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viernes, 10 de julio de 2015

Quevedo, la sífilis y el Hospital de Antón Martín (V): Los "caballos"






Ángel Díaz Sánchez
(1859-1938)

Busto de Quevedo  

Escultura en piedra


En el s. XVII uno de los eufemismos con los que se aludía a la sífilis era el de "caballos". Quevedo usa frecuentemente esta palabra para aludir a esta enfermedad.

Así, Quevedo dedica un soneto donde comenta la visita del francés Duque de Humena y su séquito a Madrid. Durante esta visita fueron agasajados con muchos regalos. Quevedo ironiza sobre los presentes, diciendo que hasta las prostitutas de Madrid contribuyeron al agasajo, proporcionándoles el "mal francés": 

"y hasta las trongas de Madrid peores 
los llenaron a todos de caballos  
mal francés al buen francés volvieron"

("A la venida del duque de Humena, cuyos camaradas trujeron muchos diamantes falsos": Vino el francés con botas de camino...)

Quevedo usa el eufemismo "caballos" en diversas ocasiones: 

"es moza, mas de caballos 
Ingleses de mala casta" 
("A Marica la Chupona" Segunda parte de "Marica en el Hospital")

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"Mujer hay en el lugar 
que a mil coaches por gozallos, 
echará cuatro caballos 
que los sabe bien echar"  
("Letrilla satírica Santo silencio profeso...)

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"el mancebo a quien corona 
el primer bozo la habla 
sin poder andar le hace 
pasar caballos a Francia" 
(Lindo gusto tiene el tiempo)

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"Vió en el estrado su hembra 
con guarda infante plenario 
de los que llaman las ingles 
guarda infantes y caballos"
(Echando verbos y nombres...) 



jueves, 9 de julio de 2015

El rinofima de un anciano

Joos van Cleeve: Retrato de un anciano



 Joos van Cleeve 
(antes atribuído a 
Hans Holbein "El Joven")

Retrato de un anciano  
(1525- 1527)

Óleo sobre tabla. 62 x 47 cm
Museo del Prado, Madrid



Joos van Cleeve (1485 - 1540) fue un pintor flamenco, también conocido como Maestro de la Muerte de la Virgen, que destacó por sus retratos y por la pintura religiosa. 

Este retrato, anteriormente atribuído a Holbein, se cree actualmente que es obra del pintor flamenco Joos van Cleeve. Fue en Inglaterra donde Van Cleeve tomó contacto con la pintura de Holbein, que había realizado muchos retratos en las cortes francesa e inglesa.

En esta pintura, aparece un anciano, de aspecto impasible y mirada perdida. Vestido de negro, sus ropas se funden con el fondo oscuro del cuadro, distinguiéndose solamente el cuello adamascado y el borde de la camisa blanca. La cara del personaje aparece fuertemente iluminada, con una prominente e hipertrófica nariz rojiza, lo que permite el diagnóstico de rinofima. La barba, no muy bien afeitada y canosa permite entrever algunas pápulas dispersas en las mejillas, probablemente lesiones de rosácea, que se asocia habitualmente al rinofima. 

El retratado se ha identificado con el geógrafo Sebastian Münster (1488 - 1552) autor de 142 cartas geográficas. Tal vez una de ellas es el documento que sostiene en la mano. Münster también publicó un importante tratado, Cosmographia universalis (Basilea, 1544). Münster también fue profesor de hebreo en la Universidad de Basilea y escribió algunas obras sobre gramática de esta lengua.  

miércoles, 8 de julio de 2015

Hospital de St. Pau (I): La noche que llegué a St. Pau.






 Lluís Domènech i Montaner

Sala Francesc Cambó 

Antigua biblioteca del Colegio Mayor de Medicina. Hospital de la Sta Creu i St. Pau. Barcelona



                                                                                                               A mis compañeros del 
                                                                                                             Colegio Mayor St. Pau
                                                                                                              con quienes compartí la vida 
                                                                                                                en mis años de juventud


En esta entrada voy a contar algo más personal que artístico. Algo que llevo muy dentro de mi corazón. Y sin embargo, no contradice en absoluto el espíritu de este blog. Porque durante una época de mi vida, siendo estudiante de Medicina, residí en lo que hoy es un museo: el Hospital de Sant Pau, en Barcelona. Posiblemente, el hospital más bonito del mundo. Ciertamente, yo entonces no era todavía dermatólogo. Ni el hospital de St. Pau, museo. Pero con el transcurrir del tiempo, los dos lo fuimos. Por lo que puede afirmarse que durante tres años de mi vida fui, literalmente, un dermatólogo en el museo

No voy a contar aquí todavía como es St. Pau, ni las causas que propiciaron la construcción de un hospital tan bello y particular. Este tema lo reservo para sucesivas entradas, ya que no puede comentarse brevemente. Hoy me limitaré a contar lo que fue mi primer contacto con el hospital. Lo que sentí aquella noche de 1969, ya tan lejana, en la que yo llegué a tan augusto edificio. 

