Asclepios. Detalle de un ara votiva. Éfeso. 

Capiteles en el templo de Asclepio en Cos (Grecia)
Enfermo vomitando. Cerámica s. V aC.
Museo de Wurzburgo.

























Se llegaba así al momento culminante, cuando llegaban al recinto donde estaba la estatua del dios, iluminada con lámparas y antorchas y le podían solicitar la curación. La visión debía ser impresionante. Aquella noche el paciente era llevado a una sala - el abaton - donde se le sometía a la incubatio. Se le tendía en un lecho y se le administraba vino y drogas. En el reverso del relieve de Cirene se describe este momento. El enfermo se sumía así en un sueño profundo. 

Por la noche, el médico, vestido con los atributos del dios, seguido de algún ayudante caracterizado de Telesforo o Hygia portando alguna serpiente se le acercaba y le susurraba al oído lo que tenía que hacer para obtener su curación. Probablemente, el paciente, en medio de su sueño hipnótico percibía esta visita como una aparición. 


Enfermos en procesión acuden a Asclepio. Detrás del dios, los asclepíades. 


Al día siguiente, los asclepíades suministraban las hierbas y drogas al enfermo, así como le daban consejos para aliviar su mal. Antes de irse debía ofrecer un sacrificio de un gallo  (el llamado gallo de Asclepios). 

Si el paciente se curaba, quedaba obligado también a llevar un exvoto o una lápida de agradecimiento, en la que comúnmente se contaba su historia clínica y los detalles de su curación. Estas lápidas eran expuestas en la vía de las procesiones y  servían para animar a los nuevos pacientes.