Yo era muy joven: contaba entonces 16 años. Había terminado mis estudios de grado medio y había decidido estudiar la carrera de Medicina. Un año antes (1968), se había instaurado en Barcelona una nueva Universidad, la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), con la intención de realizar estudios más modernos, con pocos alumnos, y un atractivo programa académico. Se recuperaron algunos profesores hasta entonces relegados por el franquismo y en definitiva, el espíritu general era el de imitar a algunas universidades norteamericanas. 

Fachada principal del Hospital de Sant Pau
En el ala de la derecha estaba situado el Colegio Mayor de Medicina (Fundación Cambó)

La UAB instauró un proceso de selección que fue pionero en la universidad española. A los aspirantes al ingreso se nos sometió a una semana de pruebas y ejercicios. En general eran pruebas dirigidas a escoger a quienes demostraban más capacidad de síntesis, no de conocimientos previos. Un 30% de nosotros superó la prueba y por carta, nos comunicaron que habíamos sido aceptados. 

Quedaba por resolver mi residencia en Barcelona. Mi familia residía en la ciudad de Reus y en aquel tiempo las comunicaciones no eran muy rápidas. Era menester instalarme en Barcelona. Mi padre me sugirió un Colegio Mayor de Medicina, situado en el recinto del Hospital de St. Pau (donde también estaba mi facultad). La comodidad de residir y estudiar en el mismo hospital era manifiesta. 

Bóveda del pasillo de entrada al Colegio Mayor. Obsérvese la profusa y colorista decoración del techo y de los dinteles de las puertas y de los vidrieras plomadas. 



Así fue como una noche de septiembre, llevando una maleta con mis efectos personales, llegué al hospital. Recuerdo que era de noche y llovía, una de estas tormentas habituales a fin de verano en la cuenca mediterránea. Al llegar al hospital, quedé deslumbrado: era imponente, bellísimo y muy extraño para mí. Una torre con una aguja en la que estaba alojado un reloj presidía la regia entrada al hospital. Tras la puerta principal, un majestuoso hall bajo unas bóvedas rosadas, sostenidas por amplias columnas, y decoradas con diversos emblemas. A la derecha, unas escaleras de mayólica crema daban acceso a mi nueva residencia, el Colegio Mayor. 

El Colegio Mayor de la Sta Creu i St. Pau era una fundación que había sido creada por Francesc Cambó, con el encargo exclusivo que sirviera para alojar estudiantes de Medicina. Era un Colegio pequeño: cerca de 40 estudiantes. Curiosamente, su director no era un médico, sino un humanista: un profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Barcelona, el Prof. Francesc Marsà. El contraste de un grupo de futuros médicos dirigido por un humanista fue una feliz circunstancia que creo que me marcó para siempre. Cada día se formaban tertulias con el Prof. Marsà, en las que se establecía una dialéctica y nos demostraba la relatividad de todas las afirmaciones. Tal ejercicio nos formó en el respeto a las opiniones diversas, rehuyendo todo posicionamiento fanático e inmovilista, a los que tan dados son los adolescentes. 


El pasillo del antiguo Colegio Mayor
Pero volvamos a mi llegada al hospital. La recepción estaba situada en un largo pasillo, con ventanales decorados con vidrieras de colores vivos y ornamentados con escudos, como en algunas iglesias. El techo era una bóveda recubierta de cerámicas con una rica decoración floral, con una serie de escudos romboidales que alternaban las barras de Catalunya y las cruces (los dos motivos heráldicos del escudo de la ciudad de Barcelona). Las baldosas del suelo, de color gris sepia, también presentaban múltiples blasones. 

Detalle de uno de los escudos del techo
El conserje, que era alto, gordo y cojeaba, me acogió con gesto adusto. 
- Eres el nuevo
- Sí señor, musité, impresionado, con el corazón algo encogido.
- Te estaba esperando. Dame la maleta. 

Me acompañó a mi cuarto. Era muy espacioso, aunque algo raro. Yo hasta entonces sólo había visto habitaciones cuadradas, de cuatro lados. ¡Pero ésta tenía siete, y además distribuídos de forma irregular! Además, estaba situada justo encima de las urgencias del hospital. Y debajo del reloj, que daba las horas a campanadas, de día y de noche. Estoy seguro de que la combinación de habitación heptagonal, las campanadas y el continuo ruido de las sirenas de las ambulancias durante todas las noches, condicionaron mis futuros problemas de sueño y mis frecuentes episodios de insomnio... Menos mal que por la ventana de la habitación se veía una maravillosa vista sobre los edificios modernistas del hospital.  

La Sala Francesc Cambé en la actualidad, reconvertida en sala de conferencias

Así fue mi llegada al bellísimo Colegio Mayor de St. Pau, aunque creo que aquel día lo encontré algo extraño y lúgubre, vetusto y inquietante, como un castillo de cuento de hadas. Y sin embargo, su belleza era innegable. Como muestra sólo me referiré a lo que entonces era la biblioteca del Colegio, y que ahora han reconvertido en sala de conferencias: la Sala Francesc Cambó. 

Una de las bóvedas de la Sala Francesc Cambó, antigua biblioteca del Colegio Mayor. Obsérvese la decoración con la repetición del escudo de Barcelona, las cruces y las "P" y "Gil". En el centro, el año de construcción: 1905. 

Se trata de una sala inspirada en el arte mudéjar. Una de las características del Modernismo catalán es su historicismo, y toma prestadas soluciones arquitectónicas y decorativas de otros estilos. La sala Cambó presenta dos grandes bóvedas hemiesféricas en el techo, con un encaje de ladrillos y baldosas que repiten los leit motiv simbólicos que se encuentran por doquier en el hospital: el escudo de la ciudad de Barcelona; la cruz del Cabildo de la Catedral y las iniciales (o el nombre completo) de Pau Gil, el mecenas que hizo la donación testamentaria para la construcción del hospital y sobre el que trataremos otro día. En el centro de cada bóveda las fechas de inicio y remate de la construcción: 1905, 1910. Al parecer, estas bóvedas están inspiradas en las de la capilla de S. Jerónimo del convento de las concepcionistas de Toledo, de estilo mudéjar. Las semiesferas están soportadas por mocárabes de cerámica vidriada, inspiradas en las de los Reales Alcázares de Sevilla. Las dos estancias abovedadas están separadas por un arco de medio punto y otros dos pequeños arcos trilobados a los lados (que a mí me gustaban especialmente, ya que reseguían a la perfección mi silueta: cabeza y hombros). Unos grandes ventanales con ventanas trigéminas y vitrales decorados completaba este regio conjunto, creando un ambiente especial, casi místico, a medio camino entre la arquitectura civil y la religiosa. 

En una reciente visita a mi antiguo Colegio
Mayor, actualmente museizado dentro del conjunto
modernista de Sant Pau. 
En tan noble recinto pasé algunas horas de estudio. Aunque en honor a la verdad, debo decir que muchas veces miraba más los majestuosos ventanales y las bóvedas que el libro... 

Y esta fue mi privilegiada residencia durante tres años. 




Los secretos del Hospital de Sant Pau: 









martes, 7 de julio de 2015

Viruela

Viruela en un grabado chino.
En la mano, sostiene una rama de coral, considerada  curativa y apotropaica




Viruela 

Grabado chino 
Bibliothèque Nationale, Paris 




La viruela se conoce desde tiempo inmemorial. El primer caso demostrado fue el del faraón Ramsés V (fallecido en 1143 a.n.e.)

La viruela en un grabado chino, mostrando el
exantema y la hemorragia nasal 
La primera descripción clínica de la viruela la hizo el taoísta y filósofo Ko Hung, alrededor del año 300 d.n.e.: Al acercarse el nuevo año, hubo una infección estacional en la que aparecían pústulas en la cara que se extendían por todo el cuerpo, parecían quemaduras cubiertas de almidón blanco y se formaban de nuevo tan pronto como se rompían. La mayoría de los que padecían la enfermedad fallecían si no recibían tratamiento. Después de la recuperación, la piel queda cubierta de cicatrices y costras negras .

La viruela causó violentas epidemias en el pasado. Fue una enfermedad muy mortífera que diezmó a la Humanidad. Probablemente la pandemia con una mortalidad mayor, especialmente en el s. XVIII. 



A América llegó transmitida por los conquistadores españoles. Fue tal la mortandad que causó la viruela, el sarampión y otras enfermedades exantemáticas que se supone que solo sobrevivió una décima parte de la población del Imperio Azteca, facilitando así su conquista. 


Luis XV de Francia, que murió víctima
de la viruela
En Europa causó la muerte de plebeyos y nobles. Muchos reyes europeos murieron por su causa (María II de Inglaterra, Pedro II emperador de Rusia, Luis XV de Francia, Luis I de España...). Los que sobrevivían quedaban muchas veces ciegos (por las úlceras corneales) y con marcas visibles en la cara. Tal era la frecuencia de la viruela que en el s. XVII cuando se buscaba a un malhechor y se anunciaba su aspecto se destacaba "no tiene marcas de viruela en la cara" como un hecho absolutamente excepcional.  

La viruela causó la muerte de 500 personas en el s. XX. Mucho mas que los 320 millones de muertos por las guerras, la pandemia de gripe española de 1918 o la epidemia de sida de las dos últimas décadas del siglo. 

El último caso de viruela contagiado de forma "natural" fue el de Ali Maow Maalin, notificado el 26 de octubre de 1977 en Somalia. El 8 de mayo de 1980, la OMS declaró oficialmente erradicada esta enfermedad del planeta. Es la única enfermedad hasta la fecha erradicada por acción médica (por la vacunación).


Sin embargo, se decidió guardar virus de la viruela en algunos laboratorios de EEUU, Rusia, Inglaterra y Francia. A lo largo de los años setenta del siglo pasado fueron muchos los laboratorios que lucharon por convertirse en alguno de los pocos lugares en el mundo autorizados a conservar, e investigar, muestras de viruela. Pero en 1978 sucedió algo que hizo reconsiderar esa curiosa carrera por hacerse con una licencia de almacenamiento. Janet Parker era una fotógrafa médica que trabajaba en el departamento de anatomía de la University of Birmingham Medical School, en Gran Bretaña. Un año antes del suceso, el responsable del laboratorio de microbiología de esa universidad, Henry Bedson, había solicitado a la OMS permiso para poder conservar por tiempo indefinido las muestras de viruela que poseían, intentando librarse así de la orden de destrucción que obligaba a eliminar el virus en poco tiempo. La OMS denegó el permiso porque su inspección de seguridad de las instalaciones fue negativa. Sin embargo, Bedson mantuvo sus investigaciones hasta que el 11 de agosto la “vecina” del piso de arriba, Janet Parker, que  tenía su laboratorio fotográfico encima del laboratorio de microbiología donde se guardaba la viruela, enfermó. Aunque Parker había sido vacunada hacía años, sucedió lo impensable. El virus había encontrado un camino de escape en los conductos de ventilación del área de almacenamiento de muestras, llegando precisamente al piso superior e infectando a Janet. En cuanto se confirmó que se trataba de un caso de viruela, se armó un gran revuelo, tanto legal como sanitario. Se mantuvo a todo el personal y a cuantos habían tenido contacto con Janet bajo vigilancia. Su madre también se contagió pero logró sobrevivir. Por desgracia, un mes después de enfermar, Janet falleció, convirtiéndose en la última persona en todo el planeta que sucumbió a la terrible viruela y, su vecino del piso de abajo, el Dr. Henry Bedson, se suicidó. 

Se eliminaron entonces todos los virus de los laboratorios, excepto los del CDC, Atlanta (EEUU) y en el Centro para la Investigación en Virología y Biotecnología de Koltsovo (Rusia). Muchas veces se ha abierto el debate para destruir finalmente esas muestras, pero ahí continúan, bajo llave, vigiladas. Su conservación se basa en múltiples motivos, de mayor complejidad de lo que puede parecer a primera vista (por ejemplo podrían servir para fabricar vacunas, en el caso de que la viruela de los monos, producida por un virus muy similar y que está presente en África pueda transmitirse al ser humano) Pero la pregunta, inquietante, queda en pie: ¿La viruela podría regresar, como mortífera arma de guerra biológica?














lunes, 6 de julio de 2015

Los peludos y malignos bolcheviques




 Manno Miltiades

Cartel antibolchevique húngaro 
(1919) 



Manno Miltiades (1879 -1935) fue un deportista y artista húngaro. Practicó la pintura, escultura, caricatura, el cartelismo y el diseño gráfico. 

También fue un deportista destacado, conocido como Milti, especialmente en natación, ciclismo, remo y fútbol (campeón con el Club Gimnástico de Budapest, máximo goleador en 1901 y 1902, y jugó con la Selección Nacional Húngara). 

Como dibujante, realizó diversos carteles publicitarios propios de su tiempo. Algunos de ellos, como el que hoy aportamos, de propaganda política. En éste cartel se representa a un bolchevique como una bestia infrahumana, con un cuchillo entre los dientes y teñido de rojo. El color rojo simboliza bien su ideología y también se convierte en unos chorros sanguinolentos en sus manos, dejando claro así los crímenes que se le imputan. 

Para acentuar más el carácter infrahumano de los marxistas, el bolchevique aparece con el cuerpo totalmente cubierto de pelos como las bestias. Su abundante vellosidad se hace aún más manifiesta a nivel de las manos, hirsutas y deformes. Se trata pues de un recurso tendente a la llamada construcción del enemigo, en la que los oponentes se revisten de caracteres inexistentes y legendarios, en un intento de acercarlos más a los monstruos que a los humanos. 






La construcción del enemigo no es nueva. Se practica desde tiempos antiguos para denostar a los discrepantes y demonizar a los contrincantes o a los grupos raciales, políticos o religiosos a los que se pretende marginar. A estos grupos se atribuyen prácticas o atributos falsos pero que consiguen suscitar el odio de las masas. Uno de los recursos más habituales en las imágenes de los contrarios es precisamente el vello corporal, usado para subrayar la bestialidad de "los otros", y que ya fue empleado por los romanos frente a los bárbaros. Un recurso que si bien esta vez es usado contra los marxistas, también fue utilizado por los nazis como propaganda antisemita o contra el llamado fundamentalismo islámico en la actualidad. 


Similitud de la construcción del enemigo (carteles de propaganda anti-nazi versus publicidad anti-stalinista): 







domingo, 5 de julio de 2015

Enfermedades venéreas en la Edad Media


El clérigo cena con un matrimonio y se acuesta con la esposa mientras el marido reza en la terraza. 



 Miniatura del libro de 
Giovanni Bocaccio
(folio 108 verso)

Decameron 
(s. XV)

Bibliothèque du Arsenal, París




Las descripciones de enfermedades de transmisión sexual no abundan en los textos médicos y profanos durante el período medieval, hecho lógico si consideramos la enorme recesión cultural de la época. 

Sin embargo, a partir del siglo XII algunos tratadistas médicos aluden a tales afecciones, tomando conciencia de su posible contagio. Es el caso de Roger de Palermo, quien señaló que algunas lesiones de los genitales eran infecciosas y que podían contraerse mediante contacto sexual. Su discípulo Guillermo de Saliceto (1210-1277), profesor de Bolonia, dedicó, en su “Tratado de Cirugía”, un capítulo a 

“las pústulas blancas y a las corrupciones que aparecen en la verga y cerca del prepucio después de un coito con meretriz por esta y otras causas” 

En él confirmó la trasmisibilidad de las úlceras genitales, e ideó un método preventivo para evitar los contagios:

“El que quiera salvar su miembro de toda corrupción debe lavarlo con agua fría y vinagre cuando se viene de ver a una mujer sospechosa de impureza”.

Tales procedimientos estaban en consonancia con las normas higiénico-preventivas que se estilaban en la época y que hicieron surgir por doquier los tratados de dietética e higiene. Entre estos tratados cabe citar el “Régimen Sanitatis del rey Jaime II”, de Arnau de Vilanova, donde se efectúa el diagnóstico diferencial entre los condilomas anales y los hemorroides, con las indicaciones terapéuticas oportunas.


Una mujer entusiasta. Roman du comte d'Artois. Bibliothèque du Arsenal, Paris

Discípulo de Saliceto fue el milanés Lanfranchi, establecido en París, que definía los condilomas de esta guisa:
“...un higo es una excrecencia que crece en el prepucio y a veces en la cabeza del pene (...) tras un contacto con una mujer impura”
A finales del siglo XIII y comienzos del siglo XIV tiene lugar en Francia e Inglaterra una epidemia de uretritis contagiosa, probablemente gonocócia, que se conocía como “arsure”. Su principal síntoma era “un calor interno con excoriación de la uretra”. Esta enfermedad se extendió considerablente entre las prostitutas. Este fenómeno, junto con la aceptación general del posible contagio sexual, que como hemos visto estaba plenamente aceptado, tal vez indujeron a la reina Juana I de Provenza a establecer unas normas para el control sanitario de un burdel en la ciudad de Aviñón (1347). Cada sábado, un cirujano-barbero y la patrona del burdel revisaban a las mujeres, y si encontraban a alguna con síntomas sospechosos la separaban. Tal vez sea éste el primer precedente histórico de los controles sanitarios a prostitutas.